
De este modo aparece nuestro personaje, por primera vez, en el relato de los hechos de la desgraciada Armada Loaisa-Elcano, incluido por Gonzalo Fernández de Oviedo en su obra[1]. Podremos comprobar que este clérigo podía haber sido calificado con un poco más de extensión.
La peripecia de Juan Sebastián Elcano en la Nao Victoria, circunnavegando el globo, y el elevado beneficio que la carga de especias traídas proporcionó a las arcas reales, movieron a Carlos I a impulsar, con presteza, una nueva Armada para afianzar la presencia española en “el Maluco”. Organizada por Elcano, tardó menos de tres años en estar lista, haciéndose a la mar, en La Coruña, el 25 de julio de 1525. Esta Armada, de 450 hombres, estaba compuesta por siete barcos (4 naos: Santa María de la Victoria, Sancti Spiritus, Anunciada y S. Gabriel: dos carabelas: Santa María del Parral y S. Lesmes; y un patax, Santiago, también llamado, a veces, galeón o carabela). La aportación de vascongados a esta Armada fue significativa, incluidos cuatro de las siete embarcaciones, familiares y muchos conocidos y allegados la familia Elcano.

Juan de Areizaga y Hernán Cortés
En la Santiago (la embarcación más pequeña) iba como capellán don Juan de Areizaga y Guevara, primo de su capitán (Santiago de Guevara, cuñado de Elcano). La función de una embarcación pequeña en una armada era destacarse a las costas desconocidas para buscar zonas de fondeo, aguada o pertrecho, y medir el calado de las aguas y las variaciones de las mareas, datos para asegurar la navegación de las embarcaciones mayores.
Habiendo quedada rezagada la Capitana el 28 de diciembre, frente a la costa brasileña tras un fuerte temporal, la restante Armada, excepto la S. Gabriel, prosiguió siguiendo las órdenes previamente establecidas. El 9 de enero, el patax deja en puerto de Santa Cruz (Argentina) aviso de que los demás siguen en demanda del estrecho. Llegados a la desconocida desembocadura de un río (hoy rio Gallegos),

Elcano envía a tierra desde la Santiago, en un esquife, a su hermano (piloto) Martín, a Areizaga y a Bustamante, tripulante del primer viaje, con otros cinco marineros, para determinar si habían llegado al estrecho (lo confirmarían con fuegos). En contra de la opinión de Bustamante (entonces tesorero de la Santiago), Martín y Areizaga deciden asegurarse buscando un punto alto, desde el que constatan no estar en el estrecho. La Armada, no recibida confirmación, continuó su marcha. Vueltos al esquife, la marea se había retirado tanto que decidieron esperar su subida en la madrugada siguiente. Esa noche arrancó tal temporal que se vieron obligados a permanecer cinco días más, en los que comieron raíces, mariscos, y cazaron pájaros y ánsares con alas atrofiadas, que no les permitían volar. La corriente podía con el esquife, y no les dejaba avanzar hacia el Sur. Aparecieron entonces por tierra cinco miembros de la armada, enviados por Elcano a buscarlos e indicarles que habían llegado al estrecho, y la Sancti Spiritus se había perdido en unos bajos próximos al cabo de las Once mil Vírgenes. Abandonaron el esquife y toda su caza, e hicieron unas veinte leguas por tierra, en terreno boscoso muy duro de andar, hasta que llegaron al asentamiento de los náufragos de la Santi Spiritus, recuperados ya los bienes del naufragio. En estas peripecias transcurrieron ocho días.

