Concurso V Centenario: Entre Dios y el mar

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Narración creada y enviada por Diego, 17 años

En un pérfido día de abril las lanzas de los paganos apagaron el aliento de nuestro muy amado almirante. Las aguas que rodean la isla de Mactán lavaron su cuerpo, llevándose consigo su sangre pero dejándonos el recuerdo del incomparable Fernando de Magallanes.

Nuestro capitán quedó tendido en la fina y blanca arena, mientras los hombres de Lapu-Lapu gritaban enfervorecidos, complacidos ante la muerte de un héroe, de un valiente y, sobre todo, de un marino. Magallanes había emprendido un imposible, y nosotros, necios, le habíamos seguido. Y ahora él, el hombre que se había propuesto rodear el mundo entero, desde la sede de la cristiandad, hasta las lejanas islas Molucas, había muerto.

El aire aún olía a guerra. Las jabalinas, las piedras, los insultos en lengua indígena. La mayoría no habían podido desembarcar, pero los pocos que lo hicimos y seguíamos vivos jamás olvidaremos su sacrificio, el modo en el que permaneció en su puesto en el combate y aguardó a que todos sus hombres estuviéramos a salvo, arriesgando la vida y perdiéndola por su tripulación. Ante esto, la gente sentía rabia, ira, mas yo… sí, lo reconozco, yo solo tenía miedo.

La nao dejó atrás aquella pérfida isla, rumbo al horizonte, y un grito conmocionado se alzó desde lo alto del palo mayor:

– ¡¡Viva nuestro capitán!!

– ¡Viva! –Rugieron emocionadas decenas de gargantas, mientras nuestra silueta se confundía entre los últimos rayos de un sol agonizante y un océano sobrenaturalmente calmado, como si quisiese así honrar la memoria de Magallanes.

No había tiempo que perder, el viaje debía continuar. Se nos ordenó regresar inmediatamente a nuestros quehaceres rutinarios de a bordo, pero yo no pude hacerlo. La última mirada de Magallanes, dirigida directamente a mí, me había herido profundamente. Él había muerto con valor. ¿Por qué entonces yo, maestre de la flota del gran Carlos I, prófugo de la justicia antes de embarcarme, tenía tanto miedo?

Las Molucas nos aguardaban. Con Duarte Barbosa, nuevo jefe de la expedición, llegamos cierto día a Cebú, en las Islas del Poniente[1]. El rajá Humabón nos recibió en la playa, con los brazos abiertos y su séquito tras él. Verle no mejoró mi estado de ánimo. Humabón era quien nos había mandado contra Lapu-Lapu, verdugo de Magallanes. Si le hubiéramos ignorado, quizás el almirante seguiría vivo.

– Saludos, pagnols –dijo en un torpe castellano-. Escuché lo de don Fernando. Mi más sentido pésame, pagnols.

– Gracias, rajá –contestó Barbosa, asintiendo-. De veras. Ahora, permítenos descansar en estas tierras. Dios nuestro Señor te lo recompensará.

– Por supuesto, mi señor. En Cebú habrá espacio para vos y vuestras tropas siempre que lo deseéis. Esta noche, para celebrar vuestro regreso a Cebú, habrá un gran banquete.

– Gracias, rajá.

– Dios os guarde, pagnols.

Barbosa le dio la espalda y se volvió hacia sus hombres, ordenando entre susurros:

– Necesito gente que se quede en las naos esta noche, pues habremos de protegerlas de cualquier ataque. Por muy cristiano que diga ser nuestro anfitrión, no me fío de estos salvajes.

Entendía la desconfianza del comandante. Él, como yo, era uno de los escasos supervivientes de la batalla de Mactán. Él, como yo, había visto morir a Magallanes bajo las lanzas indígenas. Barbosa se comportaba con naturalidad con el rajá, pero era evidente que se sentía incómodo.

Me presenté voluntario. Aún no sabía por qué, mas un extraño temor me perseguía desde el enfrentamiento con Lapu-Lapu. Yo, el hombre por quien suspiraban todas las mujeres de España, al que maldecían todos los comerciantes y a quien envidiaban todos los capitanes, vivía aterrado ante el recuerdo de alguien al que había admirado, pero no apreciado. Demasiado poco tiempo había pasado con Magallanes para eso.

Y, no obstante,…

Barbosa asintió al verme dar un paso adelante, como si aprobase mi decisión. Así pues, el numeroso resto de marinos que no disfrutaríamos de la ostentosa cena del rajá dimos media vuelta y regresamos a las naos, si bien la mayoría con resignación, yo con un alivio que no sabría explicar.

Los gritos me despertaron en medio de la noche. Gritos de angustia, lamentos frenéticos que reverberaron por las paredes de la nao Victoria. Me incorporé en mi hamaca, que suavemente se mecía ante el tranquilo paso de las olas de la costa, y rápidamente me vestí y salí a cubierta, donde toda la tripulación parecía estar observando algo… el regreso de las barcas desde Cebú. Aquellos que habían ido al gran banquete volvían a nosotros.

