Sabina Suey salva el Santo Cáliz (21 julio 1936)

Si te gusta, compártelo:

Muchos sucesos de nuestra Guerra Civil de 1936, se intentan tergiversar, cuando no, esconder. En todo caso se hace lo posible para que nadie hable de ellos. Nosotros trabajamos para que hechos como el que vamos a relatar, no se olviden.

Era media mañana del 21 de julio de 1936. Por la calle de la Barchilla en Valencia, una joven camina con aparente despreocupación, aunque un observador atento, se dará cuenta que la muchacha mira con atención hacia el final de la calleja. Dos hombres la siguen a cierta distancia. El día es caluroso, aunque el sol no brilla con fuerza. No es debido a la sombra producida por alguna nube misericordiosa. Es una nube de humo que cubre la ciudad. Las iglesias de San Valero, San Martín, San Bartolomé, San Agustín, arden sin control. Ni las autoridades han enviado protección ni los bomberos han salida de sus casernas.

El Micalet

El objetivo de la joven era la calle de las Avellanas numero 3, a  apenas tres minutos a marcha normal, pero el problema es que el recorrido más lógico, la hacía pasar por el extremo de la plaza donde se encuentra la puerta principal de la catedral de Valencia. Desde el otro extremo de la plaza, el esbelto Micalet, dominaba la situación, pero ninguna protección podía esperar de la icónica torre, frente al numeroso grupo de hombres armados que vociferaban en la plaza.

Sabina, que así se llamaba la joven, decidió dar un rodeo por la parte trasera de la catedral. Al llegar al otro extremo de la calle de las Avellanas, aferró con fuerza el paquete envuelto en papel de periódico que portaba. Los ocupantes de un par de coches, que circulaban a gran velocidad, le lanzaron miradas más bien lascivas que interesadas en lo que portaban y afortunadamente no se detuvieron.

Santo Grial,

Con el corazón en un puño llegó al número 3 de la calle y subió a plena carrera una vez al cubierto de miradas indiscretas. No hizo falta llamar a la puerta. Una mano amiga estaba esperando, y la acompañó hasta la cocina. Ahí abrieron el paquete y comprobaron que el recipiente que se encontraba en su interior estaba en buenas condiciones. Se trataba del Santo Grial, que gracias a Sabina, todavía hoy podemos admirar en La Capilla del Santo Cáliz, en la Catedral de Valencia.

Tres horas después de que Sabina Suey hiciera este corto pero peligrosísimo periplo, la Catedral fue incendiada y gran parte de sus obras artísticas destruidas y robadas. Todavía hoy si buscamos por joyas como el Tabernáculo Expositor, encontraremos eufemismos como “desaparecido durante la Guerra Civil”. No desapareció. Fue robado.

Catedral de Valencia

El Santo Cáliz, como tal, es un simple cuenco de piedra, en concreto cornalina, y a parte de su valor como pieza arqueológica, no despertarían las ansias de los depredadores, pero los añadidos que le fueron haciendo en distintos puntos de España, sí que estaban hechos con metales preciosos que hubieran despertado la avaricia de los ladrones. Sin duda, si hubiera caído en manos de los malhechores, el destino de esta pieza hubiera sido la fundición y desechado el resto de la pieza. Había mucha incultura entre la turba que quemó la Catedral de Valencia y destruyó su patrimonio.

Los ladrones se dieron cuenta que faltaba el Santo Grial y empezó rápidamente el registro de las casas de las personas que podían haberse encontrado en contacto con la reliquia. Sabina se encargaba de la limpieza de las zonas más importantes dela Catedral y la casa de su abuelo donde ella vivía, fue de las primeras en ser registradas.

José Pellicer Gandía

A finales de 1936, en la zona republicana de España, si se encontraba una simple imagen religiosa en tu casa, era motivo suficiente para ser detenido en el acto. Si lo encontrado era una reliquia, tu vida no valía nada. El caso es que el encargado de hacer el registro de la habitación donde se encontraba el cáliz fue José Pellicer Gandía, un anarquista convencido, que al salir de la estancia, dijo a la tía de Sabina, que su vida corría peligro. No hacía falta más información. En cuanto se pudo se trasladó la reliquia a la casa del hermano de Sabina y finalmente llevado a la casa de un primo en Carlet, pequeña población cerca de Valencia.

Ahí se emparedó la reliquia en una esquina de una habitación y esperó el final de la contienda, cuando fue devuelta a la Catedral de Valencia.

Sabina, también sobrevivió a la contienda y consiguió esquivar los sucesivos registros y amenazas del “servicio del orden” republicano.

José no tuvo tanta suerte. Se enfrentó a sus compañeros que se dedicaban más al asesinato y robo que a difundir sus ideas anarquistas y acabó encarcelado por el SIM, Servicio de Información Militar, ente que se encargaba de la inteligencia y del servicio de seguridad de la Segunda República Española. Finalizada la contienda, tuvo la ocasión de escapar de España, pero fiel a sus ideas se quedó en Valencia, donde fue detenido, juzgado y ejecutado.

Fueron dos personas que se cruzaron en los convulsos años treinta del siglo pasado. Los dos con ideologías dispares y formas de pensar totalmente diferentes. Ambos estaban dispuestos a morir por los ideales que defendían. Me parece que muchos políticos que manejan el futuro de nuestra sociedad, y ya no me refiero solo a España, deberían analizar con detalle estos hechos y emular a estas personas.

Manuel de Francisco Fabre

https://santocaliz.wixsite.com/santo-grial/guerra-civil-inicio

Si te gusta, compártelo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *