
LA ISLA DE BERMÚDEZ
Arrecia la mala mar, pero Alonso Sánchez de Huelva sonríe. Desde la noche anterior acaescíó que sobrevinieron tales é tan forzosos tiempos é tan contrarios que su barco tiene destrozados los aparejos y gastada la salud de sus tripulantes por la continua penalidad del trabajo que supone mantener a flote una carabela en medio de una tempestad en la que los rayos iluminan el cielo, los truenos rebotan en el alma y las olas invaden la cubierta, todo ello sin reparadores alimentos y con más de tres cuartas partes de la tripulación devorados por las fiebres. Y aunque solo se