Al día siguiente, Bustamante y el clérigo fueron recogidos por el patax, que salía del estrecho, y los llevó a la Capitana (aparecida, con la S. Gabriel, en ese momento). Informaron a Loaisa de la pérdida de la nave almiranta, recomendándole ir a fondear dentro del estrecho, en la bahía de la Victoria, donde estaba el resto de la armada. Surgidos en esa bahía, se decide que las carabelas y el patax vuelvan a la entrada del estrecho a recobrar la tripulación asentada en tierra y todos los bienes recuperados del naufragio. El barqueo de personal y material se completó al tiempo que, levantado un fuerte viento, hubieron de salir de allí como pudieron, salvo el patax, abrigado en un arroyo, por tener viento contrario. Ese temporal provocó en la bahía Victoria el garreo de las tres embarcaciones. La Capitana, durante tres días, estuvo tocando tierra por el codaste y rompió el timón; desarbolada la obra muerta, Loaisa hubo de desembarcar con toda su dotación, excepto su maestre, su contramaestre y cinco marineros que consiguieron que la nao no fuera desbaratada. Un cambio de tiempo permitió a las tres naos dejar el fondeadero y regresar al río Santa Cruz, en compañía de las dos carabelas. Quedó en el estrecho el patax, suponiendo que la armada seguía en la bahía Victoria.

Areizaga, de acuerdo con su Capitán, decidió ir por tierra con otros tres hombres a dicha bahía a localizar la armada. Y salió con provisiones para cuatro días y cuarenta leguas. El terreno era duro, lleno de lagunas y ciénagas, con buen agua y abundancia de endrinas. Llegados, a los cuatro días, a la bahía y no viendo a nadie de la armada, avanzaron una legua más y se encontraron con ranchos de patagones.
Sabedor alguno de las costumbres y tratos de estos indígenas, se acercaron a ellos (eran todas mujeres) a pesar de que les hacían señales de rechazo. Tiradas las armas al suelo y haciéndoles reverencias, las patagonas les imitaron y les permitieron unirse a ellos, tras recibir cascabeles y otros pequeños regalos. Al rato llegaron los hombres con una pieza de caza mayor, compartiendo comida y agua con los españoles que, con cierto recelo, pasaron la noche con ellos. A la mañana se despidieron por señas de estos indígenas y se dirigieron a la costa, donde encontraron restos de los materiales evacuados para reflotar la Capitana tras su accidentada varada.

Esa noche cenaron mariscos y durmieron en la costa cubriéndose con arena, muertos de frío. Al día siguiente trataron de atajar hacia el patax, atravesando montes y valles, y comiendo los escasos frutos y ratones que hallaron en el camino. Durmieron en un valle cubriéndose de heno por el gran frío y, al siguiente día, continuando su jornada, falleció uno del grupo. Al siguiente amanecer, una muchedumbre de patagones se acercó sin armas y con saludos, que los españoles correspondieron intercambiando abrazos. Hubieron de acompañarlos a un valle en el que había gran cantidad de ranchos formando una ciudad. Allí, los indígenas se hicieron con sus armas (arcos cortos y flechas), se engalanaron con penachos y adornos, y llevaron en alto a los españoles, lejos de la ciudad. Con algarabía los desnudaron y toquetearon asombrados de lo blanco de su piel y su tamaño, e iniciaron movimientos con sus armas simulando les querían flechar. Cuando nuestros protagonistas estaban maliciando que pudieran acabar siendo comidos por estos gigantes, apareció un joven con una escolta de dos docenas de guerreros que, recibido con gran respeto y sin osar dirigirle mirada, pareció amonestarles. A continuación, hizo que se le acercaran los tres españoles, su escolta colocó un penacho a Areizaga y, con claros ademanes, les invitó a seguir camino. Nuestros héroes no dudaron y, desnudos como se hallaban, emprendieron nueva marcha a la costa, muertos de hambre, sed y frío, con la fortuna de topar con la San Gabriel, que iba en busca del patax, para informar a su capitán que la armada estaba en el puerto de Santa Cruz.

Réplica de Santa María del Parral
Por fin a bordo, la Santiago se dirigió a Santa Cruz, donde se reunión con la Capitana y las dos carabelas, sin noticia alguna de la Anunciada ni de la S. Gabriel. Reparada la Capitana, hechas aguada, leña y provisiones, la armada retorna al estrecho y lo embocan el 6 de abril. Esta vez, con un elevado número de fallecidos por el frío, consiguen atravesarlo, saliendo al Pacífico el 25 de mayo, con rumbo Nornoroeste. A 1 de junio, el patax constata que solo alcanza a ver la carabela S, Lesmes, y que es más lento que ella. Como era la embarcación más pequeña, para su alimentación dependía de la Capitana y no le era posible, en esas condiciones, hacer una navegación de más de 2.000 leguas hasta la primera tierra. Por ello, y para huir del frio que estaban sufriendo, deciden poner rumbo a cruzar la equinoccial y buscar las costas de la Nueva España.

