LA EMANCIPACIÓN FEMENINA A TRAVÉS DE LA LITERATURA

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Hoy quería hablaros de la escritura femenina como espacio de emancipación. Si bien el acceso histórico de la mujer a la literatura fue primero como lectora, antes que como escritora, éste no estuvo exento de dificultades. La alfabetización de las mujeres se mantuvo mucho tiempo en un segundo plano, lo cual condujo a un retroceso en la educación de las niñas y el acceso tardío al estudio, con respecto al hombre.

El papel de la mujer ha estado, a lo largo de la historia, supeditado a las tareas del hogar, la dedicación a sus maridos y a la crianza de los hijos. Vivían en un plano de desigualdad social, lo que se esperaba del “ángel del hogar” era discreción, inocencia e ingenuidad, hasta que la mujer decidió utilizar la pluma. Es entonces cuando aprovecha esos espacios intimistas donde vive, ese hogar, para escribir, ejercer su voz y para mostrar sus opiniones. En esos espacios domésticos, que no sociales, la mujer daría rienda suelta a su imaginación a través de la escritura de cartas, poesías, o bien de pequeños relatos, diarios o memorias autobiográficas. Sería una escritura de corte intimista.

El acto de escribir es respuesta al hábito de la lectura y tiene su punto de inflexión en el siglo XIX. También más adelante la mujer se expresa de modo oral a través de las tertulias que tenían lugar en los salones de la aristocracia europea. Su voz ya tiene un destinatario social, que trasciende a la propia familia. Con la escritura propia las mujeres también ponen en entredicho la supuesta instrucción moral que emplean los periódicos de la época, marcando el rol asignado de la mujer en la sociedad, con sus manuales de urbanidad para señoritas, etc. Virginia Woolf será de las primeras escritoras en combatir el concepto de ángel del hogar y deconstruirlo: “Matarle es una parte esencial del trabajo de cualquier escritora”.

Las mujeres, tanto en España como en Hispanoamérica lograron a medida que avanzaba la modernidad y el desarrollo de la imprenta un hito: demostrar el talento femenino, plasmarlo a través de la escritura y ejercer influencia en los círculos literarios de su tiempo y en otros escritores después, pues hasta entonces y durante muchos siglos en el orden intelectual apenas se contaba con ellas.

Casos singulares véase por ejemplo serían el de Santa Teresa de Jesús, a quien Pedro Ibáñez animó a escribir su autobiografía, en donde narraba su infancia, entrada en el convento, etc. ; Sor Juana Inés de la Cruz, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español, una monja que en contra de los cánones de la época empezó a leer y escribir a edad muy temprana … Emilia Pardo Bazán, condesa de Pardo Bazán, nacida en 1851 y precursora de ideas acerca de los derechos de las mujeres y del feminismo que reivindicó ya la instrucción de las mujeres como algo fundamental; Ana María Matute…una de las voces personales de la literatura española del siglo XX. En sus primeras obras hay referencias autobiográficas explícitas relativas a su propia “infancia robada” por el trauma de la guerra civil.

La palabra pasa del ámbito de lo privado y lo doméstico al ámbito de lo público y lo compartido, pero este cambio en el proceso creativo no estará exento en el camino de dificultades, llegando muchas escritoras incluso hasta ocultar su propio género y tener que emplear seudónimos. Es el caso de George Sand, seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin , una de las escritoras más notables de Romanticismo o de Ceciclia Bohl de Fabes, conocida por el seudónimo de Fernán Caballero, que trataba de adaptarse a la nueva realidad de la mujer doméstica tras las revoluciones liberales de Europa.

Lo que nadie duda en nuestro siglo es que el acceso de la mujer a la literatura está vinculado a su emancipación social, su curiosidad y a su especial sensibilidad y mundo interior. Sólo ella era capaz de plasmar nuevas realidades sociales, desconocidas hasta entonces por los lectores, acostumbrados a literatura escrita por hombres.  “Una mujer debe tener un amplio conocimiento de música, canto, dibujo, danza y lenguas modernas para merecerse la palabra talentosa y aparte de todo esto debe haber algo en su aire y en su manera de andar, en el tono de su voz, en su forma de relacionarse con la gente y en su expresión, de no ser así no merecerá completamente la palabra, Jane Austen”.

Desde finales del XVIII, el siglo XIX hasta principios del siglo XX se desarrolla un pensamiento feminista, propiamente dicho, que cuestiona el rol que la sociedad les trata de imponer, a través de esas publicaciones destinadas a un público femenino, y que desafiaba los convencionalismos de época. Hasta que no llega el derecho a voto y el sufragio universal en el pensamiento tradicional no tenían cabida la opinión de la mujer ni el derecho a proferir palabras en público e incluso podía ser encarcelada por hacer uso de la libertad de expresión. Las mujeres se asocian durante el siglo XIX y se agrupan para defender sus derechos al igual que se crean las sociedades abolicionistas en defensa de los derechos de los esclavos, por el papel subordinado y sumiso que a ambos les tenía reservada la sociedad.

