Lerma, 1637

El amanecer apenas asoma por encima de la gran tapia del monasterio de la Madre de Dios cuando las campanas vibran en el aire frío. En las cocinas, sin embargo, el día hace rato que ya ha comenzado.
Inclinado el enjuto cuerpo sobre el hogar, la hermana Inés aviva el fuego y las brasas responden con un resplandor rojizo que ilumina su rostro, mientras el olor a leña se mezcla con el de las cebollas, el de las especias y el de las verduras con las que el Señor ha bendecido el huerto del convento.

La cocina es un mundo dentro del mundo: fuera, el silencio impuesto por la clausura es casi absoluto, pero dentro reina el crujir de la madera, el ruido de los cuchillos y el borboteo de las ollas. En la pared, un reloj de arena marca el tiempo de cocción; en el techo, las vigas ennegrecidas guardan el humo de décadas y en aire flota la mezcla de trabajo y oración que hace que sor Inés le venga la cabeza la carta de 1577 que Teresa de Jesús, la fundadora de la orden, dirigió dirigida a sor María de San José, priora del convento de Sevilla:
“No es menester ir a rincones apartados para hablar con Dios, que hasta entre los pucheros anda el Señor.”
Porque Dios se encuentra también en las tareas humildes y cotidianas, se dice la monja mientras aviva las brasas. Incluso en la cocina del convento.
LAS CONSTITUCIONES DE SANTA TERESA
Cuando santa Teresa de Jesús emprendió su reforma en 1562, su intención quedó fijada en las Constituciones. Redactadas inicialmente en Ávila antes de 1567 y aprobadas por la Orden en 1568, estas normas se convirtieron en la columna vertebral de todos los Carmelos teresianos, siendo pulido en 1581 en el Capítulo de Alcalá.

El resultado es un cuerpo normativo breve, claro y profundamente espiritual. Organizado por capítulos que regulan todos los aspectos de la vida conventual: voto de pobreza, organización, vestimenta, horarios, clausura, oficios, novicias, culpas o penas. El texto se mueve entre los principios de pobrezas, silencio, soledad, oración, igualdad y trabajo en comunidades pequeñas: 21 monjas cada convento y 4 novicias.
Estas Constituciones son las que han regulado la vida de muchos conventos y monasterios durante siglos, siendo el de Lerma uno de sus mejores ejemplos.
EL MONASTERIO DE LERMA
En el corazón de la villa ducal de Lerma, en Burgos, se alza el monasterio de la Madre de Dios, fundado en 1617 bajo la protección del duque de Lerma. Desde su origen este convento de carmelitas descalzas conservó con una fidelidad sorprendente el modo de vida diseñado por santa Teresa de Jesús en el siglo XVI, viviendo en un mundo de silencio, oración y austeridad hasta 2016, cuando sus por entonces 8 monjas se trasladaron a Villanueva de la Jara, en Cuenca.
EL DUQUE DE LERMA

Entre 1600 y 1617, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido de Felipe III, convirtió la villa de Lerma en un auténtico escenario de Corte para mostrar su poder como valido del rey y crear un espacio urbano que reflejara orden, grandeza y religiosidad, construyendo conventos para clarisas, dominicos y carmelitas.
De entre todas las órdenes, parece que el duque sentía cierta predilección por las Carmelitas Descalzas, una congregación caracterizada por su austeridad extrema y la clausura rigurosa, dos elementos que chocaban con la intención del duque, quien al no poder ejercer su influencia dentro del convento, ostentó su poderío pagando él mismo los muros —que costaron cinco veces más que el propio edificio— haciéndolo de una altura de hasta 13 metros, lo que los convierten en los más altos del mundo para un convento de clausura.
LA VIDA DE LAS CARMELITAS DESCALZAS
“Quien nada tiene, nada teme”.

La vida de las carmelitas descalzas según las normas de santa Teresa de Jesús, diseñadas en el ideal de vivir “como en un pequeño cielo”, totalmente entregadas a Dios y libres de distracciones del mundo.
<<Tengan en cada convento una de estas Constituciones en el arca de tres llaves, y otras para que se lean una vez en la semana a todas las hermanas juntas, en el tiempo que la madre priora ordenare; y cada una de las hermanas las tenga muy en la memoria.>>
La jornada estaba regulada, desde la hora de levantarse hasta la de acostarse:

<<La salida del sol era a las 4:45 a. m. (5:45 a. m. en invierno) y la puesta del sol alrededor de las 23 p. m. Los tiempos de oración (alrededor de 7 horas al día) son siempre con la comunidad en el coro. El trabajo se realiza en la medida de lo posible en la celda, en soledad y silencio (a excepción de las “hermanas laicas” encargadas de los trabajos pesados y de la cocina).>> (carmeldelisieux.fr/)
Tras un desayuno frugal, se dedicaban al trabajo manual: bordado, costura, huerto, cocina, limpieza….

