De la guerra justa (1)

Si te gusta, compártelo:

El caballo de batalla de la Controversia de Valladolid era aclarar si España tenía derecho a la conquista de las Indias.

En 1550, año en que tuvo lugar esta celebérrima discusión, ya se venía hablando del asunto medio siglo, y en ese tiempo habían sido redactados dos cuerpos de leyes después de las promulgadas por Isabel: las Leyes de Burgos y Valladolid, de 1512 y 1513, y las de 20 de noviembre de 1542, conocidas como Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indios y se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona.

No había sido menor la acción de los dominicos en la denuncia de los abusos que llegaban a cometerse en las encomiendas, o en algunas de ellas; es de suponer, al menos que en las detentadas por Bartolomé de las Casas no sucedían esos atropellos, y consiguientemente debemos suponer que habría otros encomenderos que, como él mismo, no se extralimitaban.

Bartolomé de las Casas

Pero Bartolomé de las Casas se “convirtió” en 1514, momento en que comenzó su particular campaña en defensa del indio, campaña que, si en sí misma es encomiable, parece que deja de serlo cuando, para apoyarla usa, no ya datos erróneos, sino evidentes y manifiestas mentiras.

Pero de sus continuados exabruptos, que contra todo pronóstico lograron atraerse la simpatía nada menos que de Carlos I y posteriormente de Felipe II, llegó a concitarse una acalorada discusión en todos los ámbitos de la vida nacional; unas discusiones y unas justas preocupaciones que acabaron dando pie a la Controversia de Valladolid.

En la misma, a la que dedicamos más amplia atención en capítulo aparte, y que acabó dando lugar al derecho internacional, se suscitó un aspecto en el que parece interesante centrarse un momento: La guerra justa, y a ésta, que más que Historia es Filosofía, vamos a dedicarnos ahora.

Al respecto, un jurista de nivel destacado, Juan Ginés de Sepúlveda, defendía el principio de “guerra justa” y afirmaba que los indios, como el resto de la humanidad, estaban obligados a someterse a quienes eran más prudentes, a los que destacan en virtud, que están en la obligación de enseñar esas virtudes para, como en su momento hizo Roma, gobernar de forma prudente, conforme al derecho natural.

Juan Ginés de Sepúlveda


 En otros aspectos, en otras afirmaciones, podemos estar en mayor o menor acuerdo o desacuerdo con él, pero en principio quedaba claro que la primera duda que salió a flor (si los indios eran seres racionales), quedaba manifiestamente a salvo. Quién era el máximo defensor de la guerra justa, daba por sentado que lo eran.

Y ese conocimiento no era nuevo, ya que desde el momento de la Conquista fueron así considerados.

Con esa consideración, y contraviniendo las instrucciones reales, se esclavizaba a los indios que habían provocado enfrentamientos. Así, Cortés, en la conquista de México, al tiempo que se encontraba al frente de ingente cantidad de tropas constituidas por naturales, no dudaba en tomar como esclavos a aquellos que lo traicionaban o que le presentaban guerra, a los que marcaba en la mejilla con una “G”, inicial de “guerra”.

La esclavización estaba prohibida, pero las acciones bélicas, conforme a la tradición existente en todos los lugares del mundo, seguía suministrando esclavos.

Para controlar esa actuación, una nueva ley de 1530 manifestaba expresamente que quedaba prohibido todo tipo de esclavitud de los indios, aún en guerra justa. Se estaba marcando unos principios absolutamente novedosos en el ámbito jurídico, no sólo de España, sino de todo el mundo conocido…, y del que estaba por conocer.

¿Estaban cumpliéndose estrictamente las órdenes?… Es de suponer que no, pero eso no quita importancia al hecho, ya que no se trataba tan sólo de una discusión más o menos generalizada que, asumiendo la humanidad de aquellos seres que acababan de tener contacto con el mundo occidental… europeo… español, daban un paso más y se cuestionaban si la guerra que se les pudiese hacer era justa o injusta. ¡Gran novedad histórica!

En cualquier caso, y como cada asunto, se hace necesario juzgar el hecho en el momento. No podemos juzgar el hecho con la mentalidad de hoy. Sí debemos compararlo, por el contrario, con lo ejercitado por otros, y por nosotros mismos, en los momentos del hecho y en los tiempos posteriores.

