BLAS DE LEZO, ORGULLO DEL IMPERIO ESPAÑOL (y II)

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LA GUERRA DEL ASIENTO

El final de la Guerra de Sucesión derivó en el Tratado de Utrech (1713), un acuerdo internacional negociado alevosamente contra España por ingleses y franceses(el abuelo Luis XIV salió torticero y convenido) y cuya consecuencia más directa fue la pérdida hispana de Menorca y Gibraltar, mientras Gran Bretaña obtenía el denominado «asiento de negros» (licencia para vender esclavos negros en América) durante treinta años, aparte de la concesión del navío de permiso, por el que se autorizaba a la Pérfida Albión al comercio directo con la América española por el volumen de mercancías que pudiese transportar un barco de quinientas toneladas de capacidad––cantidad ampliada a mil toneladas en 1716––, lo que suponía romper el monopolio español para el comercio con el Nuevo Mundo.

Y como cada vez que Gran Bretaña aparecía en escena, comenzaron los problemas. La isla de Jamaica sería el epicentro de operaciones británico, convirtiéndose de inmediato en una cueva de contrabandistas, lo que generó un nuevo conflicto que habría de sumarse a los continuos roces diplomáticos que se producían entre dos enemigos irreconciliables, como los incidentes en la frontera de América del Norte entre la Florida española y la Georgia británica, las quejas de Felipe V por el establecimiento ilegal de cortadores de palo de tinte en las costas de la península de Yucatán, la constante reclamación de España para recuperar Gibraltar y Menorca o el deseo anglosajón de dominar los mares…elementos más que suficientes para que se declarara una nueva guerra.

El lustro transcurrido entre 1727 y 1732 fue un periodo especialmente tenso, seguido de una inusual temporada de distensión durante los cinco años siguientes, gracias a los esfuerzos del premier británico, sir Robert Walpole, y del Ministerio de Marina español, a lo que se unió la colaboración entre ambos países en la guerra de Sucesión de Polonia. No obstante, los problemas endémicos seguían sin resolverse: descontentos con la actuación de Walpole, los tories y gran parte de los whigs iniciaron una campaña a favor de la guerra amparándose en la comparecencia de Robert Jenkins ante la Cámara de los Comunes en 1738. Jenkins, un contrabandista cuyo barco, el Rebecca, había sido apresado en abril de 1731 por un guardacostas español comandado por Juan León Fandiño, quien no solo le confiscó la carga al tiempo sino que además le cortó la oreja (el pirata tuvo a bien llevarla a su pequeña representación teatral), al tiempo que soltaba una amenaza que quedaría para la historia-ficción:

«Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Dicen que dijo el capitán de la Isabela, don Juan León Fandiño (o no)

A día de hoy, no se puede estar seguro si Robert Jenkins perdió su oreja a manos del capitán español o si fue en una de las muchas reyertas en las tabernas de Jamaica. Incluso se sospecha que el contrabandista conservaba ambas orejas cuando falleció, como aseguró el propio primer ministro Walpole.

Incapaz de hacer frente a la presión general, Walpole terminó aprobando el envío de tropas a América y de una escuadra a Gibraltar, lo que causó una reacción inmediata por parte española. Tratando de apaciguar los tambores de guerra, el Primer Ministro trató de llegar a un entendimiento con España, alcanzándose así la firma del Convenio del Pardo(1/01/1739),acuerdo por el que ambas naciones se comprometían a evitar un conflicto armado y a pagarse compensaciones mutuas, además de acordarse un nuevo tratado futuro que ayudase a resolver otras diferencias, como los límites territoriales en América y los derechos comerciales de ambos países. Sin embargo, el Convenio fue rechazado poco después en el Parlamento británico, solicitando la anulación del «derecho de visita». Lejos de plegarse a la presión británica, Felipe V suprimió el derecho de asiento y el navío de permisoo y además retuvo todos los barcos británicos que se encontraban en puertos españoles, tanto en la metrópoli como en las colonias americanas. Ante tales hechos, el Gran Bretaña retiró a su embajador de Madrid y declaró formalmente la guerra a España (19 de octubre de 1739).

