BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO, PINTOR BARROCO ESPAÑOL (y II)

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Se conocen cerca de veinte cuadros con el tema de la Inmaculada pintados por Murillo, una cifra solo superada por José Antolínez y que ha hecho que se le tenga por el pintor de las Inmaculadas, una iconografía de la que no fue inventor, pero que renovó en Sevilla, donde la devoción se hallaba profundamente arraigada. La más primitiva de las conocidas es, probablemente, la llamada Concepción Grande, pintada para la iglesia de los franciscanos donde se situaba sobre el arco de la capilla mayor. Influido posiblemente por la Inmaculada de Ribera para las agustinas descalzas de Salamanca, que pudo conocer por algún grabado, Murillo la dotó de vigoroso dinamismo y sentido ascensional mediante el movimiento de la capa.

La segunda aproximación de Murillo al tema inmaculista está relacionada también con los franciscanos, consiste en el retrato de fray Juan de Quirós que fue encargado en 1652 a Murillo por la Hermandad de la Vera Cruz. El fraile aparece retratado ante una imagen de la Inmaculada, acompañada por ángeles portadores de los símbolos de las letanías, e interrumpe la escritura para mirar al espectador, sentado frente a una mesa en la que reposan los dos gruesos volúmenes que escribió en honor de María.


Inmaculada Concepción de los Venerables

La Inmaculada de Santa María la Blanca responde por lo demás a un prototipo creado por el pintor hacia 1660, años a los que pertenece la llamada Inmaculada de El Escorial, una de las más bellas y conocidas del pintor, quien se sirvió aquí de una modelo adolescente, de mayor juventud que en sus restantes versiones. El perfil ondulante de la figura, con la capa apenas despegada del cuerpo en dirección diagonal, y la armonía de los colores azul y blanco del vestido con el gris plateado de las nubes por debajo del resplandor levemente dorado que envuelve la figura de la Virgen, son rasgos que se encuentran en todas sus versiones posteriores hasta la que probablemente sea la última: la Inmaculada Concepción de los Venerables, también llamada Inmaculada Soult, que podría haber sido encargada en 1678 por Justino de Neve para uno de los altares del Hospital de los Venerables de Sevilla.

Mariscal Soult

Sacada de España por el mariscal Soult, fue adquirida por el Museo del Louvre en 1852 por 586.000 francos de oro, la cifra más alta que se había pagado hasta ese momento por un cuadro. Su posterior ingreso en el Museo del Prado se produjo como consecuencia de un acuerdo firmado entre el gobierno español y el francés de Philippe Pétain en 1940, siendo canjeada junto con la Dama de Elche y otras obras de arte por una copia del retrato de Mariana de Austria de Velázquez, entonces propiedad del Museo del Prado, que en aquel momento se consideraba la versión original del retrato.


Virgen con el Niño del Palacio Pitti,

La Virgen con el Niño en figura aislada y de cuerpo entero es otro de los temas tratados con frecuencia por Murillo. Se trata generalmente de obras de reducido tamaño, destinadas probablemente a oratorios privados siendo la mayor parte de las conservadas pintadas entre 1650 y 1660, con técnica aún claroscurista e, independientemente de su carácter devoto, con un acusado sentido naturalista de la belleza femenina y de la gracia infantil. Paralelamente se advierte la influencia de la pintura flamenca, bien representada en Sevilla, en el rico tratamiento de los ropajes, así como son la Virgen del Rosario con el Niño del Museo del Prado o la Virgen con el Niño del Palacio Pitti, en la que a la tierna expresión de la Virgen y la juguetona actitud del Niño se une la elección de una rica gama de tonalidades pastel rosas y azules, anticipo del gusto rococó.​

Descanso en la huida a Egipto

Con idéntico aliento naturalista trató otros motivos del ciclo de la infancia de Cristo, como la Huida a Egipto o la Sagrada Familia. El interés del pintor por los temas de la infancia y la propia evolución de la sentimentalidad barroca se pondrán de manifiesto también en las figuras aisladas del Niño Jesús dormido sobre la cruz o bendiciendo y del Bautista niño, o San Juanito, de entre las que cabría recordar la versión conservada en el Museo del Prado, en la que el Niño con gesto místico y el cordero que lo acompaña se dibujan con pincelada fluida sobre un paisaje plateado de perfiles deshechos.