Siendo así, resulta curioso que la Leyenda Negra contra España haga hincapié en hechos realizados por otros, imputándoles a España.

General – Fremantle Prison – Aboriginal prisoners in chains outside Roebourne Gaol in 1896

Así, como contrapunto a esta actuación podemos encontrar la actuación llevada por Inglaterra. Dejaremos de momento lo actuado en América para centrarnos en un hecho llevado a cabo en Australia, donde en 1945 (cuatro siglos después del momento que estamos tratando) prohibió la caza de aborígenes, que venía llevándose a cabo desde que iniciaron la colonización. Tampoco se cumplió la ley de forma inmediata, a pesar de poseer unos medios técnicos infinitamente superiores a los existentes cuatro siglos antes. Con un añadido: Inglaterra decretó esa prohibición impelida por el hecho de que se estaba llevando a cabo el proceso de Nuremberg, y aparecer como acusación de genocidio alguien que en otras latitudes lo practicaban como deporte resultaba grotesco. España, en el siglo XVI, ni ejercitaba cosa semejante, ni precisó acicate ajeno a sí misma para plantearse su derecho de conquista.

Del mismo modo que en Australia no se cortó inmediatamente la caza de aborígenes, tampoco en la España americana tuvo aplicación inmediata la abolición de la esclavitud de los indios, así, entre los años 1532 y 1541, según señala Danilo Arce, se produjo el momento álgido de la esclavización de indios.

Pero por encima de eso debemos referirnos nuevamente al hecho de haber reconocido la racionalidad de los indios desde un primer momento, dado que, de no haber reconocido la racionalidad de los indios, la Conquista no hubiera podido justificarse, pues uno de los títulos justificantes que reconocieron los teólogos, todos y cada uno de ellos, fue la evangelización, y ésta no hubiera sido posible sin la aceptación de la racionalidad indígena. (López 2002: 212)

Fray Matías de Paz

  Ya en 1510 fray Matías de Paz planteaba la injusticia de hacer la guerra a los infieles con el fin de dominarlos y de apropiarse de sus riquezas, y señalaba que sólo por medios pacíficos se les podía impeler a recibir la fe cristiana, y justificaba la defensa de los indios ante una declaración de guerra, aún tendente a la difusión de la fe, pero admitía el uso de la guerra si se negaban a obedecer al soberano.

Sepúlveda defendía el principio de “guerra justa” y afirmaba que los indios, como el resto de la humanidad, estaban obligados a someterse a quienes eran más prudentes, a los que destacan en virtud, que están en la obligación de enseñar esas virtudes  para, como en su momento hizo Roma, gobernar de forma prudente, conforme al derecho natural.

Por su parte, Las Casas niega que sea guerra justa la aplicada sobre quienes matan prisioneros para comérselos (Las Casas, Apología: 220), y afirma que la costumbre es admisible porque;

  No se puede decir más claro: considera la antropofagia como un derecho. Señala el derecho positivo… y lo sitúa por encima del derecho natural de quienes acabarían siendo parte del menú. Pero no queda claro si la guerra iniciada por los antropófagos para la consecución de sus víctimas es considerada por el dominico también parte del derecho, sea natural o positivo.

  Por su parte, Sepúlveda, que se señala como defensor de la guerra justa, señala que la misma;

Sepúlveda

  La paz es, así, la justificación de la guerra. Y la paz exige el imperio de la ley, el respeto por el prójimo, el reconocimiento de la superioridad del bien sobre el mal, y el sometimiento del necio a las directrices emanadas del sabio.

Escrito está en el libro de los Proverbios: «El que es necio servirá al sabio.» Tales son las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y a las costumbres pacíficas. Y será siempre justo y conforme al derecho natural que tales gentes se sometan al imperio de príncipes y naciones más cultas y humanas, para que merced a sus virtudes y a la prudencia de sus leyes, depongan la barbarie y se reduzcan a vida más humana y al culto de la virtud. Y si rechazan tal imperio se les puede imponer por medio de las armas, y tal guerra será justa según el derecho natural lo declara. (Sepúlveda)

  La acción de España, como en su momento fue la de Roma era, así, el establecimiento de la civilización y del derecho, y como consecuencia, estaba legitimada a llevar la guerra a las gentes que no cumpliesen con el derecho natural, con respeto a la virtud, porque, además, el no llevar a cabo esa actitud belicosa significa, como está quedando manifiesto a través de los tiempos, que quienes si llevarán esa actitud belicosa serán los injustos; ellos serán quienes impondrán sus principios; ellos quienes impondrán la prevalencia del necio sobre el sabio; la barbarie sobre la civilización, el vicio sobre la virtud.

