ASEDIO Y CONQUISTA DE SAGUNTO

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Arse, la actual Sagunto, sin duda, es una de las ciudades con más historia de nuestro país. Su disputa por romanos y cartagineses dio lugar a la Segunda Guerra Púnica allá por el siglo III a.C. Actualmente y fruto de su rico pasado romano, conserva un legado patrimonial único, del que sobresale su teatro.

Desde sus orígenes los cartagineses y, en especial los barquidas, se sintieron muy atraídos por los territorios peninsulares, principalmente por su situación geoestratégica frente a Roma, por sus recursos minerales y agrícolas pero, sobre todo, por su gran aportación de mercenarios, difícilmente mejorables en dotes guerreras. Fueron un pueblo tradicionalmente comercial y guerrero y hasta hace poco tiempo se les había considerado un pueblo cruel y sanguinario. No obstante, se puede considerar que dichas acciones estarían dentro de lo que tristemente podemos calificar de habitual, en una guerra de la época. Y fueron Los romanos los primeros interesados en demostrar que los cartagineses eran un pueblo devastador e irrespetuoso con sus vecinos, sin embargo, ellos no fueron menos crueles, pues, los saqueos con que los romanos «obsequiaban» a la ciudad o ciudades del conquistado tras la batalla –de hecho era con lo que César, por ejemplo, obsequiaba a sus soldados por haber logrado la victoria-.

El engrandecer su poderío geopolítico y económico en el Mediterráneo lanzó a Amílcar Barca a una importante campaña expansionista en la Península Ibérica. Tras reclutar a un poderoso grupo de mercenarios, desembarcaron en Gadir, única posesión cartaginesa en la Península en el año 237 a.C. y, avanzando por todo el territorio meridional controlan toda la Bética, dominando a Bastitanos y a Contestanos (Almería, Murcia y Valencia), sin cejar en el empeño en su camino hacia los Pirineos. El pretexto de la invasión para Amílcar es el obligado y elevado pago de tributos que ha de realizar a su vecina Roma, sin embargo, Amílcar no esconde sus intenciones y deseos expansionistas.

Amílcar en su avance hacia los Pirineos no respetó el primer tratado con Roma fechado en el 348 a.c., por el que no debía sobrepasar, , ciudad tartesia. La respuesta romana no se hizo esperar y Amílcar se disculpó manifestando que su única intención había sido obtener metales preciosos con los que pagar tributos a Roma, y este incidente hizo que por primera vez los romanos se interesan de forma especial por los asuntos de la Península.

Amílcar acampó sus tropas en Akra Leuké (muy cerca de la actual Alicante) y en su intención de dominar Illice (Elche) perdió la vida a manos de los Oretanos que les habían tendido una emboscada por la noche. Amílcar fue sustituido por su yerno Asdrúbal, conocido más por sus dotes de diplomático que de estratega militar. Mientras tanto Aníbal, hijo de Amílcar, crecía en tierras hispanas. En poco tiempo Asdrúbal consiguió un gran prestigio en la zona, lo que asustó a los saguntinos que pidieron protección a Roma. Se firmó el histórico Tratado del Ebro en el año 226 a.C., por el que el río Ebro debía ser la frontera natural y límite de los dos imperios.

Los cartagineses debían respetar la independencia de la ciudad de Sagunto, bajo la protección y supervisión de los comisionados romanos. Ocho años después, al morir Asdrúbal asesinado a manos de un siervo suyo, le relevó el hijo de Amílcar, Aníbal, a propuesta del Senado cartaginés, contando con tan sólo 25 años de edad. La educación de Aníbal es muy peculiar al ser criado en la idea del temido y feroz enemigo romano va a despertar un espíritu de lucha implacable y un profundo sentimiento de rencor, casi instintivo, hacia el pueblo romano.

Con Aníbal finaliza la línea pacifista emprendida por Asdrúbal y se retorna la política de expansión territorial exacerbada. En el momento del cambio de poderes, Cartago controla todo el Sur peninsular, parte del territorio oretano del interior, entre Sierra Morena y el Guadiana, además de todo el litoral levantino con la única excepción de Sagunto.

Sus primeras campañas en la Península son muy nombradas hasta llegar a la Elmántica (actual Salamanca), que también va a dominar sin apenas oposición. Tras regresar a Cartago en olor de multitudes y, transcurrido el invierno sin cejar en su empeño, decidió pensar en la estrategia adecuada para conquistar Sagunto, que continuaba protegida por Roma. Aníbal utilizó su estrategia personal para resucitar viejas heridas entre turbolitanos (terolenses) y saguntinos relacionadas con antiguos conflictos fronterizos. Turbula, partidaria de Cartago, acusó a los saguntinos de asaltadores de campos e infractores de sus leyes y derechos de propiedad. Aníbal hizo la causa como suya y situó estos incidentes como una forma vil de los romanos para poner en peligro la paz creada hacía poco tiempo.

Los saguntinos, al ver cómo se precipitan los acontecimientos, solicitaron de nuevo la protección de Roma. Aníbal, molesto, respondió con la invasión de Sagunto en el 219 a.C, y a consecuencia de ello se iniciaría poco más tarde la famosa Segunda Guerra Púnica. Los comisionados romanos Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo enviaron a Valerio Flacco y Q. Bebio Tamphilo a la Península para hacer respetar el pacto de Cartago con Roma. Sin embargo, ya era tarde puesto que las huestes de Aníbal habían comenzado el sitio de Sagunto, siendo la agresión a Sagunto lo que supuso una declaración firme de guerra a Roma. Aníbal ordenó que sus máquinas de guerra o vineas se arrimaran contra el muro para abrir un boquete con el ariete. Sin embargo, la existencia de una torre de defensa dificultó enormemente lo que en un principio parecía una operación rápida y contundente del general cartaginés.

