BATALLA DE CERIÑOLA

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El «Caballo de las Tendillas» cumple 90 años, extracto del periódico ABC, 16 de noviembre de 2013:

En un día como el de ayer pero de 1923, Córdoba inauguró su monumento escultórico más importante y conocido. Se trataba del homenaje al héroe cordobés sobre el que se han escrito más de un centenar de libros en todas las épocas: Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán (1453-1515).

En 1909, Antonio García Pérez, capitán y profesor de la Academia de Infantería de Toledo, enarboló la figura del Gran Capitán, abogando por la celebración del Centenario en Córdoba y la construcción de un monumento a encargar al prestigioso escultor Mateo Inurria.

El emplazamiento no podía ser más simbólico: el noble guerrero caminaría a lomos de su caballo hacia las afueras de Córdoba, buscando los frescos aires de su intrincada sierra. Sobre el granito rojo del pedestal, aparece en su lado frontal el escudo de los Reyes Católicos, a los que sirvió desde 1481 lealmente, como ejemplo de primer general de la Edad Moderna, y en el lado posterior aparecen los escudos de Córdoba, capital y provincia, con la inscripción

Córdoba, casa de guerrera gente y de sabiduría clara fuente». En la parte superior campea una cenefa con los nombres de sus batallas y conquistas: Garellano, Ceriñola, Nápoles, Atella, Cefalonia, Ostia…

          Usando por primera vez la potencia del fuego de arcabuces, la defensa desde sólidas posiciones y la caballería ligera, el Gran Capitán abrió en esos escenarios una nueva era en la forma de combatir, dominada durante la Edad Media por la caballería pesada y la batalla en campo abierto. E inició una imbatibilidad de la infantería española por siglo y medio.

          La figura está realizada en bronce, a excepción de la cabeza de mármol blanco, para contrastar y dar más expresión.

El invicto personaje aparece grave y erguido, gallardamente aplomado en su silla de montar. Viste primorosa armadura y lleva en la diestra la bengala de mando (Bernardino de Pantorba).

ANTECEDENTES: LAS GUERRAS ITALIANAS

Las guerras italianas fueron una serie de conflictos sucedidos entre 1494 y 1559 que implicaron, en distintas ocasiones, a los principales Estados de la Europa Occidental: Francia, Corona de Castilla, Corona de Aragón, Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, la República de Venecia, los Estados Pontificios y la mayoría de las ciudades-estado italianas, así como también el Imperio otomano.

          Inicialmente se trató de una disputa dinástica acerca de los derechos hereditarios de Francia sobre el Ducado de Milán y el Reino de Sicilia Citerior, pero las guerras terminaron por convertirse en luchas territoriales y de poder que estuvieron marcadas por juegos de alianzas, contra-alianzas y frecuentes traiciones.

El enfrentamiento entre Francia y la Casa de Habsburgo fue, salvo breves períodos excepcionales, una constante durante los siglos XVI y XVII por tres motivos principales: la política italiana, el problema de Navarra y el cerco de los territorios de los Austrias en torno a Francia.

En un primer período el escenario de los enfrentamientos se centró en Italia. La Corona de Aragón conservaba Cerdeña (1325) y Sicilia (1409), mientras que el Reino de Nápoles, anexionado en 1442, había pasado en 1458 a una rama bastarda de Aragón a la muerte de Alfonso V. Por su parte, Francia reivindicaba los derechos sobre el trono napolitano de la dinastía de los Anjou, que habían reinado de 1282 a 1442. Sería el rey Carlos VIII quien en 1493 pergeñó un plan para recuperar posiciones: asegurándose la neutralidad del emperador Maximiliano a cambio del Artois y el Franco Condado, y de Fernando el Católico por el Rosellón y la Cerdaña, intentó apropiarse de ciertos territorios esgrimiendo su parentesco con Renato de Anjou, pero al no acceder el papa Alejandro VI a coronarle decidió conseguirlo por la vía militar ocupando Nápoles, hasta que la Liga formada por Venecia con el papa Alejandro VI Borgia, Ludovico Sforza, regente de Milán, el emperador Maximiliano I y los Reyes Católicos le obligaron a retirarse.

