La batalla de las Navas de Tolosa: Contexto histórico

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La carga de los tres reyes obra de Augusto Ferrer-Dalmau

En estos tiempos de deriva y ruina económica, de confusión política, de devastación moral y pérdida del sentido que, como Nación deberíamos tener;  cuando nos estamos enfrentando a uno de los meses de julio más negros de nuestra reciente historia, si exceptuamos el mismo mes de 1936; tenemos, sin embargo, la oportunidad de traer a nuestra inconsistente y tornadiza memoria uno de los acontecimientos más sobresalientes de nuestra Reconquista; no tanto los hechos en sí mismos, de sobra estudiados por los más destacados historiadores, y conocidos por todo el que gusta de su propia Historia, sino por el contexto en el que se desarrollaron y las consecuencias que, de los mismos, se sucedieron. Hito que, siempre, conviene recordar porque forma parte de ese conjunto de hechos que van a posibilitar la futura unidad de España

Muhammad al Nasir

Así, el 16 de julio de 1212 ― se cumplen los 812 años justos ― tuvo lugar en un lugar de la encrucijada entre el Reino de Castilla y el territorio almohade andalusí, la batalla de las Navas de Tolosa. El día de la Virgen del Carmen, las tropas castellanas comandadas por su rey, Alfonso VIII[1], a las que se unieron las aragonesas (unos 8.500 aragoneses y catalanes), al mando del suyo, Pedro II, junto con doscientos jinetes navarros del rey Sancho VII, huestes voluntarias del Reino de Portugal (aunque su rey Alfonso II no estuvo presente), fielmente seguidos por los caballeros templarios, calatravos, de Santiago y del Hospital, sin olvidar las milicias concejiles, tropas populares, para entendernos; infligieron al nuevo invasor, Muhammad al Nasir[2], una de las derrotas más dolorosas, hasta entonces conocidas, de las tropas invasoras. Solamente faltó a la cita el rey de León, Alfonso IX, aunque sí envió tropas voluntarias.

Dejando aparte los pormenores de la batalla en sí, con sus vaivenes y estrategias, y sabiendo el desenlace final de misma, de la que, como hemos dicho, mucho y bien se ha escrito sobre el particular, conviene recordar, lo que es la intención de estas líneas, también como ya se ha apuntado el contexto histórico del momento. El paisaje histórico, político y religioso del momento era de una acusada complejidad.

batalla de Alarcos

De esta suerte, históricamente, el rey Alfonso VIII venía de caer derrotado a manos de los almohades en la batalla de Alarcos (1195)[3], con el consiguiente desgaste de sus fuerzas y la desestabilización del Reino de Castilla[4]. Por su parte, Al Nasir, cuando desembarca en la península, no tiene otro pensamiento que, en su yihad, llegar hasta la mismísima Roma y, por ende, asaltar el Vaticano.

En el terreno político, mientras que en el lado musulmán la unidad era una realidad, no pasaba lo mismo con los reinos cristianos. Veamos el panorama que se ofrecía. Como hemos dicho, el rey de León no se presentó a la cita; la causa, el enfrentamiento con el rey castellano por motivos territoriales que venían de antiguo, además del apoyo de Alfonso VIII a la familia López de Haro, a la que pertenecía la madre del leonés, lo que suponía un peligro para consolidar su trono. Las relaciones con los otros reyes cristianos, Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, tampoco eran las más idílicas posibles, lo que no impidió que ambos reyes acudieran a la llamada del castellano. Y esto gracias a lo que podemos llamar el contexto religioso.

Inocencio III

Este contexto se enmarca en la época de la que tratamos. Jerusalén se había perdido el año 1187 a manos de Saladino y la tercera y cuarta cruzada se habían resuelto con desigual  desenlace y el poder islámico se extendía por todo el medio oriente y amenazaba el lado este de la Cristiandad. Teniendo en cuenta esta perspectiva y que, por otra parte, Alfonso VIII no las tenía todas consigo de que su colega de León no se la jugara «por la espalda”, pidió al papa, Inocencio III que declarase una Cruzada contra los almohades musulmanes, de tal forma que impedía al rey de León cualquier movimiento en contra del rey castellano, bajo pena de excomunión.

De esta suerte se preparó, desarrolló y tuvo el feliz final conocido la más importante batalla que la Cristiandad haya desafiado en tierras no santas, la de Las Navas de Tolosa que, además trajo como consecuencia, el definitivo abandono por parte de las tropas almohades, de la idea de una nueva invasión de la península y aún más allá, no olvidemos que se trataban de islámicos fanáticos decididos a llevar la media luna roja hasta la mismísima Roma.

Marcos A. Galiana


[1] Mención aparte merece la presencia y decida actuación del obispo de Toledo, Rodrigo  Jiménez de Rada

[2] Más conocido por Miramamolín, que es como se designaba a los califas almohades

[3] Dirigidos, precisamente, por el padre de Al Nasir,  Abu Yusuf Ya´qub al-Mansur

[4] Todas las fortalezas de la región cayeron en manos almohades: Malagón, Benavente, Calatrava la Vieja, Caracuel, etc., y el camino hacia Toledo quedó despejado.

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