
Esta efeméride no la recordamos para hablar de la gran gesta de un español sino para hablar de la acción de un militar que, a riesgo de ser muy criticado, consiguió salvar a miles de españoles atrapados en la nebulosa Dinamarca de principios del siglo XIX.
Cuesta entender que rayos hacían tropas españolas en Dinamarca en 1807, apoyando a los franceses, salvo que se estudie con detalle los primeros 10 años del siglo XIX, y que fueron realmente convulsos en toda Europa.

En 1803, el Reino Unido denunció el Tratado de Amiens. A Napoleón no le sentó nada bien esta ruptura unilateral del tratado y empezó a pensar seriamente en la posibilidad de invadir las Islas Británicas. Para ello llegó a reunir un ejército de 150.000 hombres en Boulogne Sur Mer, en el norte de la actual Francia, a apenas 47 kilómetros de la costa inglesa. Muy cerca, pero para recorrerlos había que enfrentarse a la potente Marina Real Británica, que doblaba en capacidad a la francesa. Total que dicho desembarco jamás se llegó a realizar, pero puso en alerta a los británicos que reaccionaron atacando y bloqueando puertos franceses y españoles. Los españoles nos encontrábamos por los tres Pactos de Familia, firmados entre 1733 y 1761 y el nefasto Tratado de San Ildefonso firmado en 1796.

El Reino Unido consiguió un éxito diplomático al llegar a reunir en 1805 al Imperio Austríaco, Rusia, Nápoles y Suecia en el tratado conocido como Tercera Coalición, cuyo objetivo formal era derrocar a Napoleón y eliminar la influencia francesa en el continente europeo.
La entrada en la coalición de Suecia en la coalición no era banal, dada la cercanía geográfica con Dinamarca, que estaba bajo el control francés. Napoleón temía un ataque desde el norte y presionó al débil Carlos IV de España, que enviara a 14.000 hombres a Dinamarca, con el difuso objetivo de proteger las costas y ayudar a controlar las principales ciudades. Mas parecía una operación de policía que una militar, pero es que probablemente Napoleón ya tenía en mente quedarse con España y pensaba con esta acción desangrar al ejército español y debilitarlo, llevando lejos a tropas entrenadas y oficiales valiosos.

Godoy, en nombre de Carlos IV, ordenó el envió de casi 14.000 hombres, mas de 3.000 caballos y 25 cañones, que se trasladaron a pie en dos columnas, que acaban acantonadas en Hamburgo y Lübeck el invierno de 1807 a las órdenes supremas del mariscal francés Bernadotte. Ahí se reunió con la División Etruria que venía de Italia y al conjunto se la denominó como Cuerpo de Observación o División del Norte. El mando de las tropas españolas recayó sobre Pedro Caro y Sureda, III marqués de La Romana. Mallorquín nacido en Palma de Mallorca y que a la sazón contaba con 46 años. No era ningún niño y tenía experiencia internacional ya que había viajado por Viena, Berlín, Moscú, Paris, Italia, Flandes, Prusia, Dinamarca, Suecia y Gran Bretaña. Parece que el nombramiento fue hecho por Napoleón en contra de la recomendación española que postulaban como jefe al general Castaños o a O’Farril.

En 1807, la División inició su desplazamiento a Dinamarca y se estacionó en 1808 justo cuando empezó la revuelta española en Madrid contra los franceses y lo primero que hicieron ellos fue censurar la correspondencia que recibían los españoles, sin embargo, rumores llegaban, aunque no se podían confirmar. El marqués de La Romana, también había recibido rumores, pero no había podido contactar con sus superiores en la Península y procuraba mantener contentos a los franceses y calmados a los españoles.
En el otro lado de Europa, el general Castaños estaba buscando la forma de comunicarse con La Romana e informarle de la rebelión en España y se le ocurrió que la manera más rápida era utilizar los servicios de La Royal Navy. Se puso en contacto con el gobernador de Gibraltar, sir Hew Dalrymple. Este estuvo puso a su disposición una de sus barcos, estacionados en El Peñón. El viaje no ofrecía serios peligros, La Royal Navy dominaba los mares europeos, pero el problema era en cómo llevar un mensaje a La Romana sin levantar las sospechas de los franceses.
En todo el montaje hay dos actores principales.
- John Hookham Frere que había sido enviado a Madrid, en septiembre de 1802 como representante de Su Majestad Británica en la Corte de Carlos IV, amante de la lengua y literatura castellana, y que hizo gran amistad con La Romana.
- James Robertson, monje benedictino, que viajaba por Europa haciéndose pasar por comerciante de tabacos.
Robertson no quería en modo alguno llevar ningún mensaje escrito que pudiera comprometerle y a Hookham se le ocurrió escribir de su puño y letra, un verso del «Poema del Cid», sobre el que La Romana y Frere, habían intercambiado opiniones largamente.