La batalla de Fornovo (6 de julio de 1495) concluyó sin un vencedor militar claro, aunque el francés tuvo que evacuar sus tropas del norte de Italia. En el sur, el Gran Capitán, a pesar de la inferioridad numérica y basando su estrategia en evitar un enfrentamiento a campo abierto, consiguió mantener posiciones, si bien Fernando II de Nápoles le obligó a presentar batalla junto a él en Seminara (28 de junio de 1495).

Tras recibir refuerzos, los españoles pasaron a la ofensiva y tomaron varias plazas fuertes al norte, mientras Ferrandino, valiéndose de una insurrección popular, consiguió acorralar a Gilberto de Montpensier en Nápoles y expulsarlo de la ciudad. Por su parte, Fernando el Católico abrió otro frente en los Pirineos con Francia para lograr que Francia tuviera que desviar soldados y recursos.

La victoria del Gran Capitán en Cosenza estrechó el cerco sobre Montpensier, que acantonó sus hombres en Atella. Los aliados tomaron la fortaleza en julio de 1496, y un año después tomaron Roccaguglielma y Diano, en 1497. El 4 de agosto de 1498 Fernando el Católico firmó con Luis XII, el sucesor de Carlos VIII, el Tratado de Marcoussis, pero aun así siguió reclamando el ducado de Milán y el reino de Nápoles. Para reforzar su posición pactó el francés alianzas con la república de Venecia, a la que ofreció Cremona a cambio de su ayuda, y con Alejandro VI y su hijo César Borgia, a quienes ofreció territorios en la Romaña. Así, en agosto de 1499 un ejército francés cruzó los Alpes y marchó sobre el Milanesado, bajo el gobierno del duque Ludovico Sforza, quien ante la superioridad militar francesa hubo de abandonar Milán.

Ludovico Sforza buscó la ayuda del turco Bayaceto y reclutó un ejército de mercenarios suizos con los que consiguió recuperar las principales ciudades del ducado, pero en abril fue traicionado por los soldados suizos en Novara, siendo apresado al igual que su hermano Ascanio. César Borgia, mientras tanto, tomó Imola, Forli, Rímini, Pésaro y Faenza, en la Romaña.

En 1500, el tratado de Granada entre Fernando el Católico y Luis XII determinó el reparto de Sicilia: el sur quedaría para la corona de Aragón, anexándose a Sicilia Ulterior, y el norte para Francia, formándose el Reino de Nápoles. En marzo de 1501 las tropas de Gonzalo Fernández de Córdoba ocuparon Calabria y Apulia y en 1502 los franceses tomaron Génova, el Abruzzo y Campania. Por su parte, el rey Federico de Sicilia Citerior fue incapaz de contener el avance de ambos contendientes, resultó depuesto y su reino dividido.

Pronto surgieron entre Francia y España los desacuerdos sobre los términos de la partición de la isla: la posesión de las provincias centrales de Sicilia Citerior no había sido especificada en el tratado de Granada, lo que llevó a diversos enfrentamientos en Ruvo, Seminara y en Ceriñola, un 28 de abril de 1503.

LA BATALLA DE CERIÑOLA: DIARIO DE UNA BATALLA

Ellos morirán y nosotros venceremos

28 de abril de 1503. Una vez más, Gonzalo Fernández de Córdoba debe enfrentarse a un enemigo superior en número, lo que exige una estrategia bien cuidada a la hora de distribuir a su ejército en el campo de batalla. Los españoles han tomado la pequeña colina que se eleva tras el foso y el talud que protegen Ceriñola, arcabuceros, ballesteros, coseletes, y piqueros están en sus posiciones y la artillería disponible consta de 13 piezas.  

