La expedición de Balmis

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Hijo y nieto de cirujanos, Francisco Javier Balmis Berenguer, nació en Alicante el 2 de diciembre de 1753. Ya desde muy joven continuó con la tradición familiar. Apenas terminados los estudios secundarios, a los 17 años entró como practicante en el Hospital Real Militar de Alicante, donde, durante cinco años se fue formando al trabajar junto al cirujano mayor de dicho hospital

Como cirujano militar, el 8 de abril de 1781, después de participar en el sitio de Gibraltar, le destinaron al regimiento de Zamora. Y, con tal regimiento, viajó por vez primera a América, con la expedición del marqués del Socorro. Fueron diez años los que estuvo trabajando como cirujano militar en diferentes hospitales de las Antillas y de México.

En 1788 abandona el ejército para viajar por Nueva España con la intención de estudiar las plantas autóctonas y su presencia en la medicina tradicional indígena. Por aquellos tiempos un famoso curandero, el Beato, difundía el uso de un remedio popular para la curación de las enfermedades venéreas. Balmis, inicialmente incrédulo, con respecto a la eficacia de las cocciones de raíces de pita y begonia, responsable como era de la supervisión de la sala de enfermedades venéreas del hospital de san Andrés, inicia experimentos con tales raíces y, modificando fórmulas y eliminado aquellos elementos que estimaba más supuestamente mágicos o rituales, como patas de algunos insectos, llegó a la convicción de la eficacia de aquellas plantas y su hervido.

En 1792 regresó a España, cargado de maguey y begonias. En el verano de ese mismo año, inició experiencias en los hospitales de la Corte, con la supervisión de una comisión nombrada por el Rey, Carlos IV. Por descontado que la polémica no tardó en levantarse. Bartolomé Piñera y Silas, protomédico miembro de la dicha comisión, en solitario, atacó con virulencia a Balmis mediante un libelo titulado «Narraciones históricas de las observaciones o ensayos prácticos hechos parea examinar y comprobar las virtudes medicinales del agave y la begonia para la curación del vicio venéreo y escrofuloso». Balmis no tardó en exceso en responder al libelo de Piñera. Redactó un amplio informe «Demostración de las eficaces virtudes, nuevamente descubiertas en las raíces de las plantas de Nueva España, especies de agave y begonia para la curación del vicio venéreo y escrofuloso». Ello aconteció en 1794. La monografía tuvo tal repercusión que incluso se editó en Roma y en Leipzig. Balmis, explayándose explicando sus experimentos, añade un comentario que habla de la bonhomía del personaje; “Yo vine a España no como los charlatanes y los curanderos que, vendiendo sus drogas, han sacrificado a los pueblos para llenarse los bolsillos, sino como un profesor instruido en la materia, deseoso de procurar el bien público y de cumplir la misión importante que se le dio para ser útil al rey, a la patria y a la salud de los hombres, y siempre en menoscabo de mis intereses, de mi tranquilidad y de mi bienestar”. Luego vino el reconocimiento a sus trabajos y a las bondades de sus experimentos, llegándose denominar oficialmente a la begonia, en honor a Balmis, Begonia balmisiana.

Balmis continuó con su preparación intelectual, para en 1797 obtener el título de bachiller en Medicina en la Universidad de Toledo, cursar luego tres años en el Real Estudio de Medicina y Cirugía Práctica de Madrid, obtener el título de doctor en Medicina y, al ascender de médico a cirujano incorporarse de pleno derecho a la Academia Médica Matritense, en la cual ya había sido aceptado en 1787.

Y llegamos al momento culmen en la vida de Balmis. Edward Jenner dio conocer sus avances en la creación de la vacuna antivariólica y Balmis fue de los primeros científicos en aplaudir el éxito. En junio de 1803, la Junta de Cirujanos de Cámara aprobó el proyecto Derrotero, con la finalidad de propagar la vacuna contra la varicela por dominios de la Corona. Ese mismo mes Balmis fue nombrado director de la Real Expedición Marítima de la Vacuna. Estaba a punto de iniciarse la trascendental expedición que, desde 1803 hasta 1806, se encargó de dar la vuelta al mundo propagando la vacuna contra la viruela, llegando hasta zonas de Asia.

Una expedición de la cual participaron el cirujano catalán José Salvany, dos ayudantes cirujanos; dos practicantes, en concreto el sobrino del director, Francisco Pastor Balmis y Rafael Lozano Pérez, experimentado en la inoculación; tres enfermeros, veintidós niños procedentes de la casa de expósitos de La Coruña, acompañados por su rectora, Isabel Sendales Gómez, la cual mereció de Balmis el siguiente elogio, en una carta dirigida al ministro Caballero: “La miserable Rectora que con excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre sobre los 26 angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades”. Tales niños, mediante inoculaciones semanales, eran portadores del virus vacunal, mediante inoculaciones semanales en dos de ellos.

