
“Yo, Alfonso, por la gracia de Dios rey de los aragoneses, pamploneses y ribagorzanos
La sangre del legendario Jimeno “el Fuerte” corría por las venas de nuestro batallador, una de las figuras políticas clave de la plena edad media y de la reconquista cristiana de la península ibérica. No parece empresa fácil recibir un territorio que inicialmente contaba con 600 kilómetros cuadrados y expandirlo hasta los casi 4.000 al final de su reinado y más, teniendo en cuenta que las fronteras del reino no estaban suficientemente claras y permanentemente acosadas por sus poderosas potencias rivales, la taifa de Zaragoza y la corona de Castilla que le superaban en número de cabezas, en extensión territorial y en riqueza. La historia del gran Rey Alfonso I, es pues, una gran gesta que requirió no solo valor y estrategia militar, sino grandes dotes de habilidad política y sagacidad. Es lo que Ortega y Gasset definiría como un auténtico hombre de su tiempo.

Alfonso Ramírez nació en el año 1.073 en Poliño, pequeña localidad cercana a Hecho (Huesca) uno de los núcleos más importantes del reino en aquella época, debido a su proximidad con el monasterio de San Pedro de Siresa. Es importante señalar que los monasterios juegan un papel fundamental en el desarrollo del reino, liderando la colonización agraria en aquellos puntos en los que se fundan, actuando como concentradores de la propiedad, desarrollando la economía agraria y favoreciendo asimismo la repoblación del terreno, el comercio local y la aparición de las primeras manufacturas artesanales en torno a los mismos. En el caso del monasterio de Siresa en particular, se añade otro elemento importante, ya que era una parada obligatoria para los peregrinos que recorrían la ruta jacobea hacia Compostela. Por tanto, la zona de Hecho y especialmente el monasterio era un importante enclave en una de las rutas culturales y comerciales que conectaban los reinos francos transpirenaicos con los reinos cristianos y musulmanes de la península.

No es casualidad pues, que la educación del infante fuese encomendada al monasterio, que vivía un momento de especial esplendor. Cuenta la leyenda que el Santo Grial se custodió en San Pedro de Siresa hasta 1044, unos 300 años. Pese a estar alejado de la línea sucesoria, al ser el tercer hijo del rey, el infante fue instruido en letras siguiendo la doctrina agustiniana y en el arte de la guerra, ya que el infante estaba llamado a ocupar una posición relevante en la corte de su hermanastro Pedro I.

No menos importante es señalar que desde temprana edad estuvo implicado en las campanas militares del reino , desde la toma de Luna junto a su padre el rey Sancho Ramirez, en la famosa batalla de Alcaraz junto a su hermanastro Pedro o incluso en la batalla de Bairén junto al mismísimo Cid Campeador, lo que permitió al joven señor Alfonso desenvolverse con soltura en el campo de batalla y ganarse el respeto y admiración de la soldadesca, sentando las bases del gran general en el que se convirtió en su edad adulta.
Alfonso mostró siempre una cercanía especial al monasterio que lo instruyó, manteniendo una fuerte influencia en su política. De hecho, personajes como su eitán Lope Garcés “Peregrino” o su maestro Esteban se mantuvieron siempre en el círculo de confianza del monarca. Por otro lado, otros abades de Siresa ostentaron cargos en la cancillería y la curia. Las leyendas del grial en torno al monasterio y el camino de Santiago, la campana junto al cid que le mostró el potencial militar de un grupo de hombres con fe sin importar su estatus social y el éxito de la primera cruzada en la que parientes del propio infante participaron, forjaron un carácter sobrio, tenaz y valiente, con una fe profunda y sincera, un verdadero líder valiente además de un grandísimo talento militar por el que ha pasado a la historia como el “batallador”.
Alfonso ascendió al trono prácticamente de casualidad. Nadie lo situaba en las quinielas del poder al ser el segundo hijo del segundo matrimonio de su padre Sancho Ramirez, pero una serie de circunstancias lo llevaron a alcanzarlo. Así los príncipes de Aragón eran cinco: Pedro, fruto del primer matrimonio con Isabel de Urgel, Fernando, Alfonso y Ramiro del enlace con Felicia de Roucy.