Los niños de la concha

Del viejo tema del Buen Pastor, interpretado por Murillo en versión infantil, se conocen tres versiones: la que probablemente sea la más antigua de ellas, la del Museo del Prado, pintada hacia 1660, presenta al Niño reposando una mano en la oveja extraviada. Una versión posterior, en Londres, con Jesús en pie conduciendo el rebaño, deja más espacio al paisaje pastoril y el rostro del Niño, dirigido ahora al cielo, gana en expresividad. La última versión de este tema pertenece ya a los años postreros del pintor, con un sentido de la belleza más acentuadamente dulce y delicado. Los niños de la concha del Museo del Prado, donde el Niño Jesús y san Juanito aparecen juntos en actitud de jugar es, como las anteriores, una imagen devocional dirigida a una piedad sencilla, pero servida con una depurada técnica pictórica, enormemente popular.

Cristo tras la flagelación

En la pintura de Murillo las escenas de martirio, son muy raras, por ejemplo, en el Martirio de san Andrés. Mucho más frecuentes son las imágenes devocionales y piadosas que le permiten incidir en los aspectos emotivos del asunto representado, despojado de todo contexto narrativo, del mismo modo como abordará los temas de la Pasión de Cristo. El Ecce homo en figura aislada y formando pareja con la Dolorosa, es de los temas de la Pasión la imagen que más se repite, ya sea de busto, de medio cuerpo, o en figura completa y sentado. Otra iconografía que se repite es la del Cristo tras la flagelación, con su fuerza expresiva, la contemplación del redentor desvalido y magullado, recogiendo pudorosamente las vestiduras que han quedado esparcidas por la sala como ejemplo de humildad y de mansedumbre.

El tema del Cristo a la columna con san Pedro en lágrimas, invita a meditar sobre la necesidad del arrepentimiento y el sacramento del perdón, así como Oración en el huerto fueron pintadas sobre una lámina de obsidiana procedente de México. En las imágenes de Cristo en la cruz, Cristo se representa generalmente ya muerto, con la señal de la lanzada en el costado y sujeto al madero por tres clavos. Son por lo común piezas de pequeño tamaño y alguna vez pintadas sobre pequeñas cruces de madera como destinadas a la devoción privada y, atenuadas las huellas del martirio, para no entorpecer con el abuso de la sangre la contemplación de la bella figura de Cristo.


Niños jugando a los dados

En la amplia producción de Murillo se recogen también alrededor de 25 cuadros de género, con motivos principalmente, infantiles. Algunos de ellos, como los Niños jugando a los dados, aparecieron mencionados ya a nombre de Murillo en un inventario efectuado en Amberes en 1698. Aunque sus protagonistas son habitualmente niños mendigos o de familias humildes, pobremente vestidos e incluso harapientos, sus figuras transmiten siempre optimismo, pues el pintor busca el momento feliz del juego o de la merienda a la que se entregan divertidos. La soledad y el aire de conmiseración con que retrató al Niño espulgándose desaparecerá en las obras posteriores, con fechas que van de 1665 a 1675. La comparación con Abuela despiojando a su nieto, ilustra el cambio de actitud: las notas de tristeza y soledad han desaparecido por completo y lo que atrae al pintor es el espíritu infantil siempre dispuesto al juego, retratando al niño entretenido con un mendrugo de pan y distraído con el perrillo que juega entre sus piernas mientras la abuela se encarga de su higiene.

