
EL PERSONAJE
Jaime I de Aragón llamado el Conquistador fue un modelo de rey medieval por su coraje en el campo de batalla, su actividad como legislador y su profunda religiosidad, sentando las bases de la grandeza de la Corona de Aragón. Pocos soberanos dejaron tan profunda huella en su tiempo. Heredó extensos dominios: por parte de su padre, el reino de Aragón y los condados de Barcelona y Urgel; de su madre, María, el señorío de Montpellier. Territorios que amplió con una serie de campañas de conquista contra los musulmanes, que le llevaron a incorporar dos nuevos reinos: el de Mallorca y el de Valencia. Fue además conde de Barcelona, de Urgel, señor de Montpellier y de otros feudos en Occitania. Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, fue yerno de Jaime I por su boda con su hija Violante. Jaime I era un gigante que llegaba o sobre- pasaba los dos metros, y su reinado fue uno de los más largos que constan en los anales de la España medieval: nada menos que 63 años.

Jaime I nació el 2 de febrero de 1208 en Montpellier, la ciudad de su madre, hijo de Pedro II el católico, ardiente amante de cualquier hermosa dama salvo de su esposa, y de María de Montpellier, es decir, heredero de dos importantes linajes: la Casa de Aragón y el de los emperadores de Bizancio, por parte de su madre. Según las crónicas, a los pocos meses de vida, alguien le arrojó una piedra que hizo pedazos la cuna en la que descansaba el infante, aunque por fortuna se salvó. Tuvo una infancia difícil ya que su padre, que acabaría repudiando a la reina, solo llegó a concebirlo mediante engaño de algunos nobles y eclesiásticos que temían por la falta de un sucesor, y la colaboración de María, haciendo creer a Pedro que se acostaba con una de sus amantes. De aquel engaño nacería don Jaime nueve meses después y debido a esta circunstancia, se produjo el rechazo de Pedro II hacia el pequeño Jaime, a quien no conoció sino a los dos años de su nacimiento.

También su nombre fue escogido de forma sorprendente ya que nada más nacer, María de Montpellier mandó encender doce velas de un mismo peso y tamaño, y ponerles los nombres de los doce Apóstoles para que de aquélla que más durase tomase el nombre: y así fue llamado Jaime.
Cuando tenía, solamente tres años, quedó bajo la custodia de Simón de Montfort y fue recluido en el castillo de Carcasona ya que el rey hizo un pacto matrimonial para entregar a su hijo Jaime a la tutela de Simón, para casarlo con la hija de este, Amicia, para lo cual el niño iba a ser recluido en el castillo de Carcasona hasta los 18 años.

Durante su minoría de edad, estuvo bajo la tutela de los caballeros templarios en el castillo de Monzón, junto al río Cinca (que Jaime I estableció que sería la divisoria entre Aragón y los condados catalanes), habiendo sido encomendado a Guillermo de Montredón, junto con su primo de la misma edad, el conde de Provenza Ramón Berenguer V. Allí, aprendió el habla viva al cuidado del Maestre de la Orden del Temple. Mientras, actuaba como regente del reino el conde Sancho Raimúndez, hijo de Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV y tío abuelo de Jaime. Heredó el señorío de Montpellier a la muerte de su madre.

La muerte de su padre, Pedro II, durante la cruzada albigense, en la batalla de Muret, significó su acceso al trono cuando sólo tenía cinco años. Su madre había muerto poco antes, y Jaime I, bajo la tutela teórica del Papa Inocencio III, quedó en la práctica bajo el control de un consejo de regencia que no era sino la expresión del poder de los grandes linajes nobiliarios aragoneses y catalanes. Huérfano de padre y madre, tenía unos 6 años cuando fue jurado en las Cortes de Lérida de 1214. En septiembre de 1218 se celebraron por primera vez en Lérida unas Cortes generales, en las cuales fue declarado mayor de edad.

