BLAS DE LEZO, ORGULLO DEL IMPERIO ESPAÑOL (I)

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Estatua de Blas de Lezo

«Yo me dispongo a entregarlo todo por la patria, cuyo destino está en juego; entregaré mi vida si es necesario para asegurarme que los enemigos de España no habrán de hollar su suelo».

EL PERSONAJE

Blas de Lezo y Olavarrieta, como buen vasco, nació donde quiso (Pasajes, Guipúzcoa) el 3 de febrero de 1689 y murió en Cartagena de Indias el 7 de septiembre de 1741.

Su vida como marino fue tan extraordinaria que se precisaría un libro entero para glosar todas sus aventuras, así que dividiremos este artículo en dos partes. En esta primera, se aborda su extensísima vida militar, desde 1701 hasta 1736. En la segunda, trataremos su episodio más conocido, la defensa de Cartagena de Indias.

En 1701, con la edad de 12 años, se embarcó en la escuadra francesa como guardiamarina (la Armada española no tendría escuela de guardiamarinas hasta 1717). Ese mismo año, el 9 de julio, comenzó la llamada Guerra de Sucesión Española, conflicto de trascendencia internacional cuyo origen lo encontramos en la muerte sin descendencia del rey español Carlos II y que enfrentó al archiduque Carlos, apoyado por fuerzas anglo-austro-neerlandesas, contra Felipe de Borbón, el que sería nuestro Felipe V.

Siguiendo con nuestro personaje: con 15 años, el joven Blas embarcó de guardiamarina en el Foudroyant, un navío de línea de tres puentes de artillería que formaba parte de la escuadra del Conde de Toulouse, con ocasión de presentar combate contra una escuadra anglo-holandesa. Durante la batalla, De Lezo demostró gran valor, aunque tuvo la mala fortuna de recibir un cañonazo que le dio de lleno en la pierna izquierda, teniendo que ser amputada por debajo de la rodilla. Pero no todo fue desdicha: gracias a su distinguida actuación en la acción el joven fue ascendido a “alférez de bajel de alto bordo”, y además el mismo conde de Toulouse escribió una carta a Felipe V elogiando su intrepidez.

Como nota curiosa, en aquella misma batalla y también en calidad de guardiamarina, pero en el bando británico, se encontraba embarcado en el Sherewsbury un tal Edward Vernon, nombre que volveremos a escuchar en la segunda parte del artículo.

Volviendo a la Guerra de Sucesión, el 14 de octubre de 1705 desembarcaron en Barcelona las tropas inglesas, neerlandesas y austriacas que apoyaban a al Archiduque Carlos, convirtiéndola en su capital, al tiempo que este se autoproclamaba Carlos III de España. La respuesta del Borbón fue organizar una partida para recuperar Barcelona en la primavera siguiente con un asedio, dirigido por las tropas hispano francesas del duque de Noailles y el mariscal de Tessé.

En este conflicto se da por cierta la participación de De Lezo comandando varias flotillas, aunque permanece en la penumbra de la Historia saber si realmente burló la vigilancia de la escuadra anglo neerlandesa que bloqueaba la ciudad y entró con un convoy para abastecer a las tropas sitiadoras y quemar uno de sus buques para que, con el humo producido y la protección visual que daba, se forzase el bloqueo y así entrar en el puerto con los buques supervivientes.

Nuestro héroe continuó su bagaje militar a bordo de diferentes buques, tomando parte en el socorro de las plazas de Peñíscola y Palermo y en el combate contra el navío inglés Resolution, de 70 cañones, que terminó con la quema de este. Tras aquello, fue destinado a Tolón y allí combatió en el ataque que a dicha plaza y puerto dio el duque de Saboya, en 1707. De Lezo, que contaba con 18 años por entonces, se batió con su acostumbrado denuedo en la defensa del castillo de Sainte-Catherine, perdiendo en esta ocasión el ojo izquierdo.

Después de aquello, sería ascendido a teniente de navío (por lo que se ve, salía a ascenso por herida), siendo destinado al puerto de Rochefort. Aquí participaría, supuestamente, en un combate contra el navío inglés Stanhope, en 1710 (1712, según otros estudios).

La fragata francesa navega de empopada con fuerza de vela y haciendo fuego con su batería de estribor, cortando el paso de un navío inglés de nombre Stanhope, al que la iniciativa enemiga obliga a iniciar la virada por avante al mismo tiempo que cañonea con la pieza de guardatimón de estribor. A pesar de la mar gruesa y la nube de pólvora que lo embarga todo, un hombre permanece en el puesto de mando, agitando el ánimo de sus hombres con una única frase:

«Una nación no se pierde porque unos la ataquen sino porque quienes la aman no la defienden». (Blas de Lezo)

Ascendido a capitán de navío en 1712, don Blas pasó por fin a la Real Armada española, gracias a una Real Cédula de Felipe V en la que solicitaba al monarca francés oficiales para surtir a su escuadra. Al año siguiente tomó parte en las operaciones del segundo ataque a Barcelona, cercada por tierra por el duque de Berwick y por mar por parte de la escuadra del almirante Manuel Pérez Pintado. Una de aquellas unidades era el navío Campanella, de 54 cañones, renombrado como Nuestra Señora de Begoña, a cuyo cargo estaba de Blas de Lezo.