«El mar de las Indias libre para Inglaterra o la guerra» (Robert Walpole)

LA GUERRA EN AMÉRICA (War of Jenkins’ Ear)

De forma esquemática, podemos hablar de las siguientes batallas importantes que sucedieron en los años de guerra:

  • La Guaira (22/10/1739)
  • Portobelo (20/11/1739). El almirante Edward Vernon atacó con 6 buques la plaza de Portobelo en el istmo de Panamá. La plaza estaba defendida por tan solo 700 hombres, por lo que el éxito de Vernon fue absoluto
  • Primer ataque a Cartagena de Indias (13/03/1740)
  • La destrucción de la fortaleza de San Lorenzo el Real de Chagres (22/03/1740).
  • Segundo ataque a Cartagena de Indias (3/05/1740).
  • Tercer ataque a Cartagena de Indias (13/03/1741), a cuya defensa estaba al cargo don Blas de Lezo.

Un perezoso sol, redondo y rojizo, holgazanea entre la suave bruma que cubre el cielo de Portobelo a primera hora de la mañana. El cálido aire de poniente mecía suavemente la bandera británica que ondeaba en la parte más alta de la batería de Santiago de la Gloria, desde donde se divisa uno de los principales puertos naturales del Mar Caribe. Sentado en su despacho, un hombre está pensativo. Convencido de que el Destino le ha elegido como el hombre capaz de cambiar el rumbo de la guerra, el almirante Edward Vernon, envuelto desde hace meses en un permanente clima de euforia jalonada por las incendiarias proclamas desde Londres por el joven parlamentario Wiliam Pitt, está decidido a dar un golpe decisivo y tomar por la fuerza Cartagena de Indias, la ciudad más importante del Caribe, a la que llegan todas las mercancías del comercio entre España y las Indias. Para ello, ha reunido una formidable flota de 186 buques, 27.600 hombres y 2000 cañones, número más que suficientes para que ese insolente de Blas de Lezo se arrepienta de la carta escrita de su puño y letra que lleva guardando más de un año:

<<24 de diciembre de 1739. Navío Conquistador.

Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia, que si yo me hubiera hallado en Portobelo, se lo habría impedido, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía>>»

Bien pudiera haber concluido aquella misiva don Blas con una frase del tipo Que un ataque de seis buques contra un puñado de soldados es más propio de ingleses que de hombres. Pero no fue necesario. Agitado por el velo rojo del orgullo que le impedía pensar con claridad, Vernon organizó una flota temible, desdeñando la capacidad de su adversario para realizar milagros.

13 de marzo de 1741. Antes de disponerse a desembarcar en la playa, Vernon silenció las baterías de las fortalezas de Chamba, San Felipe y Santiago, defendidas por Lorenzo Alderete, y después atacaría la fortaleza de Punta Abanicos, en la Península de Barú, protegida por José Campuzano Polanco. Victoria tras victoria, Vernon ordenó cañonear durante dieciséis días el fuerte de San Fernando de Bocachica. La fortaleza estaba defendida por Carlos Desnaux y 500 hombres que resistieron heroicamente, pero la lógica acabó por imponerse y hubieron de replegarse.

… la seguridad de esta plaza ha dependido desgraciada, y dilatada demora en este puerto: pero no de las fuerzas y disposiciones juzgan podía haber en ella para el resguardo de estos intereses.

Tras la caída de San Fernando solo quedaba la Fortaleza de Bocagrande como entrada a la bahía. Abierto el camino, Vernon entró triunfante en la bahía y , a su vez, todos los defensores españoles se atrincheraron en el castillo de San Felipe de Barajas. Fue entonces cuando Vernon y su ego, creyendo que la victoria era cuestión de tiempo, despacharon un correo a Inglaterra dando la noticia de la inminente victoria. Tan bien lo vendió que en Londres no dudaron en confeccionar una moneda conmemorativa de la hazaña, en cuyo reverso aparecía sir Edward con Cartagena de Indias de fondo (Admiral Vernon veiwing the town of Carthagana), y el lema: «El almirante Vernon tomando la villa de Cartagena>>, mientras que en el anverso se representaba a Blas de Lezo (con ambas piernas) arrodillado ante el almirante y entregándole su espada con la siguiente leyenda «El orgullo de España, humillado por el almirante Vernon».(The pride of Spain humbled by Ad. Vernon).