Su hermano mayor, Fernando, moriría antes de que Pedro I, el primogénito del rey Sancho y hermanastro de nuestro protagonista tomara el poder, heredando las tierras que estaban en posesión de su hermano, actuando ya como administrador de las propiedades familiares. Se cree que es en esta etapa cuando Alfonso establece fuertes lazos de amistad con sus parientes maternos, ya que posteriormente muchos caballeros franceses se unirán a la causa del futuro rey, siendo su papel clave en la conquista del valle del Ebro. Por último, Ramiro, el menor de ellos, dedicaría su vida a la oración en un monasterio francés.
Como ya hemos comentado, en esta época el reino de Aragón es un pequeño reino, con poca población deslocalizada y rodeado de enemigos. Además, no existe una frontera clara entre territorios, situando plazas cristianas en el lado musulmán y viceversa. Así, las constantes refriegas son continuas durante los gobiernos del Rey Sancho, Pedro I y, por supuesto, con Alfonso I, además de mantener vivo el frente con los castellanos, igual de inestable.

A su vez, con la ascensión del papa Urbano II, se predicará en Clermont la primera Cruzada lo que creará un clima favorable al añadir el elemento religioso a las guerras territoriales que se mantenían entre musulmanes y cristianos en la península. Recordemos que el reino ostentaba relaciones de vasallaje con la santa sede, sellando su pacto de fidelidad al papado. Por esta razón, Pedro, siendo ya rey, lanza una cruzada contra Zaragoza tras varias conquistas importantes, como la de Huesca con el clásico lema de «Deus Vult» y la «christi vexillo« el grito de guerra que usaban los cruzados, aunque fracasara en el intento. Mientras, el sueño de Alfonso es viajar a Tierra Santa para liberar el Sepulcro del Señor como caballero templario. Hay que destacar que la religiosidad alfonsina es muy sincera, incluso ingenua en algunas ocasiones.
Pero Pedro I morirá sin dejar descendencia, entrando Alfonso en la ecuación del poder, aunque ni quería ser rey ni se sentía preparado para tal aventura. Vivía de manera austera como un militar, no como un cortesano. De hecho, era tan consciente de que no iba a ser rey que ni siquiera se había casado.

Pese a ello, mantiene la política de sus antecesores, pero con altas dosis de pragmatismo y eficiencia. Su objetivo es claro, mantener el proyecto expansionista ganando terreno al islam por el sur obteniendo así acceso marítimo por Valencia, la llave que le permitiría viajar hacia Jerusalén. Por otro lado, ambicionaba Lérida, como continuación de la estrategia expansionista de su hermanastro Pedro I. Sin embargo, encontró oposición de la nobleza catalana ya que se consideraban los únicos defensores de la Marca Hispánica. El reino mantendría así dos frentes abiertos casi desde el principio de su reinado. No dejamos de destacar la pericia política del rey Alfonso que supo financiar, mantener y dirigir de manera exitosa las operaciones militares en ambos frentes a la vez, teniendo en cuenta su escaso territorio y población para ser armada.

Así, en 1105 se inicia el sitio de la villa de Ejea, en poder de los musulmanes mandada por el rey Mahomet el Zegrí. Cuenta la leyenda que en una incursión de los sitiados, se apareció la virgen de la Oliva en los muros de la ciudad, “mandando rayos de luz al campo cristiano y sepultando en densas tinieblas a los sectarios de la media luna” lo que según la leyenda hizo que la plaza cayera en favor de Alfonso, espada de la cristiandad. Más allá del mito, se sabe que el rey Alfonso cargó contra el enemigo con tanto valor y de manera tan temeraria —al más puro estilo de Hollywood— que fue rodeado por el enemigo y tuvo que ser rescatado por su amigo Cic de Flanders y sus cinco hijos, que salvaron a su señor pero perecieron en el intento. La batalla es conocida por el nombre de batalla de Luchán y tras ella se conceden los títulos de noble y leal villa además del apelativo de los caballeros tal y como se conoce actualmente la ciudad aragonesa. Tras la conquista de Ejea se suceden otros éxitos militares en Tauste, asegurando las “cinco villas” y el de Castellar y Juslibol cercanos a la Saraqusta mora.

Las victorias militares sobre el enemigo musulmán impulsaron al monarca a preparar la gran campaña de Saraqusta, capital de la marca superior y uno de los centros económicos y culturales más prósperos de la península. Los árabes le dieron también el sobrenombre de «La Ciudad Blanca» debido a la blancura de sus murallas hechas de alabastro que ahuyentaba a las serpientes y demás alimañas. En ella se integraba el centro político–administrativo, conocido como medina que ocupaba el espacio de la ciudad romana preexistente, la sede del gobernador o Zuda, así como, los mercados, los núcleos industriales y los arrabales. También dependía de la ciudad una amplia comarca agrícola y sus atalayas defensivas, como los de Zuera y Ricla. Más de 25.000 personas vivían en la ciudad, lo que nos puede dar una idea del tamaño e importancia de la urbe (La ciudad más poblada de la península era Sevilla, con 30.000 habitantes).

