
Los almogávares eran mercenarios aragoneses, aunque con mayoría de catalanes, por lo que la unidad militar que integraron en el siglo XIV fue conocida como la Gran Compañía Catalana. Al servicio del Imperio bizantino frente a los ataques otomanos, la traición de aquel y el verse sin mando, les “echó al monte”, despertando el terror con su temible grito de ¡Desperta Ferro! (¡despierta hierro!), y enseñoreándose de amplios territorios desde Tracia hasta el Ática, es decir, lo que hoy es Grecia, Bulgaria y Turquía. De hecho, incluso se convirtieron en señores feudales del Ducado de Atenas y Neopatria.

En 2005, la Generalidad de Cataluña contribuyó a la restauración de la Torre del Tesoro del monasterio de Vatopedi, situado en el Monte Athos (Macedonia, norte de Grecia), como signo de reparación por los atropellos cometidos por aquellos mercenarios, ya que aunque en Aragón eran vistos como auténticos héroes, en aquellas tierras que sufrieron la conocida como “venganza catalana” la percepción era distinta.
Una venganza que estaría justificada por la traición de los bizantinos, a cuyo auxilio acudió la Gran Compañía Catalana, para frenar la expansión otomana, que concluiría en 1452 con la conquista de Constantinopla y la definitiva caída del Imperio Romano de Oriente.

Todo empezó cuando tras la paz de Caltabellota, en 1302, muchos soldados quedaron sin trabajo, momento en que Roger de Flor —un italiano de origen alemán, que había sido templario— ofreció sus servicios al emperador bizantino Andrónico II Paleólogo, que luchaba denodadamente contra los invasores otomanos en las fronteras orientales de su imperio en la península de Anatolia.
Los almogávares derrotaron a los otomanos, pero como mercenarios que eran, exigían el pago pactado. El problema es que el imperio bizantino estaba arruinado. Entonces Miguel, hijo del emperador, invitó el 30 de abril de 1305, en Adrianópolis, a Roger de Flor y a su guardia a un banquete, momento en el que aprovechó para asesinarlos.
Quedando sin mando y en tierra extraña, aquellos soldados de infantería ligera, que combatían con tácticas de guerrilla y con gran ferocidad, juraron tomar cumplida venganza de la perfidia de aquellos bizantinos. Y así fue, desde su refugio en Gallípoli, durante dos años asediaron Tracia y Macedonia, destruyendo todo lo que encontraban a su paso.

En el transcurso de sus campañas, en el 1311, en la batalla del río Cefeso, la Gran Compañía Catalana derrotó estrepitosamente a la caballería franca que regía entonces el Ducado de Atenas. Es entonces cuando los almogávares dejan de vagar errantes por aquellas tierras, para convertirse en señores feudales de Atenas y Tebas, imponiendo allí sus costumbres, hasta 1388.
La ferocidad de aquellos guerreros, que hay que insistir, despertaban profunda admiración en su tierra natal, pero al mismo tiempo animaban un profundo temor en la población de un imperio bizantino a cuya defensa frente al peligro del islam habían acudido. Así, en Grecia, Bulgaria o Albania era muy popular el insulto “¡Eres un catalán” – común hasta el siglo XVII, “katelanos” era llamar a alguien despiadado-, o apelar a la maldición de «¡Que la venganza de los catalanes caiga sobre ti” (expresión corriente hasta finales del siglo XIX!
En los cuentos tradicionales albaneses, con el término katalán se identificaba a un mitológico gigante ciclópeo, un monstruo antropófago que vivía en las montañas y devoraba niños. Es decir, se trataba de una suerte de hombre del saco; en las rebeldes Provincias Unidas, en plena guerra de los Ochenta Años del siglo XVI ese papel, injusto, pasó a asumirlo el Duque de Alba, que intentaba pacificar aquellas provincias desleales con su señor natural, el rey Felipe II.

Y el folclore griego cuenta con la Balada del Castillo de Salona, un poema épico en donde se cuenta la caída de Salona, en 1394, después de 80 años de dominio de los almogávares, en estos términos: «Como el Castillo de Salona, ningún otro castillo existe, que tiene los címbalos de oro y las campanas de plata. Allí dentro hay una joven esbelta, una muchacha hermosa, a quien asedian los turcos, los francos y los catalanes.
Pero un traidor, un malvado, les abrió la puerta, Entrad, enemigos nuestros, el castillo es vuestro. Corren los turcos, corren los francos, corren los catalanes, y el castillo de Salona en sus manos ya atrapan. La joven, al verlo, subió por la escalera, llegó a las altas murallas, miró hacia el abismo. Mejor en el abismo que esclava de los extranjeros, y como un pájaro voló, y en la muerte se perdió»
Y el folclore griego cuenta con la Balada del Castillo de Salona, un poema épico en donde se cuenta la caída de Salona, en 1394, después de 80 años de dominio de los almogávares, en estos términos: «Como el Castillo de Salona, ningún otro castillo existe, que tiene los címbalos de oro y las campanas de plata. Allí dentro hay una joven esbelta, una muchacha hermosa, a quien asedian los turcos, los francos y los catalanes.
Pero un traidor, un malvado, les abrió la puerta, Entrad, enemigos nuestros, el castillo es vuestro. Corren los turcos, corren los francos, corren los catalanes, y el castillo de Salona en sus manos ya atrapan. La joven, al verlo, subió por la escalera, llegó a las altas murallas, miró hacia el abismo. Mejor en el abismo que esclava de los extranjeros, y como un pájaro voló, y en la muerte se perdió»

La joven representa a Grecia, mientras que los címbalos de oro y las campanas de plata serían los Fadrique, es decir, la familia catalana que gobernó este condado con acierto durante años, logrando su prosperidad. El suicidio vendría a significar el declinar de los almogávares, tras la conquista de Salona por Bayazid I. También hay quien piensa que la muchacha podría referirse a Maria Fadrique de Aragón, hija de Luis Fadrique y Helena Asanina Cantacuceba, la última heredera del linaje catalán en Salona.

Jesús Caraballo
