LA INFANCIA DE ISABEL LA CATÓLICA ( y II )

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Boda secreta de los Reyes en Valladolid

La adolescencia de Isabel la Católica transcurrió en la corte de su hermano Enrique IV entre 1462 y 1467. Para dar un poco de contexto, recordemos que un sombrío clima de desconfianza se extendía a lo largo de todo el reino y la corte no era una excepción. Enrique IV no era capaz de imponer su autoridad y la injusticia se extendió a lo largo de Castilla, puesto que, en general, la alta nobleza no reconocía ni respetaba a los privados del monarca, que procedían en su mayoría de estratos de la nobleza media. Citando a William S. Maltby, “La superveniencia durante el reinado de Enrique IV dependía de expandir las rentas y el número de hombres a igual ritmo que el más rapaz de los compañeros”.

Enrique IV de Castilla

Fruto de este clima de desconfianza, los infantes Alfonso e Isabel fueron llevados a la corte, separándolos de manera forzosa de su madre, que quedó en Arévalo. Obviamente se trataba de un movimiento político del rey Enrique IV, para intentar mantener a salvo su línea de sucesión y tener controlados a sus hermanastros hasta que pudiera engendrar un heredero.

Para una infanta de Castilla, lo que debía ser un tranquilo viaje de desarrollo de las virtudes de la dama, la prudencia, la grandeza del ánimo, la continencia, la distinción de los enamorados fingidos de los verdaderos, la delicadeza tierna y la dulzura mujeril en el gesto y una preparación para el matrimonio, momento crucial de su vida, cuyo enlace estaba llamado a ser una pieza de peso en la política del reino no fue precisamente un camino de rosas y un espacio de libertad como era de esperar para una mujercita de su estatus.

Para Isabel no había tiempo para pasatiempos, ni podía dedicarse a la confección de telares, la lectura o la música ni a la espera y cortejo de príncipes e infantes de la nobleza Europea, como podría esperarse de otras jóvenes de su estatus. El contexto despiadado y siniestro le precipitó -casi por obligación- un olfato político y astucia impropias para una jovencita de su edad. Probablemente no le quedaba otro remedio.

Alfonso Carrillo
Juan Pacheco

Dada la animadversión que sentía Isabel por su hermanastro Enrique IV, los infantes se incorporaron pronto a la liga nobiliaria ― la mayoría de ascendencia portuguesa ― firme partido detractor del monarca y uno de los grupos de poder que maniobraba para hacerlo caer.  Destacaban Juan Pachecomarqués de Villena —, su hermano Pedro Girón — maestre de Calatrava — y el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña o el duque de Medina Sidonia,  todos ellos pertenecientes a la alta nobleza.

Este grupo se declaró partidario del infante Alfonso y en rebelión con el grupo de los Mendoza-La Cueva y el primer duque de Alba que gozaban entonces del favor real en Castilla.

Podemos decir que el recelo del monarca para con sus hermanastros era mutuo y prueba de ello es que casi desde el primer momento en que Isabel llega a la corte con 11 años, hay un gran interés en desposar a la infanta, para eliminarla de la línea de sucesión y poder sumar algún aliado que aporte cierta estabilidad al reino.

Alfonso V de Portugal

Conocemos al menos cinco proyectos de enlace ideados por Enrique IV, desde el enlace con el príncipe Carlos de Viana, el ofrecimiento al rey Alfonso V de Portugal, el ofrecimiento al Maestre de Calatrava, D. Pedro Girón, del que incluso se conocen las capitulaciones,  o el último, con el duque de Guyena, príncipe de Francia.

Debemos mencionar que, en una muestra de fortaleza, carácter y sentido político, la futura reina Isabel supo desmontar todos estos proyectos, siempre con ayuda de su núcleo duro, que siempre se mantuvo fiel al juramento que hicieron a Juan II de proteger a la infanta y velar por sus intereses. «La Católica» siempre manifestó que no iba a consentir que le impusieran un esposo y que ella iba a elegirlo, hecho que ciertamente cumplió como veremos.