Un varón de mucha virtud por la mar y aun por la tierra (…) tan bien afortunado que siempre salía en todas sus refriegas victorioso (descripción del Gran Capitán por Juan de Lezcano)

El Gran Capitán ha ordenado colocar a los arcabuceros en primera línea, disponiéndolos en dos grupos de 500 hombres tras el talud que sigue al foso excavado y en varias trincheras delante del foso. Tras ellos, situados en el centro, unos 2.500 piqueros alemanes. A ambos lados de los piqueros se sitúan 2.000 coseletes y ballesteros. Tras los coseletes, protegiendo los flancos, se colocan dos grupos de 400 hombres de caballería pesada, mandados por Próspero Colonna y Pedro de Mendoza.

Por su parte, en la colina donde se encuentra la artillería el Gran Capitán sitúa 850 hombres de la caballería ligera, dirigidos por Fabrizio Colonna y Pedro de Pas, ambos bajo mando inmediato de Fernández de Córdoba, con la misión de evitar que las tropas francesas copen a la infantería en caso de conseguir romper las defensas.

Habemos enviado ála Cerínola por la artillería que trayamosnosotros, que dexamos ahí; que es cuatrocañones y diez girifaltes; é así facemos cuenta que para este castillo pornemos los doscañones y culebrinas que tenemos aquí, ytres cañones y una culebrina que tiene el Marqués del Gasto en Iscla, y los cuatro ca-ñones que facemos venir de la Cerínola, queserá por todo nueve cañones y dos culebri-nas y diez gerifaltos y ocho falconetes (Crónicas del Gran Capitán).

Mientras, al otro lado de la colina, las fuerzas francesas basan su fuerza en las cargas de caballería pesada, un alto número de mercenarios suizos) y más artillería que los españoles.

El duque de Nemours y virrey de Nápoles ordena que sus hombres se agrupen en cuatro grandes bloques: en vanguardia, la caballería pesada, separada en dos grupos de unos 1.000 jinetes cada uno y comandada por el propio duque. Tras ellos, 3.000 piqueros mercenarios suizos, mandados por Chadieu. Inmediatamente después, 3.000 hombres y 26 piezas componen la infantería gascona. Y finalmente, la caballería ligera, mandada por Yves d’Allegre, aguarda en el flanco izquierdo.

UNA HORA DE BATALLA

Una de las características más sorprendentes de la batalla fue la extrema rapidez con la que se desarrolló desde la primera carga francesa hasta la rendición, apenas transcurrió una hora (ejercito.defensa.gob.es/museo/HECHOS_HISTORICOS/HECHOS_HISTORICOS/04.28_abril._BATALLA_DE_CERINOLA.html)

El Gran Capitán, buen conocedor del entusiasmo de los franceses por las cargas de caballería, ha ideado una estratagema: provocar una carga y atraer la caballería francesa hasta el alcance de la artillería y los arcabuceros españoles.

Cae la tarde, y a una orden suya la caballería española sale a campo abierto. Se produce una escaramuza, breve, efectista. Al cabo, los españoles fingen la retirada, siendo perseguidos por la caballería pesada francesa. Cuando alcanzan el foso y el talud aparecen por sorpresa los arcabuceros, que abren fuego, al igual que lo hace la artillería.

Retroceden los franceses y luego se lanzan en paralelo al talud y hacia la izquierda, tratando de buscar una vía de entrada a los parapetos del flanco derecho español, pero no lo consiguen: la caballería francesa es aniquilada por los arcabuceros españoles. El duque de Nemours es abatido por tres disparos.

La situación se torna desfavorable para los franceses, pero en lugar de replegarse vuelven a atacar, emplazando su artillería en vanguardia de la infantería y disponiéndose los tres grandes bloques restantes en posición diagonal con respecto al foso y al talud.

En ese momento explota accidentalmente la pólvora en el bando español, lo que deja inutilizada la artillería.

¡Ánimo!  ¡Estas son las luminarias de la victoria!  ¡En campo fortificado no necesitamos cañones! (Arenga del Gran Capitán).

Se entabla combate. Arrecian los arcabuces y las bajas francesas son cuantiosas, entre ellos el jefe de los piqueros suizos, Chadieu. A pesar de eso, los franceses persisten, lo que obliga a Fernández de Córdoba a ordenar la retirada de los arcabuces y el avance de los piqueros alemanes, que terminan por rechazar a suizos y gascones.

