Julián Romero de las Azañas

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Toledo, 1618

Definitivamente le había quedado un buen cuadro. Con gesto cansado, Doménikos Theotokópoulos fue echándose lentamente hacia atrás, sorteando óleos, pinceles y caballetes para obtener la distancia precisa y tener así una buena perspectiva de su obra. Ladeando la cabeza, observó detenidamente al personaje principal de la obra: el maestre de los tercios Julián Romero de Ibarrola. Vestido con el hábito de caballero de Santiago, aparecía arrodillado y en actitud orante, mientras a su lado, de pie e igualmente elevando la mirada hacia lo alto, san Julián, ataviado con armadura militar propia del siglo XVI y manto azul con flores de lis, se disponía a interceder por aquel valiente militar.

Sonriendo abiertamente, el griego supo que había vuelto a dejar su sello personal, con ese alargamiento de rostros tan característico en sus cuadros. Lo único que faltaba era rematar la inscripción para considerar terminada la pintura, así que cogió un pincel de pelo de turón y empezó a dibujar con trazos rápidos y decididos:

Julián Romero de las Azañas, de la Orden de Santiago, Maestre de campo, el más famoso de de los ejércitos de Ytalia y Flandes, de cuyos hechos gloriosos están llenas las Historias”.

Y tras unos retoques, El Greco, con un gesto de satisfacción, dio por terminado aquel retrato de corte.

400 años después, podemos disfrutar de este cuadro en el Museo del Prado.

EL PERSONAJE: UN SIR ESPAÑOL

Julián Romero (Huélamo, Cuenca, 1518–– Alessandria o Solero, 13 de octubre de 1577), fue un extraordinario militar, un duelista extraordinario (Antonio Mora daría fe de ello) y, sobre todo, un genio táctico en el campo de batalla que dio muchas tardes de gloria a España.

Las ansias de aventura y un futuro mejor llevaron a un imberbe Julián Romero a ingresar en los tercios como mochilero, aguador y mozo de atambor, participando activamente en las Jornadas de Túnez de 1535, donde ya dejó la impronta de su persona según se recogen en estos versos:

Mentís

vos y vos, y quien creyó

que yo fui tamborilero.

Mozo de atambor, si fui,

y soy también caballero,

y agora verás aquí

quién es Julián Romero.

Los derroteros de la vida le llevaron a ingresar en la soldadesca que, comandada por don Pedro de Gamboa, acabó en la frontera de Escocia en el año 1545 peleando a favor del inglés en la batalla de Pinke Cleugh, a orilla del río Esk, más conocida por la historia como el «Sábado negro» debido al alto precio que pagaron los derrotados escoceses: 15.000 muertos y 2.000 prisioneros. Tras el combate, Romero recibió la distinción de knight banneret , caballero que sirve bajo su propia bandera («knight having vassals under his banner»). Es precisamente en esta época cuando se produciría el duelo con Antonio Mora, capitán español que en ese momento servía a Francisco I de Francia. Es fácil imaginarse la escena: Fontainebleau, a campo abierto y graderíos repletos de sangre real; la contienda, como no podía ser de otra manera, se saldó a favor de Romero, razón por la que recibió del rey inglés la distinción de Sir.

FRANCIA, SIEMPRE FRANCIA

Romero andaba en el punto álgido de su carrera cuando en 1549 fue nombrado maestre de campo en sustitución de Gamboa, participando en dos batallas contra el ejército francés que forman parte de nuestra historia: San Quintín (1557), donde nuestro héroe estaría a la cabeza de la infantería, posición que le costaría la pierna, desgracia atenuada al concedérsele su ingreso en la Orden de Santiago, y la batalla de las Gravelinas (1558), combate crucial con victoria española que pondría el punto final a una guerra que se prolongaba desde el año 1547 hasta 1559.