Mujeres como Mercedes Santa Cruz y Montalvo, más conocida como la condesa de Merlin -― la que he dedicado muchos años de investigación y es personaje central de mi novela La Perla de las Antillas ― y  Cecilia Bohl de Faber, bajo el seudónimo de Fernán Caballero, eran mujeres de su tiempo con una elevada talla intelectual, que lograron con mucho esfuerzo liberarse de esa opresión con la que vivían entonces y apostar por la escritura. Si lograron destacar en un la literatura, un espacio reservado a los hombres fue entre otras cosas por el entorno privilegiado en que nacieron, pues muchas otras llevaban encima la doble represión de origen humilde de clase y género. Ambas sostuvieron tertulias con representantes de la alta sociedad, costumbre heredada de sus padres, en busca de fama, notoriedad y reputación y lo que era más importante unos salones que aseguraban el papel cohesionador de sus anfitrionas, de cara a la búsqueda de emancipación, reconocimiento, igualdad y libertad. Eran espacios de debate donde podían mostrar sin tapujos y gracias a su status social sus convicciones morales y políticas.

Para estas mujeres avanzadas para su época, el mero hecho de escribir y plasmar sus opiniones y creencias era una osadía, un atrevimiento que los escritores de siempre aprovechaban para criticar, para mirarlos con lupa y refutar sus afirmaciones. “La pluma es, en palabras de Anna Caballé, su espada, un espacio mental en el que podían luchar y reivindicar su autonomía. “

El siglo XIX representa un hito en cuanto las mujeres ya entonces escriben no solo para ellas mismas o sus allegados, sino para publicar y obtener ingresos. Ellas aprovechan los medios impresos a su alcance, no solo para leer las publicaciones destinadas a un público femenino, sino para firmar ellas los artículos y abrir nuevos espacios de libertad.

Durante el Romanticismo prevalecía la exaltación del yo, la búsqueda de la propia identidad. En la identidad de la mujer había necesidad de cambio, un cambio que modificaba su naturaleza y su libertad. Los personajes femeninos entraban a describir y adentrarse en ámbitos inexplorados hasta entonces por los hombres. Había que vencer la moral impuesta hasta entonces y los personajes literarios estereotipados, que pretendían con sus actitudes imponer un modus vivendi, una censura y una moralidad propia. Si la escritora lo hacía mal para ella eran la sátira y la censura por su osadía de salirse con la misión para ella encomendada de “Ángel de hogar”.

Escribir se convierte en un acto de rebeldía, una reivindicación personal a ese papel discreto y reservado que les depara la sociedad tradicional. La escritura no está exenta de autocensura, que se suma a la censura que les imponen los demás. Las obras de Fernán Caballero despertaron una gran polémica por sus posturas ideológicas moralizantes, reflejo de la sociedad del momento. Cuando publicó sus novelas Bohl de Faber su éxito quedó relegado por la llegada de autores realistas que tenían un reconocimiento mayor por su supuesta superioridad intelectual. De ahí que empleara el seudónimo en un intento de equipararse a ellos.

Desde entonces ya no escriben hombres sobre mujeres abstractas, sino mujeres sobre otras mujeres reales, de carne y hueso, que sienten, que quieren y que discurren. El protagonismo literario de las féminas es compartido con los hombres. Pongamos de ejemplo la mujer que nace en el entorno de la aristocracia habanera, un entorno matriarcal.  Si no estaba finalmente destinada al matrimonio su vida estaría destinada a vivir la clausura del convento de Santa Clara, lugar donde mi personaje, Mercedes Santa Cruz y Montalvo, pasó un año y medio de niña, una vida oculta entre rejas y huertos que al lograr escapar de allí alimentó sus ansias de escritura y de compartir las vivencias propias y las de una de las monjas del lugar, Sor Inés, cuya historia plasmaría años después. La joven monja estaba dotada de los mismos afectos y sentimientos que las mujeres que podían pasearse en sus volantas por las calles empedradas de La Habana y sus pensamientos tenían que ver la luz bajo rejas, hasta que Mercedes ahonda en sus vivencias.

A mediados del siglo XIX las mujeres ya escriben por oficio a un público cada vez más amplio, reciben ingresos por ello y empiezan a escribir obras de temática social, que tienen un destino social y que sirven de denuncia. Es el caso de la condesa de Merlin con la crítica que hará de la esclavitud y con sus súplicas dirigidas a la nación para que sus gobernantes acometan reformas en la isla de Cuba en beneficio de sus habitantes, ya sean negros, blancos criollos o peninsulares, como se les denominaba entonces. Críticas a la esclavitud, a las dictaduras, a las cárceles, a la vida contemplativa contra la voluntad, a la dura vida de los obreros serán recurrentes en sus obras.

