EL ARTE DEL PINTOR EDUARDO ROSALES GALLINAS

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Eduardo Rosales Gallinas

Eduardo Rosales Gallinas fue un destacado pintor español del siglo XIX, considerado un maestro del siglo XIX y un exponente del purismo, un movimiento artístico que influyó en su obra y reconocido por sus cuadros de historia. Fue una figura fundamental de su época, con una gran calidad técnica y un estilo personal que influyó en el arte posterior. Su carrera, aunque marcada por problemas de salud, incluyó triunfos en exposiciones y la creación de grandes composiciones decorativas, como sus trabajos para la iglesia de Santo Tomás.

A pesar de la moda de las vanguardias, Rosales es hoy valorado por su calidad técnica y como una figura esencial de la pintura española del siglo XIX, lo que se ha conmemorado recientemente.

Nació en Madrid, el 4 de noviembre de 1836, en una familia humilde de la que fue hijo segundo de un modesto funcionario y huérfano muy joven, desde su adolescencia, acogido en casa de sus tíos, con cuya hija Maximina se casaría. Estudió en las escuelas Pías de San Antón. Ingresó en 1851 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se formó en el nazarenismo que entonces dominaba la Academia, siendo alumno de Federico y José Madrazo.

Tuberculoso desde 1856, sus comienzos profesionales fueron difíciles, tanto por su delicada salud como por sus desengaños amorosos y sus problemas económicos. En Madrid sobrevivió con dificultades, hasta que obtuvo una pensión del Gobierno en 1860, que le permitió realizar sus primeras obras importantes.

Vicente Palmaroli

Gracias a amigos y compañeros, entre los que se contaban los pintores Vicente Palmaroli y Luis Álvarez Catalá, pudo viajar con ellos a Italia en 1857, pasando, entre otros lugares, por Burdeos y Nimes, donde le impresionaron cuadros históricos de Léon Cogniet y Paul Delaroche, antes de llegar a Roma, donde quedó fascinado por los grandes artistas del renacimiento.  

Llegó a Roma en octubre de este año por sus propios medios y sin ayuda oficial, aunque más tarde conseguiría que le concedieran una pensión extraordinaria. En la capitalitalina llevó a cabo un intenso trabajo, como demuestran sus numerosos dibujos, bocetos y cuadros proyectados, antes de volver a instalarse en España a raíz de su matrimonio en 1868, época en que recibió importantes encargos aristocráticos, religiosos y gubernamentales, aunque también se interesó por tipos y paisajes durante sus estancias en Panticosa o Murcia. Se unió al grupo de pintores españoles que se reunían en el Antico Caffè Greco (Casado del Alisal, Dióscoro Puebla, Fortuny). Allí comenzó a asociarse con los círculos puristas nazarenos, pero pronto abandonó esa tendencia, en la que hizo su primera obra de importancia e inacabada, Tobías y el ángel.

Isabel la Católica dictando su testamento

En la Nacional de 1864 obtuvo primera medalla por Isabel la Católica dictando su testamento que puede verse en el Museo del Prado), su primer gran cuadro, su obra más conocida en la que invirtió más de un año y medio, siendo una de las cumbres del género en España, también premiada en la Universal de París de 1867, donde le fue concedida la Legión de Honor.

Luego volvió a Roma, a donde le llegó un telegrama de sus amigos, el paisajista Martín Rico y Raimundo de Madrazo, dándole la noticia del éxito alcanzado por su cuadro: primera medalla de oro para extranjeros. Le concedieron también la Legión de honor. Tras su primer gran triunfo en la Nacional de 1864, permaneció un tiempo en Madrid, donde realizó algunos retratos, tanto familiares como de encargo. En 1865 pasó por París, junto a Martín Rico y Raimundo de Madrazo, y allí volvería en 1867.

Maximina Martínez

Se casó en 1868 con su prima Maximina Martínez Pedrosa y tuvo dos hijas: a la mayor, Eloísa, muerta al poco tiempo de nacer, puede vérsela en el cuadro Primeros pasos, mientras Carlota también se dedicaría a la pintura. En busca de mejorar su salud, pues estaba enfermo de tuberculosis, pasaba temporadas en Panticosa. En 1869 regresa definitivamente de Roma y pone estudio en Madrid. Las duras críticas que recibió su obra La muerte de Lucrecia, su segundo gran cuadro histórico, una obra audaz de pinceladas inconexas y factura vibrante y cuya realización le llevó tres años, que fue presentada a la Exposición Nacional de 1871 y obtuvo primera medalla, lo desanimaron y no volvió a pintar cuadros de gran formato. Tras un controvertido éxito en la Nacional, entre otros reconocimientos públicos al final de su vida, y con su salud ya muy resentida, fue propuesto como primer director de la recién fundada Academia de España en Roma en 1873, cargo que no llegó a ocupar.

