La Batalla de las Navas de Tolosa (16.7.1212)

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La batalla de las Navas de Tolosa. Horace Vernet (Siglo XIX)

La batalla de las Navas de Tolosa es de especial importancia para la Reconquista, y un hito en la Historia de la Humanidad.

Para llegar a la misma debieron concurrir una serie de hechos: la caída del imperio almorávide propiciada por los almohades; el avance de los reinos hispánicos a costa de las segundas taifas; la proclamación de la yihad en el mundo islámico para combatir a los reinos hispánicos, y finalmente el espíritu de cruzada existente en Roma y en el mundo europeo, que más centrado en el pillaje y en el Medio Oriente, se daba cuenta que en España existía una cruzada secular que no había sido atendida más que por los españoles. Al fin, a pesar de la predicación de cruzada por toda Europa, la batalla decisiva, la de las Navas de Tolosa, sería un acontecimiento estrictamente español. España, en 1212, como en el 721, salvaba a Europa de la barbarie musulmana.

Conquistada toda Al Ándalus por los almohades, empezada a urdirse el verdadero destino de éstos: la acometida al mundo hispánico. Su empuje quedó más que manifiesto en la derrota que infligieron a las tropas de Alfonso VIII en Alarcos (Guadalajara) el 19 de Julio de 1195, destruyendo las expectativas del rey castellano, a quién con la derrota se le impidió terminar lo que estaba organizando: una ciudad amurallada como avanzada de la Reconquista. Una gran batalla contraria a los intereses del rey castellano, que a punto estuvo de costarle la vida, y en la que se enfrentó a un enorme ejército almohade apoyado por los rivales leoneses de Alfonso VIII, entre los que destacaba la casa de Castro, y cuyo general era Pedro Fernández de Castro.

La derrota en Alarcos aportó nuevos sufrimientos, ya que durante los dos años siguientes, los musulmanes razziaron a su sabor el reino de Toledo.

Tras la derrota de Alarcos, Alfonso VIII se planteó la revancha, que fue meditando y combinando con los enfrentamientos con los otros reinos cristianos, hasta que finalmente, el arzobispo de Toledo consiguió la proclamación de la Cruzada. Las épocas de paces pactadas con los árabes posibilitaban el fortalecimiento militar de los contendientes. Pero llegaba el fin de las mismas.

Así, en 1211, el almohade Muhammand Al-Nasir, llamado por los cristianos «El Miramamolin«, preparó un gran ejército amenazando a los reinos cristianos. Ambicionaba ocupar completamente la Península Ibérica. El califa logró reunir un ejército de 125.000 soldados bien pertrechados y muy fanatizados. La caída de Salvatierra en manos de los Almohades, alarmó a toda Europa.

Pero Al Nasir, convencido de su victoria, daba rienda suelta al maltrato de sus propias tropas. Las formas aplicadas sobre los soldados eran tiránicas, lo cual contrastaba con las formas aplicadas por los reyes hispánicos.

En 1212 el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, logró del papa Inocencio III la proclamación de Cruzada para la lucha contra los almohades. La bula fue cursada a Alfonso VIII de Castilla, y fue complementada con otra en la que amenazaba de excomunión a quién atacase un  reino cristiano que se encontrase involucrado en la cruzada, en claro aviso al rey de León para que evitase atacar Castilla para recuperar las plazas anteriormente tomadas por Alfonso VIII. Jiménez de Rada, estuvo predicando la cruzada por Francia y en las iglesias de toda Europa animó a los creyentes a alistarse. En Europa existía auténtico pavor ante la posibilidad de una asonada árabe sobre su territorio, por lo que numerosos señoríos franceses respondieron al llamamiento del Arzobispo de Burdeos, el Obispo de Nantes, el Conde de Astarac, Theobald de Blazon ‘Señor de Poitou’, el Vizconde de Turena, el belicoso Arzobispo de Narbona, Arnau Amalric, entre otros.

De Europa, y en concreto de Languedoc, llegaron contingentes del ejército de Simón de Monfort, habituados a la lucha en la cruzada contra los albigenses, que en ese momento estaba en marcha, importando los métodos allí aplicados: Asaltaron la judería de Toledo, y cuando fueron expulsados de la ciudad, devastaron allí por donde pasaban.

