CAMBOYA BAJO EL PENDÓN DE CASTILLA. UN SUEÑO INCONCLUSO.

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Referencia a Blas Ruiz y su guerra en Siam

uerrAl cruzar el foso de agua, Blas Ruiz de Hernán González se quedó estupefacto al sentirse en el epicentro del eje cósmico que evocaba al monte Meru, rodeado por aquella impresionante red de canales construido cuatro siglos atrás por el imperio Jemer, mientras, al frente, emergía en medio de la selva el Gran Templo de Angkor Wat, mausoleo del Rey Suyavarman II y dedicado al dios Vishnu, tamizado por un sol que parecía acariciar a las seductoras apsaras (ninfas divinas) que poblaban en forma de piedra tallada aquel lugar repleto de espiritualidad y simetría.

Para los que hemos tenido el privilegio de visitar Camboya no nos cuesta imaginar la impresión que debió sentir aquel aventurero que allá por el siglo XVI quiso buscar fama y fortuna en aquel recóndito lugar del mundo. La sensación que produce ver Angkor Wat solo es comparable a la que producen muy pocos lugares en el mundo: 800 metros de bajorrelieves y una torre de 55 metros que otorga al conjunto una unidad sublime. Un pedazo de cielo en la tierra, en definitiva, que hace cuatro siglos un español quiso anexionar a la Corona de Castilla.

EL PERSONAJE

Blas Ruiz de Hernán González (La Calzada, Ciudad Real, ¿?-1598) es uno de tantos nombres prácticamente olvidados por nuestra historia, a excepción de alguna crónica particular de las islas Filipinas. Poco se sabe de él, aunque seguro que no nos equivocamos si le consideramos que era un hombre valiente, con espíritu aventurero y un ansia irrefrenable de fortuna que tanteó sin otra ayuda que su arrojo, una notable inteligencia y sus propias manos.

Siendo uno de tantos que viajaron de Nueva España a las Molucas o Filipinas en busca de oportunidades, corrió por los reinos orientales de Siam, Camboya y Tonquin, encontrándose una primera referencia suya en 1592 en Chordemuco, capital camboyana y del imperio Jemer, formando parte de la delegación que se presentó ante el rey Prauncar Langara para ofrecerle apoyo militar en su guerra contra el reino de Siam a cambio de constituirse en vasallo y tributario del rey de España. Sería en ese tiempo cuando entablaría amistad con Diego Belloso, un portugués casado con una dama de la corte y consejero de la corona, quedando a partir de ese momento sus destinos unidos para siempre en una aventura increíble.

            Todos los planes iniciales se trastocaron cuando en 1593 las tropas de Ayutthaya invadieron Camboya con ochocientos mil hombres y numerosos elefantes, apresando al monarca, a Ruiz, Belloso y otros soldados portugueses: Pantaleón Carnero y Antonio Machado.

El rey San Pet II decidió separar al español de los portugueses. Mientras Belloso y los otros dos serían trasladados por tierra a la capital de Siam, a Ruiz lo destinó a Odia, la antigua capital, por mar, en un junco tripulado por chinos donde también se trasladaba la mayor parte del botín de guerra.

La situación se tornaba agónica y Ruiz entendió que si quería salvar la vida debía aprovechar su oportunidad. Buen conocedor de la natural inclinación de los chinos por apropiarse de lo ajeno, empleó sus dotes de manipulador para convencerlos de apoderarse del botín, y fue tan persuasivo su discurso que los siameses se vieron sorprendidos de noche Una vez abatido el enemigo, y atendiendo a la elemental norma de cuantos menos haya a menos tocamos, los chinos se atacaron entre sí, facilitando que Ruiz y otros tres españoles pudieran apropiarse del barco y poner rumbo a Manila.

