
El título le viene dado desde su creación en 1364, cuando Bolonia se había convertido en referencia cultural para toda la Cristiandad, en plena ebullición de los siglos XIII a XV, cuando surgieron estas instituciones.

Fue entonces cuando el cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz, natural de Carrascosa del Campo (Cuenca) fundó en la ciudad el Real Colegio de España con el fin de acoger a jóvenes españoles para que estudiaran en su Universidad.
Don Gil de Albornoz se había significado en la reconquista de los Estados Pontificios, lo que le reportó un más que importante poderío económico que decidió utilizar en beneficio de estudiantes «hispani» con escasos medios de fortuna.
Y lo hizo el año de su fallecimiento, nombrando heredero universal de sus bienes a un futuro colegio que debía erigirse bajo la advocación de San Clemente, que contaría con una casa en la que serían recogidos estudiantes provenientes de cualquiera de los reinos hispánicos: «Hispania largo sumpto vocabulo, prout continet omnia regna illa a montibus Experiae sive Hesperiae a spere ultra» (Hispania, en el sentido amplio del término, comprende todos aquellos reinos desde los montes de Experia o Hesperia hasta más allá del confín del orbe).

En su testamento fechado el 29 de septiembre de 1364, el cardenal expresa su voluntad: «Mando y ordeno que en la ciudad de Bolonia y en lugar decente, es a saber, cerca del Estudio General, se haga un colegio con aposento conveniente, con huerto, salas y cámaras, y que se construya en él una capilla buena en honor del bienaventurado San Clemente, y que se compren rentas suficientes para sustentar a veinticuatro colegiales y a dos capellanes según en gasto y manera de vivir que yo ordenare, la cual casa o colegio quiero que se llame Casa de los Españoles. Y al sobredicho colegio o casa instituyo por mi universal heredero en todo mi dinero y en toda mi vajilla y en todos mis libros, así de derecho canónico como de derecho civil como de otra cualesquier facultad, y en todos los mis otros bienes que en cualquier manera me son debidos».
Pensado eminentemente para juristas, se trataba de una institución especialmente dedicada a jóvenes que demostrasen suficiente capacidad de estudio y que careciesen de medios materiales para sufragar los gastos necesarios para frecuentar la universidad. Esta idea hizo que Bolonia, donde había surgido la primera universidad de la península itálica en 1088, se convirtiese en un punto importante para la formación de jóvenes españoles en una época que España estaba volcada en la Reconquista y no se encontraba unificada políticamente. No obstante, la denominación del Colegio señalaba el objetivo político del mismo.
Tardó cuatro años desde su creación hasta que el año 1368 comenzó a albergar escolares que en cumplimiento de los estatutos eran originarios de la Hispania entendida a la manera antigua, es decir la comprendida entre los Pirineos y el mar.
Sería el inicio de una actividad que convertiría en un vivero de funcionarios al servicio de la Monarquía hispánica.
La dinámica de la que hizo gala acabaría señalándolo como el más célebre de todos los colegios boloñeses, que en número de veinticuatro conformaron la oferta en este capítulo, en cuyos fines coincidían, siendo centros asistenciales que favorecían la instrucción en segmentos sociales que difícilmente hubiesen tenido acceso a la formación sin su concurso.

Los estatutos del cardenal Carrillo señalaban que la defensa de los intereses del colegio quedaban a cargo de la Iglesia, pero con los años acabaría siendo responsable el rey de España, que acabaría siendo, pese a no figurar como tal en los primitivos estatutos, su único sostenedor y protector.
El rector sería elegido anualmente entre los alumnos, y cada uno de los becarios tenía asignada una tarea que debía compatibilizar con sus estudios reglados, y que lo comprometía con la organización del colegio. Así debían cubrir los puestos que como secretario, historiador, bibliotecario, consiliario o agregado al plan de estudios eran necesarios para la buena marcha del colegio.