Merece destacar que, su mayoría de edad se produjo a la edad de 10 años. En febrero de 1221, a la edad de 13 años, contrajo matrimonio con Leonor de Castilla, hija menor de Alfonso VIII, hermana de la reina Berenguela de Castilla y tía de Fernando III. Tras la boda, la pareja se trasladó a la catedral de Tarazona, donde Jaime fue ordenado caballero. Fruto de este matrimonio nació Alfonso que fue el heredero de la corona, pero falleció antes que su padre. Las relaciones del Conquistador con la nobleza estuvieron llenas de tensiones, que derivaron a menudo en la sublevación abierta. Así, cuando tenía 15 años, Jaime estuvo tres semanas en Zaragoza prisionero de algunos ricoshombres aragoneses junto a su joven esposa.
A la edad de 22 años, Jaime I consiguió que su primer casamiento fuera anulado por la Iglesia por razón de parentesco en 1229. El 8 de septiembre de 1235, a la edad de 26 años, contrajo un segundo matrimonio con la princesa Violante, hija de Andrés II, rey de Hungría. Por el testamento de su tío segundo Nuño Sánchez, heredó los condados de Rosellón y Cerdaña y el vizcondado de Fenolleda en Francia.

De su segunda esposa, Violante de Hungría, le dio nueve vástagos: Violante, esposa de Alfonso X el Sabio, a Constanza, esposa del infante Manuel, que era hermano de Alfonso X el Sabio, a Pedro, futuro Pedro III de Aragón, que le sucedió en los reinos de Aragón, Valencia y en los condados catalanes, Jaime, futuro Jaime II , que heredó el reino de Mallorca, que comprendía las islas de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera, los condados del Rosellón y la Cerdaña y los territorios que el Conquistador conservaba en Occitania (el señorío de Montpellier, el vizcondado de Carladés, en Auvernia, y la baronía de Omeladés, contigua a Montpellier), y les siguieron Fernando que murió niño, Sancha que se hizo monja y murió en Tierra Santa, María, también religiosa, Isabel, esposa de Felipe III de Francia, hijo de San Luis de Francia, y finalmente Sancho, abad de Valladolid y arzobispo de Toledo que falleció prisionero de los moros granadinos.

Jaime I fue un conquistador en todos los sentidos. Tras la muerte de su esposa Violante, el rey mantuvo numerosas relaciones con damas de alta alcurnia, como Aurembiaix de Urgel, teniendo múltiples hijos. Con Teresa Gil de Vidaure tuvo a Jaime, señor de Jérica, y a Pedro, señor de Ayerbe. Con Elvira Sarroca, engendró a Jaime Sarroca, obispo de Huesca y Pedro del Rey, obispo de Lérida. De sus relaciones amorosas con Blanca de Antillón nació Fernán Sánchez, a quien dio la baronía de Castro. Con Berenguela Fernández, tuvo a Pedro Fernández, señor de la baronía de Híjar. Estos hijos extramatrimoniales fueron el origen de algunas de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia. Sin embargo, con Berenguela Alfonso, hija del infante Alfonso de Molina, no tuvo descendencia, al igual que tampoco la tuvo con Sibila de Saga. También se sabe que tuvo una relación con Guillema de Cabrera. Así mismo, tuvo un hijo, Fernando, de la relación del rey con una ciudadana de Alcira llamada Genesia y que fue un hombre de confianza de su hermano Pedro en París y más tarde como abad de Montearagón.
REINADO Y CONQUISTAS

A principios del siglo XIII, los reinos de Jaime I estaban dominados por los barones feudales. El poder del rey dependía del consentimiento de la nobleza, que era capaz de imponer duras condiciones a cambio de prestarle homenaje y prometerle consejo y ayuda, como ocurrió en el juramento que los estamentos del reino prestaron al joven monarca en 1214. La promesa de ayuda era, sobre todo, de índole militar, puesto que el ejército se reclutaba a través de mesnadas de caballeros encabezados por linajes aristocráticos como los Montcada, los Cardona o los Lizana.
Durante los quince primeros años de su reinado, mantuvo diversas luchas contra la nobleza aragonesa, que incluso llegó a hacerle prisionero en 1224. En 1227, afrontó un nuevo alzamiento nobiliario aragonés, dirigido por el infante Fernando, tío del rey, que terminó, gracias a la intervención papal a través del arzobispo de Tortosa, con la firma de la Concordia de Alcalá que marcó el triunfo de la monarquía sobre los levantiscos nobles, dándole la estabilidad necesaria para iniciar las campañas contra los musulmanes.