En 1565, su leyenda se agrandaría aún más al participar en el socoro de Malta, justo antes de incorporarse con su tercio en Flandes, aquella tierra maldita donde no salía el sol y corría un ripio estremecedor

”España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura”

FLANDES. BIENVENIDOS AL INFIERNO.

Corría el año 1567 cuando el maestre de campo Julián Romero marchó a Flandes  encabezando el tercio de Sicilia, y el impacto de su presencia fue inmediato, como en Jemmingen, donde el Duque de Alba destrozó a las tropas de Luis de Nassau, dejando a los españoles vía libre para ir a la caza de su hermano Guillermo de Orange, al que también se le vencería unos meses después en la batalla de Jodoigne.

Muchos son las batallas importantes en las que participaron Romero y sus hombres y que aquí se resumen: asedio de Mons, donde Romero perdió un brazo al ser herido por un tiro de arcabuz, asedio de Haarlem (1573), cuyo coste supuso la inutilidad de un ojo, de nuevo por culpa de un arcabuz. Y si no bastaba el enemigo externo, también tuvo que lidiar con el amotinamiento de las tropas españolas, sublevadas por el atraso acumulado de las pagas. En ese mismo año también se halló en el asedio de Alkmaar y en 1574, Luis de Requesens le encargó socorrer con una armada de bajeles a las tropas cercadas en Middelburg. Luego vinieron la batalla de Mook y el asedio de Leiden, momentos complicados en los que llegó a ver reducido su tercio a 12 compañías por la comisión de reforma de Requesens. Tras tantas batallas, muchas heridas y la agria sensación de no ver reconocidos sus méritos, dio aviso al gobernador de los Países Bajos de su intención de renunciar a su cargo, pero la sangre militar que corría por sus venas le llevó a continuar hasta el final del conflicto.

En 1575 participó en el asedio de Zieikzee, prolongado hasta junio de 1576 y, tras unirse a los soldados amotinados en Aalst, trabajó en el socorro de los españoles cercados en Amberes.

Tras el Edicto Perpetuo de 1577, las tropas españolas abandonaron los Países Bajos y fueron conducidas a Italia. Se alojaron en Liguriay se les ordenó embarcarse para España en el mes de junio. Julián Romero, recientemente nombrado castellano de Cremona, se preparaba para una vida más sosegada, pero el llamamiento de don Juan de Austria reclamando su regreso a Flandes cambió sus planes. Con el título de Maestre de Campo General se puso con sus hombres en marcha por el Camino Español sin imaginarse que el trayecto entre Alessandria dell Paglia y Solero le sorprendería la muerte a caballo. Tenía 59 años, había perdido un ojo, una pierna, un brazo, tres hermanos y un hijo en combate.

UN EPISODIO: MONS Y LA ENCAMISADA, CUANDO UNA PERRA CAMBIÓ EL DESTINO DE LA GUERRA.

23 de mayo de 1572. Luis de Nassau llega a la villa de Mons, controlada por los españoles, junto con 1.000 soldados de infantería y 500 de caballería. Tras averiguar los horarios de apertura de las puertas, 50 dragones penetran en la ciudad, abriendo el paso al resto del ejército, mucho más numeroso que la exigua guarnición defensora. La toma de la villa es un hecho y la respuesta española, rápida y contundente: Fernando Álvarez de Toledo, gobernador de los Países Bajos en nombre su majestad Felipe II, envía a su hijo don Fadrique con 4000 soldados a sitiar Mons, comenzando así el asedio de Mons, mientras en la frontera con Alemania Guillermo de Orange reclutaba un ejército de 14.000 soldados de infantería y 3.000 de caballería.

La situación, ya de por sí complicada y convulsa, precisaba de acciones valientes y audaces, y para eso nadie como Julián Romero. Así, en la noche del 11 al 12 de septiembre, organizó una encamisada, acción definida por la RAE como ataque militar que se realizaba de noche por sorpresa y cubriéndose los soldados con una camisa blanca para no confundirse con los enemigos, con un objetivo que, de llevarse a cabo, podía cambiar el curso de la guerra: matar a Guillermo de Orange.

