LA SORPRESA DE TUTTLINGEN

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Archiduque Fernando de Austria

La ruta militar, el famoso Camino Español que por Génova, Milán y Suiza permitía enviar tropas a Flandes, se había mantenido con mucho sacrificio, y los tercios de infantería española, apoyados por soldados italianos y flamencos católicos, combatían a la desesperada en varios frentes distintos, yéndosenos ahí todo el dinero y la sangre. Al fin se dio una batalla, ganada por Francia, que aunque no tuvo la trascendencia que se dijodespués hubo otras victorias y derrotas, quedaría como símbolo del ocaso español. Fue la batalla de Rocroi, donde nuestros veteranos tercios viejos, que durante siglo y medio habían hecho temblar a Europa, se dejaron destrozar silenciosos e impávidos en sus formaciones, en el campo de batalla. Fieles a su leyenda. Y fue de ese modo cuando, tras haber sido dueños de medio mundo aún retuvimos un buen trozo durante dos siglos y pico más , en Flandes se nos puso el sol. (Arturo Pérez-Reverte, Una historia de España)

Würtemberg, 24 de noviembre de 1643. Tres de la mañana.

Nieva en las afueras de Tuttlingen y un frío hereje se condensa en los huesos de Carlos de Padilla y Bouay mientras se dirige a la villa junto al resto de españoles que forman parte del ejército de Alsacia para atacar la posición francesa. Al igual que sus compañeros de armas, el capitán lo hace en silencio, moviéndose despacio entre la bruma, sin más abrigo que una camisa y el calor que le dan los doce apóstoles sobre su pecho, prestos a alimentar al arcabuz que lleva en las manos. Al final del camino, donde se adivinan las endebles murallas que rodean la villa, aguardan las tropas enemigas, a las que se espera sorprender con un ataque inesperado a mitad de la noche.

Constanza, Waldshut, Säckingen, Laufenburg, Rheinfelden, Breisach, Nördlingen, Honnecourt …Muchas son las victorias atesoradas en las alforjas de Padilla, pero el tiempo pasa para todos, hasta para los valientes, y cada vez tolera menos el frío húmedo de aquellas tierras olvidadas por el sol y por Dios. Un helor, concluye, capaz de empapar el corazón, el cuerpo y hasta la voluntad.

Al lúgubre pensamiento sobre el inexorable paso de la vida se le suma de repente el recuerdo aún fresco de lo sucedido unos meses antes en Rocroi. Una jornada funesta, quién sabe si el principio del fin de una era, en la que Padilla fue capaz de sacar del campo con una carga a la caballería francesa, aunque después serían dispersados.

Es esa mezcla de agrias sensaciones lo que hace que al soldado le sobrevenga un escalofrío, aunque este es muy distinto a cualquier otro. Es como si la Muerte quisiera advertirle de su proximidad.

Un nuevo envite de viento gélido le abofetea el rostro, sacándolo con violencia de su ensimismamiento mientras se aferra a su arcabuz. Es entonces cuando le viene un deseo: que la Muerte me encuentre de pie, tal y como siempre he vivido.

Y a fe mía que lo he hecho, se dice. Porque Carlos de Padilla y Bouay, capitán general de la artillería del Milanesado, teniente general de la Caballería y caballero de la Orden de Santiago, es un hombre temido de los enemigos y siempre que se vio con ellos a las manos salió vencedor, que es lo que un capitán de buena fortuna puede desear, alguien con más batallas ganadas que perdidas, más vino azumbrado que agua tiene el mar, más mujeres amadas que días de lluvia en aquella maldita tierra y con el coraje suficiente para enfrentarse a La Chata tal y como ha afrontado la vida: derecho, con andar arrufaldado y zambo. Y cuando la Muerte, como amante celosa que es, venga a su encuentro, él, que nunca ha sabido vivir sin disfrutar de unos labios, se pondrá frente a ella, cara a cara, decidido a no desperdiciar la ocasión de comprobar el sabor enlutado de sus besos.