Durante este servicio se produjo un enfrentamiento entre un convoy de 22 buques con destino a Barcelona que iba escoltado por una fragata de 30 cañones y dos tartanas armadas. En el envite, Lezo sufrió una herida en el antebrazo derecho que le quedó inutilizado, aunque no sabemos hasta qué punto. Como diría su hijo Blas Fernando, su padre <<tenia estropeado un brazo>>.

Con 25 años, el bravo capitán español estaba ya cojo, tuerto y manco, pero en ningún momento pensó en abandonar el servicio.

«Me gusta saber que dejo parte de mi mismo en cada campo de batalla». (Blas de Lezo)

En 1714, también en la escuadra de Andrés del Pez, pasó a Génova para traer a España a la reina doña Isabel de Farnesio, pero al resolver venir por tierra la reina, la escuadra se incorporó a la expedición de recobro de Mallorca (1715), en la que participaron, además del navío de De Lezo, seis navíos más, diez fragatas, dos saetías, seis galeras y dos galeotas; todas estas fuerzas estaban dirigidas por el gobernador general de la Armada Pedro Gutiérrez de los Ríos, conde de Fernán Núñez. Apenas desembarcaron los diez mil hombres, los mallorquines se sometieron a Felipe V.

Para aquel entonces, Blas de Lezo era un marino admirado por los suyos, temido por los enemigos y respetado por todos. En él convergían lo mejor de las academias francesa y española, siendo instruido en formación teórica y práctica y con vastos conocimientos de navegación, instrucción militar e incluso formación legislativa, lo que le convertía por derecho propio en uno de los mejores marinos del mundo.

Tras la Guerra de Sucesión, Blas de Lezo se hizo cargo del navío Lanfranco, que se unió a la escuadra del teniente general Fernando Chacón en 1716, realizando un viaje a Indias con la misión de auxiliar a los galeones de Ubilla y Echevers. Poco después, se agregó a una escuadra destinada a los mares del Sur, a cargo de los generales Bartolomé de Urbizu y Juan Nicolás Martínez, y cuya misión era la eliminación de corsarios, piratas y de buques extranjeros que, haciendo un comercio ilícito, dañaba a la hacienda española.

Agotado, el general Urbizo hubo de retirarse, y Blas de Lezo tomó el relevo el 16 de febrero de 1723 como general de la Armada y jefe de la Escuadra del Mar del Sur. Durante este periodo realizó numerosas salidas con los destartalados buques Sacramento y Concepción y Peregrina—falta de fondos, dotaciones y medios, sin nadie le hiciera caso a sus peticiones––, consiguiendo apresar solamente en abril de 1721 a un buque francés de 32 cañones. En cuanto a la “crónica en rosa”, diremos que en este tiempo se casaría con una limeña de la alta sociedad criolla, doña Josefa Pacheco de Bustos y Solís. Con ella tendría siete hijos; dos nacidos en Lima y el resto cuando regresaron a España.

Vista la escasa calidad de la armada, De Lezo recurrió al empleo de corsarios para enfrentarse al crecido número de contrabandistas de la zona. Una fragata de 24 cañones, la Nuestra Señora del Carmen, apresó un navío holandés de 40 cañones con rica carga que fue vendida por 600.000 pesos, una parte de cuyo botín correspondería a don Blas por ser el responsable de las fuerzas navales.

El fuerte carácter del vasco hizo que surgiesen roces con el virrey, José de Armendáriz y Perurena, marqués de Castelfuerte, ya que este quería reducir la escuadra para ahorrar en gastos y De Lezo exactamente lo contrario. Ante el acoso del político, en septiembre de 1727, el militar se vio forzado a dimitir.

«Es inútil la ocupación de comandante, pues ni su aplicación, ni su experiencia en lo náutico, pueden aprovechar, y cuanto más celosamente deseare cumplir su ministerio, se conciliará con la mayor indignación del virrey, y sólo siendo hechura de su mano, y viviendo más atento a su semblante que a la propia obligación, será atendido y bien tratado». (Blas de Lezo)

Tras el encontronazo solicitó regresar a España, siendo recibido en 1730 por el Rey a finales de septiembre, quien le mostró su gratitud, algo que debió reconfortarle tras el fracaso de su aventura en América. Pero la vida seguía, y en horizonte se vislumbraba el Mediterráneo.

