
Referirse al siglo XVI en el contexto de la historia de Europa y, concretamente, de España, es toparse con un cambio absoluto como consecuencia del descubrimiento de América. Este trajo consigo un fenómeno absolutamente desconocido en la historia del hombre hasta ese momento: redescubrir nuevas formas de convivencia, de poder, de conocimiento. España, potencia descubridora, tuvo que hacer frente a la integración de los nuevos territorios, desde el reconocimiento previo de sus habitantes como criaturas de Dios, conjugando tanto el aspecto militar, como el administrativo, como el religioso.
Y si, en un contexto evangelizador, la labor de las ordenes franciscana y dominica, fue absolutamente encomiable con respecto a los indígenas de Nueva España, la labor de los jesuitas, desde la fundación de la Compañía en 1540, no solamente cubrió el campo de la predicación, de los sacramentos, sino que, se amplió a la docencia, a la exploración, a la ciencia, es decir, ampliaron su visión misionera más allá del evangelio.

Y uno de esos misioneros, destacado entre muchos, fue José de Acosta. Nació el 1 de octubre de 1540, en Medina del Campo, próspera villa vallisoletana, frecuentada por mercaderes de diversa procedencia. La familia del recién nacido gozaba de tal prosperidad, integrada en una burguesía mercantil, que se extendía por toda Castilla.
Hay quién alude a tratarse de una familia de origen converso, es decir, de judíos convertidos al cristianismo con anterioridad, sin embargo, sea o no cierto, José de Acosta desde joven ya mostró que deseaba encaminarse hacia otras cotas ajenas al mercantilismo. Así, con apenas doce años, ingresó en el Colegio de la Compañía de Jesús de su villa natal. En años posteriores prosiguió su intensa formación en distintos colegios de Castilla y Portugal, para llegar a la Universidad de Alcalá de Henares, donde culminó su formación en filosofía, lógica, metafísica y teología.
En 1566, con diez años de formación, fue ordenado sacerdote para, posteriormente, ejercer como profesor en colegios jesuitas de Ocaña y Plasencia.

El camino como profesor parecía que se le abría al joven jesuita, sin embargo, su destino cambió al desear la Compañía embarcarle en la tercera expedición jesuita al Nuevo Mundo, en concreto al Virreinato del Perú. El 8 de junio de 1571, salió de Sanlúcar de Barrameda, para llegar a Lima en abril de 1572.
El panorama que halló era absolutamente diferente al que había dejado atrás; los jesuitas comenzaban a asentarse y la convivencia política, social y cultural era completamente distinta. La labor que se le presentaba era doble; educar y evangelizar. Una labor para la cual fue designado visitador de los colegios y, luego, Provincial de la orden. Los desplazamientos y visitas fueron constantes, llegando a ciudades como Arequipa, Cuzco, Juli…
Y se aproximó un momento trascendental en la vida de José de Acosta: se le ordenó cruzar los Andes, presuntamente para encontrarse con el virrey Don Francisco de Toledo y acompañarle en el recorrido conocido como Visita General.

La ruta elegida, con algunos compañeros jesuitas e indígenas, fue el cruzar la provincia montañosa de Huarochirí, y por el elevado paso de Pariacaca, que estaba a más de 4.300 metros de altitud. Es decir, penetraron en plena atmósfera enrarecida. José de Acosta ha dejado constancia de las circunstancias sufridas, que son conocidas como “mal de altura” y que él refiere como “el aire…, tan delgado y dan delicado que no es proporcional a la respiración humana”; estaba aludiendo a la llamada “enfermedad de Acosta”. También ha relatado la ceguera temporal provocada por la nieve, de la cual fue curado por una indígena.


Independientemente de todo ello, los viajes constantes de José de Acosta, unidos a su carácter observador, ordenado y metódico, le pusieron ante paisaje, climas, fauna y flora desconocidos, pero también ante lenguas, costumbres, culturas y visión de unos pueblos indígenas, que le impulsaron no solamente a una labor evangelizadora, sino también al conocimiento de las estructuras sociales y espirituales de las comunidades indígenas. Es decir, José de Acosta llegó a la misma conclusión que los doce apóstoles franciscanos en Querétaro; la evangelización precisaba de un conocimiento previo del indígena, de su lengua, de su cultura, de sus costumbres. Como también se debía intentar dar solución y prevenir tanto las tensiones entre encomenderos y autoridades reales, como los abusos al indígena, así como los dilemas éticos a resolver ante la oposición a ser evangelizados.