Llegados a este punto, cedo la palabra a Fernández de Oviedo[2];
“Y diçe mas este padre (Areizaga) : que á los onçe de julio vieron dos tierras, é que la una era isla é no se pudieron çertificar si la otra era isla ó tierra firme; pero quel dia antes vieron la mar llena de muchas culebras grandes y pequeñas, é que se hallaban de la parte del Norte en treçe grados desviados de la equinoçial, é que vieron toñinas e otros pescados, e mataron tres toñinas é otros pescados.
….
Assi que, tornando al propóssito deste padre clérigo y del viaje, de que se tracta, á los doçe de julio arribaron á tierra e vieron humos y mucha gente que venia por la costa háçia donde surgió el patax, á un quarto de legua de la tierra. É los chripstianos desde este navio tiraron çiertos tiros de pólvora con arcabuçes, é los indios que estaban en tierra, se echaron en el suelo, é cómo acabaron de tirar, tornaron á venir háçia la nao. Otro dia se hiçieron á la vela por buscar puerto, é veían mucha gente en la costa (aquellos dias que corrieron çerca de tierra) é muchas torres blancas, é no tenian batel ni esquife, para salir de la caravela. Á los veynte y uno del mes, corriendo çerca de tierra, los capeaban é llamaban, mostrándoles una bandera blanca; e llegaron á una isla de muchas aves y pequeña, y nombráronla isla de la Magdalena, porque era su víspera. E otro dia domingo se tornaron á haçer á la vela; e por concluir en esta relaçion, digo que deçia este auctor, don Johan de Areyçaga, que á los veynte y çinco de julio surgieron sobre un cabo gordo en quinçe braças de arena limpia, é ya allí era nesçessario, ó dar con el navio al través, ó que saliesse algún hombre á tierra; é para esto acordaron que se quitasse el cobertor á una caxa, é con las sondalefas y otros cabos delgados lo metiessen en el arca, con el cabo atado á la nao, é que el hombre que oviesse de yr, fuesse sentado en la caxa é alargando poco á poco la cuerda con el olaje ó marea, y quel ayre y el agua le llevasse á tierra: é que si se trastornasse la caxa, se assiesse con las manos á ella y le tirassen de la nao por el dicho cabo. É que esta persona llevasse espejos é tixeras é otras cosas de rescates é peynes para dar á los indios, porque no lo matassen ó comiessen. É assi ordenado, este capellan rogó al capitan Sanctiago de Guevara, que era su primo, é á la otra gente que oviessen por bien de le dexar á él salir en la caxa, y estorbáronselo mucho; pero á su ruego, viendo su buena voluntad, le dieron liçençia, y él entró en calças y jubón é con su espada (en lugar de breviario), e llevado á la mitad del camino que avia hasta la tierra (le quedaba un quarto de legua por andar), se le trastornó la caxa é nadaba el clérigo, teniéndose regio. Y él, creyendo que hasta tierra avia menos camino del que era, porfió de yr a ella, paresçiéndole cosa vergonçosa tornar atrás: é llegó la cosa á andar muy cansado é aun desatinado, medio ahogado. É quísole Dios socorrer é puso en coraçon á los indios que lo entrassen á socorrer é ayudar: é assi se echaron çinco gandules regios á la agua, é le tomaron é sacaron fuera, aunque la mar andaba brava, é puesto en tierra medio muerto se apartaron dél, é desde á una hora ó mas algo, tornando en sí, se levantó é les hiço señas que se llegassen á él, y aun no querían y echábanse ellos también en tierra, y abraçaban la tierra, y el clérigo haçia lo mesmo, penssando que aquello era señal de paz é amistad. Y luego entraron indios en la mar y sacaron la caxa y un capaço que en ella estaba atado, en que yban las preseas y rescates, y pusiéronlo á par del clérigo: y descoçiólo é quiso darles de lo que llevaba; pero no lo quisieron tomar, é hiçiéronle señas que se fuesse con ellos. Y cómo fué enjuto, se çiñó su espada y començó á andar, y uno de los indios tomó el espuerta ó capaço en la cabeça é yba delante del clérigo. E assi caminaron por la costa y llegaron a un valle, donde perdieron de vista la nao; desde el qual se paresçió una cibdad ó poblaçion muy grande y de muchas torres é muchas florestas, hasta llegar á ella, é avria una legua de camino. Y baxados de aquel çerro, vido venir por muchas partes tanta gente que cobrian el campo con mucha grita, y traíanle agua en unos jarros y poníansela delante, cómo llegaban á él: é después de andada media legua, yban en torno del clérigo mas de veynte mill hombres con sus arcos y flechas los unos, y otros con varas las puntas agudas, y otros con espadas y rodelas, é yban delante del clérigo sobre dos mill hombres, limpiando el camino por do passaba.
Mas porque se dixo que algunos indios tenían espadas, assi es verdad; pero las espadas que ellos en aquella tierra usan, no son de hierro ni otro metal, sino de palo, y en los filos ó cortes dellas unos dientes engastados de pedernales agudos, que son bastantes á cortar de un golpe un cuello de un toro, ó tanto como cortaría en él una espada de finos açeros.

