Alfonso II el Casto

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Alfonso II el Casto

Era bisnieto de Pelayo, nieto de Alfonso I e hijo de Fruela. Nació alrededor del año 760 y murió el 20 de marzo del 842, tras un reinado de cincuenta y un años.

            El año 777, Carlomagno, pactó con varios caudillos musulmanes que se habían sublevado contra el emirato,  entre ellos el wali de Barcelona Alarabi, momento que fue aprovechado por los mozárabes de Tarragona para emigrar a las tierras recientemente liberadas.

            Contra esta actividad, Hixem I convocó guerra santa el año 791 y lanzó sendas aceifas contra Galicia, contra las montañas vascas y contra la Narbonense.

            El ejército contra la Narbonense, comandado por Abdelkrim, conquistó Gerona, degolló a los habitantes y siguió a Narbona, donde obtuvo tal botín que con el quinto del mismo, y con los esclavos tomados en la acción, se construyó la mezquita y el puente de Córdoba.

Crónica Albeldense

            La expedición a Galicia tomó una ingente cantidad de cautivos, de ganado y de otras rapiñas, pero en el Bierzo topó con las fuerzas de Bermudo, con las que mantuvo un enfrentamiento cuyo resultado no conocemos, ya que el Albeldense da la victoria a los españoles y Al-Makari la da a los invasores. El ejército asturiano era comandado por quien todavía no era rey: Alfonso II.

            Sería coronado el mismo año de la gran campaña de Hixem, tal día como el 14 de septiembre de 791.

            ¿Y quién era el nuevo rey?… Un personaje merecedor de especial atención, engendrado en una vasca por el violento y feroz Fruela, educado en la corte por sus tíos Adosina y Silo, desplazado del trono por su tío Mauregato, refugiado durante años entre sus parientes vascones, que a los veinticinco años accedió al trono como consecuencia de la derrota sufrida por Bermudo el diácono.

            Un personaje que había logrado escabullirse del intento de rapto llevado a cabo en el curso de la aceifa previa a su coronación; alguien que tras estas circunstancias sería depuesto por un oscuro levantamiento, tras lo cual repuso el orden gótico y puso orden en lo que ya podrá llamarse corte real, manteniéndose en el trono más de cincuenta años, siempre en lucha contra los poderosos ejércitos de Córdoba, que de forma recurrente lanzaba sus huestes contra cualquier punto de su alargado reino que iba del Pirineo al Atlántico, y siempre llevando una vida casta, pura, inmaculada.    Se trata de un personaje merecedor de atención especial. En su reinado se descubrió el sepulcro de Santiago, que tanto bien haría en la Reconquista de España.

            Con él volvía la energía al trono asturiano después de 34 años de componendas y ominosos tributos pagados al enemigo musulmán, y con él se puede decir que se consolidó el reino de Asturias.

            Un reino que sí se constituyó aglutinando los diversos pueblos hispánicos en los que se incluía tanto a los hispanos romanos como a los visigodos, en un tiempo tan tardío como a principios del siglo IX, y en el testamento de Alfonso II, se renegaba de los visigodos culpándoles de la pérdida de Hispania.

            Alfonso II

            Alfonso II es el rey que puede ser considerado como forjador de la Reconquista; el rey que ensanchó las fronteras del reino acercándose al río Duero, llevando sus peleas hasta Lisboa y enfrentándose con dos monarcas árabes: Al Hakam y Abderramán II.        Alfonso II fue el nexo necesario de unión de los pueblos hispánicos liberados. Junto a Alfonso el Casto pelearon muchas veces incluso los paganos que habitaban en las lejanías de las tierras, otrora de várdulos y caristios, vasconizadas a la caída del Imperio Romano.

            Pero la actividad de Alfonso II va más allá: Además de ser un excelente caudillo guerrero, organizó política, religiosa y administrativamente el reino; activó la implantación del derecho y también lo organizó socialmente.  A ello colaboró el concilio de Frankfurt del año 794, en que se condenaba el adopcionismo de Elipando.    Con motivo de este concilio, el Papa Adriano dirigió una carta  a los «dilectísimos hermanos y consacerdotes nuestros que presiden las Iglesias de España y de Galicia», es decir, de la España árabe y del Reino de Asturias, al que por primera vez se le reconocía una organización eclesial propia.