Arrecia un viento frío y cortante que se clava en los maltratados huesos del maestre. En esa noche del 11 de septiembre de 1572 la humedad es terrible, más aún para alguien con tantas heridas como Romero. Apretando los dientes de dolor, se dirige hacia la mitad del campamento español, allí donde se concentran los hombres más valientes, fieles soldados que cualquier militar desearía tener bajo su mando. En medio de una tensa calma, sintiéndose observado por centenares de ojos, el caballero de la Orden de Santiago se sube a una roca, y alzando en silencio su daga, da la señal para iniciar la marcha hacia el campamento enemigo, asentado en Hermigny, en las proximidades del río Mosa, después de un inquietante avance por Diest, Termonde, Oudernaarde y Nivelles.

Una débil media luna, tan hereje como los enemigos de la verdadera fe, se mantiene escondida entre las nubes, iluminando de forma tenue unas siluetas hormigueantes que, siguiendo la senda del río, se encaminan agazapados en busca del destacamento enemigo con los arcabuces a la espalda y la pólvora entre los dientes para mantenerla seca. Reina el silencio, interrumpido por el chapoteo de las botas en los charcos y algún apresurado avemaría recitado entre murmullos. Rostros manchados de barro y ojos enrojecidos de adrenalina apenas contenida.

A lo lejos se avistan las fogatas del campamento enemigo. Un mochilero––la historia no recuerda su nombre, no todos los valientes quedan inscritos en los libros–– se aproxima entre las sombras y regresa con buenas nuevas: el enemigo duerme y la vigilancia es escasa. Poco más necesita Romero para ordenar un ataque con una sola indicación: esa noche hay que matar a dos manos.

En la parte más alta del terraplén, dos soldados holandeses se encuentran de ronda, sentados en despreocupada conversación a la luz de una fogata. Uno de ellos se resguarda como puede del intenso frío envuelto en una agujereada capa negra, mientras que el otro, de pelo bermejo y con una cara aún más roja fruto de los vapores del vino, se apoya en la pared, aferrado al vaso como si en su fondo fuera a encontrar la felicidad. Era tal su distracción que no se percatan de dos sombras que emergen de  la bruma como dos lobos. Todo sucede muy rápido y en soniche: un tajo a cada uno en el cuello y dos regueros de sangre mezclándose con la tierra húmeda y pegajosa. Todo va según el plan, hasta que se despierta Kuntze. un simpático spaniel de orejas colgantes y hocico ancho, con el pelo largo y ondulado, que como cada noche dormía a los pies de su dueño.

Se oyen gritos, resuenan cornetas, se cargan arcabuces. Comienzan los primeros disparos. Llegan los primeros muertos holandeses, así hasta acumularse 600 antes de rayar el alba; por su parte, las bajas españolas se reducen a 60. Esa noche, piensa Romero aún con la espada en la mano, el dios de los herejes va a tener mucho trabajo.

Cosas de la vida: la historia de Europa dependiendo de un ladrido. No es descabellado pensar que si la pequeña spaniel de Guillermo de Orange no hubiera puesto sobre aviso a los holandeses la guerra de Flandes quizás hubiese virado definitivamente a favor de los españoles, cambiando de esa manera el mundo que hoy conocemos. O puede que no, pero eso es algo que nunca sabremos.

BIBLIOGRAFÍA

ALLER HERNÁNDEZ (2014), La incursión nocturna.

ALBI DE LA CUESTA, Julio. (2017) De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles. Madrid: Desperta Ferro.

MARICHALAR, Antonio (1952). Julián Romero. Espasa-Calpe.

MARICHALAR, Antonio (1957) “Segunda salida de Julián Romero”Revista de Historia Militar, nº, 1.

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