
José María Pignatelli fue un jesuita español de familia italiana que contribuyó a la restauración de la Compañía de Jesús. Es considerado santo por la Iglesia católica. José Pignatelli nació en la ciudad de Zaragoza el 27 de diciembre de 1737; en el Palacio que sus padres tenían muy cerca de la Basílica de la Virgen del Pilar, que entonces se estaba construyendo. Era hijo de Antonio Pignatelli de Aragón, príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico y de Francisca Moncayo y Fernández de Heredia, siendo el séptimo de sus ocho hijos, de los cuales uno fue el político aragonés Ramón Pignatelli. El mismo día es bautizado en la parroquia de san Gil y se le impusieron 21 nombres.

En el año 1742, muere su madre, Dña. Francisca Moncayo, y dos años después, los hermanos se trasladan con su padre, don Antonio Pignatelli y Aragón, a vivir a la ciudad de Nápoles de donde procedía su familia. Al morir su padre en 1746, se hizo cargo de los pequeños y de su hermana Mª Francisca y, después en 1749, su hermano mayor regresó a Zaragoza con los dos hermanos más pequeños: José y Nicolás. Con un permiso del P. General de los jesuitas, los dos hermanos quedaron internos en el colegio de la Compañía en esa ciudad, que había sido fundado por san Francisco de Borja. José entonces pertenece a la Congregación juvenil y colabora en obras de apostolado. Ambos hermanos entraron en la Compañía de Jesús.
Después de pasar su infancia en el palacio familiar de Zaragoza, en 1753, comenzó a estudiar humanidades en el Colegio de los Jesuitas e ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús en Tarragona donde ingresó el día 18 de mayo; allí vivirá las experiencias propias de este tiempo. Como miembro de laCompañía de Jesús, enseñó catequesis a los niños y ejerció como profesor de gramática latina. Dos años después, hace los votos como jesuita y estudia letras; griego y hebreo en Manresa, junto a la cueva donde vivió san Ignacio.

En el colegio de Calatayud estudió filosofía, donde se revela como muy buen estudiante. La teología la realiza, de nuevo, en Zaragoza. Es ordenado como sacerdote en 1762 y celebra por primera vez la eucaristía el día 27 de ese año. Su salud no es muy buena y los superiores le envían a dar clases de gramática latina al colegio de Zaragoza. Junto a esta tarea. predica, visita enfermos y va a hablar con los que están en la cárcel. En 1766 hay una serie de revueltas políticas en Zaragoza contra el marqués de Esquilache; José Pignatelli interviene, junto con otros, poniendo paz y serenidad en medio de la violencia. Hasta el mismo Rey Carlos III agradece a los jesuitas su tarea.
Sin embargo, una decisión del rey de España, Carlos III, el político, iba a trastocar sus planes puesto que en el año 1767 ordenó la expulsión de los jesuitas de España y de sus colonias. José María solo podía quedarse en su país si renunciaba a la Compañía, algo que no aceptó a pesar del consejo de algunos de sus hermanos. Por lo tanto, tuvo que partir al exilio.
El 3 de abril de 1767, a las cinco de la mañana, los soldados entran en la casa de los jesuitas; se les junta a todos en el comedor y se les lee el decreto real que los expulsa de España. Al día siguiente se les envía en carruajes hacia Tarragona permitiéndoles llevar sólo su libro de oraciones y un poco de ropa. Los alumnos salen a la carretera a despedir a aquellos que tanto les habían ayudado. Pignatelli empieza a ser el que consuela, apoya y anima a sus compañeros.

El 29 de abril todos reciben orden de embarcar en unos veleros preparados; va a ser una situación muy difícil, abarrotados, sin casi espacio para vivir. En esos momentos el superior de los jesuitas pone a José, que aún no ha cumplido 33 años, al frente de todos los jesuitas. Pasan por Mallorca, donde se junta otra nave y se dirigen hacia los Estados pontificios, los territorios del Papa. Allí, no se les permite desembarcar, sino que van de un lugar a otro hasta que por fin pueden bajar a tierra el 27 de julio en la isla de Córcega, que entonces dependía de la república de Génova. En el puerto de Bastia pasaron 48 días en los barcos sin dejarles desembarcar. Permanecieron en Córcega hasta que las fuerzas militares francesas invadieron la isla y fueron nuevamente deportados.