En 1228 y ante los ataques de los piratas mallorquines, los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa pidieron ayuda al monarca para acabar con la amenaza. Le ofrecieron sus naves, mientras que los nobles catalanes acordaron participar en la empresa a cambio del botín y dominios territoriales. En otra reunión en Lérida, los nobles aragoneses aceptaron las mismas condiciones, pero sugirieron al rey que la empresa se dirigiera contra los musulmanes de Valencia, por lo que su participación no sería significativa.

El 5 de septiembre de 1229, la escuadra aragonesa, compuesta por 155 naves, 1500 caballeros y 15000 soldados, zarpó de Tarragona, Salou y Cambrils, para conquistar Mallorca a Abú Yahya, el gobernador almohade de la isla. Las tropas aragonesas desembarcaron en Santa Ponsa y vencieron a los musulmanes en la batalla de Portopí (13 de septiembre de 1229). Los musulmanes se refugiaron tras las murallas de Madina Mayurqa (la actual Palma de Mallorca) y crucificaron a varios soldados aragoneses a la vista de las tropas de Jaime, que poco después tomaron y pasaron a cuchillo a la población de la ciudad) y se apoderaron de la isla en pocos meses, salvo un pequeño núcleo de resistencia musulmana que logró mantenerse en la sierra de Tramontana hasta 1232. Los pobladores musulmanes huyeron a África o fueron esclavizados. Después de pasar a cuchillo la población de Madina Mayurqa, la cantidad de cadáveres fue tal que se produjo una epidemia que diezmó el ejército de Jaime I. Por añadidura, los nobles catalanes intentaron quedarse con el botín, provocando una revuelta que debilitaría aún más el poder militar de Jaime I. Mallorca se constituyó como un reino más de la Corona de Aragón bajo el nombre de Regnum Maioricarum et insulae adiacentes.

Aunque el monarca aragonés se vio incapacitado para conquistar Menorca a causa de las divisiones internas dentro de su ejército por el botín y aun así, el monarca consiguió por mediación de dos nobles aragoneses, uno catalán y el comendador del Temple de Mallorca (Ramón de Serra) un vasallaje sobre Menorca, rubricado por el Tratado de Capdepera, por el cual los musulmanes menorquines aceptaron su soberanía. El vasallaje sobre Menorca sería transferido al reino de Mallorca como parte del testamento de Jaime I. Alfonso III de Aragón conquistaría de forma efectiva esta isla, después de la capitulación de Abû ‘Umar en 1287.

La conquista de Ibiza y Formentera se realizó al ceder su sumisión de a Guillermo de Montgrí, arzobispo de Tarragona, y su hermano Bernardo de Santa Eugenia, que la hizo efectiva el 12 de agosto de 1235. La conquista de Valencia, a diferencia de la de Mallorca, fue hecha con un importante contingente de aragoneses. Así, para empezar la conquista, en 1231 Jaime I se reunió con el noble Blasco de Alagón y Hugo de Folcalquier, maestre de la Orden Militar del Hospital, en Alcañiz para fijar un plan de conquista de las tierras valencianas. La conquista de lo que posteriormente se convertiría en el reino de Valencia comienza en 1232, con la toma de Morella. En 1233 se planea la campaña en Alcañiz que empieza, con la toma de Burriana, Peñíscola y el castillo de Castellón. La conquista de la ciudad de Valencia había comenzado el 21 de abril de 1238 y la capitulación se firmó el 29 de septiembre entrando el rey en la ciudad el 9 de octubre.