Nadie imaginaba en aquel momento que esa moneda se convertiría en uno de los símbolos más representativos del escarnio y vergüenza de toda una nación.

Soldados de España peninsular y soldados de España americana. Habéis visto la ferocidad y poder del enemigo; en esta hora amarga del Imperio nos aprestamos para dar la batalla definitiva por Cartagena de Indias y asegurar que el enemigo no pase (Blas de Lezo)

El almirante inglés Vernon

Convencido de la victoria, Vernon ordenó un incesante cañoneo del castillo de San Felipe por mar y tierra. En el interior de la fortaleza tan solo quedaban 600 hombres bajo el mando de Lezo y Desnaux. Ansioso por obtener un rápido triunfo, el almirante decidió rodear la fortaleza y atacar por su retaguardia. Aquí los británicos cometieron un grave error: se adentraron en la selva, lo que supuso una odisea que trajo consigo una epidemia de malaria que costó la vida de cientos de hombres. A pesar de todo, alcanzaron las puertas de la fortaleza y comenzaron a atacar con infantería. La entrada a la fortaleza era una estrecha rampa que De Lezo rápidamente mandó taponar con trescientos hombres armados con tan solo armas blancas, y lograron contener el ataque y causar 1500 bajas a los asaltantes.

Los defensores de Bocachica eran, en gran medida, la gente de marina, y las diversas fuentes que narran la batalla ponen de manifiesto la concepción del mando que tenía Blas de Lezo y el modo en que lo ejercía sobre sus subordinados. Aplicaba con firmeza su autoridad y mostraba su liderazgo, pero sin caer en desconfianza, el exceso de control y la incapacidad para delegar que había demostrado Eslava. Lezo confía en las cualidades y el buen hacer de sus hombres, distribuye la responsabilidad de actuación en cada uno de los oficiales que sitúa al frente de los diferentes puntos defensivos y evalúa de forma continuada la situación para modificar las medidas defensivas en función de las necesidades que le transmiten en los informes. Logró así reducir la supervisión e inspección directa de las defensas, articulando y distribuyendo sus fuerzas con inteligencia y ejerciendo el mando a través de sus oficiales de marina, hombres de su confianza.

La moral de los atacantes cayó en picado tras aquel varapalo y por la persistencia de la epidemia, que seguía causando estragos en las tropas. Los nervios comenzaron a atenazar a Vernon, ya que la resistencia a ultranza de los españoles superó con creces sus expectativas. Tras una acalorada discusión, los mandos británicos decidieron construir escalas y sorprender a los defensores en la noche del 19 de abril. Un buen plan si no fuera porque Blas de Lezo ya lo había previsto.

—Ya se han finalizado las obras, mi teniente general.

Carlos Sunillars Desnaux ingresó en 1719 como ingeniero voluntario en el Real Cuerpo de Ingenieros, aunque previamente había sido teniente de suizos, donde participó en los suficientes sitios como para saber que las murallas del castillo de San Felipe de Barajas precisaban una remodelación para aguantar el asedio enemigo, por lo que, auspiciado por Blas de Lezo, el recién nombrado director de obras de Fortificación de Indias, ya con la graduación de coronel, se había encargado de realizar dos importantes misiones. Por un lado, excavar un foso en torno a la fortaleza con el objetivo de que las escalas inglesas se quedasen cortas ante un inminente asalto, especialmente por el flanco oeste, a petición expresa del teniente general. Y por otro, cavar una trinchera en zigzag para evitar que los cañones ingleses pudieran acercarse demasiado.

—En ese caso —dijo el vasco, visiblemente satisfecho—, hemos de proceder a la segunda parte del plan.