El 8 de julio el hermano mayor, Joaquín, conde de Fuentes y embajador del rey Carlos III, escribió a sus dos hermanos jesuitas, animándolos a salir de la Compañía, prometiéndoles ayuda si lo hacen. La respuesta de José fue clara: ”Te ruego que no hagas diligencia alguna en Roma para conseguirme la facultad de pasar a otra orden; porque no lo haré jamás, aunque tuviese que perder mil veces la vida.”
Sin dejarles parar quietos en ningún lugar, volvieron a ser expulsados de la isla; de nuevo viajes en barco, aún más amontonados y con menos espacio para cada uno; permanecieron encerrados en los barcos en el puerto de Génova y al final les dejan desembarcar porque muchos habían enfermado, pero sin lugar para poder vivir, hasta que llegan a Ferrara el 18 de octubre de 1768. Las dificultades fueron muchas y las presiones para dejar la Compañía, constantes.
En Ferrara José se encarga de reorganizar los estudios, conseguir casa, libros, alimentación… A la vez procura que a los jesuitas no les falte lo básico: ejercicios espirituales, eucaristía, reuniones comunitarias y hasta pequeñas actividades apostólicas. Un compañero suyo, el P. Austín Monzón, lo describía así: ”Continuó siendo el apoyo, el alivio, el consuelo de todos y el promovedor de todo linaje de estudios, el consejero de los superiores y de todos los compañeros de infortunio…”. El 2 de febrero de 1771, en medio de todas estas dificultades y de las presiones familiares para abandonar la Compañía, pronuncia su compromiso definitivo con la Compañía. Dos años más tarde lo hizo su hermano Nicolás, la víspera de la supresión de la Compañía por el Papa Clemente XIV.

Allí colaboró con los jesuitas exiliados, pero en 1773, el papa Clemente XIV cedió a la presión de la Corona española y también suprimió la Compañía. De esta manera, unos 23.000 sacerdotes tuvieron que abandonar sus conventos y monasterios, y pasar a la clandestinidad. El documento que hacen firmar al Papa Clemente XIV, el 21 de julio de 1773, hacía que los 23.000 jesuitas de todo el mundo dejaban de serlo y perdían sus casas y sus bienes. El décimo octavo Prepósito general de la Compañía de Jesús, Lorenzo Ricci, es encarcelado en Roma. José Pignatelli siguió siendo el que consolaba y animaba a sus hermanos. Los dos hermanos se trasladan a Bolonia, ayudados, ahora, por su hermano mayor.
En noviembre de 1779 se le encomienda la tarea de maestro de novicios, el encargado de acoger y formar a los nuevos jesuitas, en Colorno. La Compañía no había sido reconocida oficialmente, pero estaba permitida. En 1803 se le nombra provincial de Italia. “Los méritos del P. Pignatelli: la caridad para recibir, el entusiasmo para animar, el cuidado para proveer a todos y la suavidad para hacer revivir el espíritu jesuita. Los ejercicios de san Ignacio eran el arma principal…” Estos años de 1773 a 1779 suponen para José Pignatelli un tiempo escondido de oración y estudio. Va adquiriendo libros y haciendo una buena biblioteca e incluso se dedica a la pintura. Su hermano pasa por malos momentos y a José le toca cuidarlo y protegerlo hasta su muerte en 1804.

En Rusia, Catalina II no había publicado el documento del Papa, con lo que los jesuitas seguían viviendo y trabajando allí, incluso con un noviciado. José Pignatelli expresa sus deseos de ir a este noviciado, pero no se le permite en ese momento. Poco a poco va cambiando la actitud ante los jesuitas y desde varios lugares se pide que vuelvan a su tarea, aunque de momento dependiendo de la Compañía de Rusia. El 6 de julio de 1797, José renueva sus votos en Parma; tenía 60 años cuando volvía a ser jesuita. Después, contó con la ayuda de los jesuitas de Rusia, donde no habían sido perseguidos, para comenzar a reorganizar la Compañía en los reinos de Nápoles y Sicilia. Para ello Pignatelli fue nombrado Superior Provincial por los jesuitas de Rusia y contó con la aprobación del papa Pío VII, quien, desde comienzos del siglo XIX, había manifestado su intención de restablecer la orden.

En 1803 fue nombrado provincial de los jesuitas en Italia. De esta manera, con el apoyo de la Santa Sede y del reino de Nápoles, que aceptó el regreso de los jesuitas en 1804, logró reabrir varios conventos y colegios. Fue una pieza clave para la restauración de la orden jesuita pero no pudo verlo, ya que falleció en 1811 y la Orden fue formalmente restaurada en 1814 por el papa y en 1815 en España por Fernando VII. En octubre de 1811, en octubre, viendo cerca el final nombra a otro provincial de Italia y se prepara para morir. José María Pignatelli murió en Roma el 15 de noviembre de 1811 en una pequeña casa, ubicada cerca del Coliseo romano. El 7 de agosto de 1814, el papa decretó la restitución de la Compañía de Jesús en todo el mundo. Fue beatificado por Pío XI el 21 de mayo de 1933 y canonizado por Pío XII el 12 de junio de 1954 por su vida de fe, obediencia y fortaleza en medio de la adversidad. La restauración de la Compañía de Jesús por la que tanto había trabajado, llegó el 7 de agosto de 1814. Sus restos fueron llevados a la iglesia del Gesù, donde están enterrados los padres Generales de la Compañía. La festividad de San José Pignatelli se celebra el 14 de noviembre.

Jaime Mascaró Munar