Agarré a un grumete por el brazo y pregunté:

– ¿Qué diantres está pasando?

Él me miró estupefacto, casi aterrado, mientras desde la isla no paraban de llegar canoas, surcando el oscuro océano como las sirenas de las que hablan las leyendas.

– Barbosa ha sido envenenado, señor. Ese maldito rajá le ha asesinado.

– ¿Qué? –Pregunté, anonadado, pero, a pesar de mi incredulidad inicial, la verdad era evidente. Humabón, aquel por cuyas intrigas había muerto Magallanes, había asesinado a Duarte Barbosa. Todo había sido un plan urdido por ese infame pagano. Su conversión, su apoyo a la flota cristiana… Mentiras, patrañas de un bárbaro embustero.

Al tiempo que los remeros iban subiendo, comprendí la problemática situación en la que nos encontrábamos. Un almirante y un comandante muertos en tan pocos días. ¿Quién sería el desgraciado que se atrevería a tomar el mando de la expedición ahora?

Tidore, ese pedazo de tierra en las islas Molucas en el que decidimos atracar, se presentó con sus blancas y extensas playas como perla en medio del mar. Su rey Almanzor nos recibió con más sobriedad que el rajá Humabón, pero desde luego su corazón era más leal. Sin banquetes ni adulaciones ostentosas, mas también sin traiciones, recibió a Gonzalo Gómez de Espinosa, nuevo líder de la expedición, un tormentoso día de noviembre. Conversaron, y el comercio quedó hecho, y así pudimos sentirnos felices del éxito final de nuestro viaje.

Fueron días muy gratos, a pesar de que el tiempo no acompañaba y el deber no nos permitía estar ociosos. Casi un mes estuvimos recorriendo las Molucas, cristianizando a sus gentes y propagando el amor de Dios nuestro Señor, hasta que llegó el momento de regresar a casa. Dimos, así, la vuelta, animosos al saber que volvíamos al hogar pero angustiados ante la perspectiva de volver a enzarzarnos en la mayor aventura de la historia.

Corría el 18 de diciembre del año 1521. El Victoria y el Trinidad, las dos únicas naves que quedaban, izaron velas, soltaron amarras y, ante las miradas casi casi admiradas del pueblo de Almanzor, partimos en pos de nuestro destino. Yo, apoyado en la barandilla del Victoria, sentí una agradable sensación al golpearme el viento en la cara, arrastrando agua salada consigo. Era el capitán de esa nao, su máximo responsable. Mientras avanzábamos, asomé la cabeza para contemplar la embarcación de Espinosa.

No nos seguían. El Trinidad se había quedado varado en tierra, ni siquiera se habían separado del muelle.

Fruncí el ceño y ya me estaba dirigiendo hacia la popa cuando un oficial se me acercó apresuradamente.

– Mi señor, ha llegado un remero enviado por Espinosa. Han encontrado una grieta en el Trinidad por donde está entrando el agua, y no podrán continuar el viaje.

Una vía de agua. Otra desventura más, que nos obligaba a retrasar el viaje de regreso a España. ¿Cuántos infortunios y pesares tendríamos que pasar hasta completar el trayecto?

– Está bien.

– Espinosa le ha dicho que os trasmita un mensaje, mi señor. Su última orden.

El silencio se hizo en el Victoria, que seguía el cortando las aguas del Pacífico, rumbo hacia el oeste.

– Bien, ¿cuál es? –Inquirí.

– Partir, señor. Quiere que continuéis el viaje hasta España, y él os seguirá cuando pueda.

El oficial se marchó, dejándome envuelto en un mar de dudas. Sabía que el mensajero decía la verdad, Espinosa era un gran hombre, de los mejores que he conocido, y no querría demorar más la marcha del Victoria. Aunque tuviese que dividir la expedición, si eso suponía el bien de la mayoría de la tripulación, lo haría.

No me hacía ninguna gracia dejarles allí, en una recóndita isla lejos de España, pero era una orden, y yo, como buen marino que soy, obedecí. Dejamos atrás el Trinidad y las Molucas, y nos internamos en las aguas que nos estaban esperando, las que ahora recorríamos solos.

Entonces, las muertes de Magallanes y Barbosa cobraron sentido para mí. Mi miedo cobró un nuevo sentido, yo, mientras veía desaparecer en el horizonte las islas Molucas, lo entendí. Mi temor no era tal, era… un anhelo superior. Una voluntad mayor, que había guiado a los barcos de Colón años atrás y había traído no hacía mucho tiempo a la mente de Fernando de Magallanes el más sublime propósito, llevándonos a mis hombres y a mí a realizar la más grande hazaña de los hombres.

Soy Juan Sebastián Elcano, el hombre que terminó la primera vuelta al mundo.  


[1] Actualmente Filipinas.

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