La fuerte presión que ejercía la liga sobre el poder imperante tuvo sus frutos. Ante las presiones de la aristocracia, Enrique IV tuvo que reconocer como heredero a su medio hermano tras la Sentencia arbitral de Medina del Campo fechada el 16 de enero de 1465, desfavorable a los intereses del Monarca. Como suele pasar en la vida, lejos de contentarse con esto, y probablemente detectando la debilidad de Enrique IV, lejos de aliviar la tensión, la liga siguió tensando la cuerda.

En este contexto, algunos miembros de la alta nobleza decidieron pasar a la acción directa, escenificando la rebeldía contra Enrique IV y tomando partido por los hermanastros del Rey, el Infante Alfonso y la futura Isabel «La Católica».

La farsa de Avila

El desafío se escenificó públicamente el 5 de junio de 1465, fecha en que las murallas de Ávila amanecieron con una extraña visión: Contemplaban frente a su majestuosos muros un cadalso de madera y situado en el centro, un trono real en el que se sentaba un muñeco relleno de paja y lana, vestido a la usanza del Rey Enrique, con corona y cetro. Se dice, además, que la cara del pelele fue creada por un alfarero a imitación de las facciones del Monarca, desacreditando su posición con la mofa.

En la ceremonia estaban presentes los principales de la liga nobiliaria, Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, el marqués de Villena, el conde de Paredes, el conde de Plasencia, el conde de Benavente y otros caballeros de menos estatus, además de un público compuesto por personas del pueblo llano. También presenció la escena el infante Alfonso, que por entonces todavía no llegaba a los once años de edad.

Después de celebrar misa, los integrantes de la liga nobiliaria subieron a la tarima y leyeron una declaración exponiendo las razones para no reconocer el poder del rey Enrique IV.

Galindez de Carvajal

Según el cronista Galíndez de Carvajal, «se procedió a la lectura de los agravios por él hechos en el reino; leyeron muchos más defectos y yerros grandes por él cometidos, que eran la causa de su disposición y la extrema necesidad en que todo el reino estaba para hacer la dicha disposición, la cual hacían con grande pesar y mucho contra su voluntad».

Se expuso aquí que el rey mostraba simpatía por los musulmanes, que era homosexual, que tenía un carácter pacífico y, por último y más importante, que no era el verdadero padre de la princesa Juana, a la que por tanto negaban el derecho a heredar el trono, refiriéndose a Beltrán de las Cuevas, mayordomo real, como el verdadero padre de la princesa. Es por ello que se conoce despectivamente como la Beltraneja.

Diego López de Zúñiga

Tras el discurso, el arzobispo de Toledo le quitó al pelele la corona, símbolo de la dignidad real. El conde de Plasencia le quitó la espada, símbolo de la administración de justicia, el conde de Benavente le quitó el bastón, símbolo del gobierno. Por último, Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia, derribó la estatua gritando “¡A tierra, puto!”. Seguidamente subieron al infante Alfonso al tablado, proclamándolo rey al grito de “¡Castilla, por el rey don Alfonso!” y procedieron a la ceremonia del besamanos.

En ese momento Enrique IV dio marcha atrás en los planes sucesorios y decidió hacer frente a lo que ya era una rebelión abierta. La guerra civil, estaba servida, entre los partidarios de Alfonso XII proclamado rey de facto y los de la Beltraneja.

El trienio de gobierno del rey Alfonso XII, supuso una nueva vuelta de tuerca a la inestabilidad política del reino. Durante tres años se dio la situación en Castilla de la coexistencia de dos Reyes con sus respectivas Cortes y con las ciudades divididas en su afiliación.  La inestabilidad se trasladó a la calle, se mantuvieron los disturbios durante todo el periodo, ya que la mayoría de la población y gran parte de la baja nobleza se mantuvo fiel a Enrique IV. El poder de facto en la corte de Alfonso XII estuvo ejercido por el marqués de Villena, hombre fuerte de Castilla.