En un principio, el cargo de protector recaía en el Cardenal de Castilla residente en la Curia romana; en su defecto, sería responsabilidad del Cardenal de Aragón o del de Portugal, y si no hubiera ninguno de ellos, al cardenal que tuviera el título de Santa Sabina, templo romano sede principal de la Orden de Predicadores del que el cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz fue cardenal presbítero.
En 1488 fueron redactados nuevos estatutos por los cuales la protección del Colegio quedaba directamente vinculada a la Monarquía Católica. De forma explícita se señalaba que los Reyes Católicos serían sus protectores en conjunción con el cardenal protector, quedando el Senado de la ciudad como tercer protector.
En 1530 Carlos I fue coronado emperador por el papa Clemente VII en la ciudad de Bolonia, y seguidamente se convirtió también en protector del Colegio.

Durante el reinado de Felipe II, la Monarquía Hispánica se blindó frente al progreso de la herejía, siendo que la Pragmática de 22 de noviembre de 1559 prohibió a los “súbditos, i Naturales, Eclesiasticos, i Seglares, Frailes, i Clerigos, ni otros algunos” ir o salir de sus reinos a estudiar, enseñar, aprender, estar, o residir en Universidades, Estudios o Colegios fuera de sus reinos.
Fuera de la Pragmática estaban las universidades de Roma, de Nápoles y de Coímbra. La Universidad de Bolonia quedaba también fuera de la pragmática siempre y cuando los estudiantes fuesen colegiales del Colegio de España.
Durante la crisis de los años centrales del siglo XVII, tan problemáticos para la Monarquía hispánica, también fueron complicados para el Colegio de España de Bolonia, que permaneció bajo mínimos, prácticamente cerrado entre 1639 y 1647, en cuyo periodo ingresó un colegial.
En 1644 fueron modificados nuevamente los estatutos, sin que se produjese nueva modificación hasta 1876, periodo en el que el colegio sufrió importantes avatares, siendo especialmente significativo el protagonizado por la ocupación francesa de la ciudad de Bolonia, a la que, contrariamente a lo sucedido con otros colegios con los que había convivido hasta la fecha, logró sobrevivir.
Una supervivencia que comportó también la supervivencia de la biblioteca universitaria más antigua de Italia, que se encuentra nutrida de incunables y códices como el Quijote de Ybarra o los volúmenes de la Magna Glosa de Accursio, preservados de la destrucción a lo largo de los siglos.

Y el colegio, evidentemente, sufrió los avatares de la Historia. Así, durante la guerra de Sucesión, tanto Clemente XI, papa desde 1700, como los colegiales se posicionaron a favor de Felipe V hasta el extremo de llegar a nombrar una comisión presidida por José de Potau y Olcina que en 1702 rindió pleitesía en Milán al joven rey. Este alineamiento comportó que más adelante se viesen obligados los colegiales a esconder los bienes materiales existentes y clausurar el colegio desde 1708 hasta 1714, cuando las tropas imperiales llegaron a las inmediaciones de Bolonia.
Posteriormente, El Tratado de Utrecht de 1713 fue nefasto para el Colegio, que se vio directamente afectado por el desmantelamiento de las posesiones europeas de la Monarquía Hispánica, dado que, privada ésta de Milán y de Nápoles, desaparecía la posibilidad de desarrollar oficios en las mismas.
La responsabilidad del protector consistía en la defensa y conservación de la institución. Era el juez de asuntos ordinarios y de asuntos criminales. Sin embargo, esta figura de cardenal protector desapareció en 1761 tras la muerte del arzobispo Joaquín Fernández de Portocarrero.

