Ochenta años de la creación del Instituto Santo Toribio de Mogrovejo de Misiología

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Santo Toribio Mogrovejo

Un 14 de febrero de 1946, hace pues ochenta años, se publicaba el Decreto de creación dentro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, una institución única, el Instituto Santo Toribio de Mogrovejo de Misiología. Dicho Decreto decía así: “La obra de España en su maternidad de veinte naciones no se entiende sin la labor misionera; en extensión, porque el estandarte de Castilla no cobijó tierra donde la Cruz no abriese sus brazos; en intensidad, porque los gérmenes de la Cultura y de la vida social fueron o llevados o fomentados singularmente por los religiosos: desde las Universidades a las escuelas de indios; desde la industria útil y artística hasta la propagación de semillas y frutales”.

Y precisamente al Instituto se le dio el nombre de un misionero extraordinario, pero que sin embargo es poco conocido, Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606), que recientemente ha celebrado su onomástica, el pasado 23 de marzo.

Un instituto como éste sólo podía tener cabida en una entidad como el CSIC, el mayor organismo científico español de la actualidad, que fue fundado por dos católicos destacados, José Ibáñez Martín, de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, ACNdP, y José María Albareda Herrera, sacerdote de la S.S.Santa Cruz Opus Dei.

Gonzalo Fernández de Oviedo

El Instituto Santo Toribio Mogrovejo provenía de la Sección de Misiones del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo de Historia Hispanoamericana, y estaba dedicado al estudio desde una óptica científica de la actividad misionera española, tratando de paliar el gran desconocimiento de tan abundante actividad. En definitiva, procuraba rebatir la Leyenda Negra progresista que contraponía, sin ninguna base científica, la incompatibilidad entre Ciencia y Fe católica en la España del siglo XX.

Sin embargo, según la “Bibliotheca Missionum”, del padre Streit, sin duda el mayor compendio de la ingente actividad misionera de la Iglesia Católica, se destacaba que la obra de los misioneros españoles, hasta el siglo XIX, superó con diferencia la de todas las demás naciones juntas.

Junto al Instituto Santo Toribio de Mogrovejo, el CSIC acogía también un Departamento de Historia de la Iglesia. Ambas instituciones fueron suprimidas, durante la Transición española, obedeciendo al sesgo claramente anticlerical que ya entonces empezaba a imponerse en el nuevo entorno político.

San Francisco Javier

Pero ¿quién fue este Toribio de Mogrovejo, para merecer que ese en su día prestigioso Instituto llevara su nombre? Para dar la medida de su importancia, baste señalar que se le llegó a nombrar El Javier de América, equiparándolo con el misionero por antonomasia y gran evangelizador de Asia, el jesuita natural de Navarra san Francisco Javier.

Toribio Alfonso de Mogrovejo, originario de Valladolid, estudió Humanidades en su ciudad natal, así como Cánones en la Universidad de Salamanca, licenciándose en Santiago de Compostela, a donde había peregrinado, en 1568. El futuro santo llegaría a ser arzobispo de Lima y luego metropolitano de buena parte de la Hispanoamérica del siglo XVI.

Así es, con su amplio bagaje cultural y académico, optó por dedicar su talento como religioso a las misiones. El rey Felipe II le nombró, el 16 de marzo de 1579, obispo de Lima – la Ciudad de los Reyes, del Virreinato del Perú-, y allí marchó con su gran biblioteca, la primera que pasaba a las Indias, además de con aceite para encender las lámparas de los sagrarios. El trayecto, arduo y largo — nueve meses, hasta mayo de 1581—, discurrió por los océanos Atlántico y Pacífico y por tierra.

Catecismo en español, quechua y aimara

En su nuevo destino, desarrolló una intensa actividad evangelizadora, valiéndose de las lenguas de los nativos a los que animaba a convertirse al catolicismo. De hecho, se aplicó con entusiasmo a la Filología, llegando a publicar el Catecismo en español, quechua y aimara (éste sería el primer libro impreso en América del Sur), que también se tradujo después a otras lenguas indígenas del Perú, como collana, cañeri, purgay, quillasinga y puquina; así como a la lengua de Chile, la araucana, y al guaraní y a la musca de Bogotá. En esta ingente tarea, tuvo la inestimable ayuda de su colaborador, el científico jesuita José de Acosta.

Además, impulsó la construcción de seminarios, monasterios de monjas y de religiosos en los que, por supuesto, se admitía a indios, y la famosa Casa de Divorciadas, para dar acogimiento y ayuda a mujeres posibles víctimas de la explotación por parte de proxenetas.

En la vertiente académica, hay que destacar su fundación de dos colegios mayores junto a la Universidad de San Marcos de Lima, que ya en aquella época contaba con los mismos privilegios de las universidades de la España peninsular, al tiempo que creaba en dicha entidad una Cátedra de Lenguas Autóctonas, a la que estaban obligados a acudir para formarse todos los que querían dedicarse a la predicación a los naturales del Virreinato del Perú.

Finalmente, a Santo Toribio de Mogrovejo se le atribuyen unas bellas Letanías a la Virgen María, que aún hoy se continúan rezando en Lima, y que aparecen en distintos cuadros por iglesias y conventos repartidos por todo el norte de Perú.

 Jesús Caraballo

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