También Gertrudis Gómez de Avellaneda con su novela de corte abolicionista «Sab», publicada en 1841, escaló al elenco de los dioses y fue premiada en varias ocasiones por sus obras de corte poético, aunque el acceso a la RAE, a ocupar el sillón vacío de su amigo Nicasio Gallego, le sería denegado, solo por el mero hecho de ser mujer. El verdadero elogio era masculinizar su ingenio. Había quienes pensaban que la escritora criolla, por poner un ejemplo, por el mero hecho de dedicarse a escribir, poseía ambos sexos dentro del cuerpo de la mujer, lo que se conoce hoy como un proceso de masculinización de las escritoras: “Los pensamientos varoniles de los versos que rebeló su ingenio revelaban algo viril” dirían en referencia a La Avellaneda. Un cuerpo de mujer con un alma de hombre para adentrarse en la literatura. La tónica del momento era: “Las mujeres que escriben, sienten y han de refrenar sus pasiones” “Las mujeres que leen son peligrosas”.

Gertrudis es un ejemplo de mujer escritora que busca ampliar sus horizontes y que ya no escribe versos acerca de su encerrado vivir. También propician la aparición de una enseñanza laica, alejada de moralismos y que se reivindique la consideración intelectual de la mujer. Muchas unieron su escritura a la queja por el estado en que vivían: Un ejemplo es «A la tórtola», poema de Sáenz de Tejada que ejemplifica una voz prisionera.

Si en la mujer los amores

Son elevados, sublimes,

Sociedad, ¿por qué la oprimes

Con bárbara iniquidad?

En el siglo XIX en América había un claro distanciamiento con respecto a los avances en Europa, los periódicos tardaban casi un mes en llegar de Madrid a La Habana a mediados de siglo, así como las cartas y las réplicas a aquellas cartas. Aquello hizo que los procesos sociopolíticos en España y en la isla de Cuba no avanzasen a la par y que la mujer criolla tuviera un papel más anclado en la tradición y en el pasado. Caso de la Avellaneda y la Merlin: viajan a Europa en donde amplían sus miras y horizontes intelectuales y se impregnan de modernidad. Las mujeres describen los problemas que encuentran para llevar a cabo su vocación: falta de preparación, doble moral con que son juzgadas, falta de libertad …, escasa formación.

Ellas emplean sus voces íntimas, más acordes con los rasgos de su sexo, y suelen ser voces líricas, es el caso de la Avellaneda, Carolina Coronado y Rosalía de Castro. También Carolina Coronado viajó desde Almendralejo a Madrid, en donde se hizo famosa por sus tertulias literarias, punto de encuentro para escritores progresistas, lo cual hizo que sufriera la censura de la época. También participó en la campaña contra la esclavitud en Cuba, lo cual demuestra el pensamiento moderno y avanzado de las mujeres, porque además en esa opresión de la sociedad ellas mismas se veían ellas reflejadas en otro tipo de subordinación. En la novela de «Sab» el personaje negro tiene los mismos derechos y ansias que los blancos y ello marcaba una nueva tendencia social.

Para finales del siglo XIX no sorprenden ya las escritoras, escribir no resta femineidad a la mujer, sino que acentúa el particular e intrínseco genio femenino y por primera vez se reconoce sin tapujos en ellas la misma capacidad intelectual en hombres y mujeres.

La condesa de Merlin sufrió el desaire de muchos compatriotas habaneros, como Félix Tanco, primero por escribir sobre su patria, tantos años alejada de ella, pues el resto de su vida la pasó en Europa, y segundo por los recelos que ocasionaba que fuera una mujer la que diera repercusión a su propio pensamiento, fruto de su posición y enclave donde vivía, hasta el punto de que la acusaron de plagiar los escritos de personajes como Ramón de Palma. A Emilia Pardo Bazán la tacharon de atea, pornográfica, naturalista y feminista, prueba de que la mujer seguía siendo una “reclusa moral”, a la que no se le permitía expresar nada en contra de los convencionalismos, sujeta al supuesto encierro de su vida cotidiana.