Jorge Manrique

Tenemos que tener en cuenta que el rey Alfonso tenía 12 años cuando comenzó a gobernar. Por otro lado, su efímero reinado destacó también por un periodo de gran esplendor cultural, del que se hace eco el gran Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre:

Pues su hermano el Inocente,

que en su vida subcesor

se llamó,

¡qué corte tan excelente

tuvo y quánto gran señor

que le siguió!

De momento, los grandes cambios en la poder no mejoraba la posición de nuestra Católica majestad, ya que seguía jugando un importante papel para el nuevo grupo de poder, al igual que lo era para el anterior.

Sin embargo, El 5 de Julio de 1468, falleció el rey Alfonso XII en Cardeñosa, por envenenamiento, hecho que alteró de nuevo el tablero político castellano. El poder retorno a Enrique IV, pero la disputa por su sucesión se mantuvo entre la Beltraneja y la católica. Isabel no se pudo resistir esta vez a su destino, adquiriendo un papel principal en la historia de Castilla al aglutinar en torno a su figura una poderosa candidatura a la sucesión el trono, que además, ganaba cierta fuerza sobre la rival que representaba la infanta Juana.

Juan II de Aragón

Tras la sepultura del monarca en la Cartuja de Miraflores, la alta nobleza  recolocó su piezas: Pacheco inició un acercamiento a Enrique IV, mientras Alfonso Carrillo y el linaje de los Enríquez — emparentados con Juan II de Aragón — iniciaron un movimiento de aproximación al monarca aragonés tanteando el matrimonio de Isabel con el príncipe heredero Fernando. Fue entonces cuando algunos servidores del arzobispo Carrillo se incorporaron al entorno de la infanta convirtiéndose en los principales agentes del nuevo proyecto matrimonial, especialmente Gómez Manrique — futuro corregidor de Toledo —, y el maestresala Gutierre de Cárdenas sobrino materno de Chacón y casado con Teresa Enríquez, prima de Fernando II de Aragón. Durante este período también se instalaron en la pequeña corte isabelina algunos antiguos servidores de su hermano Alfonso, como el contador Alfonso de Quintanilla, el bachiller Antonio Rodríguez de Lillo, el secretario Fernando Núñez o el cronista Alonso de Palencia.

El proyecto de la unión se le presentó a la Católica, accediendo esta por primera vez al casamiento. Mucho se ha hablado sobre el flechazo entre ambos jóvenes, cosa del todo improbable, ya que el enlace tuvo sentido sólo por razones políticas, como no podía ser de otra manera. El rey Juan II de Aragón ― que, habiendo tenido un reinado convulso ―, quería asegurar mayor poder para su hijo. De producirse, en enlace se abría la puerta para la unión de dos grandes potencias europeas como eran Castilla y Aragón y sellar una paz entre los dos reinos, que contaban con un largo historial de disputas y guerras fratricidas. Para el bando Isabelino, suponía reforzar su candidatura frente a la de su rival Juana.

No es menos cierto que hubo pasión y amor verdadero entre Isabel y Fernando durante su matrimonio, gracias a la conservación de gran parte de la correspondencia que mantenían los monarcas. No es menos cierto tampoco que la reina Isabel cumplió su palabra de elegir por ella misma a su esposo, si bien por mantenerse fiel a su palabra incumplió otros acuerdos, como el de los pactos de Guisando, que dejaba la potestad de elegir matrimonio a Enrique IV para su hermanastra.

Paulo II

Estando las partes de acuerdo, comenzaron los preparativos para el enlace entre los jóvenes. No es fácil celebrar una boda cuando el rey y el papa están en contra de la misma. Había poderosas razones políticas y eclesiásticas para ello. La consanguinidad de los cónyuges  ― ambos eran bisnietos de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón ―, requería una bula papal para autorizar el matrimonio, pero el Papa Paulo II se negó a concedérsela, ya que esto significaba que el Vaticano tomara partido en el conflicto sucesorio por la corona de Castilla sobre una de las partes y prefería mantenerse neutral.