Después se llegó hasta el Júcar, en la ciudad de Alcira donde se encontraba el único puente de toda Valencia que cruzaba el Júcar que fue conquistada el 30 de diciembre de 1242, permitiendo así la definitiva conquista del Reino de Valencia. Otra etapa abarca desde 1243 a 1245, llegándose a los límites estipulados en el Tratado de Almizra en 1244, firmado entre Jaime I y el infante Alfonso (futuro Alfonso X de Castilla) para delimitar las áreas de expansión sobre territorio musulmán entre Castilla y la Corona de Aragón. Las tierras al sur de la línea Biar-Villajoyosa quedaron reservadas para Castilla (incluyendo el reino de Murcia), incorporándose al reino de Valencia por Jaime II de Aragón tras las Sentencias arbitrales de Torrellas y el Tratado de Elche.

Jaime I obtuvo un gran triunfo sobre la nobleza aragonesa al convertir las tierras conquistadas en Valencia en un reino diferenciado, unido a la Corona de Aragón, gracias a la elaboración legislativa de los Fueros de Valencia, els Furs. La creación del reino provocó una iracunda reacción de la nobleza aragonesa, que veía así imposibilitada la prolongación de sus señoríos en tierras valencianas. Es conocido de todos lo rat pelat o murciélago, presente en el escudo de la ciudad de Valencia. Referente a la conquista de esta ciudad, cuenta la leyenda que estos animales eran domesticados por los musulmanes para acabar con diferentes plagas. Cuando Jaime I y sus tropas se encontraban en campaña para tomar la ciudad, un murciélago se posó en su tienda y batiendo sus alas contra un tambor dio aviso a las tropas de que iban a ser atacadas por los musulmanes. Por ello, Jaime I colocó al murciélago o rat penat en lo alto de su escudo y casco.

En 1258, mediante el Tratado de Corbeil, Jaime renunció a sus derechos sobre territorios del mediodía francés. En contrapartida, su propio sobrino, San Luis de Francia (su madre era Blanca de Castilla, hermana de Leonor de Castilla primera esposa de Jaime) renunciaba a sus derechos, como descendiente de Carlomagno, sobre los condados catalanes, herederos de la Marca Hispánica.
Castilla había sometido Murcia a vasallaje, pero los murcianos se rebelaron contra Castilla con el apoyo del Reino nazarí de Granada y los gobernantes del Norte de África. La reina Violante (esposa de Alfonso X el Sabio) pidió ayuda a su padre Jaime I.

Entonces, tropas de la Corona de Aragón mandadas por el infante Pedro (el futuro Pedro III el Grande) conquistaron a Muhammad ibn Hûd Biha al-Dawla el reino de Murcia, dejando después a más de 10 000 aragoneses en Murcia. Hay que recordar que según las condiciones del Tratado de Almizra, Murcia pertenecería a Castilla. La nobleza de Aragón, procedente principalmente de Cataluña, recriminó a Jaime I esta ayuda sin recompensa a la Corona de Castilla, a lo que este respondió que lo hacía «por Dios y para salvar a España».
ÚLTIMOS AÑOS

En septiembre de 1269, salió de Barcelona con su armada para una expedición a Tierra Santa, pero dispersadas sus naves por las tormentas, tuvo que desembarcar en Aigües-Mortes, cerca de Montpellier. Renunció a aquella empresa debido, entre otros motivos, a su edad. Ya contaba con 61 años. Jaime I estuvo presente en el Segundo Concilio Lugdunense, que se celebró en la catedral de Lyon, entre el 7 de mayo y el 17 de julio de 1274. El concilio deliberó sobre la preparación de una nueva cruzada centrándose en los aspectos financieros de la misma. Se decidió que, durante seis años, un diezmo de todos los beneficios de la cristiandad, deberían destinarse a la cruzada. Jaime I se mostró partidario de iniciarla inmediatamente, pero al oponerse los templarios no se tomó ninguna decisión. Ante las indecisiones de los demás asistentes a la asamblea canónica, Jaime I se despidió del Papa Gregorio X y abandonó la reunión con los miembros de su séquito.