Volviose De Lezo de nuevo a la maqueta donde se recogían las posiciones españolas y enemigas. Aquel asedio se había convertido en una partida de ajedrez y así había organizado la defensa. A cada movimiento por parte del almirante inglés, demasiado bravucón como para darse cuenta de la importancia de los pequeños detalles, el español había respondido con audacia y atrevimiento. Así, cuando el Septentrion trató de entrar entre los canales del Castillo Grande y Manzanillo, se ordenó hundir los buques Dragón y Conquistador para impedir su paso por Bocagrande; y ahora, adelantándose a un posible ataque, había infiltrado dos espías entre las tropas enemigas, lo que le otorgaba una ventaja táctica esencial que debería aprovechar al máximo si quería evitar que los treinta mil hombres que les rodeaban acabaran pasando a cuchillo a los tres mil españoles que, contra todo pronóstico, aún mantenían las posiciones tres semanas después del inicio del asedio, empeñados en vender cara una piel que, a cada día que pasaba, se cotizaba al alza.

Los asaltantes, al mando del general Thomas Wentworth, se organizaron en tres columnas de granaderos y varias compañías de casacas rojas, con una vanguardia compuesta por esclavos jamaicanos armados con un simple machete. El avance era lento debido al gran peso de artillería que transportaban y al continuo fuego que salía de las trincheras o desde lo alto de la fortaleza, debido a intento de avanzar por una gran explanada. No obstante, lograron alcanzar las murallas, pero Blas de Lezo ordenó cavar un foso en torno a la muralla, con lo que las escalas se quedaron cortas para superar el foso y la muralla, lo que dejaba a los atacantes desprotegidos y sin saber qué hacer.

La masacre fue absoluta.

Todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra. (Blas de Lezo)

A la mañana siguiente, el 20 de abril, pudieron verse innumerables cadáveres, heridos y mutilados en los alrededores de la fortaleza, poniéndose de manifiesto la gravísima derrota británica. Los españoles aprovecharon para cargar a bayoneta y matar a cientos de ellos, haciéndose con los pertrechos que abandonaron los sitiadores tras la huida.

El ruido de vasos rotos estrellándose contra la pared del camarote principal del Septentrion resonó en todo el buque. Con los ojos acuosos y rebosantes de odio, el almirante Vernon miró el calendario que estaba colgado en la pared, 9 de mayo de 1741, lo que le encendió aún más los ánimos; habían pasado dos meses desde que comenzara el asedio y no habían conseguido más que acumular muertos y frustración. Pese a la superioridad de sus buques y al mayor número de hombres, la pertinaz resistencia española había impedido el avance de sus tropas, desbaratando sus ambiciosos planes, algo que seguro no sería del agrado de Londres, cuyo Parlamento, ignorante de lo que en realidad estaba ocurriendo, acababa de enviar una delegación para informarse de todos los detalles de la anunciada victoria de la patria sobre los bárbaros españoles, como así se lo había hecho saber Vernon por carta justo antes de iniciarse el sitio de Cartagena, cuando dio por hecho que la plaza caería, según sus propias palabras, como fruta madura.

—Señor, ya está aquí la delegación parlamentaria—anunció su contramaestre.

Pese a haber escuchado a su oficial, el almirante no se molestó en volverse. Conocedor de los frecuentes ataques de ira de su superior, el contramaestre abandonó prudentemente el camarote, dejándole a solas con sus demonios interiores.

Vernon echó un último vistazo a San Felipe de Barajas. Al mirar el foso que había supuesto su perdición, un sentimiento regusto de amarga impotencia estalló en su pecho. La creciente sensación de rabia en la que vivía sumido durante los últimos días se mezclaba ahora con la cólera irrefrenable que le hacía palidecer al pensar en cómo se había dejado engañar por aquel español, ese «Mediohombre». De repente, a una gran arcada le siguió un vómito incontenible de bilis y odio. Con la respiración entrecortada, el almirante se limpió la comisura de los labios con la manga de la chaqueta, se incorporó mientras se secaba las gotas de sudor que le surcaban la frente y se dirigió al escritorio. Agarró la pluma con mano temblorosa y escribió atropelladamente las quince palabras más dolorosas de toda su carrera, dirigidas al teniente general Blas de Lezo y Olabarrieta.

Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica.

Con el punto final a aquella carta, Vernon aceptaba formalmente su fracaso, lo que le provocó un nuevo retortijón que le quemó el estómago. Se sentía incapaz de pensar en nada, bloqueado por un grito silencioso que repetía una y otra vez, como un bucle infinito. Tratando de liberarse de aquel pensamiento, el almirante apretó los puños y farfulló las palabras que le estaban reconcomiendo por dentro.