  Las Casas trata a los indios como seres perfectos y a los españoles como depredadores sin escrúpulo de ningún tipo:

  Aparte las barbaridades imposibles que señala Las Casas (tres cuentos… tres millones de personas en La Española, cuando en la “brevísima” dice doce cuentos…y quince… y veinticuatro), los presenta como seres inocentes, “ovejas mansas”, obviando que esas ovejas mansas no eran vegetarianas, sino carnívoras que no dudaban en cocinar a otros humanos, para comérselos.

  Ni Sepúlveda ni nadie que circunstancialmente esté de acuerdo con él, aprobará que esas “ovejas mansas carnívoras” deban ser eliminadas. Y la legislación en la España imperial entendía que ni tan siquiera fuesen objeto de esclavitud, sino de culturización en los principios humanos, cristianos, de los que era portador el espíritu de conquista.

  Así, según Sepúlveda, el fin de la guerra justa es el llegar a vivir en paz y tranquilidad, en justicia y práctica de la virtud, quitando a los hombres malos la facultad de dañar y de ofender.

  Y con todos los excesos, con todos los errores y vicios de que pueda llegar a ser capaz un ser humano, los conquistadores españoles pusieron límites a esos otros errores, excesos y vicios que conllevaban daños y ofensas en los aspectos más elementales del ser humano, y que lo liberaban de ser parte del menú de un tercero.

  Sí, ¡qué duda cabe!, hubo errores y vicios en la Conquista. También nuestra madre, Roma, tuvo errores y vicios. Ahí tenemos Numancia, donde Yugurta cometió las peores felonías que puedan hacerse a un pueblo; ahí tenemos lo actuado con Viriato… y ejemplos podemos sacar para aturdir… Sin embargo, Roma, nuestra madre Roma, no se reduce a la actuación injusta de alguno de sus subordinados. La acción de Roma, como la acción de España, es tan inmensa que esos hechos tan terribles quedan, en la Historia, como anécdotas crueles llevadas a cabo por elementos supuestamente sujetos a Roma o a España, pero que en la práctica actuaron desoyendo las instrucciones que recibían.

     Ni Roma ni España pueden ser acusadas de llevar a cabo metódicos exterminios como los llevados a cabo en Norteamérica, en Australia, en Nueva Zelanda… por poner tres ejemplos sangrantes de quienes más han alimentado la Leyenda Negra contra España.

  Y afirmaciones como las lanzadas por Bartolomé de las Casas son, a todas luces, producto de lo que podemos calificar como novela de terror, que no identifica ni autores ni lugares, lo que resulta muy curioso, dada la importancia de las alegaciones que hacía.

  Vide… ¿dónde?… y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros… ¿no lo tenía claro?… Lo que sí fue metódico por parte de Roma y de España fue la inclusión de esos pueblos en sus estructuras jurídicas y sociales, y así como hubo emperadores naturales de Hispania, hubo Virreyes naturales de América… Con todo lo que ello conlleva.

  En ese orden vienen las apreciaciones de Sepúlveda, quién asegura que;

  ¿Se cumplía este aspecto en la Conquista llevada a cabo por España?… Como en toda gran obra, como antes pasó con Roma, de todo cabe en el conjunto de acciones, pero el Imperio, el romano y luego el español, dieron evidentes pasos en la consecución de ese objetivo; ahí están las leyes y los visitadores, que eran las armas de las que se disponía… Y finalmente, ahí está, hoy, la composición social existente en todo el mundo hispánico. Compárese, sin ir más lejos, con la composición social del mundo anglosajón.

En esa comparación observaremos algo más importante que la existencia de comunidades enteras indígenas… Observaremos que el mestizaje es la principal consecuencia de esas leyes. Y es que, si es muy cierto que se hizo la guerra a los naturales, también es muy cierto que eso no sucedió con todos ni en todas partes, hasta el extremo que la fuerza militar española, los Tercios, se encontraban luchando en Europa, y no en América.