Por su parte, el rey de Siam, alertado por el retraso del junco, mandó a una flotilla en el que uno de sus integrantes era Diego Belloso, al que su facilidad de palabra le hizo ganarse la regia confianza al convencerle de nombrarle intermediario para establecer relaciones de amistad con los europeos. El caso es que los malos vientos obligaron al junco a desviarse hasta Malaca, hasta donde habían llegado noticias sobre lo sucedido con Ruiz y los chinos. Las circunstancias habían cambiado y, con ellas, el ánimo del capitán siamés, quien no mostró dese alguno de continuar el viaje y sí de regresar a Siam, lo que hubiera hecho á no amanecer muerto en la cama, habiéndose acostado bueno y sano.

1595. Amaneció el sol en Manila, testigo del reencuentro de Ruiz con Belloso. Habían vuelto sanos y salvos de lo que parecía una muerte segura, pero lejos de amilanarse, ambos se presentaron ante el gobernador Luis Dasmariñas para proponerle una expedición que favoreciera al rey destronado Langara, asegurando así el ascendente de Castilla en aquella prometedora tierra––hallando el reino dividido en tantas facciones como mandarines pospuestos tenía, en guerra interior y exterior á la vez, revuelto y enconado––. Así, en 1596, se armó una partida de tres buques, una fragata y dos juncos, uno al mando del capitán y sargento mayor Juan Juárez Gallinato y los otros dos mandados por Ruíz y Belloso, llevando entre todos 130 españoles, algunos japoneses cristianos y unos pocos indios filipinos.

Tras una tormenta que separó a la flota, Ruiz y Belloso alcanzaron la desembocadura del Mekong y llegaron hasta la capital camboyana, siendo recibidos por Anacaparan, quien hacía las funciones de rey. Rápidamente, Ruiz trató de negociar con el monarca, a pesar de las reticencias de la colonia china, que veía con malos ojos la intromisión de los europeos. La cuestión, como no podía ser de otra manera, terminó en conflicto, con contundente victoria española.

Temeroso de la fuerza de Ruiz y los demás, Anacaparan se negó a recibir a la delegación y les ordenó devolver los juncos que se habían apropiado de los chinos como botín de guerra, lo que se interpretó como una amenaza que exigía una respuesta contundente,

Lejos de desmayar se mantuvieron en actitud espectante mientras duró el día: en la obscuridad buscaron sitio á propósito para atravesar un brazo del río que los separaba de la ciudad: entraron sin ser esperados ni sentidos; pusieron fuego al palacio y á los almacenes; sembraron el espanto entre los pobladores, haciendo una matanza horrible, que duró hasta muy entrado el día siguiente y en la que pereció el mismo rey.

La situación se tornó muy peligrosa para los españoles, obligando a Ruiz, Belloso y los demás a huir a toda prisa de la capital. Por segunda vez, Blas Ruiz sentía el aliento de la muerte en la nuca, y de nuevo logró despistarla. Juan Juárez Gallinato alcanzó la costa cuando peor estaban las cosas, igualándose las fuerzas al tiempo que recibían el apoyo de varios nobles del país. 

La situación volvía a tornarse favorable, pero a Juárez le bastó con las riquezas que se habían obtenido.

(Gallinato) censuró agriamente el proceder de sus subordinados por no haber esperado su llegada; tomó para sí, como en castigo, todo el botín que se había hecho á los chinos y cambojanos, y sin más, dispuso dar la vela para Manila.

Blas Ruíz y Diego Belloso, obtenido permiso y auxilio del rey de Sinna para atravesar sus Estados, emprendieron solos el viaje, llegando sin obstáculo á la ciudad de Alanchan, capital de Laos, cuyo soberano los recibió muy bien, pero con tristes nuevas.

Solos de nuevo, Ruiz y Belloso se dirigieron a Laos, donde estaba el rey depuesto Prauncar, pero al llegar allí se enteraron que el monarca había fallecido, así como dos de sus hijos; el que quedaba, llamado también como su padre, era pues el sucesor legítimo, a quien convencieron, no sin ciertos apuros—las mujeres de la corte(abuela, madrastra y tías, que formaban Consejo de Regencia) recelaban de la intenciones de los europeos, prefiriendo mantener su estatus del poder frente a un rey demasiado joven y débil––, para formar un ejército con el que recuperar Chordemuco, formado por españoles, nobles camboyanos y, movidos por oscuros motivos, señores de la guerra musulmanes de origen malayo, llamados Lacasamana y Cancona, facción que posteriormente supondrían un problema para las planes de Ruiz.

