La Orden de Santiago

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Miniatura en la que Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Plantagenet entregan el castillo de Uclés al Maestre de la Orden de Santiago Pedro Fernández de Fuentencalada

Existen diversas teorías acerca del surgimiento de la Orden. La primera la sitúa en la dudosa batalla de Clavijo, duda que no obliga a acudir a la de Albelda (852) que, constando el hecho en las crónicas, es la contienda en la cual aparece Santiago Apostol dirigiendo al ejército cristiano hasta alcanzar una famosa victoria sobre los musulmanes.

Tenemos que remontarnos al año 1030 y a una lápida hallada sobre la puerta de la iglesia Espíritu Santo, en Salamanca, en la cual se menciona a la orden de Santiago. Todo ello, indicios ciertos o dudosos, se desvanece en el año 1170, cuando Fernando II de León, tomada la ciudad de Cáceres, con la ayuda del obispo de Salamanca, Pedro Suarez de Deza, encarga a trece Fratres o Caballeros de Cáceres, la defensa de la ciudad.  Tal designación fue avalada, con su vertiente religiosa, con la bula del Papa Alejandro III, en 1175, a requerimiento de Alfonso VIII de Castilla.

Entre aquellos los Treces Fratres hallamos a Pedro Fernández de Fuentecalada, quien, siguiendo el ejemplo de los Templarios, conocidos por su estancia en Tierra Santa, se plantea crear una orden semejante en tierras cristianas, con la principal misión de combatir al Islam, defender las fronteras y proteger a los peregrinos que recorrían el Camino de Santiago. Aquella, inicialmente denominada Orden de los Caballeros de Cáceres, se nutrió de caballeros de los distintos reinos peninsulares, quienes, cansados o arrepentidos de la vida disoluta, se fueron integrando en la Orden cacereña. Nos encontramos que, mientras otras ordenes se basaban en la regla de san Benito, los Caballeros de Cáceres, se constituyen como seguidores de la regla de san Agustín. Se trata, inicialmente, de una orden militar para, posteriormente, ya en 1175, configurarse como una orden religiosa. Es el frater Pedro Fernández, Maestre, quien le insufla aquel primer carácter guerrero, para, con la bula papal de Alejandro III, añadirle su talante religioso.

se La aparición de los canónigos del convento de san Loyo, cercano a Compostela, ya configura a los Caballeros de Cáceres como una orden religiosa y militar. Siendo nobles cacereños los primeros que la formaron aportaron muchos y diversos bienes, traspasando su integra propiedad a la Orden. Nos estamos refiriendo a castillos, palacios, hospitales construidos, leproserías, conventos, iglesias… Su expansión por todos los reinos cristianos se nutrió con innumerables caballeros y nobles. Estos no solamente aportaban sus armas contra los musulmanes, sino que ayudaban a la repoblación de los territorios reconquistados, a los pobres, a los enfermos.

La Orden fue fundada oficialmente entre el 29 de julio y el 1 de agosto de 1170, con sede principal en Cáceres. Fue el mencionado Pedro Fernández quien inició la andadura de la Orden con la asistencia de arzobispos de Zamora, de Toledo, de Santiago entre otros. Los caballeros que se unían a la orden y se aprestaban al combate debían encomendarse a Santiago Apóstol. Con el paso del tiempo, la milicia, es decir, vasallos y caballeros se consagrarán a Santiago Apóstol.

Ya en el año 1171, la Orden de Santiago acompaña al rey de León Fernando II en lo que sería su primera campaña en Jerez de los Caballeros, Badajoz. La gratitud del rey se expresa en la donación a la Orden de diversas fortificaciones entre Toledo y Portugal. Hallándose siempre en primera línea en su contienda contra los musulmanes, la defensa de la frontera fue su principal cometido, para lo cual levantaron castillos y fortificaciones. La fama y prestigio de los caballeros de la Orden se extendió por los reinos de Castilla y León. Reinando Alfonso VIII, con su victoria en las Navas de Tolosa, el impulso dado a la reconquista fue notable, así como al de las ordenes, siempre aliadas de las huestes reales. Reconocida la Orden de Santiago por Roma, se asentaron en tierras castellanas, específicamente en Uclés, plaza entregada por Alfonso VIII a la Orden para su defensa y administración.

El crecimiento y expansión de la Orden en número y en prebendas fue considerable, acumulando riquezas y propiedades hasta el punto de ser el cargo de Gran Maestre de la Orden de Santiago una encomienda no solamente prestigiosa ante la Corona, sino también llevar implícita un caudal especial.

Vencidos los musulmanes, con la entrega de Granada, al decaimiento de las Ordenes le corresponde un fortalecimiento de la Corona. Fue con los Reyes Católicos cuando la Orden de Santiago pasó a ser administrada en sus bienes y propiedades por la Corona.

La desamortización de la Orden llegó con Carlos I, preciso de bienes y haciendas para cubrir las deudas que iba acumulando su reinado. Con ello, dejada atrás la milicia, la Orden caminó hacia un estamento puramente honorifico. En gran medida, el objetivo que impulso a Fernando II a su creación con la desaparición por derrota del musulmán y la asunción exclusiva por la Corona de la aplicación de la justicia, la razón de su existencia desapareció, amen de sus inmensas propiedades y bienes mayoritariamente donaciones reales y de los pueblos en gratitud por su defensa y servicios.

Su existencia todavía pervive, con un cariz cultural y honorifico, siendo su Gran Maestre el actual Rey del Reino de España. Posiblemente tendríamos que retrotraernos hasta los Tercios Españoles para encontrar otros defensores de la patria que, antes de la lucha, de las batallas, de los asedios, se encomendaban al Apóstol Santiago, Añadiendo que, con gran espíritu y orgullo de pertenencia a una Orden tan prestigiosa históricamente, la encontramos bordada en muchos retratos de ilustres escritores, pintores, artista o militares, que la lucían con sumo agrado y satisfacción. Ahí están, en museos, academias y fundaciones para ser contemplados y recordar con ellos una Orden que, milicia y religión, prestó grandes servicios a España, a su pueblos y a sus reyes.

Francisco Gilet


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