Tornando á la historia, yendo el clérigo don Johan acompañado de la manera ques dicho, la via daquella grand poblaçion , salió á él el rey ó caçique, señor de aquella tierra, el qual le atendía conmas de dos mill hombres de guerra al pié de una peña, debaxo de un árbol grande, á la sombra é junto al camino por donde el clérigo avia de passar. É los indios que avian sacado de la mar á este padre clérigo, haçíanle señas cómo aquel era su rey é señor, y el clérigo lo entendió, y como llegó çerca dél, quitóse el bonete é híçole una reverençia muy baxa, y encontinente el rey le hiço la misma cortesía, é le abraçó, é le tomó de la mano. É començaron assi á caminar para la cibdad, é yban delante mas de dos mill hombres, limpiando los caminos por donde el clérigo y el caçique passaban, y el uno al otro yban hablándose en sus proprios lenguajes, sin se entender. Llegados çerca del pueblo, estaba en el camino una cruz de palo hincada, é como el clérigo la vido, se le saltaron las lágrimas de goço, la qual supo despues que avia nueve años que los chripstianos la avian allí puesto; é cómo llegaron á par della, dixo aquel rey: Sancta María, mostrándole con el dedo la cruz que he dicho. É luego cómo el clérigo la vido, se quitó el bonete é se hincó de rodillas al pié della, é la adoró e hiço oraçion, y el rey é la otra gente estaban mirándole. Y levantado de su oraçion, hiço una grand reverençia a la cruz, y el rey le tomó de la mano, é prosiguiendo su camino, llegaron á la cibdad, é lleváronle á unos grandes palaçios, donde le dieron una muy buena cámara; é pusieron luego muchas esteras de palma pequeñas é de muy lindas labores tendidas en tierra en lugar de tapetes, sobre las quales se sentaron. É luego truxeron de comer mucha carne de venado coçido y assado, y unos camarones ó langostines grandes y muchas tortillas de mahiz, y muchas çereças y çiruelas y guayabas, muy buena agua é çierto brebaje, que se haçe de harina de mahiz tostado, é otro que entre los indios es muy presçiado, que se llama cacaguat, el qual se haçe de çierta fructa que quiere paresçer almendras, y estas corren en aquella tierra por moneda. É comieron otras cosas quel clérigo don Johan no supo nombrar, ni tampoco alcançó á saber qué cosa era este cacaguat, porque preguntándole yo qué cosa era esta fructa ó moneda, díxome que cada año lo sembraban é cogian los indios. Lo qual es falso; porque son árboles los que llevan aquella fructa que corre por moneda en la Nueva España y en Nicaragua y otras partes, donde yo he visto muchos, como se dirá en su lugar