El ejército, en América, siempre tuvo un carácter cercano a lo testimonial, y estaba dedicado a la defensa de las fronteras… y compuesto mayoritariamente por criollos y por indígenas. Hasta el extremo que las únicas fuerzas que en puridad pueden llamarse regulares estaban asentadas en la costa, en previsión de acometidas piráticas de los estados europeos… Y en la costa atlántica, porque en la costa del Pacífico, que se consideraba inaccesible, la fuerza naval era inexistente, lo que posibilitó el asalto del pirata Drake el año 1577, que al no encontrar armada que se le opusiera, sembró el terror por toda la costa del Pacífico.

Virreinato del Perú

Sería en 1580 cuando, como reacción a esta incursión, se creó  la armada del Mar Océano, para proteger el Virreinato del Perú.

Y es que, las unidades del ejército, en América, estaban reducidas a la mínima expresión. Por supuesto hubo ejército… y por supuesto estaba casi relegado a algo testimonial.

Pero por supuesto también combatió. No todos los indios adoptaron una actitud pacífica… Y no sólo en el caso de Perú y de México… Pensemos, por ejemplo, en Diego de Ercilla y en su “Araucana”. Pero utilizando esta obra, de muy recomendable lectura, observamos que el ejército no era lo que podemos decir algo ejemplar en cuanto a organización… Y en que el problema militar, España lo tenía en Europa, no en América.

Y algo significativo en lo relativo a La Araucana… Una vez vencidos los araucanos, una vez construido el fuerte Santiago, dentro del fuerte durmieron araucanos. ¿Prisioneros?, ¡libres!

 En fiel cumplimiento de los principios que señalaba Sepúlveda.

Y es que, por lo general, y conforme instruían las leyes, las guerras sólo podían iniciarse por causa justa, entendiendo por tal desde el hecho de repeler agresiones hasta el hecho de evitar actuaciones contra natura.

Contra este principio se manifestaba abiertamente Bartolomé de Las Casas, quién afirmaba que;

Francisco de Vitoria

Por su parte, Francisco de Vitoria afirma que incluso en la primitiva sociedad indígena se aprecia un orden político y social que evidencia la condición “humana” del indio y de lo que se deriva su derecho a organizarse como tenga por conveniente, con independencia de su condición no cristiana… Continúa refiriéndose a otro derecho cuya obstaculización también era una causa de guerra justa. Los indios podían rechazar voluntariamente la conversión, pero no impedir el derecho de los españoles a predicar, en cuyo caso la situación sería análoga a la del primer título.

Sin embargo, en la actualidad parece que sean esos principios proclamados por Bartolomé de las Casas los que se han impuesto en nuestra sociedad, donde las cuestiones que siempre han sido vicios (recordemos el vicio nefando), han pasado a ser virtudes, y las virtudes son menospreciadas, cuando no ridiculizadas y perseguidas jurídicamente.

El doctor Sepúlveda, defensor de la guerra justa, no admitía con ello la absoluta libertad de acción de quien lucha por la implantación del bien. La guerra justa debe ser precisamente eso, justa, en defensa de principios que garanticen una convivencia más humana; por tanto, las actuaciones llevadas durante la misma también deben atenerse al sentimiento de justicia.

Porque la guerra, señala el mismo Sepúlveda, nunca debe buscarse para satisfacer los intereses de quién la plantea, sino que la misma debe servir para cortar las injusticias y las leyes contra natura que oprimen a los pueblos.

Con estos juicios, Sepúlveda toma como propios los principios que ya en su tiempo movieron a Roma a implantar su Imperio. Son, así, los principios humanistas, y no los mercantilistas, los que justifican plenamente una acción bélica, porque es justo y necesario que los hombres prudentes, justos, humanos, con clara voluntad de servir a la Ley Natural, implanten, en su sociedad, si, … y en la Humanidad, el imperio de esa misma Ley Natural, y que apoyen en todos los ámbitos la creación de una legislación positiva que se ajuste al máximo a aquella, respetando las justas variantes que puedan producirse por las costumbres ancestrales que no contravengan esa Ley Natural.

Cesáreo Jarabo

57 Visitas totales
48 Visitantes únicos
Si te gusta, compártelo:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *