José Moñino, el murciano que dominó medio mundo

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El conde de Floridablanca

Experto jurista, fino político, gran diplomático, defensor de la dinastía borbónica y, con toda probabilidad, el personaje más relevante del despotismo ilustrado de la España del siglo XVIII, José Moñino y Redondo (Murcia, 21 de octubre de 1728-Sevilla, 30 de diciembre de 1808) fue un estadista en el sentido más amplio de la palabra: un ministro eficaz al servicio de la patria y el rey, embajador plenipotenciario ante la Santa Sede, Secretario del Despacho de Estado, Primer Ministro, volteriano, cristiano, golilla, regalista, reformista, ilustrado, sagaz, autoritario, contrarrevolucionario, reaccionario y capaz de abrir las puertas al cambio en la organización social y política de España…aquí presentamos al conde de Floridablanca.

UN SEÑOR DE MURCIA

José Moñino y Redondo inició sus estudios en el Seminario Mayor de San Fulgencio de la capital murciana, marchando después a Orihuela, donde se graduó en Leyes. Posteriormente se doctoró en derecho en la Universidad de Salamanca, profesión que ejerció junto a su padre durante algún tiempo. Su prestigio como abogado de una elocuencia más penetrante que viva, más inclinada a la insinuación que a la vehemencia (Alberto Lista (1775-1848), Elogio histórico) y sus excelentes relaciones le facilitaron la entrada en el Consejo de Castilla como fiscal de lo criminal en el año 1766. Sería allí cuando entablaría una estrecha relación con el influyente Pedro Rodríguez de Campomanes, con quien compartiría la idea de una defensa a ultranza de las prerrogativas de la Corona frente a otros poderes, en especial contra la Iglesia y lo referente a la facultad regia de limitar la adquisición de bienes raíces por parte de las manos muertas eclesiásticas

LA EXTINCIÓN DE LOS JESUITAS

Una de las misiones más complejas que tuvo que afrontar Moñino durante su vida pública fue un encargo procedente del mismísimo Carlos III: la extinción definitiva de la Compañía de Jesús, congregación religiosa a la que el rey expulsó de España en abril de 1767 alegando el manifiesto desprecio de los jesuitas por la autoridad y su incitación de rebeliones y atentados––así lo aseguraba el fiscal Campomanes en su pesquisa sobre los motines de la primavera de 1766–. A tal fin, en 1768 Moñino preparó un plan que presentaría al Santo Padre, fundamentado en el <<bien universal de la cristiandad, el de la misma Sede Apostólica, y la tranquilidad de los Estados Católicos>> y compuesto de cuatro puntos: la beatificación de Palafox, el arreglo del tribunal de la Nunciatura, la inmunidad local, el derecho de asilo y lo más complejo de todo: la caída de la Compañía.

Se necesitarían de cinco meses plenos de actividad, audiencias papales (hasta ocho) y muchas horas invertidas en entablar relaciones influyentes (Azpuru, monseñor Zelada, el confesor Buontempi…, unas a base de acuerdos y otras bajo presiones o sobornos) hasta que finalmente el 19 de agosto de 1773 Moñino informaría a Madrid de que por fin se había puesto fin a la Compañía de Jesús, un éxito en las que el murciano demostró el carácter que le llevaría a dominar medio mundo: inteligencia, astucia, pragmatismo, una actitud firme y elegantemente rocosa, capaz de filtrar veladas amenazas empleando un lenguaje que corte espinas y deslumbre.

<<[…]la noche del lunes 16 del mismo fue intimado el Breve de extinción de la Compañía a su general; ejecutándose en las muchas casas que los Jesuitas tenían en esta Corte las providencias consiguientes a esta resolución>> (Carta de José Moñino, fechada el 19/8/1773).

El reconocimiento real por la magnífica labor realizada en Roma llegaría el 23 de septiembre de 1773 con una distinción nobiliaria  que fue acogida por el murciano con gran entusiasmo, así se deduce de las palabras del propio Moñino dirigidas al marqués de Grimaldi:

En lo que toca a la denominación del título con que el Rey quiere honrarme, me parece tomarla de un pedazo de territorio que posee mi casa (Alquerías ciento sesenta tahúllas de extensión, arrendada y dedicada al cultivo de la morera.) llamado Floridablanca. En esto me acomodo a lo que tal vez agradará a los míos y me bastará  la denominación de conde”.

Además de la gracia regia, otra merced le fue añadida, y no poco relevante: ministro de la Real Cámara de Castilla, por Real Decreto de 10 de septiembre de 1773, puesto al que no se incorporaría hasta la dimisión de Grimaldi como secretario del Despacho de Estado. La dimisión del italiano supuso la desaparición de los extranjeros ––Wall, Esquilache–– de los altos cargos durante el reinado de Carlos III. Como Secretario del Despacho de Estado, Floridablanca se encargó, principalmente, de la dirección de la política exterior española durante quince años, entre 1777 y 1792, en el que lograría importantes éxitos, como el beneficioso tratado con Portugal en relación a los límites fronterizos en el Río de la Plata (24/3/1778) o la adquisición de las islas africanas de Fernando Poo y Annobón, aunque si algo le mantuvo ocupado en esa época fue sin duda la guerra de la independencia en Norteamérica.

LAS 13 COLONIAS

Se anunciaban tiempos de cambio en el Nuevo Mundo cuando los colonos ingleses de Norteamérica proclamaron su Declaración de Independencia en el Congreso de Filadelfia, el 4 de julio de 1776. Aquel retumbar de los tambores de guerra, unido a la vigencia del Tercer Pacto de Familia, reavivó en Floridablanca el temor a que el virus de la independencia se propagara por las posesiones españolas en América, al tiempo que veía la oportunidad perfecta para frenar la expansión inglesa en la zona. Por tal motivo, el conde actuó con su discreción habitual ayudando a los insurrectos en secreto, mientras España mantenía oficialmente una postura de distante indiferencia, circunstancia que ocasionó al conde duras críticas por parte de sus rivales en la corte: el conde de Aranda, embajador en París, y de su facción de partidarios, denominado “partido aragonés”.  Tal fue la presión interna y la realizada por Francia que, obligada por el Pacto de Familia. España tuvo que declarar la guerra a Inglaterra, conflicto que concluiría con la Paz de Versalles, de 2 de septiembre de 1783, por la que Carlos III reincorporaba a la corona la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental y occidental.

España recuperaba su estatus de gran potencia en el exterior, pero de puertas para adentro todo se complicaba. Las profundas diferencias que separaban a Floridablanca y Aranda, tanto en materia de política exterior como interior y aún de constitución política de la Monarquía, llevaría a un duelo de poder que terminaría por inclinarse temporalmente a favor de Aranda, y que, con el transcurso del tiempo, debilitarían la posición de Moñino, aunque todavía le quedaba mucho que ofrecer a su patria.

AÑOS DE PROGRESO

A pesar de la ascendencia de Aranda, el conde de Floridablanca fue nombrado supervisor y coordinador de la labor de los ministros, los secretarios de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias. En 1787 presidiría la Suprema Junta Ordinaria y Perpetua de Estado, desde donde impulsó numerosas reformas generales de política interior, como la mejora en el servicio de correos y postas, la apertura de diversos puertos peninsulares al comercio libre con las posesiones de América, la creación de compañías privilegiadas de comercio, como la Real Compañía de Filipinas, el desarrollo de las Sociedades Económicas de Amigos del País, la regeneración social de los vagos, ociosos y malentretenidos, así como también su persecución y castigo a través de una Superintendencia General de Policía, la fundación del Banco Nacional de San Carlos (futuro Banco de España), la construcción tanto de canales de riego y navegación como de puertos terrestres, puentes y caminos, la aplicación de medidas de reforma fiscal, el fomento de la agricultura, la organización provincial, recogida en la España dividida en Provincias e Intendencias (1789), la limitación o prohibición, según los casos, en la fundación de mayorazgos o la regeneración educativa y cultural.

1789. España se moderniza en todos los frentes cuando estalla la Revolución en Francia. Aquella revuelta hizo que el país vecino no acudiera en socorro de España durante el incidente de Nootka, en 1790 contra Inglaterra, convirtiendo los Pactos de Familia en papel mojado y dejando a España aislada internacionalmente, a lo que hubo que sumar una grave crisis económica provocada por la mala cosecha de cereales. Ante el cariz que tomaba la situación geoestratégica, Floridablanca adoptó medidas de precaución con la intención de aislar a España del temido contagio revolucionario, iniciando una política de control de los impresos, folletos y periódicos revolucionarios franceses, para la que contó con la colaboración del Santo Oficio, cuyo primer edicto inquisitorial (13/12/1789), prohibía la introducción de cualquier papel sedicioso.

El mundo cambiaba a gran velocidad, alterando el orden establecido. Dentro del proceloso mundo de intrigas y facciones cortesanas, el conde de Aranda inició una ofensiva de descrédito contra la persona y la política de Floridablanca a través de sucesivos panfletos y sátiras–– Conversación que tuvieron los Condes de Floridablanca y de Campomanes; El raposo o la Carta de un vecino de Fuencarral a un abogado de Madrid sobre el libre comercio de los huevos––. Hastiado, el murciano presentó su dimisión a Carlos III en El Escorial el 10 de octubre de 1788, pero en lo que seguramente sería el último servicio del rey a España antes de morir, esta no fue aceptada; es más, por expresa recomendación de Carlos III, su hijo, Carlos IV, lo mantuvo al frente de las dos Secretarías de Estado y del Despacho. Su situación se tornó, pese a todo, precaria: a la oposición de Aranda se unieron nuevos factores: por un lado, la reina María Luisa de Parma hizo recaer el, poder en Manuel Godoy, mientras que el triunfo de las ideas revolucionarias en Francia debilitaban la estrategia política de Floridablanca y su estrategia de defender los intereses de Luis XVI.

