Las Guerras Carlistas

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Uno de los episodios más trascendentales para estudiar la lucha ideológica en la España del siglo XIX fueron las llamadas Guerras Carlistas. Un acontecimiento donde se enfrentaron dos maneras de concebir el orden político, económico, social y cultural del país.Un enfrentamiento del que salió victorioso el modelo liberal que actualmente reside en nuestra sociedad, sucumbiendo por contra la visión tradicional que dominó  durante siglos a través de su ordenación en el sistema del Antiguo Régimen.

Las Guerras Carlistas supusieron un conjunto de tres enfrentamientos bélicos desglosados en los siguientes capítulos: la Primera Guerra Carlista(1833-1939), la Segunda Guerra Carlista(1846-1849) y la Tercera Guerra Carlista(1872-1876). En ella combatieron dos bandos totalmente contrapuestos ideológicamente. Por un lado,los llamados liberales, seguidores de Isabel  como heredera legítima del trono español tras la muerte de su padre, Fernando VII. Por otro lado, los carlistas o tradicionalistas, defensores de la figura de Carlos María Isidro, hermano del monarca fallecido, como legítimo heredero.

La manzana de la discordia consistía en la sucesión de Isabel como consecuencia de la pragmática sanción de 1789 que legitimaba, de acuerdo al sistema tradicional de sucesión español , el acceso de las mujeres al  trono. El conflicto residía a su vez,en que dicha sanción nunca llegó a publicarse, lo que estuvo exenta de toda validez jurídica. Razón por la cual se aprobó, todavía con Fernando VII en vida, la Pragmática Sanción de 1830 para dejar totalmente asegurado el camino de Isabel como reina de España.

De todas las guerras, la más trascendental fue la primera , momento cuando realmente aconteció un cruento enfrentamiento entre ambas fuerzas. El resto de guerras simplemente fueron intentos sin prácticamente ninguna posibilidad de victoria para los carlistas. La victoria del bando isabelino catapultó la materialización de la revolución liberal en nuestro país.

Pero no es objeto de este artículo conocer todos los entresijos y detalles de esta serie de enfrentamientos bélicos, sino entender y ahondar en  las causas y consecuencias de carácter ideológico que provocaron  las Guerras Carlistas en España.

Resultaría ilusorio pensar que los españoles se  enfrentaron entre sí simplemente por apoyar a uno u otro candidato al trono, por tanto no hablamos de una guerra dinástica en términos puros.  Las razones que provocaron la guerra eran más antiguas, ya que arrastraba viejos problemas del pasado, más  profundos que una mera disputa dinástica y tienen bastante que ver con formas opuestas de entender la realidad política, social y económica del país. Se establecía por tanto, una divergencia entre la dialéctica revolución-contrarrevolución que veremos a continuación.

En el realismo se pusieron todas las esperanzas contrarrevolucionarias. es decir todos los que apoyaban una concepción y orden tradicional de vida. Pero resulta curioso cómo Fernando VII, a pesar de su vuelta al absolutismo tras la Guerra de Independencia Española, no supo recoger las aspiraciones contrarrevolucionarias en torno a la instauración del Antiguo Régimen y se vio, durante la llamada Década Ominosa (1823-1833), inmerso en una serie de juegos de alianzas con el ala moderada que tampoco terminaron de fructificar de forma eficiente. Los realistas se unieron   en torno a la figura del infante Don Carlos , que vieron la oportunidad de representar a todos los que se oponían al cambio liberal en España.

Para entender mejor el fenómeno de las Guerras Carlistas es conveniente realizar una serie de preguntas al respecto: ¿Donde se produjo principalmente el foco de levantamiento carlista? Cataluña, País Vasco y Navarra fueron las regiones españolas con más adhesión a la causa carlista. Eran tierras protegidas desde antaño por los fueros, costumbres y leyes locales  que no habían podido resistir el desmantelamiento del régimen de propiedad del Antiguo Régimen con la eliminación del sistema de mayorazgo o el proceso de desamortización de bienes civiles y eclesiásticos.

¿Quién fue la masa social que apoyó el movimiento carlista? Socialmente, hablamos de una revolución campesina perjudicada por los cambios en las estructuras económicas de la revolución liberal-burguesa.  Por otra parte, el bajo clero apegado a las tradiciones también apoyó a los carlistas además de la pequeña nobleza de origen feudal.

El modelo feudal del Antiguo Régimen entraba en contradicción con la revolución liberal de corte capitalista que los burgueses pretendían instaurar. Pero no nos llevemos a engaño,las élites dominantes  del Antiguo Régimen como la nobleza o la alta jerarquía eclesiástica no  perdieron totalmente su poder en este proceso de cambio en las estructuras políticas y económicas, sino que éste quedó prácticamente intacto.

En este sentido se produce un trasvase en los cargos políticos con una complicidad entre la vieja nobleza y los nuevos burgueses mientras que en el orden económico, la masa de campesinos y el incipiente proletariado urbano quedó fuera de los círculos de compra-venta de propiedades que se dieron en este momento, al no poder competir con la capacidad adquisitiva de nobles y burgueses.

El carlismo supuso la última réplica de la añoranza por una sociedad tradicional que poco a poco se disipaba en el océano del mundo moderno. El siglo XIX suponía el proceso de establecimiento de la sociedad liberal que provocó una serie de cambios que citamos más al detalle a continuación:

Cambio en las estructuras políticas.