Cual Cortés ganando afinidades contra el imperio azteca, Blas Ruiz aprovechó su habilidad política para alcanzar acuerdos con las distintas provincias sin pegar más tiros de los necesarios–– Dijérase que tenían sujeta á la fortuna y aliada á la victoria, observando de qué modo debelaban uno tras otro á los pretendientes y sometían las provincias rebeladas––, obteniendo la confianza de la casa real. Tan bien lo hizo que, como no podía ser de otra manera, se granjeó la desconfianza de los malayos, quienes detestaban a los cristianos y sus pretensiones misioneras.

(Los malayos), en especial Lacasamana, no veían de buen talante la influencia de extranjeros de otra raza.

Cayó Chordemuco y el nuevo rey Prauncar, que gobernó con el nombre de Paramaraja III, otorgó a Ruiz y Belloso el cargo de comandantes militares y les dio el título de chofas, que incluía el gobierno de provincias («Tran» Ruiz -quizá Stung Treng- y «Vapano» Belloso, posiblemente Ba Phnum). Las cosas marchaban bien, pero la situación estaba aún muy lejos de serenarse. El monarca, ebrio de poder, se entregó a la lujuria y el alcohol, ignorando las intrigas palaciegas por parte de las víboras cortesanas y las viejas rencillas que aún pervivían a lo largo y ancho del reino, un caldo de cultivo perfecto que auguraba nuevos tiempos de guerra.

Las mujeres, celosas del español, tejían una madeja de intrigas de que con dificultad conseguía desenredarse Se concibe que semejante conducta no fuera la más á propósito para sujetar los espíritus turbulentos y mal avenidos que rodeaban a la corte. Más de una vez vinieron los mandarines á las manos casi en presencia del desprestigiado soberano, alentándose al postre la insurrección vencida y volviendo á rebelarse á la vez varias provincias.

Mientras la rebeldía volvía a incendiar las provincias, laosianos y malayos asaltaron el cuartel español y pasaron a muchos a cuchillo. Cuando se enteró, Ruiz culpó al Prauncar –– “<<el rey nos amaba extrañamente y el reino nos temía>>–– de su indolencia y hasta de su complicidad, así que se decidió tomarse la justicia por su mano: los señores de la guerra fueron ajusticiados y Ruiz, todavía muy enojado, se negó a apoyar al rey contra los rebeldes que cercaban la capital, aunque finalmente accedió a salvar, una vez más, la corona (y la cabeza) de la casa real.

El malayo Ocuña Chu, que se había elevado á la primera dignidad y era quien con mayor empeño procuraba deshacerse de Ruíz, Cancona y otros de los principales mandarines fueron sucesivamente muertos, encerrándose tras esto en su cuartel sin querer continuar la guerra contra los rebeldes, que se envalentonaron y ganando una batalla famosa vinieron con el pretendiente Chupinanon á las puertas de la capital. Entonces fueron los ruegos, las promesas del rey, las lágrimas de las mujeres, tan altivas poco antes, no escatimadas para desenojar al ofendido: entonces pareció poco cuanto la corte poseía para atraer al hombre de hierro, al español, única esperanza en la fatal extremidad, y entonces Ruíz se hizo valer retardando la acción porque fuera más señalada, como lo fue, con la destrucción del indisciplinado ejército rebelde y el considerable botín que produjo.