<<Haréis algún trabajo u obra con vuestras manos, para que el diablo os encuentre siempre ocupados y que no tenga entrada en vuestras almas, usando como puerta vuestra ociosidad >>(Regla del Carmelo)
La comunidad se reunía en el coro varias veces a lo largo del día para rezar el Oficio Divino en nombre de toda la Iglesia. Incluía salmos, himnos, breves pasajes bíblicos, todo en latín.
<<Los maitines se digan después de las nueve (de la tarde)’ (Cons 1,1). Después de la hora de oración matinal, a las seis o a las siete de la mañana, ‘se digan luego las Horas (prima, tercia, sexta) hasta nona, salvo si no fuere día solemne o un santo que las hermanas tengan particular devoción, que dejarán nona para cantar antes de misa’, es decir, a las ocho o a las 9 de la mañana (1,3). A las dos de la tarde se rezan vísperas (2,3), que en tiempo de invierno se anticiparán a las once de la mañana (ib). ‘Las completas se digan en verano a las seis y en invierno a las cinco’ (2,4). En diversas ocasiones se rezará además el ‘oficio parvo’ de la Virgen (‘cada semana’, según Conc 6,8) o el de difuntos (V 31,10; cta 12,2).>>
La comida se hacía en el refectorio, presidida por un vanitas , una calavera que recordaba la fragilidad de la vida, la brevedad del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.

<<Cada uno recibe su porción de la camarera como un regalo del Señor, sin juzgar lo que se presenta como bueno o malo. Luego come con los ojos bajos dirigidos frente a ella, sin mirar a los demás.
La comida se toma en silencio en el refectorio según la tradición monástica. Durante la comida, una hermana suele hacer una lectura espiritual.>>(carmeldelisieux.fr/)
La base diaria era potajes de legumbres (garbanzos, lentejas, habas), verduras de huerta (acelgas, espinacas, coles, calabaza), sopas de pan, gachas de harina o salvado, arroz y pescado. La carne era muy escasa y solamente se permitía por enfermedad o prescripción médica.
La vida carmelitana contemplaba dos momentos diarios de recreación: las monjas debían reunirse dos veces al día para conversar.
<<Es menester recreación aun en las cosas espirituales.>> (San Teresa de Jesús)

En el Carmelo se hace especial hincapié a la oración en silencio: una hora por la mañana y otra por la tarde.
<<Mantente cerca del Salvador. Consideremos que Él nos mira, que le hacemos compañía.>>
Por la noche, cena ligera y a la hora de dormir cada una se retiraba a su celda en silencio.
<<Buenas noche o buena muerte>> (explicación en la visita guiada al monasterio de la Madre de Dios)
ORGANIZACIÓN INTERNA
- ESTRUCTURA HORIZONTAL.
<<La tabla del barrer se comience desde la madre priora, para que en todo dé buen ejemplo.>>
La priora (“madre, no señora”) era la guía espiritual y administrativa, la subpriora apoyaba en la disciplina y la organización y la maestra de novicias formaba a las nuevas hermanas. Muchos eran los oficios que se repartían en capítulo: sacristana, ropera, enfermera, cocinas, tornera, refitolera, hortelana…
<<ayúdense con la labor de sus manos, como hacía san Pablo, que el Señor las proveerá de lo necesario.>

Las hermanas se reunían para corregirse fraternalmente, tomar decisiones o elegir cargos.
<<Sean obligadas las hermanas a decir a la madre priora la necesidad que tuvieren, y las novicias a su maestra, así en cosas de vestir como de comer y si han menester más de lo ordinario, aunque no sea muy grande la necesidad, encomendándolo a Nuestro Señor primero. Porque muchas veces nuestro natural pide más de lo que ha menester y a las veces el demonio ayuda, para causar temor en la penitencia y ayuno.>>
CLAUSURA.

La clausura teresiana era estricta: no se recibían visitas sin permiso, las conversaciones con el exterior se hacían tras rejas dobles y las salidas eran excepcionales.
La puerta reglar era la puerta principal de clausura, aquella por la que solo se podía entrar o salir con permiso expreso de la priora y siempre por causas justificadas según la Regla y las Constituciones. Era, en esencia, la frontera entre el monasterio y el exterior, símbolo de la clausura.
Ningún hombre podía entrar en el convento, salvo dos excepciones absolutas: el médico, cuando la salud de una hermana lo exigía, y el sacristán, para tareas indispensables en la iglesia (limpieza, mantenimiento, preparación del altar). Incluso ellos debían entrar acompañados, con permiso explícito de la priora, y solamente en los espacios necesarios.
<<a llave de la red tenga la priora y la de la portería. Cuando entrare médico o barbero o las demás personas necesarias y confesor, siempre lleven dos terceras. Y cuando se confesare alguna enferma, esté siempre una tercera desviada, como pueda ver al confesor; con el cual no hable sino la misma enferma, si no fuere alguna palabra>>
UNA LETRA.
Para evitar confusiones y fomentar la pobreza, cada monja recibía una letra (A, B, C…) que marcaba su escudilla, su vaso, su jergón y cualquier objeto personal permitido. No se usaban nombres en los objetos para evitar la tentación de la propiedad. La letra era un recordatorio de que nada pertenecía a nadie, salvo la propia alma.
- LA CELDA