Mercedes Santa Cruz y Montalvo reconstruyó su vida desde su infancia en Cuba (Mis doce primeros años, 1831, escritos en francés y traducidos al castellano), de la que dirá: “No es una novela lo que va a leerse, es un simple relato de mi niñez, muy lejos de mi la pretensión de ser autora”. Después vendrán los recuerdos de su juventud y entrada a la madurez en España (Memorias y Recuerdos de una criolla, 1836), en donde es clave la figura del matriarcado “Los niños besan las manos de sus madres y la gente se vuelve a sentar y continúa su tertulia” y de otras mujeres y en donde se incluyen ya episodios de la guerra de la independencia, intrahistoria de España. También dio voz después a una monja clarisa de clausura a través de su propio manuscrito (Historia de Sor Inés, 1836) que conoció de niña en el convento y remató su obra de denuncia social con una compilación de cartas dirigidas a personalidades influentes (Habana) que fue reducida a una cantidad menor para pasar la censura en España y no incomodar a sus gobernantes (Viaje a La Habana, 1844): “Me acuerdo del horror que desde niña me inspiraba la esclavitud”; “No es natural la distancia que separa al amo del esclavo”; “Un día me despertaron los gritos de un negro a quien sé castigaba”.

Recordemos aquí las palabras que se le adjudican en su día a la reina María Luisa de Parma: “Soy mujer y detesto a las mujeres que se creen superiores en talento e inteligencia que los hombres, esto es la condesa de Jaruco”, a pesar del enorme prestigio que tenía el conde de Jaruco, padre de Mercedes, como funcionario peninsular en la corte de Madrid por sus expediciones no exentas de riesgos a Guantánamo y a la isla de Pinos y sus negocios de harina.  La condesa de Merlín al llegar a Madrid fue cuando se acercó al medio cultural en que se desenvolvía su madre debido a su posición en la corte, en concreto se empapó de lecturas y participó de espectadora de las tertulias celebradas en su casa, en casa de la duquesa de Benavente, etc. Allí la literatura compartía espacio con la música y la política y con personajes como Moratín, Goya, Azanza… Ella luego en París reproduciría esas tertulias en sus propios salones de rue de Bondy.

La escritura pasa de ser de tipo intimista a ir dirigida a un público cada vez más amplio y con una mayor difusión de sus escritos, aunque Mercedes siempre echó de menos el matriarcado y reivindicó la figura de la mujer habanera “el carácter sencillo de las criollas, todo es natural en ellas, se las ve envejecer sin apercibirse de ello”. Para ello tenía que seleccionar bien en sus obras los eventos y experiencias que pudieran interesar al lector. Los diarios representaban un lenguaje de poder ante una sociedad que les reprimía. La autobiografía era un privilegio de clase, hacer al público partícipe de su experiencia privada. De ahí pasaron a hacer denuncia social como hablar de la imagen del esclavo que denota deslealtad, vicios e hipocresía, fruto del estado de subordinación y sometimiento en él que vive… También Mercedes quiso enaltecer la figura de su amiga María Malibrán, lo cual demuestra como su obra gravitaba en torno a las mujeres por su falta de reconocimiento social a pesar de sus talentos y virtudes.

Tanto La Avellaneda como la condesa de Merlin se pueden considerar las dos primeras escritoras cubanas, pues escribieron desde el autoexilio, que no era un exilio forzoso, sino el discurso de las mujeres de clases acomodadas que podían leer, aprender, escribir, compartir su conocimiento, acceder a medios de impresión y hacer partícipes a los miembros de su condición de su discurso personal.  Si bien la Avellaneda se decantó por la novela mientras los primeros escritos de Mercedes, que datan de 1813 son más intimistas podían poner en duda la categoría de su obra literaria: “Mi país, mi infancia vinieron naturalmente a presentarse a mi pensamiento”. Su última obra publicada por la viuda de su biógrafo, Emilio Bacardi, sería su correspondencia privada con Víctor Philarete Chasles, su amante y editor, que trabajaba en la Revue Deux Mondes: “Ya me pagarás más tarde o terminando de arreglar mi manuscrito enseguida, porque tengo esperanza de poder ayudarte con el producto de la venta”. Aunque ella nunca supo de su publicación, lógicamente, en ella muestra su enorme sensibilidad: “Mi sensibilidad tomó un grado de exaltación que he conservado siempre”. “Necesito saber que es de esa desgraciada obra que vos llamasteis vuestra, la enviaría al diablo, pero estoy asediada por mis compatriotas y por él premio de oportunidad que se me escapa”.

Creo que esta última frase dice mucho de las dificultades y trabas que tuvieron que sortear aquellas escritoras, de la conciencia de su propio yo y de la necesidad de liberar ese yo femenino, singular y único que todas las escritoras llevan dentro, pues el genio femenino no tiene límites. Fue el papa Juan Pablo II el que habló del genio femenino como la condición para una profunda transformación de la civilización por los dones específicamente femeninos como la comprensión, objetividad de juicio, compasión que se manifiestan en todos los pueblos y épocas.

Inés Ceballos

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