
En tiempos de Abd el-Rahman II existía una controversia entre los mozárabes y los musulmanes. El asunto radicaba que entre ambos había sospechas, fundadas, de islamización por una parte y de cristianización por la otra. Es decir, estaba claro que los mozárabes se estaban islamizando por adquirir costumbres musulmanas en el vestir, en la música, en la literatura y en otros ámbitos, pero a la vez, los musulmanes estaban adquiriendo costumbres cristianas, cuestión que radicalizó a los ulemas —doctores en la religión islámica—, sobre la situación social de los mozárabes.

La situación más extrema sobre la “cuestión mozárabe” sería la protagonizada por el presbítero Eulogio y el presbítero Eulogio. Según explica el propio Álvaro, en la comunidad cristiana se notaba cada día más la utilización de la lengua y escritura árabe, que se acompañaba con una tendencia a la conversión hacia el islam y, de esta manera peligraba la existencia de la comunidad cristiana. Para frenar esta tendencia, ideó junto a Eulogio, un sistema original y poco válido a la larga: la ejecución pública en Córdoba, en el año 850, de un sacerdote condenado por haber insultado al “Profeta”. Con dosis de demagogia ocultaron su debilidad y comenzó un movimiento de resistencia llamado el martirio voluntario.
La tolerancia islámica frente a las injurias al profeta era muy limitada, éstas eran castigadas con dureza, de modo que sólo les hacían falta unos mozárabes firmes en su fe, decididos a todo, que injuriasen a Mahoma. Durante el año 851 varios clérigos y laicos se presentaron dispuestos a sufrir el castigo, por blasfemar sobre el profeta, ante los cadíes que no podían dejar pasar los insultos para no quebrantar su autoridad, pero a la vez no querían dar la cara como verdugos.

El caso de Perfecto, no es equiparable al de los otros cristianos cordobeses de la década de 850-860, que fueron condenados a muerte por presentarse de forma voluntaria por insultar de forma pública a Mahoma. En su caso, Perfecto hablaba la lengua árabe con soltura, pero un día le acosaron por la calle un grupo de musulmanes preguntándole su opinión sobre Cristo y Mahoma. Con la suficiente cautela, Perfecto les dijo que él creía en la divinidad de Cristo, que éste era el Señor y que sus seguidores estaban en la verdad y llegarían a la salvación, pero que no se aventuraba a decir nada sobre Mahoma hasta que le asegurasen que no habría represalias contra él, según la opinión que manifestase.Los musulmanes le aseguraron que no le pasaría nada, pero que diese su sincera opinión, y por descontado que la dio, acusando a Mahoma de execrables y aborrecibles pecados. Los presentes se escandalizaron pero le dejaron marchar sin culpa alguna. La vida transcurrió sin sobresaltos hasta que unos días después los mismos con los que estuvo le asaltaron por la calle, acusándolo de blasfemo, y le llevaron ante la presencia del cadí —juez musulmán encargado de causas civiles y religiosas— . Perfecto negó las acusaciones que se le imputaban pero acabó en prisión.

Con el beneficio de la duda fue sacado de prisión y disfrutó de una efímera libertad, ya que, estando en libertad confesó que, en verdad, había maldecido a Mahoma y volvió a reiterar su maldición. De esta manera fue hecho preso y decapitado con premura el 18 de abril de 850, junto al Guadalquivir, en el llamado “Campo de la Verdad”. Su ajusticiamiento provocó que otros monjes y fieles cristianos siguiesen su estela, blasfemando públicamente contra el profeta y, siendo así ejecutados.
San Perfecto ha pasado a la historia como ejemplo de coherencia en sus obras, algunos le tildan de imprudente, pero su imprudencia, en él sinceridad, le acercó al cielo.

José Carlos Sacristán