Alfonso VIII se presentaría a la contienda con 50.000 hombres comandados por Diego López de Haro, V señor de Vizcaya. Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal aportarían 20.000 hombres: 30.000 ultramontanos acudieron a la batalla con espíritu poco batallador, y las órdenes militares acudieron como combatientes que no volvían la espalda y no obedecían sino al Papa. Ahí estaban los Maestres de las Órdenes del Temple y de San Juan de Jerusalén, así como numerosos caballeros de las Órdenes de Calatrava y Santiago. Por su parte, el rey de León y Galicia, Alfonso IX (1188-1230) condicionó su participación a la devolución de ciertas plazas arrebatadas por los castellanos y, lejos de unirse a la campaña, aprovechó la concentración de tropas en Toledo para atacar la región de Tierra de Campos; no obstante, sí acudieron a la cita importantes contingentes de caballeros leoneses. Los musulmanes presentaban un ejército cuyo número los historiadores hacen oscilar entre 120.000 y 400.000 hombres.

El rey de Navarra, debido al enfrentamiento que tenía con Alfonso VIII, no se decidió a participar en la contienda hasta que Arnaldo Amalarico, obispo de Narbona, lo convenció.

La batalla de Las Navas de Tolosa, llamada en la historiografía árabe Batalla de Al-Uqab, finalmente enfrentó el 16 de Julio de 1212 en las inmediaciones de la población jiennense de Santa Elena al ejército aliado en una actuación que puede entenderse como la primera iniciada por quienes, juntos, constituían España, contra el ejército numéricamente superior del califa almohade Mohamed Al Nasir (Miramamolin). Saldada con una importantísima victoria del bando cristiano, esta batalla fue el punto álgido de la Reconquista y el principio del fin de la presencia musulmana en España.

La financiación de la empresa, en un 66 % estuvo a cargo del tesoro castellano y el resto por parte de la Iglesia. De todo el reino llegaron a Toledo armas, caballos y provisiones.

Malagón, Calatrava y Alarcos… Tres plazas que había perdido la orden de Calatrava tras el desastre de Alarcos (único baluarte cristiano al sur del Tajo) ocurrido en 1195, exactamente el 19 de Julio, eran recuperadas 17 años más tarde. La cruzada partió de Toledo el 19 de Junio, y llegó a Malagón el día 24.

La actuación de los ultramontanos en Malagón fue la segunda parte de  lo acaecido en Toledo, no estaba en orden a lo previsto por Alfonso VIII, que llegó dos días más tarde a la fortaleza y contempló horrorizado el espectáculo dejado por los tramontanos. Esa no era la batalla que quería el rey de Castilla, había que negociar de otra manera. Empezaron los roces entre los cristianos españoles y los extranjeros.

Tras Malagón, Calatrava. Tres días de asedio bastaron para acabar con la mitad de los defensores y la rendición del resto. La fortaleza de Calatrava era de tal categoría que los cristianos discutieron sobre la conveniencia de atacarla. Finalmente lo hicieron y fue entregada a los monjes calatravos, que anteriormente la habían perdido ante las tropas de Miramamolín. Todo lo hallado en ella fue entregado a los ultramontanos.

Treinta y cinco caballeros árabes escaparon con vida del sitio, perdonados por Alfonso VIII, y marcharon con Miramamolín (Mohamed Al Nasir) en medio del disgusto de los ultramontanos, partidarios de pasarlos a cuchillo. Este hecho significó su defección de la campaña, aunque finalmente su deseo fue cumplido por parte de Miramamolín, que no perdonó la rendición a los caballeros liberados y mandó degollarlos. Acto seguido, el grueso del contingente ultramontano abandonó la campaña y volvió a sus lugares de origen, poniendo como excusa la magnificencia otorgada a los vencidos. Poco perdía el ejército cruzado al ver marchar un contingente compuesto por soldados, mujeres, niños y enfermos. La cuestión sería lo que debía ser: un asunto estrictamente español.

Aproximadamente se marcharon un 27 % del total del ejército. El obispo de Narbona, que se quedó con una treintena de caballeros, señala que el número de los que se retiraron ascendía a 50.000.

El día 6 de Julio se tomó Alarcos, y el día siete llegaban las fuerzas a Salvatierra, que se había perdido el año 1211. Mientras, Al Nasir se ocultaba en la sierra, por lo que los reyes hispánicos plantearon una estratagema: volver, supuestamente, para castigar a Alfonso IX de León.