La derrota francesa es inminente. El Gran Capitán ordena entonces a todas sus tropas abandonar las posiciones defensivas y lanzarse al ataque. El castigo es tan severo que los franceses terminan por rendirse.

Gonzalo Fernández de Córdoba no era sólo el capitán enérgico, brioso y esforzado, el soldado de lanza y el guerrero de empuje; era también el General de cálculo, el caudillo estratégico, el jefe organizador. El Gran Capitán era al propio tiempo el negociador político. El intrépido batallador era también el astuto diplomático. El castigador severo de la indisciplina era el hombre afable y contemporizador que sabía atraerse el cariño del soldado. El caballero que se distinguía por el magnífico porte y el brillante arreo de su persona, el remunerador espléndido y generoso, ora también el modelo de sobriedad y el tipo y ejemplo de la paciencia y del sufrimiento en las escaseces, en las privaciones, en los trabajos y en las penalidades. Así no sabemos en qué situación admirar más á Gonzalo, si venciendo en Atolla y en Ceriñola, si combatiendo á Tarento y á Ruvo, si res- catando á Ostia y á Cefalonia, si batallando y triunfando en el Garillano, si sufriendo con inagotable y calculada paciencia en la plaza de Barleta y en los pantanos de Pontecorbo. No había genio que pudiera medirse con el de un General que ganó todas las batallas que dio en su vida, y que en su larga carrera militar sólo perdió una, la única que se dio contra su voluntad y contra su dictamen, anunciando anticipadamente el resultado que no podría menos de tener (Modesto Lafuente).

CONCLUSIONES

*Desde el punto de vista militar, la batalla de Ceriñola supuso una revolución en las tácticas de batalla, sembrando algunas de las bases de la guerra moderna. Por primera vez en la historia, una infantería provista de arcabuces logró derrotar a la caballería en campo abierto.

Por primera vez en la historia, una infantería provista de arcabuces logró derrotar a la caballería en campo abierto. El general español aplicó un sistema de contención-contraataque, fundado en la utilización de las armas de fuego con finalidad fijante y de perturbación de la carga de caballería francesa, añadiendo además una acertada elección de la ocasión y el terreno (incluyendo su preparación) donde presentar batalla. Además, el Gran Capitán demostró una vez más que un ejército formado por unidades más pequeñas e independientes proporcionaba «una movilidad que suponía una ventaja determinante en batalla con respecto a ejércitos agrupados en bloques más numerosos», como el mandado en aquella ocasión por el duque de Nemours. (ejercito.defensa.gob.es/museo/HECHOS_HISTORICOS/HECHOS_HISTORICOS/04.28_abril._BATALLA_DE_CERINOLA.html)

*La derrota francesa en Ceriñola, junto con la batalla de Seminara ocurrida la semana anterior, en la que las tropas españolas de Fernando de Andrade y Hugo de Cardona vencieron al Ejército francés de D’Aubigny en Calabria, supuso un giro a la situación de la guerra en Nápoles: a partir de este momento serían las fuerzas españolas quienes tomarían la iniciativa en el transcurso de la guerra, haciendo retroceder a los franceses hacia el norte.

*Ceriñola marcó el inicio de la hegemonía de España en los campos de batalla europeos y una nueva era en el arte de la guerra: la infantería se mantendría como la fuerza preponderante en cualquier ejército de Europa durante más de cuatro siglos, hasta bien entrada la Primera Guerra Mundial.

Ricardo Aller

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1 thought on “BATALLA DE CERIÑOLA”

  1. Porque tanta guerra entre príncipes cristianos. Cuanto sufrimiento y muerte entre el pueblo que conformaba la soldadesca; es que no podrían acordar unas reglas para los derechos sucesorales de los príncipes. Es salvando la distancia con el fútbol que se pelean los hooligans por un fanatismo estúpido, en el caso de las guerras europeas la ambición, lo que demuestra irracionalidad y poca práctica cristiana de algunos, donde solo se justificaría los que lo hicieron por defender lo que justamente le pertenecía.

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