 La sociedad tradicional defendía la forma de organización política del Antiguo Régimen que se sustentaba en la monarquía absoluta de orígen divino con un código de leyes para cada territorio de la corona. Mediante la revolución liberal se establecen monarquías parlamentarias  como forma de gobierno y textos constitucionales como base de la normativa de la nación.

La soberanía, es decir la autoridad mayor y última para la toma de decisiones, se traspasa del rey a la nación .  La monarquía hispánica, entendida como federación de reinos, se transforma en el estado-nación centralizado , dividiendo el territorio peninsular en diputaciones provinciales, organización propia de la administración de corte liberal.

Cambio en las estructuras sociales.

Hay que entender que todo el motor de cambio social se pretende por medio de la revolución liberal que coincide en fecha con el desarrollo de la Primera Guerra Carlista(1833-1839)

La sociedad tradicional prerrevolucionaria,  se basaba en una división  estamental en cuya cúspide se sitúa un monarca absoluto y un conjunto de nobles que junto a la alta jerarquía eclesiástica representaban las clases privilegiadas. Tras ello, existía la gran masa de población que oscilaba entre ricos burgueses dedicados al comercio hasta  humildes campesinos sujetos económica y jurídicamente a la tierra. El cambio de régimen crea el concepto de ciudadano, individuos jurídicamente libres no sujetos a un estamento social, sino que a través de la economía capitalista se flexibiliza, al menos en el plano teórico, el ascenso social.

Cambio en las estructuras económicas.

 El siglo XIX es el siglo del cambio en la producción económica basada en la agricultura y ganadería con predominio del hábitat rural para transformarse en un sociedad predominantemente industrial, iniciándose un éxodo masivo a las ciudades por parte de los campesinos que no podían competir dentro de los nuevos circuitos de mercado capitalista y que iniciaron un camino hacia la  proletarización de este sector.

A pesar de ser un país católico, y no responder al esquema de  desarrollo de los países de la reforma protestante, las condiciones sociales se adaptaron a la organización capitalista de la sociedad y la asimilación de la ética del trabajo protestante y por contra la eliminación de la estructura socioeconómica del Antiguo Régimen. Se produce cambio jurídico en la propiedad con la eliminación de mayorazgos y señoríos a favor de la propiedad individual.

Cambio en la religión.

La causa liberal fue interpretada por los defensores del Antiguo Régimen como un ataque a la sociedad tradicional y cristiana. Medidas legislativas intentaron limitar el poder institucional de la iglesia mediante una serie de desamortizaciones que iban encaminadas a la separación de la iglesia-estado y la limitación  del poder económico de dicha institución. Pero uno de los fenómenos más interesantes de este periodo es observar el tránsito de una sociedad religiosa hacia otra donde se  produce la sacralización  de la nación.

Como indica el sociólogo Durkheim, la integración social existente antes del periodo revolucionario bajo el amparo de las directrices del Antiguo Régimen, ahora se mantiene con una nueva argamasa, los llamados valores laicos, que de una manera similar a la religión, sacraliza todos y cada uno de los aspectos de la sociedad . Ahora ya no se lucha por el rey sino por la nación, no se cumplen necesariamente los preceptos religiosos pero se debe observar los valores constitucionales, no se morirá por la defensa de la religión, sino por la nación, que la modernidad allana el camino para su sacralización, creando su propia simbología: escudo, himno, bandera.

Esto es un proceso gradual porque aún la sociedad española decimonónica era profundamente religiosa(se observa en privilegios concedidos al catolicismo en los diversos textos constitucionales de este siglo) sin embargo, ya se construyeron las bases para lo que después cristalizará en el  fenómeno de secularización.

Cambio en el modelo territorial.

Desde la llegada de la dinastía de los Borbones al trono español a principios del siglo XVIII, se había ido dando un proceso de reforzamiento del modelo territorial  de carácter centralista y homogéneo del estado. Lo cual amenazaba el sistema pactista  y el modelo de confederación de reinos propio de los Austrias.Los fueros, es decir  el conjunto de leyes propias de cada territorio, quedó desmantelado a través de los llamados Decretos de Nueva Planta, que instauraba el sistema centralizado territorial y legislativo importado del modelo francés de los borbones y que poco se adaptaba a la realidad territorial de la corona española.

En esta misma línea, uno de los aspectos más relevantes es tener conciencia de que, tras el fin de las Guerras Carlistas, nació no de forma casual, el movimiento nacionalista en las regiones de Cataluña y País Vasco. De hecho, convendría reflexionar cómo el sentimiento tradicionalista se canalizó a través del veneno del nacionalismo periférico, que en esos años, empezaba su andadura recogiendo el descontento y el sentimiento de abandono en estas regiones.

Y es que no hay nada más diferente del tradicionalismo que el nacionalismo. Sin embargo, el nacionalismo fue uno de los movimientos sociales, que al amparo del romanticismo, ahondó de forma más profunda en la sociedad y los habitantes de estas regiones que buscaban  recuperar  las antiguas formas de vida bajo esta nueva ideología. El tradicionalismo era integrador de las distintas regiones de España, a diferencia del nacionalismo, que desde finales del siglo XIX inició un camino de desintegración y ruptura de España.

Más de medio siglo después del último conflicto carlista, se sucedió la Guerra Civil española(1936-1939), que algunos han querido ver como la cuarta guerra civil de nuestra historia contemporánea, cuando por última vez se enfrentaron las dos concepciones de concebir la vida,: una la  España tradicional , la otra la España liberal, pero ambas todavía arrancando sentimientos encontrados entre los españoles.

Alejandro Montes Ferrer

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