Felipe IV, el Rey Planeta

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El viajero francés Antoine de Brunel nos ha legado un retrato del rey Felipe IV, tan concreto como curioso. Un rey de la familia de los Austria que llegó a gobernar 44 años y 170, dejando una estela de más de treinta hijos bastardos, más los legítimos, fruto de sus matrimonios con Isabel de Borbón y con su sobrina Mariana de Austria, madre del futuro Carlos II, su sucesor. Pero volviendo al francés, por allá 1655, nos cuenta;

«Todas sus acciones y ocupaciones son siempre las mismas y marcha con paso tan igual que, día por día, sabe lo que hará toda su vida (…) Así, las semanas, los meses y los años y todas las partes del día no traen cambio alguno a su régimen de vida, ni le hacen ver nada nuevo; pues al levantarse, según el día que es, sabe qué asuntos tratar y qué placeres gustar. Usa de tanta gravedad, que anda y se conduce con el aire de una estatua animada. Los que se acercan aseguran que, cuando le han hablado, no le han visto jamás cambiar de asiento o de postura; que los recibía, los escuchaba y les respondía con el mismo semblante, no habiendo en su cuerpo nada movible salvo los labios y la lengua».

Mas detrás de tal reseña de carácter, hay que añadir que había un hombre de una gran cultura. Apasionado de las artes, del coleccionismo y que, merced a ello, nos ha dejado un legado que, quizás sin ser conscientes, gozamos en nuestros días, merced a su mecenazgo. Fue tal su interés que hasta el embajador inglés en Madrid le resultaba sumamente llamativo el cambio producido en los españoles «más entendidos y aficionados al arte de la pintura que antes». Efectivamente, el rey Felipe IV, fue un gran amante, de las artes, del teatro y de la pintura, en particular, aparte de la caza, de los toros y de las mujeres, como se sobrentiende. Hombre inteligente y culto, protector durante cuarenta años del pintor Velázquez, se dedicó durante todo su reinado, personal o mediante intermediarios, a engrosar la colección real, destinándola a sus palacios, incluido el del Buen Retiro de construcción durante su reinado. Obras de Rafael, Mantegna, Durero, pintores venecianos como Tiziano, Veronese y Tintoretto, así como pintores barrocos españoles, flamencos, italianos y franceses, como Ribera, Zurbarán, Van Dyck, Reni, Annibale Carracci, Barocci, Lanfranco, Domenichino, Poussin, Claudio de Lorena. Tales colecciones, es decir, más de dos mil obras, las fue distribuyendo desde el ya mencionado Buen Retiro, hasta el de la Zarzuela, también de reciente construcción. Lamentablemente, la que se supone mayor colección de la obra del pintor de moda en aquel tiempo, Rubens, se perdió a causa del incendio del  Real Alcázar de Madrid en 1734.

            Tal conducta tuvo su efecto entre la nobleza, la cual, siguiendo los pasos del monarca, también procedió a practicar no solamente un coleccionismo sino un cierto incremento de su formación y cultura. Quizás todo lo anterior haya caído en el saco o del olvido o del desinterés, sin embargo, el llamado rey Felipe IV, monarca del imperio español hasta su fallecimiento por disentería el 17 de septiembre de 1665 y de Portugal hasta 1640, no fue un rey entregado a sus placeres, aficiones y entretenimientos, dejando el gobierno a sus validos. El conde duque de Olivares y sus sucesores, no asumieron el total gobierno del imperio, sino que obraron como una especie de primeros ministros de un monarca que dedicaba tanto tiempo al despacho de los asuntos del Estado como su abuelo, el buen rey Felipe II. Y  gracias a tal monarca hoy gozamos de uno de los mejores y más reconocidos museos como es el Prado, o de un conjunto tan visitado como el Buen Retiro, e incluso del palacio del actual monarca, la Zarzuela. Y sin ninguna se dudas, de no contar con el mecenazgo y apoyo del monarca, la ingente labor del pintor Velázquez ni habría tan extensa ni la podríamos contemplar en el Museo del Prado. Seguramente los historiadores le recriminan haber perdido el reino de Portugal o haber guerreado contra la Francia católica, pero, no por ello deja de ser considerado el Rey, por excelencia, del Siglo de oro de la cultura española.

            Felipe IV, el llamado Rey Planeta,  por la extensión de sus dominios, aunque nunca salió de la península cumpliendo sus deseos,  fue  enterrado en la Cripta Real del Monasterio de El Escorial.

Francisco Gilet.

Bibliografia.

Brown, Jonathan; Elliott, John H. (2003). Un palacio para el rey: el Buen Retiro y la corte de Felipe IV

Alcalá-Zamora, José (coord.) (2005). Felipe IV. El hombre y su reinado

Brunel (de), Antoine (1656). Voyage d’Espagn

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