Atendiendo a las circunstancias, el conde volvió a presentar su dimisión, esta vez a Carlos IV, y de nuevo la respuesta fue negativa, aunque el apoyo real no duraría mucho tiempo. El 18 de junio de 1790, cuando en el Palacio de Aranjuez fue herido con una lezna por Juan Pablo Peret, un cirujano francés del que se sospechaba que era un agente de los jacobinos franceses. Este hecho, unido a la inflexible postura del conde a favor de Luis XVI , hizo temer a Carlos IV y María Luisa que se extendiera la idea de una intervención armada de España para restaurar el viejo orden absolutista.

La destitución del sexagenario ministro murciano resultaba inminente. El 28 de febrero de 1792, el conde de Aranda, sintiéndose vencedor, fue nombrado decano del Consejo de Estado, y secretario interino del Despacho de Estado en sustitución de Floridablanca, quien fue desterrado fulminantemente de la Corte y obligado a abandonar el Real Sitio de Aranjuez en la madrugada del mismo 28 de febrero, trasladándose a Hellín. En junio de 1792 Floridablanca se trasladó a Murcia, donde fue acogido con solemnidad y afecto por el Ayuntamiento de su ciudad natal, pero, al retornar a Hellín en la madrugada del 11 de julio de 1792 fue detenido y conducido a la prisión de Pamplona, donde tendría ocasión de extender una prolija defensa legal.

Se dice que Dios aprieta, pero no ahoga, y así le sucedió a Floridablanca. El conde de Aranda duró nada y menos en el poder, siendo denostado el 15 de noviembre de 1792, continuando el paralelismo de sus vidas: prisioneros ambos, Floridablanca en Pamplona y Aranda en la Alhambra, y luego desterrados, uno en Murcia y otro en sus villas aragonesas de Aranda y de Épila. Y todo ello, con el inefable Godoy asumiendo su papel de hombre de Estado.

Con la celebración de la Paz de Basilea, el 25 de septiembre de 1795, el conde de Floridablanca quedó absuelto de toda responsabilidad política y posteriormente libre de cargos en 1808, cuando se sobreseyó su proceso. Decidió Floridablanca asentarse en Murcia cuando se produjo la invasión napoleónica. A pesar de su avanzada edad ––80 años––, su enorme prestigio le hizo convertirse en representante de la Junta provincial de Murcia y el 1 de octubre de 1808 fue elegido presidente de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, depositaria de la autoridad soberana hasta la restitución a España de Fernando VII, cautivo en Francia. Comenzaría así un último y enorme esfuerzo por su patria: impulsó la aprobación de la Circular de 22 de junio de 1808, por la que la Junta de Murcia convocaba a la unidad y necesaria reunión, en nombre de Fernando VII, de todas las Juntas provinciales en un Gobierno central; más adelante, viéndose obligada la Junta Suprema Central a trasladarse a Sevilla, hizo público su primer Manifiesto a la Nación Española, datado el 26 de octubre de 1808. Por último, habría de inspirar el contenido del póstumo Reglamento para el régimen de las Juntas provinciales, publicado el 1 de enero de 1809, en el que fueron despojadas de su apelativo de “supremas” para preservar la indisoluble unidad de la soberanía nacional

La actividad, como se puede observar, fue mucha y la tarea ingente, agotando la resistencia física del anciano Floridablanca, quien, enfermo, falleció en Sevilla, a las seis de la mañana del día 30 de diciembre de 1808. En razón de su rango, asimilado al de miembro de la Familia Real, el murciano, fue enterrado en la catedral de Sevilla por la Puerta Mayor con honores de infante de Castilla, queriendo la casualidad que sus restos mortales descansaran cerca de otro de los personajes más relevantes en la historia de Murcia: Alfonso X el Sabio.

Floridablanca en su testamento pedía lo siguiente: “si falleciera en Murcia, que se me sepulte en mi Capilla de la Parroquia de san Juan Bautista, y en su Panteón; y si falleciera en otra parte se me depositará en la Parroquia en que muriese. Pero cuando se cumpla el año de mi muerte se trasladen mis huesos al Panteón”.

Su voluntad de ser enterrado en Murcia no se cumpliría hasta más de cien años de su muerte. Fue el alcalde López Ambit quien pidió en la década de los años 30 del siglo XX su traslado a la ciudad de Murcia. Los restos del conde llegaron a la estación del Carmen y fueron trasladados en una carroza funeraria tirada por 6 caballos hasta la iglesia de san Juan Bautista.

BIBLIOGRAFÍA:

*Floridablanca por Goya. retrato de un hombre de estado. Cristóbal Belda navarro (Universidad de Murcia).

*De Moñino a Floridablanca. El soborno en la extinción de los jesuitas. Enrique Giménez López (Universidad de Alicante).

Ricardo Aller Hernández

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