En 1731 embarcó en una escuadra de 18 navíos, cinco fragatas y dos avisos, al mando del marqués de Mari, para asistir al infante don Carlos en las dificultades que pudieran surgirle en su toma de posesión de los estados de Italia, a la muerte del duque de Parma, Antonio Farnesio.

«Estaba la Corte, dice, resentida de la conducta observada por la república de Génova y quiso tomar alguna satisfacción de sus procedimientos; por ello entró su jefe de escuadra, don Blas de Lezo, en el puerto con seis navíos, y exigió un saludo extraordinario a la bandera, y que inmediatamente se llevasen a bordo los dos millones de pesos pertenecientes a España, que estaban depositados en el Banco de San Jorge. Sorprendido el Senado con la demanda, procuró buscar efugios para eludirla; pero De Lezo contestó resueltamente a sus argumentos, y manifestando a los diputados que fueron a verle el estado de sus bajeles, les dijo, mostrándoles su reloj, que si en el término de tantas horas no era saludado cual correspondía, y no se le enviaban los dos millones, batiría la ciudad reduciéndola a cenizas. A tan resuelta intimación cedió la República, y cumplió todo a satisfacción del general español, quien dio la vela inmediatamente que recibió la expresada cantidad.

Ante esta decidida actitud se hizo el saludo pedido y se transportaron a bordo los dos millones de pesos fuertes, pertenecientes a España, que tenía guardados el banco de San Jorge. De tal cantidad se envió, por orden del Rey, medio millón para el infante don Carlos y el resto fue remitido a Alicante, para sufragar los gastos de la expedición que se alistaba para la conquista de Orán». Carta firmda por el conde de Santi-Esteban

En 1732 llegó al orden de conquistar Orán. En esta jornada arbolaba su insignia el general Lezo en el navío Santiago, un 28 de junio, y una flota compuesta por veintiséis mil hombres y 535 buques que desembarcó en la cala de Mazalquivir. Una vez ocupada Orán y convenientemente guarnecida, Lezo se dirigió a Cádiz, pero pronto debería regresar a África al llegar noticias de que las potencias berberiscas se habían unido para reconquistar Orán, atacándola por tierra y bloqueándola por mar.

Partió don Blas al mando del Princesa y el Real Familia, a los que se unieron otras cinco embarcaciones. Las crónicas cuentan que De Lezo levantó el bloqueo y metió en la plaza los necesarios socorros, dedicándose después a dispersar a las fuerzas navales enemigas. Digno es recordar la batalla terminó al aniquilar a la capitana de Argel, un buque de 60 cañones, al que comenzó a cañonear hasta que los argelinos se vieron obligados a refugiarse en la bahía de Mostaganem, al este de la plaza, defendida por dos castillos a la entrada y por una fuerza de cuatro mil hombres. Nuestro héroe, sin arriesgar sus buques, ordenó penetrar en la bahía a unas lanchas que finalmente consiguieron abordar la embarcación enemiga. Esta acción audaz hizo a los berberiscos reclaman ayuda a la Sublime Puerta (Constantinopla). Al enterarse de la noticia, el vasco se dirigió hasta el cabo Negro y Túnez para batirse, pero una epidemia infecciosa, ocasionada por la corrupción de los alimentos, le obligó a regresar a Cádiz, con una parada en Cerdeña para hacer nuevos víveres y en Málaga, donde dejó gran número de enfermos, entre ellos el guardiamarina Jorge Juan, insigne marino que también pasaría a los anales de nuestra Historia y del que hay hasta dos artículos en esta web.

A su regreso a España, el Rey le manifestó su aprecio y como recompensa a los servicios prestados le promovió a teniente general el día 6 de junio de 1734.

Al año siguiente desempeñó la comandancia general del departamento de Cádiz, siendo llamado a la corte. El destino, cómodo y seguro, hubiera sido del agrado de cualquiera, pero no para Blas de Lezo, un hombre de mar que no llegó a acostumbrase a estar tanto tiempo en tierra.

«Tan maltrecho cuerpo no es una buena figura para permanecer entre tanto lujo y mi es lugar la cubierta de un buque de guerra». (Blas de Lezo)

El 23 de julio de 1736, fue nombrado comandante general de una flota de ocho galeones y dos registros, que escoltados por los navíos Conquistador y Fuerte habían de despacharse para Tierra Firme.

Se abría así una nueva página en la espléndida carrera militar de Blas de Lezo: el mando de la flota de galeones de Indias, sin imaginar que la gloria  le aguardaba en la costa del mar Caribe, concretamente en la ciudad de Cartagena de Indias.

Ricardo Aller Hernández

BIBLIOGRAFÍA

*Todo a babor.es

*Aller Hernández, Ricardo. El sitio de Cartagena.2013. (Ediciones Evohé)

*Manuel Gracia Rivas «En torno a la biografía de Blas de Lezo”. Centro de Estudios Borjanos

*“La última batalla de Blas de Lezo”. Mariela Beltrán y Carolina Aguado,2018.

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