En 1872, buscando un mejor clima para su afectada salud, se trasladó a Murcia y en sus estancias allí como en Panticosa, se interesó por el paisaje. Al proclamarse la Primera República española, le ofrecieron diversos cargos, como director del Museo del Prado, que no pudo aceptar debido a su mal estado de salud. Sus últimos años estuvieron marcados por grandes encargos decorativos, como los lienzos de los evangelistas para la iglesia de Santo Tomás, de los cuales se conservan estudios preparatorios. 

Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles

Murió a causa de tuberculosis en su casa de la calle de Válgame Dios nº 3, en Madrid, con apenas treinta y seis años de edad, el 13 de septiembre de 1873, dejando un importante legado artístico. Fue en principio enterrado en el cementerio de San Martín,​ y posteriormente sus restos fueron trasladados al Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, en la Sacramental de San Justo.

Tobías y el ángel

Pintó acuarelas, dibujos y numerosos retratos. Figura capital de la pintura española del siglo XIX, desde sus primeras obras se le reconoce un estilo personal que tiende a una monumentalidad historicista, pero al tiempo sintética, como en Tobías y el ángel (1858-1863), todavía de gamas frías, en la órbita del purismo romántico; en los tipos populares, como Ciociara (o Pascuccia) (hacia 1862), de inconclusa factura; o en el retrato, como el de Maximina Martínez de Pedrosa, con mantilla negra (hacia 1867), exento de artificio.

En el año 1873 pintó el óleo La reina doña Juana en los adarves del castillo de la Mota que representa uno de los episodios más conocidos de todos los que tuvieron lugar en esta fortaleza. Nos traslada al frío mes de noviembre de 1503, cuando la princesa Juana, futura reina Juana I de Castilla, recluida por orden de sus padres en el Castillo de la Mota, intentó huir al encuentro de su esposo, Felipe el Hermoso, y parte de sus hijos que se encontraban en Flandes, tras recibir una carta en la que solicitaban su regreso. El momento que representa Eduardo Rosales en este óleo corresponde al instante en el que Juana, ya en el adarve del castillo, ve impedida su salida. 

Concepción Serrano

Su estilo maduro se forja a través de una interpretación personal de los mitos pictóricos de su tiempo, dentro de un academicismo internacional, aunque dominado por lo velazqueño, hasta alcanzar una autonomía plástica completamente moderna, como se reconoce en una de sus obras maestras, Concepción Serrano, después condesa de Santovenia (1871), hija del general Serrano, adquirido por la Fundación Amigos del Museo del Prado para el Museo en 1982. Otros retratos son Doña Blanca de Navarra, El violinista Pinelli (1869), Antonio de los Ríos Rosas,  Vicente Asuero y Cortázar,  El duque  Fernán Núñez, Alejo Vera y Estaca, Eugenio Hartzenbusch, Antonia Martínez Pedrosa, María Isabel Manuel de Villena, así como sus hijas Eloísa y Carlota Rosales.

No obstante, su carrera artística estuvo fuertemente determinada por sus éxitos en las exposiciones nacionales e internacionales dentro de la pintura de historia en la que se especializó, y como ejemplo citamos la Presentación de Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste (1869), en formato pequeño, adquirida por el Estado para el Museo Nacional. Sus primeras obras son más bien puristas, aunque posteriormente desarrolló una pintura más personal, con una pincelada suelta y abocetada, inspirada en la obra de Velázquez, tal y como reconocieron pronto sus primeros críticos.

Episodio de la Batalla de Tetuán

Otras obras que podemos citar son: Angelo, (1863) que se encuentra en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, Mujer desnuda dormida, (1861) en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Nena (1862), mención especial en la Exposición Nacional de 1863, Mujer saliendo del baño (1869), Ofelia, Episodio de la Batalla de Tetuán (1868), o personajes como Séneca, Diógenes, San Mateo o San Juan Evangelista

En 1922, fue inaugurada, en homenaje a este pintor y en el año que murió, una gran estatua de 2,20 metros de altura, esculpida por Mateo Inurria, en el paseo de Eduardo Rosales, en Madrid. En 1973, el Museo del Prado le dedicó la primera exposición antológica dedicada por esa importante institución a un pintor español del siglo XIX.

Jaime Mascaró Munar

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