Tornando á la historia, desque ovieron comido, el capellan pressentó al rey ó caçique todo lo que avia sacado de la nao de los rescates, y él lo resçibió con mucho plaçcr, y el clérigo hiço señas que quería tornar á la nao y llevar alguna cosa de comer para los españoles que en ella quedaron; y en esso punto aquel señor hiço traer tres venados muy grandes é otras cosas muchas, é començaron á caminar para la costa y el rey también. E llegados á la mar, andaba alta, é subiéronse á un çerrillo, desde donde el clérigo don Johan daba voçes á los de la nao, diçiéndoles que era buena tierra, y que se esforçassen é diessen graçias á Dios porque los avia traydo donde avia mucho pan y carne é otras cosas, puesto quél no avia entendido dónde estaba. É cómo los de la nao lo entendieron, con el goço que ovieron, començaron á soltar toda su artillería; é assi cómo aquel rey é la otra gente oyeron el primer tiro, en continente se echaron en tierra; y el clérigo de la mano levantó al rey, riéndose é diçiéndole que no temiessen. É assi vislo esto, se levantaron todos (aunque no sin temor oían los tiros) y estaban allí mas de diez mill archeros, é tornáronse á la cibdad porque no pudieron entrar en la mar: é assi se passó aquella noche, y el clérigo durmió poca parte della. Mas cómo quiso nochesçer, le dieron muy bien de çenar de las cosas ya dichas.

Acabada la çena, se hiçieron en un patio del palaçio tres ó quatro fuegos grandes, é aquel señor se fué á repossar á su casa, y el clérigo quedó en su cámara, é quedaron en su compañía y guarda mas de quinientos hambres, de lo qual él se temió mucho. Assi como amanesçió el dia siguiente, luego vino alli el rey con mucha gente, y se fueron á la costa, y entraron tres indios á nado y truxeron á tierra un cabo de una guidalessa amarrado con otros cabos desde la tierra á la nao, de septeçientas y çinqüenta braças, y se ataron el rey y el clérigo, y la nao con el cabestrante los recogió, y assi entraron en ella. É yban nadando más de quinientos hombres en torno del rey y del clérigo, y llevaron mucho de comer en barriles que de la nao sacaron para ello, y sin esto también sobre las cabeças, porque en el nadar es gente muy experta. Mas yo me maravillo mucho cómo donde tantos indios avia, faltaban canoas para quel rey ó señor de tanta gente entrasse daquella manera en la mar. Entrados en la nao, se hicieron á la vela y doblaron aquel promontorio ó cabo gordo y fueron á surgir delante de aquella cibdad; y otro día siguiente se desembarcaron los chripstianos en una balsa muy buena que hiçieron los indios, y dieron al rey vestidos y otras cosas de rescates, y salió el capitan Sanctiago de Guevara y la gente toda de la nao, é hiçieron ranchos e choças en la costa, donde les truxeron á todos muy bien de comer. Y fecho esto, se fueron con el rey solamente el capellan y el capitan con otros seys españoles, y los restantes quedaron en la playa; y llegados á la cibdad, los apossentaron en los mismos palaçios, donde el dia de antes avia possado el clérigo don Johan. Era tanta la gente que salia á mirar estos chripstianos que les paresçia que no solamente era multitud grande para una cibdad, pero para poblar un reino. Y assi apossentados, les hiçieron buena compañía y les dieron muy complidamente de comer, y estovieron allí çinco dias, festejados çon mucho plaçer y areytos ó danças de aquellos indios. Y escrebieron cartas á Hernando Cortés ó para algún su gobernador ó capitan, porque alcançaron á entender que aquella tierra no podia ser sino de la Nueva España; y con estas cartas fueron tres indios á una cibdad que estaba de alli vcynte é quatro leguas á un chripstiano que por señas deçian los indios que hallarían en ella, y al quarto dia tornaron los mensajeros é hiçieron señas que otro dia vernia alli el chripstiano. Y assi fué que, andándose passeando por la costa el capitan y el clérigo çerca de la nao, el siguiente dia vieron venir mucha gente quassi una legua de alli, y sospechando que seria el chripstiano que esperaban, porque los mismos indios que avian llevado las cartas haçian señas que venia alli, se fueron con algunos compañeros háçia donde venia aquella gente, y vieron un chripstiano, en una hamaca echado, que lo traían doçe indios á cuestas, el qual estaba por gobernador de toda aquella provinçia.