Los saguntinos emplearon toda clase de armas arrojadizas impidiendo que el ariete batiera el muro. Por la noche los saguntinos salieron de la ciudad aprovechando la oscuridad para realizar incursiones en el campamento cartaginés, lo que provocó numerosas bajas entre los mismos. Los escasos intervalos de descanso eran empleados por los saguntinos para aumentar las fortificaciones. Finalmente, las víneas y arietes consiguen derribar tres torres y parte del muro defensivo que las unía, y sin poder los saguntinos defender tantos puntos de ataque se reagruparon formando un escudo humano frente a la brecha abierta en la muralla, defendiéndose con coraje del ataque cartaginés, llegando a obligarles incluso a retroceder hasta su campamento.

Para Aníbal, el sitio de Sagunto se había convertido en una cuestión de honor y llegó el momento de cambiar la estrategia de asalto. Para ello, se construyeron varias torres de madera más altas que el muro, situando en ellas numerosos soldados, encaramados y bien guarnecidos del peligro de las armas arrojadizas. Así, ordenó que las torres se aproximaran al muro y abrieran una brecha en él. Abierta la brecha en un abrir y cerrar de ojos, los cartagineses consiguieron situarse en un sitio muy elevado desde donde comenzaron a colocar catapultas y ballestas formando una especie de castillo en la misma ciudad y continuaron su avance por la parte de la ciudad más arruinada. Los saguntinos construyeron con los escombros otra muralla a espaldas de la ciudad reduciendo su recinto y defendiéndose como pudieron del avance cartaginés. Asolada la mayor parte de la ciudad y ante la falta creciente de víveres, los saguntinos perdieron la esperanza de la ayuda romana y decidieron resistir como pudieran los envites de las fuerzas de Aníbal. Maharbal, el segundo de Aníbal,  continuó el asedio de la ciudad y el derribo de gran parte del muro.

Los sitiados se alimentaban de cortezas de árbol y de cuero reblandecido de los escudos; la situación era insostenible y los saguntinos propusieron una rendición honrosa que no fue aceptada por Aníbal que impuso una con brutales consecuencias para los saguntinos. Entre las condiciones impuestas destacaba la devolución a los turboletas de todo lo robado, entrega de todo el oro y la plata que poseían y el abandono de la ciudad con sólo dos vestiduras. Finalmente, los saguntinos optaron por la máxima «morir antes que entregarse» y decidieron montar una pira inmensa, llena de objetos valiosos, prendas, piedras preciosas, vasos sagrados de los templos, plomo y bronce para deteriorar completamente el oro y objetos de valor, prendiendo fuego al conjunto en la Plaza.

Ante la desesperación del momento, cuentan las crónicas que numerosos saguntinos decidieron perecer consumidos por el fuego antes que rendirse al general cartaginés. La crónica también cuenta que esa misma noche un grupo salió de la ciudad «a la desesperada» hacia el campamento cartaginés, para acuchillar a todos aquellos que encontraran a su paso. La consigna no dejaba de ser descabellada -«morir matando»-.

Sin embargo, la superioridad numérica de los cartagineses presagiaba el triste final de los desesperados saguntinos. Desde lo alto de la muralla mujeres y niños contemplaban el fatal desenlace y muchas de ellas decidieron asesinar a sus criaturas antes de lanzarse desde lo alto de la fortaleza al vacío. Poco después, entraron los cartagineses ordenando el asalto general sin compasión. Se puede decir que perecen en el intento más que los que se entregan al general. El pueblo de Sagunto, ciudad independiente protegida por Roma, prefirió morir antes que entregarse, abandonado a su suerte por quien había prometido su protección – el Imperio Romano -, ante el largo y cruel asedio al que fueron sometidos por el cartaginés Aníbal.

Sagunto cayó después de ocho meses ininterrumpidos de asedio y bloqueo continuado, entre marzo y noviembre del año 219, mientras Roma, aliada de Sagunto, permitió la destrucción de la ciudad para declarar la guerra a Cartago. La Guerra con Roma era inevitable y el Senado Romano la declaró inmediatamente. Roma inició la expansión por la Península poco tiempo después.

La segunda guerra púnica en la que destacan las batallas de Cannas y Zama, es la más conocida de los enfrentamientos bélicos acontecidos en el marco de las guerras púnicas entre las dos potencias que entonces dominaban el Mediterráneo occidental: Roma y Cartago. La contienda se suele datar desde el año 218 a. C., fecha de la declaración de guerra de Roma tras la destrucción de Sagunto, hasta el 201 a. C. en el que Aníbal y Escipión el Africano acordaron las condiciones de la rendición de Cartago.

En definitiva, cartagineses y romanos practicaron en Hispania un juego peligroso en el que sin hacer abiertamente la guerra, tomaban posiciones y buscaban un pretexto para enfrentarse.: Cartago para devolver el golpe a Roma por sus anteriores derrotas y ésta para acabar de una vez con el peligroso competidor. Sagunto no fue más que la excusa esperada por ambos para que comenzase una hostilidad inevitable.

Jaime Mascaró Munar

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