
Entre las distintas opciones de ganar la indulgencia plenaria este 2026 (San Francisco de Asís, el convento carmelita fundado por Santa Maravillas de Jesús en el madrileño Cerro de los Ángeles…), hay una que nos toca muy de cerca a los españoles. Se trata del gran poeta místico, fiel seguidor del carisma de Santa Teresa de Jesús, primera doctora de la Iglesia, san Juan de la Cruz. Este año se puede conseguir la remisión de nuestros pecados —siguiendo los requisitos habituales— visitando alguno de los lugares relacionados con este gran santo, del que se cumplen precisamente ahora los 300 años de su canonización, y los 100 de su nombramiento como Doctor de la Iglesia. El Año Jubilar, que arrancó el pasado 13 de diciembre, se prolongará hasta el próximo 26 de diciembre.
Sin duda, es una ocasión única de conocer su vida y su extraordinaria poesía mística, así como los lugares que vieron sus pasos, impulsándonos a peregrinar por sus templos jubilares, desde su natal Fontiveros (Ávila); hasta Arévalo; pasando por Medina del Campo, Salamanca, Duruelo, Mancera de Abajo, la capital abulense, Toledo, Segovia, Granada, Baeza, Úbeda…

Pero de entre todos ellos, sin duda, Ávila ocupa un lugar destacado. Allí se empleó como capellán y confesor, entre 1572 y 1577, de las monjas del monasterio de La Encarnación, fundado por Santa Teresa de Jesús y origen de su Orden. Fue precisamente ella quien, poco después de emprender su labor como priora de dicho convento, le reclamara para ese oficio. Como les indicaba a sus hermanas, «Tráigoles un Padre, que es santo, por confesor».

En ese monasterio de La Encarnación, se conservan una serie de sitios estrechamente relacionados con San Juan de la Cruz. La Torrecilla es una casita, situada justo al lado de la tapia del convento, y que Santa Teresa de Jesús hizo acondicionar para acoger a los dos frailes descalzos que hizo venir como confesores, fray Juan de la Cruz y fray Germán de San Matías. En ese mismo sitio, en la huerta y dentro de la misma clausura, se conserva una ermita dedicada al gran poeta místico, que las monjas mandaron levantar en el siglo XVIII.

El Confesonario usado por San Juan de la Cruz en el tiempo que estuvo en el monasterio, conserva la silla en que dispensaba el perdón a las monjas. Santa Teresa de Jesús, en carta fechada el 27 de septiembre de 1572, manifestaba que «Gran provecho hace este descalzo que confiesa aquí; es fray Juan de la Cruz».
En cuanto al Comulgatorio, en una de las ocasiones en que San Juan de la Cruz daba la comunión a las monjas, al recibirla Santa Teresa, tuvo ésta la gracia del matrimonio espiritual, que cuenta con detalle: «Estando en La Encarnación el segundo año que tenía el priorato, octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no solo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía»».

Otro de los lugares destacados del monasterio de La Encarnación vinculado a San Juan de la Cruz es la Tribuna. Cuenta la tradición que el Santo acudió a administrar los sacramentos a una monja enferma, tras lo cual, fue a recogerse en oración a una tribuna que da a la iglesia, momento en que tuvo una visión de Cristo en el momento de expirar en la cruz. La perspectiva era desde arriba y lateralmente, y así lo reflejó en un dibujo, que entregó a la hermana Ana María, quien lo conservó como reliquia y así ha llegado hasta nuestros días. La original perspectiva de ese Jesús sufriente en la Cruz sirvió de inspiración al pintor Salvador Dalí en su célebre Cristo.

Finalmente, hay que visitar el Locutorio. Se encontraban un domingo de la Santísima Trinidad Santa Teresa y San Juan de la Cruz hablando por la reja del misterio trinitario, cuando ambos experimentaron un éxtasis. Fue testigo del extraordinario hecho la hermana tornera Beatriz de Jesús, quien los sorprendió al entrar a dar un recado a la madre priora. Después, la misma Santa le explicaría que «no se puede hablar de Dios con el Padre fray Juan, porque luego se traspone o hace trasponer».
Este año Jubilar es, además, una ocasión magnífica para empaparse de las obras de San Juan de la Cruz y, muy en particular, de los versos de su Cántico Espiritual, una de las más altas cimas de la mística mundial y que transmiten fielmente la hermosura divina.

Jesús Caraballo