La Real Expedición salió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. Llegada a Tenerife, inició su misión vacunadora. El 6 de enero del año siguiente inició la travesía para llegar Puerto Rico y luego a la capital de Venezuela. En tal punto la expedición se dividió; una parte con Salvany al mando se dirigió hacia América meridional. Con él iban el ayudante Manuel Julián Grajales, el practicante Rafael Lozano y el enfermero Basilio Bolaño. Así mismo, llevaban cuatro niños que el gobernador de Venezuela, Guevara Vasconzuelos, a cuyos padres se les dio una gratificación especial. La expedición sufrió enormes dificultades y un naufragio en la desembocadura del río Magdalena. Salvany enfermó gravemente, quedando ciego del ojo izquierdo. Murió en Cochabamba en 1810 debido a las múltiples calamidades sufridas al intentar llevar la vacuna a la cordillera andina. La casi totalidad de los expedicionarios no regresaron a España.

Mientras tanto, la otra expedición, con Balmis a la cabeza, más seis niños también facilitados por el gobernador Vasconzuelos, difundió la vacuna por las Antillas. En Cuba, ante la carencia de niños y la negativa del Capitán General de la isla de facilitarlos, Balmis tuvo que acudir a comprar esclavos, incluidas tres mujeres. De allí alcanzó la península del Yucatán, donde estuvo vacunando desde junio de 1804 a febrero de 1805. El 8 de dicho mes embarcó en el navío Magallanes para dirigirse desde Acapulco a Manila. Su llegada a las Filipinas no puede decirse que tuviese una gran acogida. Ninguna de las autoridades deseaba colaborar y tuvo que ser el deán de la catedral y un sargento mayor quienes aportaron su esfuerzo y compromiso. Dado su empeño a principios de agosto habían logrado vacunar más de nueve mil nativos. El 3 de septiembre, con la fragata Diligencia, Balmis, Francisco Pastor y tres niños se dirigieron a Macao y luego hacia Cantón, con la intención de divulgar la vacuna por China. Los veintiséis niños que habían llegado a Filipinas retornaron a México con el ayudante Antonio Gutiérrez. Balmis con graves problemas económicos, tuvo que aceptar un préstamo de dos mil quinientos pesos de un agente de la Real Compañía Filipina de Cantón para poder regresar a España. Durante su estancia había aprendido el arte chino, así como había tomado conciencia de las peculiaridades médicas y científicas autóctonas. También había reunido cientos de dibujos de la flora asiática y cajas de plantas exóticas destinadas al Jardín botánico de Madrid.

En su trayecto de regreso con Isabel Sendales, arribó a la isla de Santa Elena donde introdujo la vacuna. Su navío portugués, Bon Jesús de Alem, llegó a Lisboa el 14 de agosto de 1806, para inmediatamente remitir cartas al ministro Caballero solicitando ayuda económica, así como informándole de todo cuanto acontecer había tenido que superar. El 7 de septiembre de 1806 fue recibido por Carlos IV en san Ildefonso, quien elogió con entusiasmo el éxito de la empresa, lo mismo que todos los cortesanos.

Llegando ya al final de la gran trayectoria del científico, con las tropas francesas ocupando España y el hermano del Emperador, José, ocupando el trono, Balmis no juró lealtad al dicho monarca, trasladándose a Sevilla, bajo el mandato de la Junta Central, la cual le ordenó regresar a México ante las noticias de que la viruela reverdecía debido a la desidia de los facultativos de aquellas tierras que habían dejado extinguirse el fluido. En febrero de 1810, embarcó Balmis en Cádiz con destino a Veracruz. Sin embargo, por aquellos años el movimiento independentista había crecido. Balmis tomó partido a favor de la Corona. A su regreso del que fue su último viaje a América, trajo “un cajón de plantas exóticas vivas, para que se aclimaten y propaguen en la Península con utilidad”. En España se le reconoció con honores y varios cargos que desempeñó hasta su muerte en Madrid el 12 de febrero de 1819.

Francisco Gilet

Bibliografía

Castillo y Pomper, J. “Real expedición filantrópica para propagar la vacuna en América y Asia”

Montero Pérez, F. “Para el Centenario de Balmis”

Javier Moro, A flor de piel.

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