Frere hizo el viaje y consiguió una entrevista con La Romana bajo su disfraz de comerciante. Según la descripción hecha por el propio Frere en su libro “Narrative of a Secret Mission to the Danish Islands in 1808”, al principio La Romana dudó del emisario, pensando que se encontraba delante de de un agente francés que trataba de saber sus verdaderas intenciones, pero al ver el verso se disiparon sus dudas.
El problema ahora era como repatriar las tropas. Era necesario volver a reunir a los hombres y no era cuestión de desandar el camino a través de toda Francia. Para ganar tiempo siguió oficialmente sometiéndose a las autoridades francesas e incluso felicitando el 14 de junio a José Bonaparte por su ascenso al trono español y a Bernardotte agradeciéndole la concesión del Águila de Oro de la Legión de Honor.
No fue hasta el 6 de agosto que recibió la visita del teniente Félix Contreras y del alférez del Regimiento de Infantería de Línea de Valencia Juan Antonio Fabreges. Este último se encontraba destinado en una batería de costa en Dinamarca, desde donde veía los navíos ingleses, pero no podía comunicarse con ellos. Aprovechando que los franceses le encargaron el envío de una documentación oficial, secuestró una barca de pesca y abordó a un navío británico. Ahí se dieron cuenta de la importancia de la deserción ya que se encontraban en la misma situación que La Romana. Tenían un plan de evacuación pero no eran capaces de conectar con él. A pesar del peligro evidente, ya que los franceses conocían que había desertado, Fabregues, aceptó hacer de correo. Tomó los documentos que describían donde y cuando esperaría una flotilla para evacuar a los españoles y milagrosamente consiguió entregarlos a La Romana.

La Romana, entró en acción y organizó la concentración de sus tropas en dos grupos. Uno debía confluir en la isla de Seilan, tomarla por la fuerza y posteriormente embarcar hacia la isla de Langeland. Ahí debía confluir el resto de los dispersos en Dinamarca con el marqués de La Romana. Los españoles de la isla de Seilan tuvieron un éxito inicial pero después fueron bloqueados por fuerzas francesas enviadas por Bernardotte que había sido informado de la rebelión del contingente español.
En la isla de Langeland las cosas fueron mejor y La Romana controlaba la situación llegando a un acuerdo con el conde Frederik Ahlefeldt-Laurvig, noble local de la zona, mediante el cual sus hombres recibirían víveres con el compromiso de no saquear a la población de la isla.

Mientras, envió una carta al rey Federico VI de Dinamarca, para obtener la liberación de los 5.000 españoles retenidos en la isla de Seilan, pero éste no respondió y entretanto el 19 de agosto, Bernardotte empezó a cañonear con lanchas la costa de la isla de Langeland. La Romana tuvo que elegir entre esperar más y arriesgar a quedar encerrado en la isla o abandonar a los retenidos y salvar al resto.
Embarcó en una numerosa flotilla de naves británicas y suecas, llegando a la bahía de Gotemburgo en Suecia el 27 de agosto los últimos evacuados, cerca de 9.000 hombres de los cerca de 14.000 que formaban parte de la expedición.
El final para los participantes fue diverso. Los españoles retenidos por los daneses fueron entregados a los franceses. Algunos de ellos se integraron en las tropas de Napoleón y llegaron hasta Moscú. Los evacuados a Suecia, consiguieron llegar a España y participaron en diversos enfrentamientos de la Guerra de Independencia.
Antonio Fábreges, luchó en suelo español contra los franceses y murió en Córdoba en 1844. En el epitafio de la lápida de su tumba se reseñan estos hechos.

Pedro Caro, marqués de La Romana, volvió a España donde participó activamente en la lucha contra los franceses. Fue muy criticado por oponerse a menudo a presentar batalla a los ejércitos franceses, pero era consciente que la mayor parte de las tropas españolas que lucharon en la contienda, eran voluntarios mas cargados de entusiasmo que de conocimientos militares y disciplina.
El 23 de enero de 1811, cuando se disponía a socorrer a la ciudad de Badajoz, falleció víctima de un violento ataque de disnea. El Duque de Wellington que no tenía ningún aprecio por ejército español escribió elogiosamente sobre su persona.

Antes, cuando junto a los españoles repatriados, llegaron las noticias sobre la acción de los daneses contra los españoles, la Junta Suprema reunida en Sevilla el 18 de septiembre de 1809, acordó cortar toda comunicación con Dinamarca y requisar todos los bienes daneses en España. Poco después, el cabildo de Huescar, declaró la guerra a Dinamarca. Dicha declaración de guerra quedó en el olvido en la marea destructiva de la Guerra de Independencia y no fue hasta 1981 que un oportunista ayuntamiento de Huéscar firmó la paz ante una representación política de ambos países. Cosas de los políticos.

Manuel de Francisco Fabre
https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Caro_y_Sureda
https://es.wikipedia.org/wiki/Expedici%C3%B3n_espa%C3%B1ola_a_Dinamarca
https://historia-hispanica.rah.es/biografias/9472-pedro-caro-sureda
