MANUEL SÁNCHEZ VIVANCOS, EL MANCO DE TIKÚN

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Manuel Sánchez Vivancos fue un militar español que protagonizó un episodio heroico durante la guerra del Rif. Tras el asedio a Tikún, en el que se hizo famoso, por resistir varios ataques dentro de un blocao, se le conoció con el sobrenombre de “El manco de Tikun”, siendo premiado por el Gobierno de la II República, en 1934, por este suceso con una Cruz Laureada de San Fernando por orden de 15 de junio de 1934.​

Los blocaos fueron muy utilizados por las tropas españolas tanto en Cuba como en la Guerra de África. Eran posiciones avanzadas defendidas por efectivos muy reducidos que protegían, en primera instancia, a los campamentos diseminados por el territorio en los que se concentraban el grueso de las unidades y el material militar.

Manuel nació en Murcia, concretamente en Alhama, el 10 de abril de 1901, hijo del prócer local Roque Sánchez Javaloy y de Rita Teresa Lázara Vivancos Andreo. Se le pusieron los nombres de Manuel Daniel y Ezequiel. Ingresó voluntario en el cuerpo de Infantería del Ejército a los dieciséis años. En 1918, habiendo sido ascendido a cabo, fue destinado a Melilla, donde tomó parte en todas las operaciones de la Zona Oriental, siendo citado dos veces como “Distinguido”. En 1921 fue ascendido a sargento y tres años después volvió a la península, pero un mes más tarde, durante la guerra del Rif, regresó a Marruecos con el Batallón de Cazadores de Chiclana, siendo destinado al blocao de Tikún, en la kabila de Beni Gorfet cercana a Larache. Allí

Blocao

El 3 de octubre de 1924 se inició el asedio por parte de un enemigo notoriamente superior en número al pequeño número de defensores del puesto, bajo el mando del sargento Sánchez Vivancos, consistente en: un sargento, un cabo, diecisiete soldados y cuatro perros, quedando cercadas por el enemigo todas las posiciones del macizo de Beni-Gorfet.

Tikún fue la primera en ser atacada. Lo primero que hizo Manuel Sánchez al llegar a Tikún fue hacer fuertes los puntos flacos de la posición. Reforzó las alambradas y levantó un parapeto. Estableció los turnos de vigilancia y organizó la recepción de víveres y agua. Después tocó la espera. El saludo matutino que el Sargento daba a sus hombres cada día de los 105 que duró aquel asedio en la lejana Tikún decía así: “¡Buenos días muchachos! Hoy me parece que el enemigo quiere entrar en el blocao y es necesario prepararles un buen alojamiento; pero hay que tener en cuenta, que si entran será, porque todos habremos muerto”. Los soldados le respondían al unísono: “¡Mi Sargento! ¡mientras quedemos uno no entrarán!”.

Pasaron los días hasta que, de repente, dejaron de recibir novedades y víveres, con lo que se vieron obligados a organizar una “aguada”, a cargo del Cabo Juan Pellicery cuatro soldados que, si bien llegaron sin novedad al agua, cuando estaban llenando las cubas sobre las mulas fueron sorprendidos por los francotiradores rifeños, que habían construido puestos camuflados con ramaje a corta distancia del suministro para impedir su aprovisionamiento y eliminar así la necesaria recepción del agua. El cabo organizó la defensa de la aguada como pudo, los primeros disparos fueron para la mula y para el acemilero encargado de dirigirla.

El Sargento, al oír los disparos, no dudó en enviar un rápido refuerzo, al mando del soldado de primera Gabriel González, y otros cuatro soldados que corrieron a socorrer a sus compañeros. Además, organizó desde la posición una línea defensiva que causó gran número de bajas al enemigo. A pesar de la rápida intervención no se pudo hacer nada por el mando de la pequeña expedición, el cabo Pellicer, que fue alcanzado por las balas enemigas cayendo muerto en acto de servicio. También dejaron su vida los soldados Sánchez Aguera y Ramón Martín por lo que solamente dos hombres pudieron regresar con vida al blocao.

Los mantuvieron a raya hasta la noche del 7 de octubre, en que, a las diez, intentaron el primer asalto. Aquel puñado de españoles avezados, siguen a rajatabla las órdenes de su sargento: “que no se dispare un tiro sino cuando en masa inicien el ataque”.  Gran número de moros llegaron hasta las alambradas, rechazándolos con descarga cerradas y granadas de mano. Gritaban y disparaban incesantemente, pero no conseguían desconcertar a los soldados españoles. A los fogonazos de los disparos enemigos, que no estaban a más de 15 metros, arrojaron las granadas. El fuego y los intentos de asalto no cesaron hasta el clarear de la aurora y antes que se pudiera distinguir sus siluetas pardas, se retiraron a las rocas, llevándose sus muertos, dejando los centinelas para vigilar los movimientos de los españoles y evitar que los sitiados puedan salir a por víveres o agua.

El 13 de octubre, Manuel Sánchez resultó herido en una acción defensiva debido a la explosión prematura de una granada que iba a arrojar. Su mano derecha quedó destrozada. A fin de mantener la moral de la tropa, ocultó al resto la gravedad de sus lesiones y continuó combatiendo.