Esa alegría infantil es la protagonista absoluta de otro lienzo de pequeño formato tratado con pincelada vivaz y abocetada conservado en la National Gallery de Londres, el llamado Niño riendo asomado a la ventana, sin otra anécdota que la simple sonrisa abierta del muchacho asomado a la ventana desde la que ve algo que a él le hace reír, pero que a los espectadores del cuadro se les oculta. ​ También se percibe en la obra del Ermitage ruso Muchacho con un perro.

Cuadros como Dos niños comiendo de una tartera y Niños jugando a los dados no parecen responder a otra intención que la de retratar con tono amable a grupos de niños que manifiestan su alegría en el juego o comiendo golosos, y que son capaces de sobrevivir con sus limitados recursos gracias a la vitalidad que les otorga su propia juventud. son Invitación al juego de pelota a pala, que refleja las dudas del niño enviado a hacer algún recado cuando otro, de aspecto pícaro, le invita a participar en el juego. Y el llamado Tres muchachos o Dos golfillos y un negrito, un niño negro con un cántaro al hombro, en el que Murillo podría haber retratado a Martín, su esclavo negro atezado, nacido hacia 1662, llega hasta donde se encuentran otros dos muchachos dispuestos a merendar y con gesto amable les pide un pedazo de la tarta que van a comer, a lo que uno de ellos reacciona divertido en tanto el que tiene la tarta intenta ocultarla entre sus manos con gesto temeroso.​

Con el mismo tono amable y anecdótico, atraído por los desheredados y la gente sencilla, con sus reacciones espontáneas, en Dos mujeres en la ventana retrató probablemente una escena de burdel. La llamada Muchacha con flores confundida con una vendedora de flores puede interpretarse como una representación de la Primavera, cuya pareja podría ser la personificación del Verano en forma de joven cubierto con turbante y espigas.

MURILLO RETRATISTA

Aunque su número es relativamente reducido, los retratos pintados por Murillo se encuentran repartidos a lo largo de toda su carrera y presentan una notable variedad. El del Canónigo Justino de Neve, sentado en su escritorio, con un perrillo faldero a sus pies y ante un elegante fondo arquitectónico abierto a un jardín, responde perfectamente a modelos propios del retrato español, con el acento puesto en la dignidad del personaje retratado. Retratos de cuerpo entero como el de Don Andrés de Andrade o el Caballero con golilla, acusan la doble influencia de Velázquez y Anton van Dyck que volverá a exhibir con notable maestría, pincelada fluida y sobriedad de color, en el retrato de Don Juan Antonio de Miranda y Ramírez de Vergara, una de las últimas obras del pintor.


Don Antonio Hurtado de Salcedo,

 Los retratos de Nicolás de Omazur, como el de su esposa Isabel de Malcampo, responden por el contrario al gusto más específicamente flamenco y neerlandés, tanto por el formato como por su contenido alegórico, al retratarlos llevando en las manos ella unas flores y él una calavera, símbolos propios de la pintura de vanitas, de rica tradición nórdica. Es este el formato elegido también para sus dos autorretratos, uno más juvenil, que se finge pintado sobre una piedra de mármol al modo de un relieve clásico, y el pintado para sus hijos, inscrito en un marco oval a la manera de un trampantojo y acompañado por las herramientas propias de su oficio. Muy singular y ajeno a todos estos modelos es el Retrato de Don Antonio Hurtado de Salcedo, también llamado El cazador (hacia 1664), al que retrata en plena montería, de frente y erguido, con la escopeta apoyada en tierra y en compañía de un sirviente y tres perros.

Tras la serie del Hospital de la Caridad, Murillo no recibió nuevos encargos de esa envergadura. Un nuevo ciclo de malas cosechas llevó a la hambruna de 1678 y dos años después un terremoto causó serios daños, con todo a Murillo no le faltó el trabajo.


Las bodas de Caná.

