Colombia celebra el quinto centenario de su patrono, el dominico español San Luis Bertrán

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Colombia celebra el quinto centenario del nacimiento de su patrono, el dominico español san Luis Bertrán o Beltrán (se le conoce por los dos apellidos), nacido en Valencia un 1 de enero de 1526. Gran predicador, es sin embargo un gran desconocido, pese a su abnegada labor en defensa de los indios de lo que entonces era el Virreinato de Nueva Granada, frente a los abusos de algunos encomenderos, y a que es el único santo valenciano de un país. Su mala salud, empeorada durante su estancia en el Nuevo Mundo, le obligó a regresar a la ciudad del Turia, donde murió el 9 de octubre de 1581.

Luis Bertrán Eixarch era hijo de Luis y Juana, de condición noble y que supieron inculcarle una profunda fe. Aún se conserva su casa natal, cerca de l’Almoina, en pleno centro de Valencia; así como la cercana iglesia de San Esteban, donde se conserva la pila en la que fue bautizado. Precisamente en esa pila fue bautizado también, 175 años, el gran santo valenciano San Vicente Ferrer, con quien estaba emparentada la madre de San Bertrán. De hecho, este último sentía gran admiración por el santo medieval.

Bertrán ingresó en la Orden dominica el 26 de agosto de 1544, siendo luego ordenado sacerdote, en 1547, tras lo cual, sus superiores le mandaron a Llombay, en la Ribera Alta valenciana, para tratar de evangelizar a los moriscos. Justo el año en que nació el futuro santo, en 1526, se produjo la última gran rebelión morisca en Valencia, la de Espadán, con nada menos que 4.000 moriscos alzados en armas.

En 1549, fue enviado al convento de Santa Ana de Albaida, en donde dejó un recuerdo imborrable. En la parroquia de esa localidad se le erigió una escultura, y a sus pies, se encuentra el crucifijo ante el que solían rezar y el reloj de arena que utilizaba durante sus oraciones. Las vidrieras del monasterio representan algunos de los momentos que marcaron su estancia en Santa Ana de Albaida, como cuando desde el púlpito predicó a los marqueses de Albaida, que a raíz de entonces se enemistaron con él; cuando rezó haciendo la señal de la cruz ante un incendio en la montaña, que se apagó enseguida, o cuando un bandido le disparó, pero la bala se convirtió en un crucifijo.

Cuando cumple 36 años, en 1562, su vocación misionera le impulso a cruzar el océano Atlántico, hacia Nueva Granada, que entonces abarcaba lo que hoy son las naciones de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Su celo evangelizador le llevará especialmente hacia tierra adentro de Cartagena de Indias, en Tubará, y en la zona montañosa de Santa Marta. Allí permanecerá durante siete años.

Junto con otros dominicos, fue uno de los principales impulsores del Rosario en América. En 1568, se le eligió como prior del convento de Santo Domingo, en la capital, Santa Fe de Bogotá, pero debido a su mala salud y muy a su pesar, debió regresar a Valencia un año más tarde.

En América, se ganó la enemistad de encomenderos, contrariados por su defensa acérrima de los indios frente a las injusticias que en ocasiones debían sufrir. Pero también se le enfrentaron algunos caciques indios e, incluso, hubo quien intentó matarlo, ya que la evangelización de San Luis Beltrán entre los indios pobres, les restaba autoridad y poder. La piedad popular refiere que de todos esos intentos de asesinato, el santo se salvó siempre de forma milagrosa. 

Otro milagro que se le atribuye es que, aunque predicaba en valenciano, los nativos le entendían perfectamente en sus lenguas vernáculas, en lo que puede calificarse como “don de lenguas” o xenoglosia. Esa facultad también se le atribuyó a san Vicente Ferrer, quien en el siglo XIV predicaba en valenciano por toda la Península Ibérica y sur de Francia. Aunque podría rebatirse con que, al fin y al cabo, el valenciano es muy parecido al resto de lenguas romances de esos territorios y que, además, tienen como base el latín. Sin embargo, en el caso de San Luis Bertrán, ni el idioma español tenía nada que ver con las lenguas de los indios, ni su visión del mundo se parecía al mensaje cristiano que se les intentaba transmitir.

Como se apuntaba más arriba, hubo de regresar a su Valencia natal, en 1569, aquejado de muchos achaques: cojeaba de una pierna, tenía miopía y algo de sordera y estaba en los huesos. Todo ello, no le impidió continuar con una ingente labor, implicado como estaba en implantar la reforma de una observancia estricta en los dominicos, consiguiendo un gran éxito con numerosos seguidores.

En 1570, se le nombró prior del convento de San Onofre, en Museros (provincia de Valencia), y luego en 1573, se le encargó una vez más el noviciado del Convento de Predicadores. El 15 de mayo de 1575 fue nombrado prior del Convento de Santo Domingo de Valencia.

La puerta de su celda lucía un letrero con una frase de San Pablo que decía así: «Si tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Jesucristo».

Amigo, en sus últimos años, de san Juan de Ribera (1532-1611) arzobispo de Valencia. Asimismo, tuvo un intercambio epistolar con Santa Teresa de Jesús, a quien animaba a continuar con su valiente reforma del Carmelo.

Falleció el 9 de octubre de 1581, después de haber predicho su propia muerte, en su celda del Hospital de Pobres Sacerdotes, posiblemente acompañado por su gran amigo san Juan de Ribera.

Le beatificó, en 1608, el Papa Pablo VI; mientras que Clemente X, le canonizó en 1671, y Alejandro VIII le nombró santo patrón de Colombia. De hecho, numerosos colegios y parroquias del país americano llevan su nombre, que también distingue a una de las provincias de los dominicos.

Su cuerpo permaneció incorrupto durante siglos, en el convento valenciano de Dominicos, trasladado luego, durante la Desamortización liberal del siglo XIX, a la parroquia de San Esteban. Sin embargo, el odio a la fe desatado durante los inicios de la Guerra Civil española, en el verano de 1936, llevó a los milicianos anticlericales a sacar sus restos a la calle, como hicieron en tantísimos otros casos de profanaciones, y los quemaron completamente.

Jesús Caraballo

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