Poco a poco aumentó el número de enemigos, hasta que llega la tarde del14 de octubre, en que, a pesar de los disparos de los españoles sobre blanco seguro, extrañado ante el gran contingente de moros que se ven pulular entre las rocas, habla el sargento Vivancos a sus soldados: “Es el momento crítico de demostrar serenidad y valor para rechazar al enemigo, que se concentra con propósitos fáciles de comprender… nos quieren matar a todos y tomar la posición”. Vivancos ya no podía más y cayó postrado en una cama, desde allí animó a sus hombres gritando: “Resistid. No aceptéis clemencia del enemigo, sin morir todos antes”.

El 24 de octubre se agotaron los víveres, el agua y el material sanitario y los españoles sobrevivieron repartiendo unos pocos sorbos de leche condensada, llegando a beber su propia orina. A fines de mes, febril y con el brazo gangrenado, Sánchez Vivancos decidió cercenarse él mismo la extremidad enferma, amputarse toda la carne putrefacta, y lo hizo con lo que encontró en el blocao, un hacha. A esto le debió la vida.

Se siguieron sucediendo de forma alternativa las propuestas de rendición y los más violentos ataques, tanto de día como de noche, y todos fueron rechazados pese a que, tras la caída de cuatro posiciones vecinas, los atacantes, que empezaron siendo menos de cien, alcanzaban un número de entre 300 y 400. La labor del sargento jefe fue fundamental, animando constantemente con su ejemplo y sus palabras a los asediados, hambrientos y descalzos, y los obligaba a mantenerse activos mediante el ejercicio. A mediados de noviembre, la aviación española empezó a arrojar víveres con lo que se permitía la supervivencia de los defensores.

El día 3 de noviembre los soldados llegaron a su límite. No existía en el blocao nada en absoluto que llevar a la boca, ni para comer ni para beber, y precisamente en ese día, como a las tres de la tarde, se oyó entre las rocas una voz que en perfecto castellano diciendo: “Sargento Sánchez Vivancos ¿Puedo acercarme al blocao? Quiero hablar con usted”. Era un sargento de su mismo batallón al que dejaron que se acercara hasta las alambradas, y les contó que era prisionero de los moros con ochenta españoles más y que se acercaba mandado por el jefe de la cabila, con quien les iba muy bien, para que dejara entrar a dicho jefe dentro del blocao porque les traía víveres y agua. “Tenemos de todo, agua y municiones para muchos días, puedes entrar y quedarte con nosotros”, respondió el sargento Vivancos. Pero el cabo contestó que, si hacía eso, matarían a sus compañeros. Entonces añadió Vivancos: “Pues retírate y ni se te ocurra volver o la próxima te disparo. Aquí morimos todos, antes de entregarnos “.

Harka de rifeños

Al día siguiente, la sed consumía a los soldados y se veía la tristeza en sus rostros; no hablan nada, pero se adivinaban sus pensamientos. Vivancos, algo mejor tras la amputación, hablaba con ellos como siempre, poniéndoles ejemplos de heroísmos, consiguiendo que reaccionasen viendo su propio caso: “Si aguanto yo, que mira como estoy. ¿Cómo no vas a aguantar tú? Anda… ánimo.”

Evacuación de Tikún

El día 10 se intentó el abastecimiento de la posición por medio de la aviación, cuyos primeros auxilios no pudieron ser recogidos por caer lejos del blocao e impedir el enemigo con sus fuegos toda salida, siendo más afortunados en días posteriores, en que se consiguió recoger varios de los víveres arrojados gracias a los perros, que salieron a buscar los alimentos trayéndolos al blocao en diversas ocasiones.

Pasada la Nochevieja, y con el fuego enemigo disminuido, el destacamento recibió del mando la orden de evacuar la posición bajo tregua, tras 109 días de resistencia. El 15 de enero de 1925 Sánchez Vivancos y sus hombres dejaron Tikún y alcanzaron el destacamento de Aulef, para posteriormente ser hospitalizados en diversos centros del Protectorado español de Marruecos; él mismo ingresa en el Hospital de Larache.​

Retirado a Alhama, en el mismo año de 1925 obtuvo el empleo de suboficial por méritos de guerra e ingresó en el cuerpo de Inválidos Militares, donde en 1931 alcanzó el empleo de alférez y tres años después el de teniente. El municipio de Alhama de Murcia a su regreso lo nombró hijo predilecto y le dedicó un homenaje público el 19 de marzo de 1925 y en este mismo año, su municipio le dedicó la calle Sánchez Vivancos, anteriormente llamada Sepulcro.​

El periodista y dramaturgo murciano Ramón Blanco y Rojo de Ibáñez estrenó el 15 de mayo de 1925 en el Teatro Espuña de Alhama un «poema patriótico en tres actos y en verso» titulado Alma española, uno de cuyos hilos temáticos es protagonizado por el sargento Manuel Sánchez Vivancos, que cuenta a su regreso la gesta de Tikún y el segundo acto transcurre en un hospital de Marruecos.​

En 1935 el padre de Sánchez Vivancos, Roque Sánchez Javaloy, publicó y le dedicó el libro El Manco de Tikún. Episodio de la Guerra de Marruecos, con prólogo de Óscar Nevado, siendo considerado «de utilidad para el Ejército»,​ aunque su valor literario era limitado.

En 1947 alcanzó el empleo de comandante.​ Casado con Carmen Lacasa Justo, tuvo tres hijos: Manuel, María Rita y Carmen. Falleció el 22 de septiembre de 1953 en Alhama, su pueblo, que le había nombrado hijo predilecto y del que ejerció también como alcalde.

Jaime Mascaró Munar

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