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Repoblación cristiana en el siglo X

  • José Carlos Sacristán Abad
  • 26/03/2026
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Durante el siglo X el auge agrícola tiene lugar en las villas, entendidas como unidades territoriales, aldeas, en las que abundan los pequeños y medianos propietarios que explotan las tierras. Esta situación proliferó en los reinos y condados septentrionales.

La realidad es que a principios del siglo X, los reinos y condados cristianos ya habían afianzado su presencia hacia el sur hasta llegar al Duero, el río Arlanzón, el valle del Ebro y hasta el eje formado por los ríos Cardenet-Llobregat. El espacio agrícola se repobló durante el siglo IX siendo ocupado por familias con iniciativa propia. Mientras tanto, el poder político aprovechó para consolidar su dominio territorial; se establecieron castillos regidos por un vicario, oficio que se consolidó por su carácter hereditario formando las familias vicariales. De igual forma, la Iglesia afianzó sus bases con la recuperación de varias sedes episcopales y con la implantación benedictina.

El fortalecimiento de la nobleza al norte del Duero incrementó la emigración popular hacia las tierras de la frontera. Cuando la frontera estuvo sometida a repetidas incursiones armadas, se propició una alta densidad de ocupación de las villas agrícolas, como sucedió en el reino de Pamplona.

Los condados orientales fueron ocupados por las familias vizcondales, vicariales y la jerarquía eclesiástica, que se apropiaron de grandes dominios gobernados por un castillo. Los nuevos inmigrantes se acogerán a las condiciones propuestas por el dueño del castillo, para cultivar los nuevos dominios. La frontera del reino de Pamplona teje una red de castillos que presiden un distrito concedido por el rey a un noble.

Desde inicios del siglo, en la expansión leonesa se beneficia la nobleza. Se intensifican las construcciones castrales, para ejercer el domino del territorio y de sus habitantes. El predominio de magnates y de grandes monasterios frena las roturaciones particulares.

El aprovechamiento de la tierra se ha de adaptar a las circunstancias. La frontera de Pamplona, muy cercana a las posiciones musulmanas, se encuentra en guardia permanente. El territorio extraído de la frontera se convierte en un espacio estructurado. Los condados orientales forman una red castral en la que se suceden casi doscientos castillos. La expansión leonesa se caracteriza por establecer un entramado de poblaciones, cada una preside un amplio término de aldeas y baldíos, que pronto se conocerán como alfoz.

La castralización –—fenómeno geográfico que define la proliferación de castillos y fortalezas— de los condados orientales facilitará el arraigo de los castellanos, que serán los que asuman la custodia y el mantenimiento de los castillos a cambio de derechos que suelen empezar por el pago del diezmo sobre la producción agrícola.

Condado de Urgel

El avance producido por el asentamiento de la población agropecuaria en la frontera certificará el triunfo del modelo cristiano frente al fracaso del islámico, que apostó por mantener la frontera como una franja desorganizada con poblamientos concretos. En el paso del siglo X al XI, Almanzor y su hijo Abd-Al Malik reconocen el error que esto supuso, pero ya fue tarde, sus intentos de repoblar entre el Tormes y el Condado de Urgel fueron infructuosos.

De este modo, la frontera quedó alterada, y pasó a ser delimitada entre dos sociedades: el reino de Pamplona sobre el valle del Ebro y los condados de Barcelona y de Urgel. Durante el siglo X, el incremento militar en la frontera del Duero se hará evidente ante la importante respuesta musulmana, que contará con la réplica de los monarcas cristianos. Esto produjo la contención del repoblamiento de los sectores meridionales, es decir, entre el Duero y el Sistema Central; sólo se conseguirá con la toma de Toledo en 1085.

José Carlos Sacristán

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