El rey Alfonso era perfectamente consciente de la magnitud de la empresa, sabedor de que no contaba con la fuerza suficiente para acometerla con éxito por sí mismo. Si era diestro con la “muleta”, no lo fue menos con la “capote”, de modo que empezó a explotar las buenas relaciones con la Santa Sede que acabaron cristalizando en la concesión de la bula de Sana Cruzada por parte del papa Gelasio II para la toma de Zaragoza. Esto le permitió obtener la financiación necesaria para el asedio por un lado y un grueso de caballeros amigos y parientes franceses, navarros y castellanos, llenos de fervor religioso que acudieron a la llamada del pontífice, que estaban dispuestos a ser comandados por un verdadero héroe de guerra cristiano al que venerar. Algunos de los señores más importantes que acudieron a la llamada fueron Gastón de Bearne, vizconde del Bearne (Francia) que participó en la primera cruzada para tomar Jerusalén y su hermano Céntulo, conde de Bigorra.
Las fuerzas cristianas se reunieron en Ayerbe y desde allí fueron marchando hasta Juslibol, sometiendo a su paso las atalayas defensivas del cinturón agrícola administrado por la urbe, como Almudévar, Gurrea de Gállego y Zuera.
Según los cronistas musulmanes:
Se colocaron bajo su estandarte como enjambres de langostas u hormigas

Estos cronistas cifran en 50.000 caballeros a las tropas beligerantes, dato exageradísimo, explicable por el miedo que tenían, debido a la exitosa campaña propagandística que había desplegado el bando cristiano. Dicha campaña fue dirigida por Esteban, obispo de Huesca, preceptor y hombre de confianza del rey.
El asedio propiamente dicho comenzó el 22 de Mayo del 1118 en el que se utilizaron máquinas de asedio modernas, aprovechando la experiencia que atesoraba Gastón de Bearn. En su defensa, los sitiados pidieron ayuda al rey musulmán de Valencia, que envió una fuerza de apoyo que se enfrentó al ejército cristiano en las proximidades de la ciudad.
Sin embargo, el rey Alfonso logró atraer a estas huestes musulmanas de noche, al fondo del barranco situado al sur de la ciudad, donde les tendió una emboscada que causó gran daño al enemigo musulmán. Muy pocos fueron los que se salvaron, y desde entonces a este lugar se le conoció como el Barranco de la Muerte.

Barranco de la Muerte. Cuadro de Agustín Salinas Teruel (Diputación Provincial de Zaragoza)
El sitio fue penoso, incluso un buen número de franceses regresaron a sus casas debido a la falta de víveres. La ciudad resistió hasta el invierno, no tanto por la maquinaria de asedio sino por el hambre, que afectó duramente a ambos bandos. El ejército defensor que lideraba Abd Allah ibn Mazdali capituló finalmente el 11 de Diciembre. El día 18 el rey Alfonso I entraba triunfante en Zaragoza, que volvía a ser cristiana tras 404 años.

El rey perdonó la vida a los habitantes de la ciudad, permitiendo a los que así lo deseasen reconvertirse al cristianismo y mantener sus tierras y propiedades. Los reconvertidos fueron trasladados a la morería, barrio de recién creación fuera de los muros de la ciudad. Los mozárabes se fueron especializando en obras civiles, mezclando las ideas cristianas con las técnicas musulmanas dando lugar al arte mudéjar aragonés, declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Zaragoza se convirtió en la capital del reino de Aragón en detrimento de Jaca que fue perdiendo influencia. Desde este momento la Aljafería paso a ser la residencia de los reyes de Aragón y para conmemorar el éxito de la empresa se construyó una gran catedral sobre la antigua mezquita, lugar que serviría para coronar a todos los reyes desde entonces.
Tras la conquista de Zaragoza, Alfonso I prosiguió con la campaña militar en el frente sur, conquistando Tudela y Tarazona el año siguiente.

