
La devoción a la guadalupana en el mundo hispano
España llevó una nueva fe al Nuevo Mundo, pero fue un viaje con retorno. En 1531, la Virgen de Guadalupe se apareció, en el cerro de Tepeyac (México, entonces Virreinato de Nueva España), a un humilde indio, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. La devoción a esta advocación de la Virgen pronto se extendió por todo el mundo novohispano (incluidos los territorios de la Monarquía Hispánica en Asia, así como en Portugal e Italia). El arte, en sus diferentes manifestaciones, se hizo eco de esa devoción, llegando a la España peninsular, desde el otro lado del Atlántico numerosas pinturas, grabados, esculturas y