En las estribaciones de Sierra Morena estaba el ejército enemigo, esperando que la desmoralización y la falta de avituallamiento cundiese entre los españoles. Y no había para menos, tan sólo un caballo de guerra necesita comer más de una arroba diaria de heno más otra media de avena o cebada; para beber, no pasa con menos de dos cántaros diarios. Pero es que, además de las monturas de guerra, en un ejército como el preparado para aquella expedición van también otras imprescindibles para carga y transporte. Con un caballero de la caballería pesada van cuatro monturas: además del destrier con el que combate, el caballero monta un palafrén durante el viaje y su escudero va en otro caballo, a los que se añade un jumento o mula cargando con las armas y bagajes de los dos hombres. En total, no menos de sesenta mil bestias. Si, obviamente, tenemos en cuenta la comida para los soldados ─a razón de tres libras diarias por persona─, para una expedición que durase un mes, debíamos llevar con nosotros casi cincuenta mil arrobas de comida, aunque mucho de ese peso fuese andante por tratarse de animales que se irían sacrificando. Parece, así, que la deserción de los ultramontanos resultó beneficiosa para la expedición, ya que las provisiones previstas para ellos quedaron con los que siguieron en la campaña.

Pero la situación geográfica era muy contraria al ejército español, que tomó y perdió el castillo de Ferral, Al Nasir entendió que con estos movimientos tenía cercados a los españoles.

El ejército árabe, compuesto de 120.000 soldados, estaba encabezado por la infantería del Alto Atlas, tras los que se acumulaba un enorme ejército de voluntarios andalusíes cuya idea principal consistía en morir en el envite.

Tras esta masa de carne sin formación militar se situaba el ejército almohade con una potente caballería encargada de cubrir los flancos que estaba conformada por caballeros procedentes de todos los lugares del Islam, que habían acudido a la llamada de la Yihad.

Tras ellos, los temidos arqueros turcos a caballo, que ya eran conocidos por las fuerzas españolas; unidades de élite que atacaban sorpresivamente y salían huyendo, atrayendo a los españoles a nuevas emboscadas.

Y finalmente, la guardia negra, compuesta por esclavos senegaleses que permanecían encadenados y dispuestos a morir en torno al sultán, que dirigía la operación desde el Castillo de Ferral, frente al desfiladero de la Losa.

El ejército almohade se preparó para la batalla en la calurosa jornada del día 14 de Julio intentando aprovechar el cansancio de las tropas española e hizo lo mismo el día 15, al frente de la cual estaba el propio Al Nasir. Los españoles, observaban cómo se gastaban las fuerzas del enemigo, que lanzaba escaramuzas con la intención de provocar la batalla en el momento que más les interesaba.

El plan de combate de los reyes cristianos consideraba mantener un cuerpo de reserva con el que atacar al enemigo cuando intentara cercar al cuerpo principal. Alfonso VIII quedaría al frente del mismo.

El día 16 era el gran día. Don Diego López de Haro al frente, con las huestes del arzobispo de Narbona. En el centro Gonzalo Núñez de Lara y las Órdenes Mlitares de Calatrava, Temple, Santiago  y Hospital. A la  derecha se situó el rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte, las milicias concejiles. A la izquierda, las tropas de Aragón, con Pedro II al frente.

Entró en combate la caballería pesada haciendo grandes estragos entre la infantería yihadista andalusí así como entre la infantería profesional, tras lo cual, la caballería pesada almohade retrocedió sin entrar en batalla, pero más tarde los infantes musulmanes desorganizaban el ataque de la caballería y descabalgaban a los jinetes castellanos.

Entraron en acción, entonces, las líneas medianeras de los cuerpos castellano y aragonés y los almohades simularon una retirada dando paso a las fuerzas de élite y la caballería ligera almohade trata de envolver a los atacantes. Las tropas españolas flaquean y los musulmanes rompieron su formación cerrada para perseguirles, lo que debilitó el centro del ejército almohade. Fue el momento que aprovechó Alfonso VIII para entrar en batalla.

Seguido por los reyes de Aragón y de Navarra al grito de ¡Santiago y cierra España! se produjo la gran desbandada agarena, dejando en solitario a Miramamolín con su escolta suicida, que fue arrasada mientras Miramamolín, salía huyendo. Sancho fue el primero en acometer la tienda del tirano.

Un Te Deum Laudamus, Te Dominum confitemur selló la gloriosa jornada.

La derrota musulmana fue terminante, y abrió las puertas de la Andalucía bética a los cristianos. Cuarenta años después, solo el Reino de Granada se mantenía en manos musulmanas. En cuanto a los Almohades, las crisis internas llevan a su disolución en 1224.

Cesáreo Jarabo

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3 thoughts on “La Batalla de las Navas de Tolosa (16.7.1212)”

  1. La expresión :¨razziaron a su sabor¨ no parece correcta «La derrota en Alarcos aportó nuevos sufrimientos, ya que durante los dos años siguientes, los musulmanes razziaron a su sabor el reino de Toledo.

  2. Buenos días cómo siempre magistral la exposición de este artículo.
    Quisiera decir que Alarcos pertenece a Ciudad Real y no a Guadalajara.
    Saludos

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