
El comienzo de la relación entre musulmanes, cristianos y judíos comenzó con una consideración de los invasores para con los invadidos. Es decir, el cristianismo y el judaísmo como religiones monoteístas, anteriores al islam y que, según éste, poseían algo de verdad revelada, merecían un respeto, se les denominó “protegidos” (dhimmnies). Ahora bien, este estatus no significaba que se pudieran equiparar nunca a los musulmanes, los cristianos y judíos estaban obligados a respetar la religión musulmana, pagar impuestos, no hacer manifestaciones públicas de su culto ni proselitismo del mismo ante los musulmanes, no impedir la conversión al islam de quienes quisieran hacerlo y otras obligaciones que condicionaban en gran medidas las vidas de cristianos y judíos.

La protección implicaba una desigualdad para siempre, ya que, el dhimmí no podía participar en el mismo régimen político y fiscal que el creyente y, aunque los mozárabes tuvieron importantes puestos administrativos, siempre sufrieron marginación por el islamismo.
La población más importante sometida al islam fue la cristiana (mozárabes). En los primeros años dominaron claramente en número, cosa que empezó a disminuir en el siglo IX por dos factores: el primero fue el aumento de conversiones al islam, en gran parte por la equiparación de derechos con la población musulmana y por la bajada en la presión fiscal. El segundo fue la emigración hacia las comarcas del norte, que era fomentada por los monarcas cristianos. Este segundo factor provocó el endurecimiento del trato a los cristianos.

La comunidad mozárabe mantuvo sus propias autoridades; al frente de cada una estaba un conde que era el representante de la comunidad ante las autoridades musulmanas. Recaudaban sus propios impuestos y regulaban sus pleitos, al igual que mantuvieron la estructura religiosa, manteniendo las sedes episcopales y metropolitanas en Toledo, Mérida y Sevilla. Eso sí, el dirigente musulmán se reservaba el privilegio de aprobar el nombramiento de obispos y arzobispos.
Esta aparente tolerancia, no se correspondía con la realidad, la comunidad mozárabe se dio cuenta del riesgo que corría de desaparecer ante el proceso de conversiones al islam, sobre todo entre las generaciones más jóvenes. Llegando incluso a la radicalización; mozárabes que acusaran a cristianos de insultar al islam y, con esto, provocar la ejecución del acusado, como sucedió en Córdoba en el año 850. Aunque el problema más grave fue la pérdida de la identidad colectiva por la adopción de costumbres en el vestir, alimentos, idioma, música, literatura, etcétera. Por otra parte entre los ulemas se dieron cuenta del efecto contrario; notaron ciertas desviaciones de origen cristiano que podrían ser peligrosas para los musulmanes, esto provocó el agravamiento social de los mozárabes.

Los judíos fueron un grupo muy inferior al de los cristianos o mozárabes, aunque la colaboración que prestaron a los musulmanes les permitió gozar de un lugar privilegiado. La población aumentó durante el emirato y el califato debido a la emigración que procedía del norte de África y se agrupó en comunidades independientes en Toledo, Granada, Córdoba y Lucena, y contaban con sus propias autoridades de un modo similar al de los mozárabes. Los judíos se dedicaron al comercio, artesanía especializada y medicina.
En lo que se refiere a administración de la justicia, al-Andalus fue una sociedad esclavista. Los esclavos se dedicaban a las tareas agrícolas e industriales, a funciones domésticas, incluso de administradores de las propiedades de sus dueños y como soldados, llegando a ocupar posiciones de relevancia en la administración. Entre los esclavos, los eunucos tenían una posición especial por la confianza que ofrecían a sus dueños, sobre todo los que se encontraban al servicio de emires y califas que, aparte de encontrarse al cargo del harén, en ocasiones ocupaban altos cargos de la administración y el ejército. Los esclavos que estaban al cargo de los oficios superiores del palacio recibían el nombre de fata . La dirección de los oficios palatinos corría a cargo de los ellos.

Pero, sin duda, el mayor protagonismo lo tenían los esclavos eslavos (saqaliba) empleados como guardia de palacio. Con Abd al-Rahman III el ejército lo formaban cerca de 14.000 esclavos eslavos, número que se fue aumentando con Almanzor. Estos esclavos empleados como soldados tenían la ventaja de no pretender al trono, cosa que sí pasaba cuando pertenecían a las dinastías reinantes.

Las esclavas fueron muy apreciadas, sobre todo si tenían cierta cultura, pero siempre fueron concubinas y siempre que, como concubinas, diesen hijos a su propietario los cuales nacerían libres y ellas solían alcanzar la libertad en el momento de la muerte del mismo. Se he de tener en cuenta que la mayor parte de las concubinas del harén se empleaban, exclusivamente, al servicio doméstico. Destacan las noticias que hablan de las 6.300 huríes que poblaban el harén de Abd al-Rahman III, entre las que destacaban las de tez blanca y cabello rubio, muy apreciadas por los omeyas.
No había esclavos de religión musulmana, precisamente un medio para alcanzar la libertad era la conversión. Aun siendo manumitido, el nuevo liberto seguía teniendo ciertos vínculos con su antiguo propietario que no podía eludir.

José Carlos Sacristán