            Apenas asentado en el trono, tuvo que hacer frente a las aceifas árabes: una por Álava y otra por Galicia. Aceifas que se repetirían anualmente, y que en 794 llegaron hasta Oviedo al mando de Abdelmalik, saqueándola, pero la de Abdelmalik sería la última incursión en el corazón del reino. El ejército agareno fue exterminado en Lutos, excelente lugar por su angostura para llevar a efecto la matanza, cuando regresaba victorioso a Córdoba. 

Dirhem, Hixem I

Hixem I, contrariado ante el desastre, organizó nuevas aceifas para el siguiente año, 795, al mando de Abdelkrim. Diez mil soldados partieron contra Asturias, que los recibió, no en las montañas, sino en campo abierto. Craso error, el 18 de septiembre vencieron los sarracenos, que se lanzaron en persecución de las tropas de Alfonso infligiendo una nueva derrota y dando lugar una persecución que cubrió gran parte del pequeño reino, que se libró del exterminio gracias al arribo del invierno, cuando los agarenos se retiraron por temor a las inclemencias del tiempo. El otro ejército que había atacado por Galicia volvió habiendo dejado gran número de bajas en el intento.

Batalla de Lutos

            Alfonso II fue el fundador de Santiago de Compostela, donde mandó construir un templo en el “Campo del Apóstol” y le asignó para su sostenimiento el territorio de tres millas en circunferencia. Y fue quien puso su corte en Oviedo, después de infligir dos importantes derrotas a los invasores en Lutos y Naharón, y reconquistó Lisboa, llevando sus fronteras hasta el Tajo. En 794 ocasionó una terrible derrota a los invasores, en la batalla de Lodos (o Lutos), donde pereció todo el ejército musulmán, compuesto por 70.000 hombres, según refieren las crónicas.

            Pero el buen sol que brillaba para España se vio turbado el 802 por el alzamiento de un personaje cuyo nombre niega la historia, y que a punto estuvo de dar al traste con Alfonso, objetivo que no consiguió gracias a que un grupo de fieles venció al rebelde y restituyó en su trono a Alfonso, que había permanecido recluido en el monasterio de Ablaña durante un año.

            Este incidente no tuvo un desarrollo rápido, sino que, parece, se gestó durante varios años, desde el año 798, cuando tras tomar Lisboa entregó a Carlomagno siete mil prisioneros, acto que parece ser el origen de las discordias internas que a punto estuvieron de acabar con el reinado de Alfonso. Lo cierto es que no volvieron a efectuarse semejantes presentes.

Vardulia

            Durante los siguientes años de su reinado, dedicaría Alfonso grandes esfuerzos a embellecer su reino con hermosas construcciones, e instalando nuevos monasterios desde Vardulia hasta Galicia y repoblando castros y ciudades con la población mozárabe que huía del dominio musulmán.

            La cultura reverdeció en su reinado, habiéndose llegado a escribir la conocida como “crónica asturiana perdida” cuya existencia fue demostrada por Claudio Sánchez Albornoz, y restableció el gobierno de palacio, que podemos entender como la estructuración del gobierno. Así mismo creó el obispado de Oviedo.

Claudio Sánchez Albornoz

            La cultura reverdeció en el reinado de Alfonso II, habiéndose llegado a escribir la conocida como “crónica asturiana perdida” cuya existencia fue demostrada por Claudio Sánchez Albornoz. También Alfonso II restableció el gobierno de palacio, que podemos entender como la estructuración del gobierno. Así mismo creó el obispado de Oviedo.

            El rey casto moriría el año 842, y de él diría posteriormente Alfonso III: Permultis spatiis temporum gloriosam, castam, pudicam, sobriam atque inmaculatam uitam duxit. Atque in senectute bona post quinquaginta duos annos regni sui santissimum spiritum permisit ad coelum. Et qui in hoc seculo sanctissimam vital egit, Oueto ipse in in tumulo pace quieuit, aera DCCCLXXXI.

Cesáreo Jarabo

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