¡Ea, mis leones de España! Hoy es el día de matar esa hambre de honra que siempre tuvisteis y para esto os ha traído Dios hoy tanta multitud de pécoras.

EL CONTEXTO

El 23 de mayo de 1618 unos aristócratas bohemios protestantes, descontentos con la elección del católico archiduque Fernando de Austria como rey de Bohemia, irrumpieron en el castillo de Praga y arrojaron por la ventana a tres representantes imperiales. La caída era de diecisiete metros, pero los defenestrados tuvieron la suerte de aterrizar sobre un montón de estiércol acumulado en el foso del castillo. Por aquel entonces Praga era la capital de Bohemia, un reino perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico, que abarcaba todo el centro de Europa, desde el Báltico a los Países Bajos y desde Dinamarca a las costas del Adriático, en lo que era un mosaico de más de trescientos minúsculos estados bajo la autoridad de la Casa de Austria.

De esa forma, con la llamada Defenestración de Praga, comenzó la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), cuando Europa vivía bajo la ‘Pax Hispanica’.

Cuando se trata de España hay que mirar el mundo. (René Quatrefages)

La rebelión en Bohemia fue el primero de una serie de conflictos que se encadenaron uno tras otro, hasta que la guerra se convirtió en general, cuando a las divisiones religiosas se unieron intereses comerciales. Los reyes de Dinamarca, Cristian IV, y Suecia, Gustavo II, aparte de ser luteranos, pretendían convertirse en potencias en el Báltico, lo que obligó a  Fernando, coronado emperador en 1619, y a Segismundo de Polonia, ambos católicos, a solicitar ayuda a los Austrias de España.

Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares acudieron en auxilio de la rama menor de los Habsburgo, desencadenándose una serie de combates que resultaron favorables a los católicos. En la batalla de la Montaña Blanca (1620) los bohemios protestantes fueron aplastados y en 1625 España obtuvo tres grandes victorias: la toma de Breda, la reconquista de Bahía y la derrota inglesa en Cádiz.

Las hostilidades continuaron durante los años siguientes y en 1634 los suecos y sus aliados protestantes alemanes fueron derrotados en Nördlingen por Fernando, rey de romanos, con el cardenal infante Fernando de Habsburgo, hermano de Felipe IV, al mando de tropas españolas que acudieron desde la posesión española de Milán.

Terminaría así lo que se conoce como el periodo sueco de la Guerra de los Treinta Años con la Paz de Praga (1635).

Ante el nuevo panorama internacional, el cardenal Richelieu, ministro de Luis XIII de Francia, vio la ocasión de menoscabar el poder de la Casa de Austria apoyando al bando protestante. La católica Francia se alió con los holandeses y con Suecia, entrando en guerra. La respuesta española fue arrasar las provincias francesas de Champaña y Borgoña, e incluso amenazaron París en 1636.

Los tercios del cardenal infante, que atacaban desde Flandes, dándoles a los gabachos la enésima mano de hostias; de manera que las tropas españolas detalle que ahora se recuerda poco llegaron casi hasta París, demostrando lo que los alemanes probarían tres o cuatro veces más: que las carreteras francesas están llenas de árboles para que los enemigos puedan invadir Francia a la sombra. (Arturo Pérez-Reverte, Una historia de España).

El general Johan von Werth y el cardenal-infante don Fernando llevaron a cabo campañas exitosas, pero las líneas de comunicación se alargaron excesivamente, por lo que finalmente las tropas imperiales se retiraron mientras los franceses tomaron Arras, si bien los españoles les vencieron de nuevo en los sitios de Saint Omer en 1638 y 1647.

Comenzaba la década de 1640 y el Rey Planeta tenía muchos frentes abiertos: al enemigo francés se sumaron las rebeliones de Cataluña y Portugal, los ingleses seguían acechando en América y Cromwell quería convertir México en colonia británica…

No hay puñado de tierra sin una tumba española.