En cambio en el frente oriental, la situación era endiablada a diferencia del sur. En Urgel el conde Ermengol V había muerto defendiendo Mollerusa de los musulmanes, perdiendo Balaguer. Para reconquistar el territorio perdido, el regente del condado pidió ayuda al reino de Aragón y al condado de Barcelona. En el caso de Alfonso, cuyo prestigio no dejaba de aumentar, cobro caro su auxilio. En pago por su apoyo, se anexionó varios territorios en la margen derecha del río Segre, lo que le permitió seguir avanzando tomando varias plazas, como Tamarite. Prosiguió su campaña de expansión intentando la toma de Lérida sin éxito, sin poderse expandir en este frente más.

Mientras tanto, en el vecino reino de Castilla, las cosas andaban convulsas. En 1109 los Almorávides se hacen fuertes y superan a los castellanos en la batalla de Uclés, cayendo en batalla don Sancho, infante y heredero al trono de Castilla. Otra fuerza almorávide liderada por el emperador Alí desembarca en la península, tomando Talavera, asediando Toledo y saqueando Guadalajara y Madrid.
Con la muerte de Don Sancho, la sucesión del reino recaía en Urraca, a la que los nobles querían casar con uno de los suyos, pero los eclesiásticos optaban por Alfonso I de Aragón, que recordemos era el soltero de oro de la época.
Frente al asedio Almorávide en su máximo exponente, el reino necesitaba un monarca fuerte capaz de hacer frente al enemigo musulmán, por lo que en el lado castellano se decantaron —por practicidad y no por gusto— por Alfonso I.
Pese a que Alfonso estaba dedicado a las armas y según las fuentes musulmanas sabemos no era muy dado a mujeres:
Un verdadero soldado debe vivir con hombres y no con mujeres.

El matrimonio suponía la posibilidad de unir los reinos y permitiría al rey continuar su sueño de guerrero de la cruz a la vez que obtener importantes territorios.
La decisión no fue aceptada por todos los nobles, levantándose en armas los condes Portugal y Galicia, estallando así una guerra civil, que pagarían sobre todo las clases más humildes de la sociedad, en la que se impuso finalmente Alfonso I.
Según Lacarra, Alfonso había llegado al trono de casualidad, y cinco años después había visto también de casualidad la oportunidad de acceder al trono castellano, el reino visigodo más grande de Europa. Sin embargo, su carácter firme pero justo, su austeridad y su prestigio iban a ponerse a las ciudades de su lado y al observar como sus detractores no tenían apenas tropas equilibrando la contienda. Aunque tácitamente se impuso el aragonés, nunca hubo paz en el reino y los hostigamientos jamás cesaron durante el periodo matrimonial.

Como era de esperar el matrimonio fue un verdadero camión de espinas; Los cónyuges se llevaban a matar; Alfonso no se acostumbraba a la pomposidad de la corte castellana; Tampoco entendía el poder de un alto clero casi inexistente en Aragón, cuyo recelo al monarca fue en aumento ya que esperaban un gran peso en el gobierno con la llegada del monarca que no se materializó en realidad.
Tras una serie de yermas luchas entre los cónyuges, Alfonso I toma una decisión clara. Ya que no podía sacar ningún rédito a esto, repudiaría a su esposa y se marcharía de Castilla. Tras cinco años de luchas, Urraca veía sus tierras divididas y mermadas: en Galicia había empezado a reinar su hijo Alfonso VII y algunas tierras de Castilla las había ganado para sí Alfonso I. Así, Urraca, que seguía con pretensiones de reinar, solo pudo hacerlo de facto sobre León y una pequeñísima porción de Castilla.

Quirate de Alí ben Yusuf
Liberado de su matrimonio y sin descendencia, el Rey Alfonso I volvió a su esencia: La espada de la cristiandad. El rey dirigió su mirada de nuevo al frente oriental, en dirección Tortosa para preparar el asedio a la importante Fraga, importante centro económico y militar de los Almorávides. Las tropas cristianas comenzaron el asedio en la primavera de 1134. Sin embargo la respuesta musulmana fue rápida, coordinada y poderosa El gobernador de Córdoba, hijo del emir almorávide Alí ben Yūsuf, desplegó una compañía de caballería equipada de 2.000 hombres; El emir de Murcia y Valencia armó 500 caballeros y por su parte, el gobernador de Lérida armó otros 200, en total un ejército de socorro de 2.700 efectivos.