Fue a partir de este momento cuando la protección del Colegio recayó en manos de la Monarquía. Sin embargo, el Colegio de San Clemente de los Españoles de Bolonia no fue incluido en el decreto que en 1777 reformaba los colegios mayores de España.
España había perdido su influencia en el norte de Italia como consecuencia del Tratado de Utrecht; no obstante, el colegio de España seguía siendo pieza clave para la política exterior y en 1757 se llegó a efectuar un cambio de jurisdicción que colocó al colegio bajo la protección del rey de España y bajo la estrecha vigilancia de sus representantes lo alejaron de la influencia de la Iglesia y lo privaron de la autonomía que había tenido hasta el momento.

La Ilustración entraba con fuerza en el colegio, que se vería ocupado por Antonio José Salinas y Moñino y Antonio Robles y Moñino, sobrinos del ministro Floridablanca, Juan Tineo Ramírez, sobrino de Jovellanos y Miguel Villagómez y Lorenzana, sobrino del cardenal-arzobispo de Toledo Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón. Pero curiosamente, los familiares directos de los directos reformadores del sistema educativo en España, preservaron de la reforma al Colegio de España.

No sería éste el más feroz ataque al espíritu de la obra del cardenal Carrillo de Albornoz, aunque sí el más efectivo. La ocupación francesa de 1796 también significó una alteración importante, debiendo adaptarse el colegio a los postulados emanados de la revolución francesa, que llegó al extremo en 1812 cuando fue suprimido el colegio y su biblioteca fue expropiada, pero este mal se deshizo tras la derrota de Napoleón en 1815, si bien se mantuvo inoperativo hasta 1820, cuando Fernando VII decidió abrir el colegio en condiciones similares a las que tenía antes de la llegada de los franceses.
Pero ya no volvió a ser lo que fue. El colegio dejó de tener importancia estratégica para la monarquía española, y hasta dejó de generar documentación, llegando a ocupar los más bajos momentos de su existencia cuando en 1853 se decretaba que los títulos por ella emitidos carecían de validez en España.
Pero cuando ya parecía haber desaparecido la institución, fue aprobado un nuevo estatuto el 10 de octubre de 1876, en el que se erradicaba la protección de la Iglesia y se estableció que la protección del mismo correspondía en exclusiva al Rey de España, que también sería el responsable del nombramiento de rector.

Consiguientemente, la estructura de los becarios era en estos momentos radicalmente contraria a lo estipulado en 1364. Para estas fechas puede señalarse que entre 1853 y 1877 sólo dos de los 45 colegiales residentes tenían orígenes humildes: el penalista Pedro Dorado Montero y el abogado Clemente González Alonso.
En estos momentos, los becarios generalmente contaban con una situación económica muy desahogada, y la nobleza ganó preeminencia, contándose como colegiales el conde de Fuente el Saúco, el marqués de San Rafael o el duque de Sanlúcar la Mayor, y a otros, como los hermanos Figueroa, les fueron otorgados títulos como el marquesado de Villamejor, el condado de Romanones o el ducado de Tovar.

Entre los personajes que fueron colegiales del Colegio de España podemos citar a Antonio de Nebrija, Juan Ginés de Sepúlveda, Juan de la Cierva, Leandro Fernández de Moratín o San Pedro de Arbués, siendo que es ingente el número de personalidades que se han formado en el Colegio de España de Bolonia.
En la actualidad, el Colegio de España de Bolonia es una institución privada, referente en actividades culturales, que no recibe subvenciones públicas y que sigue ofreciendo becas a estudiantes españoles de doctorado a través de un concurso nacional de méritos.

Cesáreo Jarabo
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BIBLIOGRAFÍA:
Cuart Moner, Baltasar. El Colegio de San Clemente de los Españoles de Bolonia en la Edad Moderna. Historiografía. En Internet https://eusal.es/eusal/catalog/download/978-84-7800-446-1/4863/2750-1?inline=1 Visita 22-10-2025
Nieto Sánchez, Carlos. Un intercambio cultural: el colegio de España en Bolonia y los españoles en el siglo XIX. En Internet https://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/article/view/2979/1683 Visita 22-10-2025