España estaba exhausta, mientras Francia florecía como nueva potencia europea. Las batallas de las Dunas (1639) y de Rocroi (1643) supusieron sendas derrotas para la armada y la infantería españolas, aunque la monarquía hispánica seguiría obteniendo importantes victorias, como la de Tuttlingen.

TUTTLINGEN

Esta batalla se encuadra en un teatro de operaciones abierto en 1639 y que geográficamente se extendía de Westfalia hasta Baviera. El Cardenal Richelieu aprovechó la muerte del general mercenario Bernardo de Sajonia-Weimar para fusionar su ejército en la llamada Armée d’Allemagne, un ejército a las órdenes de Jean-Baptiste Budes, conde de Guébriant, que durante los años siguientes combatió contra los imperiales en el Rin.

La idea de Guébriant se centraba en ocupar las tierras del margraviato de Baden. Con esa idea, el ejército francés cruzó el Rin el 2 de noviembre de 1643 por Ottenheim, al sur de Estrasburgo. El plan del mariscal francés era tomar Rottweil, a unos 90 kilómetros al este de su posición.

Una vez tomado Rotweil las fuerzas franco-weimarianas, lideradas por el mariscal Josias von Rantzau tras resultar herido Guébriant, ocuparon Tuttlingen, a orillas del Danubio. Rantzau era un hombre valiente, así lo atestiguaban la pierna y la mano perdidas en Arras tres años antes, pero era un pésimo estratega: el mariscal pensó que Tuttlingen permitía fortificarse y recibir aprovisionamiento constante desde Rottweil, pero la realidad fue que la plaza se reveló como un lugar de escasas cualidades defensivas: las endebles murallas que rodeaban la villa carecían de camino de ronda y presentaban hasta 30 brechas en distintos tramos, varias de ellas practicables a caballo. La posición más fuerte era el castillo de Honberg, que se alzaba en una colina separada de la población por un cementerio. Entre los tres lugares se instaló el cuartel general con cuatro  compañías de Regimiento de guardias Francesas, varias unidades escocesas y el regimiento de infantería Bernardina de Klug, mientras unos 10.000 hombres se acantonaron en la villa cercana de Möhringen, y otra parte del ejército lo hizo en Mühlheim, al mando del general Rosen, a dos horas aproximadamente del cuartel general, lo que suponía una peligrosa dispersión de tropas.

Los movimientos tácticos del ejército francés no pasaron inadvertidos al comandante del ejército imperial Melchior von Hatzfeldt, al bávaro Franz von Mercy ni al duque Carlos IV de Lorena, en cuyas tropas se incluía a un buen número de unidades españolas de los Ejércitos de Flandes y de Alsacia al mando de Juan de Vivero y Menchaca, comisario general de la caballería de Flandes. Entre los 2.000 infantes se encontraban hombres como Jacinto de Vera o Carlos de Padilla y Bouay.

Previamente los ejércitos coaligados habían unido fuerzas al norte para organizar un socorro a Rottweil., pero ante los movimientos franceses acordaron un plan de ataque que consistiría en dirigirse a Tuttlingen con 20.000 hombres, entre imperiales, loreneses, bávaros, españoles, tropas del arzobispado de Colonia, restos del cuerpo de Lamboy y otras unidades de la Liga Católica.

Los coaligados pasaron a la orilla meridional del Danubio en Sigmaringen y se detuvieron en la población de Messkirch, desde donde se despacharon algunas partidas de caballería a reconocer el terreno. Estas avanzadillas trajeron la noche del 23 de noviembre algunos prisioneros franceses, que revelaron al ser interrogados que Rantzau se creía seguro en su acantonamiento y que el ejército permanecería en torno a Tuttlingen al menos tres o cuatro días más. Con esta información, Mercy y Hatzfeld resolvieron comenzar el ataque.

          El plan de batalla lo encontramos en la Relación del viaje a Flandes de Lope de Zancada:

Después de mucho platicar acerca de cómo cerrar contra los franceses y weimarianos se dispuso que la vanguardia, a las órdenes de Johann von Werth, avanzase con diligencia para tomar las guardias del enemigo y, si fuera posible, entrar en la villa antes que el resto de los franceses pudiera disparar mosquetería contra ellos.