Quizá infravalorando al ejército rival, el rey Alfonso convocó a sus comandantes y se preparó para enfrentar en campo abierto al nuevo ejército morisco, desatendiendo el asedio y las murallas de la ciudad. Mientras se producían las primeras escaramuzas, un ejército salió de la ciudad y atacaron el campamento base. Cuando los cristianos quisieron darse cuenta, estaban totalmente rodeados por miles de musulmanes Alfonso observaba el desastre desde una peña central del campo de batalla, dispuesto a morir luchando en aquel punto. Mientras, miles de soldados sin esperanza de victoria, morían a su alrededor siendo superados ampliamente por los musulmanes defendiendo su honor.
En ese momento, el obispo de Urgel le apremió a huir, pero él se negó a lo que el eclesiástico exclamó:
Por la autoridad de Dios omnipotente, te ordeno que al momento te apartes de este campo, no sea que, cayendo tú, todo el reino de los cristianos caiga en poder de los paganos y todos los cristianos sean muertos.

Entonces, por orden del ministro eclesiástico, emprendió una increíble huida, pues estaba absolutamente rodeado de enemigos. Su supervivencia se debió a sesenta caballeros cristianos, que, espada en mano y rodeando a su monarca, le defendieron hasta abrir una brecha en el grueso de las fuerzas musulmanas. El obispo de Urgel murió en el intento, al igual que cincuenta de éstos. Entre los supervivientes se encontraba García Ramírez, que se convertirá en su sucesor como rey de Navarra.
Buena parte de la nobleza fiel a Alfonso había caído en la batalla, entre ellos Céntulo de Bearn, así como el obispo de Huesca que había sustituido a Esteban.
Fue la mayor derrota del Batallador. Nunca volvería a ser el mismo falleciendo 54 días después en Poleñino a sus 61 años.
Su testamento fue muy controvertido ya que legaba todas sus posesiones a las órdenes militares del Sepulcro del Señor, del Hospital y del Templo de Salomón.

En el nombre del sumo e incomparable bien; que es Dios. Yo D. Alfonso, Rey de los aragoneses, de los pamploneses y de los ribagorzanos, pensando conmigo mismo y revolviendo en mi mente que a todos los hombres los engendró mortales la naturaleza, propuse en mi ánimo, mientras gozo de vida y buena salud, ordenar acerca del reino que Dios me ha dado y de mis posesiones y rentas lo que haya de ser después de mí. Y así, teniendo el juicio Divino, por la salud de mi alma, y la de mi padre; de mi madre y de todos mis mayores, hago este mi testamento a Dios Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus Santos
Una vez los señores a su servicio murieran, sus territorios revertirían a las órdenes citadas. El rocambolesco texto presentaba, además de serias dudas legales, prácticas, ya que las órdenes no tenían la infraestructura necesaria para hacerse cargo de dichas posesiones.

Como era de esperar, la voluntad del monarca no se materializó. Los navarros aprovecharon la coyuntura para recuperar la independencia de Aragón, coronando a García Ramírez, Señor de Monzón y nieto del Cid, «el restaurador», que había salvado la vida a Alfonso en Fraga, como rey de Navarra. La nobleza aragonesa hizo lo mismo erigiendo como nuevo rey de Aragón al hermano menor de Alfonso, Ramiro II «el monje», último del linaje pese a que había dedicado su vida a la oración y la vida monacal y no tenía experiencia ni en el gobierno ni en las armas. Se consumaba así la ruptura definitiva entre los reinos de Navarra y Aragón, una unión que apenas había durado 50 años.

Por el contrario, la Santa Sede no se iba a quedar inmóvil y reclamó su parte del pastel. Para satisfacer sus demandas, Aragón firmó un concordato con la Santa Sede por el que se comprometía a ceder a las órdenes «desheredadas» múltiples enclaves, la exención de determinados impuestos y el compromiso de cederles la quinta parte de todos los territorios conquistados a los musulmanes, así como un diezmo del reino. Este acuerdo fue refrendado por el papa Adriano IV en el año 1157, exactamente cuando comenzaba el reinado de la hija de Ramiro II, Petronila de Aragón. Ella y su esposo, Berenguer IV de Barcelona, eran padres del que sería el primer monarca de la Corona de Aragón, Alfonso II.
Aprovechando el testamento de Alfonso I el Batallador, la Iglesia aseguró que la Militia Christi tuviera un grandísimo poder, influencia y riqueza, especialmente tras las conquistas de Mallorca y Valencia. (La Orden de los Templarios llegó a administrar hasta 36 encomiendas).

Jaime Sogas