Y luego quel vido al capitan y al clérigo y los otros españoles, se apeó de la hamaca y los fué á abraçar y ellos á él, y les preguntó que cuyos eran y por quién yban a aquella tierra, y si eran chripstianos y de qué nación, y ellos dixeron: «Chripstianos somos y vassallos de Emperador don Carlos, y españoles; y por tiempo contrario nos apartamos de un armada que Su Magestad envia á la Espeçiería é islas del Maluco, y avernos aqui aportado con mucha nesçessidad, y desseamos saber qué tierra es aquesta, pues ha plaçido á Dios que hallemos quien nos lo diga». A lo qual aquel chripstiano replicó: «Señores, todos somos vassallos de César: en su tierra estáis, y dad graçias á Nuestro Señor, porque os ha traydo aqui, donde como á vassallos de su Magestad, se os hará toda cortesía y plaçer. Esta tierra es parte de la Nueva España, á donde es capitan general y gobernador el señor Hernando Cortés por Sus Magestades, y es una de las mejores tierras y señorío del mundo: en la qual hay muchas y muy grandes poblaçiones v cibdades y grandes señores de los indios naturales». Y con mucho plaçer platicando, se fueron todos á aquella cibdad ques dicho, y aunque primero avian seydo los chripstianos de la nao bien servidos, mejor lo fueron de ahi adelante por causa daquel gobernador: y despues que ovieron hablado en su navegaçion y en las cosas passadas, aquel español les deçia quel capitan Sanctiago de Guevara fuesse á la cibdad de México, donde estaba el señor Hernando Cortés, que era trescientas é septenta y cinco leguas de allí, y quél seria muy bien tractado del y proveydo muy largamente de todo lo que oviesse menester; y assiinesmo, en su absençia, lo seria su gente y nao, y quél le daria andas y gente que le llevassen mucho á su plaçer y todo lo demás. Y el capitan respondió quél estaba muy mal dispuesto y enfermo, como era verdad, y que en ninguna manera podia yr, ni penssaba que podría llegar vivo; pero que hablaría con el padre don Johan, su primo, y le rogaria quél tomasse este trabaxo con otros muchos que avia passado por servir a Sus Magestades, y que fuesse a México á hacer reverencia de su parte al señor Hernando Cortés; y assi se hizo y aqueste padre partió al dia siguiente.
….”

Don Juan de Areizaga Guevara, regresó a la península y redactó una relación[3] oficial de su experiencia en la Armada de Loaisa, en la que no refleja ninguna de sus experiencias personales. Éstas se han podido conocer gracias al primer cronista de Nuevo Mundo (Fernández de Oviedo), que las incluyó escuchadas directamente de nuestro protagonista en 1535. En esa narración, don Juan muestra sólidos conocimientos astronómicos (además de muy precisas observaciones en animales y plantas) que Fernández de Oviedo aprecia y discute con gran respeto.

Juan Manuel Acero
- Historia General y Natural de las Indias, islas y tierra firme del mar Oceano. Primera impresión en Sevilla en 1535.
2. Op. Cit, Cotejada y corregida por D. Amador de los Ríos, Imprenta de la Real Academia de la Hstoria. 1852, Tomo II, Libro XX. Cap XII.
3. Fernández de Navarrete, Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo xv, […], Madrid, 1824-1837, t. V, pág. 223; Doc IX (Relación de Juan…)