Las razones políticas por las que Enrique IV se oponía son de sobra conocidas. El rey, enterado de la intención de su hermanastra, trató de impedir a toda costa la boda, poniendo en marcha toda la maquinaria diplomática de Castilla para presionar al vaticano impidiendo esta bula, como fortificando toda la frontera con Aragón para impedir físicamente el paso del séquito de Fernando a Castilla o el de Isabel hacia Aragón.

Tumba de Alfonso en Miraflores

Todos los esfuerzos fueron en vano, ya que el 19 de octubre de 1469, el príncipe Fernando de Aragón y la princesa Isabel de Castilla se desposaron en secreto en la ciudad de Valladolid. El novio, disfrazado de mozo de mula, pudo atravesar la frontera de Castilla, engañando así a la guardia castellana. Por su parte Isabel, había rehuido la férrea custodia de Enrique, que la mantenía custodiada en palacio con la excusa de visitar la tumba de su difunto hermano Alfonso.

Con respecto al escollo eclesiástico, la corte de Isabel recurrió a lo que hoy en día llamaríamos soluciones imaginativas: al no contar con la bendición del Papa en vida, optaron por atribuírsela a uno que ya estaba muerto: a tal fin sobornaron a Antonio Jacobo de Véneris, nuncio apostólico, para que falsificara una bula firmada por Pío II, el pontífice que había fallecido cinco años atrás y que, supuestamente, permitía el matrimonio entre primos hasta el tercer grado.

La falsa bula convenció al obispo de Segovia, que permitió el enlace, que sucedió en secreto, sin ninguna pompa y exceso, aunque supuso uno de los momentos más importantes de la historia de España y de la civilización.  Una vez celebrada la unión, el engaño no pudo mantenerse mucho tiempo y esto les supuso la excomunión a ambos príncipes. Al oprobio de haber sido engañado y de que su hermana no hubiera respetado los pactos de Guisando, se unía el escándalo causado por la falsificación de la bula papal y el bochorno de la relación en sí, que a efectos religiosos no solo no era válida ― aunque hubiera sido oficiada ― sino que además era incestuosa. Ello supuso el recrudecimiento y el enfrentamiento directo del partido Isabelino con el de Enrique IV, que no sólo se extendió hasta el final de sus días, sino que una vez fallecido el monarca supuso el comienzo de la guerra de sucesión castellana, que se extendió desde 1474 y 1479 y enfrentó al partido de la Beltraneja con los reyes católicos.

Alejandro VI

La solución, sin embargo, llegó del propio Vaticano: en 1471, el papa Sixto IV envío al cardenal Rodrigo Borgia ― quien se convertiría a su vez en Papa en 1492, con el nombre de Alejandro VI ― como legado pontificio. El astuto cardenal hizo un trato con Isabel y Fernando: les entregaría una bula que legitimara su matrimonio, si lograban prevalecer en sus aspiraciones al trono Castellano y concedieran la ciudad de Gandía y el título de duque a su primogénito, Pedro Luis Borgia.

El devenir de la guerra de sucesión castellana, en la que el bando Isabelino se proclamó vencedor, a la vez que el propio Fernando ascendió en paralelo al trono aragonés, hicieron posible la bula.  

Dicha unión dinástica marcó el inicio de la formación territorial del reino de España. Se considera a Isabel y Fernando como los primeros Reyes de España, además de conquistar Granada, abanderaron el descubrimiento de América en 1492, hecho que cambió para siempre la historia de la humanidad. La infanta Isabel, ya convertida en Gran reina Cristiana, cerró su convulsa etapa adolescente para pasar a ser una de las más grandes monarcas de la historia en su edad adulta.

Jaime Sogas

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