“Mucho dormir es gran enemigo del alma.”
La celda teresiana era pequeña, desnuda y funcional. , compuesta por un jergón de paja de centeno (más resistente y menos húmeda que la de trigo), una manta basta de lana, un taburete, una estera en el suelo, un crucifijo y alguna imagen sencilla, una tinaja pequeña para el agua y una repisa para un libro espiritual.
<<Antes que salir resuelvas bien que vas a hacer, no me vayas a ofender y te pese cuando vuelvas>> (cartel colgado en la puerta de una celda carmelitana)
- LA VESTIMENTA.
<<El vestido [de la carmelita] sea de jerga o sayal negro. Y échese el menos sayal que ser pueda para ser hábito; la manga angosta, no más en la boca que en el principio, sin pliegue, redondo, no más largo detrás que delante, y que llegue hasta los pies. Y el escapulario de lo mismo, cuatro dedos más alto que el hábito. La capa de coro de la misma jerga blanca… Sean las tocas de sedeña y no plegadas. Túnicas de estameña… El calzado, alpargatas…>>

- LAS CAMPANAS
“Todo se haga con orden y concierto, que ayuda mucho a la paz.”
En un mundo de silencio, las campanas eran la voz del convento. Cada toque tenía un significado preciso:
- Campana mayor: llamada a la oración litúrgica (Laudes, Vísperas, Completas).
- Campanilla aguda: inicio de la oración mental.
- Toque doble: comida o recreación.
- Toque breve y repetido: reunión urgente o aviso de la priora.
- Campana de enfermería (breve, rápido e insistente): para solicitar ayuda.
- Para localizar a una hermana: era más breve y repetido, para que se distinguiera del toque común. Se usaba cuando la priora necesitaba a una hermana, se llamaba a la enfermera, se requería a la sacristana, tornera o refitolera. En algunos conventos se hacía un toque doble para una hermana y triple para la priora.
- Toque para la muerte (el “toque de agonía”): más lento y grave. Avisaba a la comunidad para rezar por una hermana moribunda.
Esta regulación no aparece como lista detallada en las Constituciones de Teresa, pero sí en las Constituciones de 1581 (capítulos sobre la vida común y la obediencia), en los libros de costumbres de los conventos teresianos del siglo XVI y XVII y en los ceremoniales carmelitanos posteriores, que fijan los toques diferenciados.
- TABLILLAS.
Para evitar conversaciones innecesarias, las carmelitas usaban tablillas de madera que golpeaban suavemente para comunicarse: un golpe para pedir paso o indicar presencia, dos golpes para reclamar ayuda o atención, tres golpes para llamar a la priora o a una hermana con oficio específico.

- EL TORNO
<<No haga la tornera conversación, que no es oficio de monja hablar con el siglo.>>
El torno era el mecanismo que permitía recibir y entregar objetos sin romper la clausura. Funcionaba como un pequeño mueble giratorio, siempre atendido por la tornera, que nunca veía a la persona del exterior.
Por ahí entraban limosnas, medicinas, alimentos, encargos de bordado, mensajes breves, ropa para remendar. Y salían trabajos terminados, dulces, cartas.
- EL ESCALÓN.
En la entrada de muchos conventos teresianos había un escalón que marcaba la frontera entre el mundo exterior, con su ruido, sus preocupaciones y sus jerarquías, y el Carmelo, espacio consagrado a la oración y el silencio. Quien lo pasaba dejaba atrás su identidad social para entrar en una comunidad donde todas eran hermanas.
- LA COCINA

<<Entre pucheros anda el Señor>>
Las cocinas eran amplias, frescas y de muros gruesos, para soportar el calor de los fogones. Allí se disponían de pucheros de arrimar, lebrillos, potas, fogones de obra alimentados con leña, con hornillas alineadas y campanas altas para evacuar humo, mesas de trabajo alacenas, tinajas de barro para aceite, vino y agua, horno de pan propio o fresquera. Los ingredientes salían del huerto del convento, de sus frutales y colmenas.
En Lerma, como en otros conventos, se elaboraban dulces, como rosquillas, yemas o tortas de aceite.

Ricardo Aller Hernández
FUENTES:
*https://www.mercaba.es/renacimiento/constituciones_de_teresa_de_jesus.pdf
*https://www.monasteriodelerma.com/entre-pucheros/