Nicolás de Omazur, llegado a Sevilla en 1656 con catorce años, llegó a reunir hasta 31 obras de Murillo, alguna tan significativa como Las bodas de Caná. Otro de esos comerciantes aficionado al pintor fue Giovanni Bielato, que falleció en 1681 dejando al convento de capuchinos de su ciudad natal los siete cuadros de Murillo de diferentes épocas que poseía. Entre ellos figuraba una nueva versión en formato apaisado del tema de Santo Tomás de Villanueva dando limosna, hacia 167), con un nuevo y admirable repertorio de mendigos.


Desposorios místicos de Santa Catalina

Además, legó a los capuchinos de Cádiz cierta cantidad de dinero que emplearon en la pintura del retablo de su iglesia, encargado a Murillo. La leyenda de su muerte, se relaciona precisamente con este encargo, pues habría muerto como consecuencia de una caída del andamio cuando pintaba, en el propio convento gaditano, el cuadro grande de los Desposorios místicos de Santa Catalina, del que pudo completar sólo el dibujo sobre el lienzo e iniciar la aplicación del color en las tres figuras principales. De su terminación se encargaría su discípulo Francisco Meneses Osorio. La caída, le produjo una hernia muriendo a causa de ella poco tiempo después. ​ Lo cierto es que el pintor comenzó a trabajar en esta obra sin salir de Sevilla a finales de 1681 o comienzos de 1682, sobreviniéndole la muerte el 3 de abril de este año. Solo unos días antes, el 28 de marzo, había participado aún en uno de los repartos de pan organizados por la Hermandad de la Caridad, y su testamento, en el que nombraba albaceas a su hijo Gaspar Esteban Murillo, clérigo, a Justino de Neve y a Pedro Núñez de Villavicencio, va fechado en Sevilla el mismo día de su muerte.​

El prestigio de Murillo continuó aumentando a lo largo del siglo XVIII y con él la exportación de sus obras, al punto que en 1779 se dictó una orden, firmada por el conde de Floridablanca, por la que se prohibía expresamente vender a compradores extranjeros sus cuadros, pues «había llegado a noticia del Rey que algunos extranjeros compran en Sevilla todas las pinturas que pueden adquirir de Bartolomé Murillo, y de otros célebres pintores, para extraerlos fuera del Reino».​

La obra Cuatro figuras en un escalón, se trata de una escena de género inusual, sin precedentes en la pintura española. Aunque el tema de la obra es discutido, podría representar a una alcahueta. Los personajes se encuentran en un zaguán, un espacio cubierto entre el interior de la casa y el exterior que crea un ambiente penumbroso. Es un tema debatido, especialmente en interpretaciones a partir del siglo XX. Una de ellas señala que se trata de una escena familiar, con la anciana despiojando al niño, pero algunas fuentes indican que podría tratarse un burdel, interpretando a la vieja con una alcahueta por el paño sobre su cabeza, mientras que la joven que se levanta el velo simbolizaría la falta de fidelidad matrimonial. A su vez, la obra retrataría la degradación moral de los sujetos, cuyo objeto es el niño del pantalón roto, aunque esta interpretación es discutida, teniendo en cuenta la mentalidad religiosa del pintor.

El imaginario religioso murillesco transcendió con creces la vida del artista, así como las fronteras geográficas del ámbito católico del que se le considera representante por excelencia. De este género y entre otras obras podemos citar La cabeza de Juan Bautista, La cabeza de san Pablo, Magdalena penitente, La conversión de Pablo, La Dolorosa, Las dos Trinidades o San Francisco rezando.

La pintura de niños en Murillo es una de sus facetas más célebres, caracterizada por retratar a muchachos humildes sevillanos con una mezcla de realismo, ternura y vitalidad enfocándose en escenas de género con niños de la calle. Estas últimas escenas, que a menudo representan juegos como los dados o comer frutas, se caracterizan por una atmósfera de despreocupación y alegría infantil, mostrando su habilidad para capturar la psicología de los niños.

Jaime Mascaró Munar

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