Su reinado de sesenta y tres años es el reinado más largo de cualquier monarca en toda la historia de España. Enfermo y fatigado, murió en Alcira el 27 de julio de 1276 tras recibir cristianamente todos los sacramentos. En el trance de su muerte, en la residencia real de esta ciudad, y como había dispuesto, Don Jaime fue amortajado con los hábitos del Císter. Su desaparición fue recibida con desconsuelo generalizado en todo el reino.

Los restos mortales del rey permanecieron depositados en Santa María de Valencia hasta mayo de 1278, en que fueron trasladados al monasterio de Poblet para su sepultura definitiva como había ordenado. No obstante, tras la desamortización de Mendizábal, el monasterio quedó abandonado y el cadáver de Jaime I fue trasladado en 1843 a Tarragona, donde le fue construido un panteón en la parte posterior de la catedral, que fue inaugurado en 1856. En 1952, los restos de Jaime I fueron restituidos a Poblet. En torno al monasterio, se constituiría, décadas después, el panteón de la dinastía de la Corona de Aragón.
Su obra de conquistador y legislador hizo que se le viera como el punto de arranque del período de máximo esplendor de la Corona de Aragón. El reinado de Jaime I marcó el nacimiento de una conciencia territorial en los distintos reinos de la Corona de Aragón, especialmente en Aragón, Reino de Valencia y en los condados catalanes y marcó el desplazamiento del centro de gravedad de la monarquía hacia la costa mediterránea. Así, la Corte y la cancillería se establecieron en Barcelona. Para los mallorquines y valencianos, Jaime I es un gran rey, el padre fundador de los reinos, el creador de sus señas de identidad hasta nuestros días: territorio, lengua, fueros, moneda, instituciones, etc.

Numerosas referencias atestiguan su coraje, valentía y conveniente actitud ante sus huestes en los momentos de mayor dificultad. En el curso del sitio de Valencia, en 1238, recibió un disparo de ballesta en la cabeza y, para evitar que sus mesnadas se derrumbaran moralmente, se arrancó la flecha de cuajo para seguir al mando de las operaciones durante la jornada. Durante cuatro o cinco días con el ojo de la zona lesionada no pudo ver y una vez recuperado, cabalgó por todo el campamento «para que la gente no se desanimara». Curiosamente, siglos más tarde este incidente sirvió para identificar los restos del rey, cuando el panteón real del monasterio de Poblet fue saqueado a resultas del decreto de desamortización de 1835; al descubrirse un cráneo que mostraba una cicatriz muy marcada en su lado izquierdo, se dedujo que era el del Conquistador gracias a los detalles ofrecidos en el Llibre dels Feyts, que se convirtió en la primera de las cuatro grandes crónicas reales en catalán y que. aunque probablemente no sabía leer ni escribir, encargó a un funcionario real su biografía y en ella se permite conocer los actos y los pensamientos de uno de los soberanos más destacados de la Corona

Jaime I fue excomulgado por el Papa Inocencio IV : había ordenado cortar la lengua a Berenguer de Castellbisbal, obispo de Girona y confesor del rey, por haberle traicionado al quebrantar el secreto de confesión. Considerándose como abanderado de la fe, se marcó como objetivo primordial y casi obsesivo la expansión territorial a costa de los musulmanes. La intensidad de este sentimiento se refleja en las palabras que pronunció el rey, recuperándose en su lecho de una grave herida en territorios de Valencia: «Arrea mi caballo y apareja mis armas que quiero ir contra los traidores sarracenos que quieren que muera. ¡No lo crean! ¡Que antes los destruiré a todos!».

Jaime Mascaró Munar
