LA ISLA DE BERMÚDEZ

Si te gusta, compártelo:
Juan Bermudez y Las Bermudas

Arrecia la mala mar, pero Alonso Sánchez de Huelva sonríe. Desde la noche anterior acaescíó que sobrevinieron tales é tan forzosos tiempos é tan contrarios que su barco tiene destrozados los aparejos y gastada la salud de sus tripulantes por la continua penalidad del trabajo que supone mantener a flote una carabela en medio de una tempestad en la que los rayos  iluminan el cielo, los truenos rebotan en el alma y las olas invaden la cubierta, todo ello sin reparadores alimentos y con más de tres cuartas partes de la tripulación devorados por las fiebres. Y aunque solo se tienen en pie un puñado de hombres, el capitán piensa que pueden considerarse afortunados, porque la ley natural a la que obedecen en el golfo los vientos y corrientes no parece empeñada en sepultar en el océano a aquellos exploradores de suerte ignorada. Al contrario, la marea parece dar una tregua a los valientes y a lo lejos se vislumbra la silueta de lo que debe ser, estrellas y sextante mediante, la isla llamada por sus habitantes aborígenes de La Ghomara.

Pero Fernández contó

que vio una isla poblada,

que su gente iba pintada,

y que en ella pernoctó

Juan Bermúdez afirmó

todo lo que aquel narraba.

De aquel naufragio, acontecido en 1484, salvaron la vida seis hombres: Alonso Sánchez de Huelva, Pero Fernández, Pero Francés, Francisco Niño, Juan de Umbría y el personaje al que va dedicado este artículo: Juan Bermúdez.

Disponemos pocos datos de la biografía de Bermúdez, pero en los libros de historia quedarán para siempre tres hitos de este hombre nacido en Palos de la Frontera (Huelva).

LAS ISLAS CANARIAS

En este Año (1393) estando el rey en Madrid ovo nuevas como algunas gentes de Sevilla, é de las costas de Vizcaya é de Guipuzcoa, armaron algunos navios en Sevilla, é levaron caballos en ellos, é pasaron á las islas que som llamadas Canarias, como quier que ayan otros nombres, é anduvieron en la mar fasta que las bien sopieron. E dieron que fallaran la isla de Lanzarote, junta con otra isla que dicen la Graciosa, é que duraba esta isla en luengo doce leguas. Otrosi la isla de Canaria la grande, que dura veinte é dos leguas en luengo, é ocho en ancho. Otrosi la isla del Infierno, que dura veinte é dos leguas en luengo, é muchos en ancho. Otrosi la isla de la Gomera, que dura ocho leguas, é es redonda. E á diez leguas de la Gomera ay dos islas, la una dicen del Fierro, é la otra de la Palma.

Que toma de las Crónicas de los reyes de Castilla (tomo II, p. 493, editadas en 1780 por Pedro López de Ayala).

La conquista de Canarias duró casi un siglo, desde 1402 y 1496, una dominación que no resultó sencilla en lo militar, dada la resistencia aborigen en algunas islas, pero tampoco en lo político, puesto que en no pocas ocasiones chocaron los intereses particulares de la nobleza con los de la Corona.

Mayo, 1478. Aplicando la fórmula del Asiento ––acuerdo entre la Corona y agentes privados bajo la modalidad de verdaderas operaciones mercantiles, que eran quienes financiaban la conquista realenga y en donde los reyes no invertían ni un maravedí––, Juan Bermúdez formalizó con el obispo fray Juan de Frías y el capitán Juan Rejón el documento que autorizaba la toma de las tres islas que aún quedaban por gobernar: Gran Canaria, La Palma y Tenerife, ya que las cuatro restantes –Lanzarote, La Gomera, Fuerteventura y El Hierro– estaban controladas por los Peraza-Herrera.

Cumplimentado el papeleo, el 24 de junio desembarcó en la playa de la Isleta la expedición mandada por Rejón y el deán Juan Bermúdez (curiosidades de la vida, mismo nombre y apellido que nuestro personaje), representante del obispo. Aquel día, junto al barranco de Guiniguada, se estableció un campamento que recibiría el nombre de Real de Las Palmas, origen de la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Aunque sea de forma breve, haremos mención al otro Juan Bermúdez, el deán encargado de defender los intereses del obispo Frías. Tras fortificar el asentamiento del Real y solventados los primeros desencuentros con los isleños, comenzaron las discrepancias entre Rejón y Bermúdez por motivo del duro tratamiento del militar a los aborígenes debido al apoyo que ofrecían a los portugueses y a los que castigaba incendiando higuerales y sementeras. La cuestión, lejos de solucionarse, se enquistó hasta el punto de que la trifulca llegó a oídos de la Corona, esto es, a Isabel y Fernando, quienes resolvieron enviar a Pedro Fernández de Algaba como intermediario.