LA SORPRESA DE TUTTLINGEN

3 de la mañana del 24 de noviembre de 1643. Nevaba intensamente cuando la vanguardia coaligada, compuesta por 1.500 caballos y 600 mosqueteros, avanzó con sigilo sobre Tuttlingen por un bosque que se extendía al sur de la población a través de un estrecho pasaje, cayendo de improviso sobre el parque de artillería custodiado en el cementerio de la villa. En su camino, los hombres de Von Werth no se toparon con ninguna patrulla francesa o weimariana, de modo que, sin ser vistos ni oídos, cargaron sobre los escasos guardias presentes y se hicieron dueños de los cañones.

El fuego de mosquetería y el ruido de sus propios cañones vueltos contra ellos despertaron de súbito a los soldados franceses acuartelados tras las murallas de Tuttlingen. Era tarde para reaccionar, ya que Mercy cercaba la plaza con el grueso de la caballería, mientras Hatzfeld bloqueaba cualquier vía de escape en la orilla opuesta del Danubio. Abrumados por tan masivo ataque, los defensores del castillo de Honberg se rindieron tras una débil resistencia.

Cercado dentro de Tuttlingen, Rantzau se aprestó a la defensa para dar tiempo a las tropas acuarteladas en Möhringen y Mühlheim a acudir en su ayuda. El general Rosen trató de alcanzar la plaza sitiada siguiendo la orilla derecha del río, pero Hatzfeld y Gaspard von Mercy, hermano de Franz, le cerraron el paso. Toda la infantería francesa pereció o fue hecha prisionera.

Entre tanto, Von Werth avanzó por ambas orillas del río y cercó Möhringen. Los regimientos franceses allí acantonados, al mando del general barón de Vitry, trataron de huir por la margen izquierda, pero fueron frenados y rechazados de nuevo hacia el interior de la plaza, donde se defendieron con obstinación parapetados como podían. Puesto que los sitiados no estaban dispuesto a rendirse, Werth estableció una batería en la orilla derecha y bombardeó la villa hasta el anochecer.

La mañana del día siguiente, 25 de noviembre, los generales y tropas que resistían en Tuttlingen capitularon, siendo imitados poco después por los defensores de Möhringen.

El ejército francés sufrió la pérdida de hasta 4.000 hombres entre muertos y heridos. Además, 7.000 de sus soldados y oficiales, incluyendo a Rantzau, fueron hechos prisioneros.

Las tropas imperiales recuperaron Rottweil el 19 de diciembre tras un corto asedio. Para entonces el rigor del invierno obligó a ambos ejércitos a poner fin a sus actividades y tomar sus cuarteles invernales: Mercy permaneció en Würtemberg; Hatzfeld se dirigió a la Franconia, el duque Carlos quedó en el Palatinado, los españoles marcharon hacia Luxemburgo y Lamboy marchó hasta Colonia.

Ricardo Aller Hernández

Bibliografia

Bibliografía

*Wikipedia. La batalla de
Tuttlingen

*https://terciosviejos.blogspot.com/2020/11/batalla-de-tuttlingen.html

*31enerotercios.com/2019/01/18/tuttlingen-la-batalla-olvidada-el-rocroi-frances/

*revistadehistoria.es/la-batalla-de-tuttlingen-el-rocroi-frances/

*Relación anónima incluida en: Memorial Histórico Espanol; Colección de Documentos, Opúsculos y Antigüedades, Volumen 17. Madrid: Real Academia de la Historia, 1863

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2 thoughts on “LA SORPRESA DE TUTTLINGEN”

  1. Los gloriosos Tercios mantuvieron la hegemonía y prestigio de España, «no hay puñado de tierra sin una tumba española», desgarradora frase.

    Espléndido artículo, como siempre. Muy bien documentado.

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