Está a punto de ver la luz, Sobre la manera de procurar la salvación de los indios, escrito entre 1575 y 1576, con un prefacio titulado De Natura Novi Orbis. Mientras el primero va desmenuzando los modos y estrategias de la evangelización para adoptarlas a los habitantes de ese Nuevo Mundo, el segundo se refiere a las especiales características de ese mundo nuevo. Nos hallamos ante la introducción a su magna obra; La Historia natural y moral de las Indias. Aunque para que se materializase sería preciso que su autor retornase a la península, hecho que aconteció en mayo de 1586, dejando atrás miles de horas de dedicación evangelizadora y formativa, así como, el Catecismo en la lengua española y en la aimara del Perú.

Sin embargo, previamente a su marcha, José de Acosta había observado un hecho llamativo: la existencia de una corriente de agua que ascendía desde el sur de Chile hasta las alturas de la costa peruana. Era una corriente fría, superficial y de escasa salinidad, de la cual se ha sabido posteriormente que abarca entre 600 y 1.200 kms. mar adentro. No la describe José de Acosta, pero sí alude a la frialdad anómala del mar frente a Perú, de su impacto en el clima, en la pesca, en la vida marina. Estas observaciones constituyen la primera descripción científica conocida de la corriente oceánica más importante del Pacífico suroriental. Está aludiendo a lo que hoy conocemos como Corriente Humboldt, un científico alemán que 250 años después verá como da título a tal corriente.
Llegado a España, se asentó en Salamanca, para implicarse en el mundo académico como profesor de teología en la Universidad salmantina. Y durante sus últimos trece años compartió docencia con la plasmación escrita de los quince años de experiencia en el Nuevo Mundo. Y ello acontece con la producción y posterior publicación en 1590, de su Historia natural y moral de las Indias, una obra dividida en siete Libros, y organizada en dos grandes bloques; los cuatro primeros sobre los fenómenos físicos, geográficos y biológicos, y los tres últimos están dedicados las costumbres, religiones, leyes y estructuras sociales de los pueblos indígenas. El mérito de Acosta se halla en que afrontó el mundo indígena, desde una perspectiva racional, basado en los datos recogidos durante sus muchos viajes por el virreinato, es decir, deja atrás los pensamientos aristotélicos y se adentra al empirismo emanado de sus experiencias y personales vivencias.

Sus estudios sobre la climatología tropical le llevaron a afirmar que las regiones eran fértiles, húmedas y ricas en biodiversidad, siendo las lluvias, los vientos frescos y la proximidad del océano elementos naturales que moderaban un clima que, según Aristóteles, hacían infértiles tales zonas.
Resulta sorprendente que en pleno siglo XVI, Acosta se atreva a afirmar que los indios americanos no habían surgido de conjeturas, como la Atlántida, sino que establece una hipótesis que se adelanta a la historia en siglos; los pueblos indígenas llegaron por tierra, por puentes naturales o estrechos inexplorados. Ahí está en estrecho de Bering escondido en su hipótesis.
La distinción de tres tipos de animales, los aportados por los españoles, los existente ya en Europa y los autóctonos del continente americano, fue objeto de su estudio. En especial el tercero, le indujo a dudas e incertidumbres que le impulsaron a no aceptar variaciones accidentales de especies, sino más bien al reconocimiento de una singularidad biológica americana.
Este libro alude asimismo a las mareas, los vientos, las corriente —en especial la ya aludida como de Humbolt—, junto con volcanes y terremotos. Sus explicaciones no aluden ni a milagros ni a castigos divinos. La diversidad de los días halla su explicación con los meridianos

El libro cuarto está dedicado a la botánica americana. Sus trabajos de campo le permiten identificar y registrar especies desconocidas, como el chicozapote, la frutilla, el floripondio, habiendo prestado especial atención al tomate y al pallar.

Todo ello y su experiencia convirtieron a Acosta en un personaje reconocido y considerado, no solamente por su rigor científico y sus vivencias en el Virreinato, sino también en los ámbitos intelectuales y eclesiásticos.
José de Acosta falleció en Salamanca el 15 de febrero de 1600.
La Historia natural y moral de las Indias tuvo una recepción inmediata y entusiasta en Europa.
El editor Jan Huygen van Linschoten, figura clave en la expansión marítima holandesa, incluyó materiales de Acosta en sus publicaciones sobre las Indias Orientales y Occidentales. Su traducción al neerlandés fue a su vez retraducida al alemán y luego al latín, lo que permitió que la obra de Acosta alcanzara incluso aquellos lugares donde el español era mal recibido por razones políticas o religiosas.
En resumen, no nos hallamos ante un mero cronista, un historiador, como tantos otros — Bernardino de Sahagún, López de Gómar, Fray Francisco Vázquez, Bernal Díaz del Castillo …— sino ante un adelantado de la ciencia empírica.

Francisco Gilet