Tras conocer el asunto de primera mano, Algaba resolvió apresar a Rejón y enviarlo a Castilla. En su defensa, el militar alegaría (el término más adecuado sería decir que se inventaría) una conspiración por parte de Bermúdez y el mismo Algaba de querer vender las islas a los portugueses. Al discurso, que debió ser muy convincente, se unieron varias derrotas castellanas contra los indígenas, lideradas por Doramas, en Moya y en Las Tirajanas, por lo que Rejón acabó regresando a las Canarias, esta vez con una mayor dotación militar y un nuevo cargo que le confería el poder necesario para apresar a Algaba y a Bermúdez. El primero acabaría siendo ejecutado, mientras el segundo, acusado de sediciosos y amotinado, salvó la vida por su condición de clérigo, pero fue desterrado de por vida.

1492. EL NUEVO MUNDO

«El mar dará a cada hombre una nueva esperanza»

Esa frase de Cristóbal Colón bien se la pudo decir a Juan Bermúdez  el 3 de agosto de 1492 antes de comenzar la travesía que cambiaría la Historia. Él sería uno de los tripulantes de La Pinta, carabela capitaneada por Martín Alonso Pinzón. Y tan bien le debió resultar que un año después, el 23 de abril de 1493, que el marino formaría parte del segundo viaje como maestre de la carabela Santa Cruz, participando también en la tercera expedición.

Se le suponen a don Juan hasta once viajes a las indias durante el periodo comprendido entre 1495 y 1511, y en 1513 realizó un viaje a las islas de Cuba y La Española con dos carabelas de su propiedad, la Santa María de los Ángeles y la Santa Cruz, en la que transportaba ropa de mercaderes, y pasajeros, entre ellos Juan Martín Pinzón, el hijo de Martín Alonso, pero por si algo se le recordará siempre fue por una travesía en el año 1505, cuando descubrió una isla que a día de hoy todavía lleva su nombre: Las Bermudas.

LAS ISLAS BERMUDAS

Esta mañana hace frío en la cubierta de la carabela La Garza. Al llegar a cubierta, Juan Bermúdez es recibido con un fogonazo de luz macilenta que se abre paso entre nubes preñadas de agua que auguran tormenta. De camino al bauprés hace un barrido visual de proa a popa, observando a los hombres que faenan cada uno en sus menesteres: en el castillo, el timonel se centra en la aguja de marear como si en ello le fuera la vida, algo que por otra parte es cierto, ya que según acaba de decirle puede ser que se hayan desviado de la dirección marcada, noroeste hacia las Azores. Desperdigados por la popa, varios hombres celebran anticipadamente el éxito de la expedición—se habían vendido todas las vituallas con las que partieron de Sevilla hace meses– con un pellejo de vino. Entre los obenques, unos cuantos aseguran drizas, mientras otros otean el horizonte desde la cofa, preocupados. Hule a humedad y a lluvia, y no poca, razón por la que el capitán ha ordenado la reparación del palo de mesana. Por lo que pueda pasar.

En ocasiones, las desgracias se tornan en oportunidades. Eso fue exactamente lo que le sucedió a Juan Bermúdez cuando una terrible tempestad desvió a La Garza en dirección norte, impulsando la embarcación hasta los cuatro nudos en paralelo a las costas de la península de Florida. Era la corriente del Golfo, atribuida su descubrimiento a otro marino de Palos de la Frontera, Antón de Alaminos. Cuando llevaba unos días de navegación a través de esta corriente, Bermúdez y su gente alcanzaron un grupo de islas cuyos arrecifes dificultaban el acercamiento, a lo que hubo que añadir un elemento más esotérico: Procedentes de tierra, unos inquietantes ruidos que parecían venir desde las mismas entrañas de las islas hicieron crecer en torno a ellas toda una serie de leyendas sobre espíritus y demonios que dio pie a que los marineros la bautizaran comoIsla de los Diablos”. La explicación de aquellos ruidos, según se comprobó más tarde, resultaron ser de pájaros autóctonos (petrel de Bermudas).

A pesar de que Bermúdez reclamó esta tierra como parte del Imperio español, la expedición no pudo desembarcar debido a una barrera natural de arrecifes que ponía en serio riesgo de hacer encallar a la embarcación. Aquel archipiélago sería bautizado como Islas Garza, en reconocimiento a su carabela, pero más tarde se decidió el cambio de nombre a Bermudas, en reconocimiento a su descubridor. En la crónica de Indias que publicó Pedro Mártir de Anglería en 1511, Legatio Babylonica, ya aparecía representada en el Atlántico una isla llamada La Bermuda.

En uno de sus últimos viajes, el de 1512, regresó a este archipiélago, pero debido al mal tiempo tampoco pudo poner pie a tierra. Así lo relató su cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés en el Sumario de la Natural Historia de las Indias, publicado en 1526.

No sabemos cómo murió, pero no me cuesta imaginar a nuestro navegante yéndose de este mundo a bordo de un barco, con la mirada perdida entre la espuma de las olas color azul y plata chocando contra el casco, el sol reverberando sobre la inmensa masa de agua y la mente fija en un único lamento: no poder seguir surcando los mares hasta el fin del mundo.

Ricardo Aller Hernández

BIBLIOGRAFIA

*Hemeroteca ACB 9/10/1965. Una inquietante tradición: El descubrimiento de 1484. Torcutao Luca de Tena.

*Real Academia de la Historia. debe.rah>biografías

*Revista de la historia. octubre 2020

Si te gusta, compártelo: