Sandokán era español y obispo

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Carlos Cuarteroni

Los de mi generación disfrutamos en nuestra adolescencia con las aventuras de Sandokán, “El Tigre de Malasia”, de la pluma de Emilio Salgari, y que fueron llevadas a la pequeña pantalla. En la mejor tradición de Julio Verne, el escritor italiano nos hizo familiares a la bellísima Mariana, el malvado James Brooke, el fiel Yáñez, Labuán, Borneo, Malaca, los mares del sur, los piratas malayos… Pero ¿cómo pudo alguien que nunca salió de su tierra, ese fascinante universo?.

Salgari, auténtico ratón de biblioteca, descubrió un tesoro en un informe presentado al Papa Pío IX, en el año 1849. Se trataba de las memorias de un marino español que, tras mil increíbles aventuras, se había convertido en fraile trinitario y prefecto apostólico, y se dedicaba a luchar contra el tráfico de esclavos en Borneo, Sumatra y Malasia.

El escritor simplemente adornó la historia, ya de por sí extraordinaria, dándole el gusto folletinesco de la época. Borneo era poco conocido entonces, hasta que el auténtico protagonista de esta historia, Carlos Cuarteroni, se dedicó a  describir y cartografiar ese lejano rincón del mundo, para convencer a la Santa Sede de apoyar su misión, como se encarga de recordarnos la historiadora Alicia Castellanos, en su libro “Cuarteroni y los piratas malayos”.

Carlos Cuarteroni era medio italiano por parte de padre, pero nació en el puerto franco de Cádiz. En una época en la que España, recién perdidas casi todas las posesiones americanas, intentaba dirigir el comercio hacia Filipinas y demás tierras en Oceanía.

La familia de Carlos, comerciantes, era de convencida devoción cristiana: dos de sus hermanos fueron sacerdotes, y otro misionero seglar. Aunque la pasión por el mar empezara ganando la partida, el propio joven no escondía su fe en los momentos difíciles. De ello dan prueba sus escritos desde bien temprana edad hasta el momento de su muerte.

Con 13 años, embarcó a su primera travesía por mar, hacia Manila. Era así como los marinos solían conseguir su título y experiencia profesional. Por aquel entonces, no existían el Canal de Suez ni el de Panamá, y los barcos de vapor estaban empezando a botarse. Una travesía hacia Filipinas suponía un peligroso viaje en velero, costeando África, doblando por el Cabo de Buena Esperanza, y navegando por el peligroso Índico. A merced de tifones, monzones, barcos de bandera enemiga, puertos hostiles y piratas sanguinarios.

Como buen marino, Cuarteroni consignaba en su diario de a bordo, desde siempre, todas sus singladuras. Fue una costumbre que mantuvo toda su vida, y que hoy constituye una increíble fuente de información.

El joven capitán era un marino respetado y con una brillante carrera profesional, cuando tomó una extraordinaria decisión: desembarcó, fletó un pequeño barco, el Mártires de Tonkín, y con una tripulación de filipinos se puso a pescar perlas y carey, una actividad muy peligrosa, pero también muy lucrativa.

Debieron pensar que estaba loco, pero Cuarteroni tenía un plan: durante 14 meses, lo que hizo, en realidad, fue buscar el pecio de un barco, el Cristian, que se había hundido junto a las costas de Labuán, con un tesoro en lingotes de plata. Y lo encontró.

A los 26 años, por tanto, era joven e inmensamente rico. Podría haberse convertido en poderoso comerciante o incluso en rajá, como su amigo James Brooke en Sarawat, o aspirar a un cargo político en España.

Pero había algo que quemaba su alma desde que había llegado a estas tierras: el tráfico de esclavos. Sencillamente, le resultaba insoportable ver cómo, ante los ojos indolentes de las grandes potencias occidentales, a diario miles de personas, sobre todo mujeres y niños, eran raptadas y esclavizadas por los piratas moros malayos.

En su retina y en su memoria había escenas terribles de decapitaciones, maltratos, saqueos, niños sollozando al ser arrancados de sus madres, aldeas ardiendo… Muchos de los esclavos eran nativos cristianos, y nadie velaba por ellos.

Así que trazó un aventurado plan. Depositó el tesoro en un banco de Singapur, y se dedicó durante un par de años, corriendo grave riesgo su vida, a reconocer y levantar mapas de Borneo, a conocer a sus gentes y a documentar de primera mano lo que estaba sucediendo.

Con todo este bagaje, se presentó en Roma ante la Congregación De Propaganda Fide, decidido a ser sacerdote y a fundar misiones en Borneo, poniendo su tesoro como garantía. Tras varios años de estudio y formación, con el apoyo vaticano, volvió a las islas como Prefecto Apostólico para fundar tres misiones en lo que hoy es el Sultanato de Brunei.

Y aquí es donde empieza la historia a convertirse en realmente heroica. Años y años de luchas para conservar las misiones, derribadas una y otra vez y siempre reconstruidas. De salvación de esclavos, a los que volvían a capturar y había que volver a rescatar. De presiones e incomprensiones incluso en su patria, que le deja solo. También de peligrosos viajes cruzando los mares una y otra vez. Y de intrigas y traiciones para arrebatarle las codiciadas misiones. Un tesoro y una vida consumidos en una tarea imposible.

Escribe Alicia Castellanos, en su biografía, “Las hazañas y bondad de Cuarteroni eran conocidas por todo el rosario de islas entre China y Filipinas. Era raro el lugar donde no se hubiera oído hablar del padre y de sus barcos su libertad. Se había convertido en un ángel para los cautivos cristianos, un enviado de Alá para los esclavos musulmanes, y un loco para muchos otros”.

Envía cientos de cartas suplicando por sus feligreses. Navega, defiende y levanta sus misiones una y otra vez. A él acuden las autoridades eclesiásticas y civiles para pedir que rescate a ciudadanos secuestrados por los piratas; capea temporales, conjura naufragios y ataques… Todo ello, durante dos largas décadas.

Por último, enfermo, agotado y arruinado, vuelve a Cádiz para morir junto a su familia, que siempre le apoyó en todo. Aún dio lo que le quedaba a la Congregación De Propaganda Fide, para apoyar a las misiones.

Al final, las misiones fueron usurpadas por los ingleses. De la diócesis que dirigió no queda rastro. Su nombre no es conocido entre los grandes misioneros del siglo XIX. Tampoco España, poco acostumbrada a apoyar a sus hijos más audaces, guarda memoria de sus hazañas. La piratería sigue haciendo estragos en Borneo, casi dos siglos después. El tráfico de esclavos sigue en auge. Humanamente, fue un fracaso.

Sin embargo, en Carlos Cuarteroni se cumple lo que dice el evangelio: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulad, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón”. Mt 6, 19.

Jesús Caraballo

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