God damm you, Lezo!

La derrota fue absoluta. Vernon no tuvo más remedio que retirarse a Jamaica después de treinta días de continuo cañoneo, con ningún éxito. Vencido por De Lezo, las enfermedades y la escasez de provisiones el repliegue fue humillante, teniendo incluso que incendiar cinco navíos por falta de tripulación.

Para volver a esta plaza es no que el Rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha queda capaz para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo que mejor les hubiera estado en emprender conquistas que no pueden conseguir. (Carta de Blas de Lezo a Edward Vernon)

Los británicos tuvieron entre 8000 y 10 000 muertos y unos 7500 heridos, muchos de los cuales murieron en el trayecto a Jamaica. Por otra parte, la guerra reportó escasos éxitos y muchos problemas a Gran Bretaña, ya que al fracaso de Cartagena de Indias le siguieron otras derrotas: San Agustín, La Guaira, Puerto cabello, Guantánamo y La Habana, con la honrosa excepción de la batalla de Bloody Marsh, en Georgia.

 Pero las consecuencias no terminarían ahí. Gracias a esta victoria sobre los británicos, España pudo mantener sus territorios y una red de instalaciones militares en el Caribe y el Golfo de México que serían magistralmente utilizados por Bernardo de Gálvez para jugar un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, durante la llamada Guerra de Independencia, en 1776.

La Guerra del Asiento se fundiría más tarde en la Guerra de Sucesión Austriaca, por lo que Gran Bretaña y España no firmaron la paz hasta el Tratado de Aquisgrán, en el año 1748.

LA MUERTE DE UN HÉROE

Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y de su imperio a cambio de un poco de gloria. Blas de Lezo.

El 4 de abril de 1741, el día que los británicos comenzaron a bombardear  San Luis de Bocachica, una bala de cañón impactó en la mesa del navío Galicia, dondeestaban reunidos los mandos españoles en junta de guerra. Las astillas de la mesa hirieron en el muslo y en una mano a De Lezo. Cada vez más enfermo y sin apenas poder moverse, el militar hubo de abandonar su residencia a partir del 20 de mayo, dedicándose a partir de ese momento una cruenta guerra epistolar con el virrey de Nueva Granada, Sebastián de Eslava debido a sus desavenencias acerca de cómo actuar durante el asedio, hasta el punto que el virrey llegó a solicitar y obtener el castigo del rey para el marino. Por otra parte, De Lezo intentó que se reconociese su carrera mediante la obtención de un título nobiliario, petición que recabó el apoyo de José Patiñoo y de gran parte de sus compañeros de armas de la Armada, pero el rey, influenciado por los informes desfavorables del virrey quien había buscado con perseverancia su descrédito ante todo el aparato administrativo español. y otros adversarios, terminó rechazando.

Blas de Lezo falleció en Cartagena de Indias de «unas calenturas, que en breves días se le declaró tabardillo» a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741, siendo el único de los principales protagonistas del asedio de Cartagena que no obtuvo recompensa alguna por sus acciones, Fue enterrado, según una misiva escrita por su hijo, en el convento de Santo Domingo de la misma ciudad.

(…) Positivamente sé que el retrato de mi padre e donde fue enterrado su cadaver en el Convento de Dominicos de Cartagena de Yndias (…)

No sería hasta 1762 cuando el hijo de don Blas, Blas Fernando de Lezo y Pacheco recibió el título de Marqués de Oviedo para recompensar los distinguidos servicios que hizo a la Corona, por espacio de cuarenta años, el Teniente General de Marina don Blas de Lezo, y con especialidad de haber contribuido su valor y admirable conducta a salvarla la Plaza de Cartagena de Indias, en el famoso sitio, que la pusieron los ingleses en el año de mil setecientos y cuarenta, de que fueron rechazados, si con mucha gloria de las armas de tierra, nada menos de las de mar, que estuvieron a su mando; y para asegurar en su ilustre Familia la buena memoria de sus méritos; he tenido a bien hacer merced de título de Castilla a su hijo don Blas de Lezo y Pacheco […].

Ricardo Aller Hernández

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