Recuperada la paz en el reino, los malayos ––Mientras duró la guerra (los malayos) guardaron encerrado su despecho, mas cuando el reino estuvo sosegado, dejaron conocer su mala voluntad, suscitándoles dificultades de toda especie, aun en la misma corte, ganando el corazón de la madrastra de Prauncar–– .y los españoles siguieron manteniendo una relación muy tensa., llena de roces y desencuentros. El episodio más importante fue el saqueo del campamento musulmán organizado por el alférez Luis de Villafañe como respuesta a la afrenta sufrida por Luis Ortiz del Castllo, herido de gravedad. El contraataque malayo fue brutal, obligando a Villafañe a pedir socorro a Ruiz y Belloso.

El alférez Luis de Villafañe, que solía mandar el campo mientras se hallaban en la ciudad Belloso y Ruíz, se exaltó en una de las riñas, en que fue gravemente herido su compañero Luis Ortiz, al extremo de olvidar las instrucciones recibidas y aun los consejos de la prudencia, sin los que entró á degüello y sacamano con los malayos. En vano Ruíz y Fray Juan Maldonado acudieron á remediar el conflicto; la ira de Lacasamana se sobrepuso al temor, y el mismo rey no consiguió hacerse oir. Las mujeres levantaron al pueblo en masa, lanzándolo sobre los extranjeros, y como no estuvieran reunidos ni con prevención del peligro, españoles, portugueses y japoneses fueron acorralados por la muchedumbre, y aunque la defensa fuera como es de suponer en tan aguerridos soldados, allí quedaron todos, á excepción de Juan de Mendoza, bien afortunado en dar la vela precipitadamente en el último trance y en escapar de los paraos que le persiguieron largo espacio.

Siendo el enemigo superior en número, que no en valor, y ganadas para la causa malaya las voluntades locales, Ruiz optó por la diplomacia, pero ya era demasiado tarde. Las mujeres de la corte, otra vez, se decantaron por los señores de la guerra, una decisión que inclinaría la balanza…y que terminaría costándoles la pérdida de un reino y hasta la vida.

En vano Ruíz y Fray Juan Maldonado acudieron á remediar el conflicto; la ira de Lacasamana se sobrepuso al temor, y el mismo rey no consiguió hacerse oir. Las mujeres levantaron al pueblo en masa, lanzándolo sobre los extranjeros, y como no estuvieran reunidos ni con prevención del peligro, españoles, portugueses y japoneses fueron acorralados por la muchedumbre, y aunque la defensa fuera como es de suponer en tan aguerridos soldados, allí quedaron todos, á excepción de Juan de Mendoza, bien afortunado en dar la vela precipitadamente en el último trance y en escapar de los paraos que le persiguieron largo espacio.

Todo sucedió muy rápido y de forma violenta y despiadada. Una multitud enfervorecida acorraló a los españoles, quienes lejos de huir se batieron como leones, pero poco pudieron hacer ante la mayoría numérica del enemigo.

A la matanza sobrevivieron, que se sepa con certeza, Juan de Mendoza y fray Gabriel. Blas de Ruiz murió de pie, con la espada en una mano y el arcabuz en la otra, mirando a la Parca a los ojos sin miedo, pero la Chata, que es celosa y es mujer, se encaprichó con él, y lo llevó a dormir siempre con ella. Por su parte, con Belloso hay más dudas de su muerte. Quizás acabó tirado en el suelo al lado de su compañero de aventuras, o puede que terminara sus días como gobernador de una remota provincia casado con una princesa.

A partir de ese momento, Camboya se desmoronó. Prauncar fue asesinado, las mujeres de la corte pagaron sus pecados sufriendo grandes atrocidades y el reino se sumió en el caos, sin que ya nadie acudiera de nuevo a socorrerles de sí mismos, quedando un país perdido en su espléndido pasado sin que nunca más volviera a atisbar un futuro, así hasta hoy, cuando ya han pasado más de 400 años. Quién sabe qué hubiera pasado si el gobernador de Filipinas hubiese atendido a las propuestas de aquel español que soñó con ver tremolar el pendón de Castilla en la enigmática Camboja del Imperio Jemer. Hoy, desde luego, la Historia sería otra.

BIBLIOGRAFÍA

  • Fray Gabriel Quiroga de San Antonio. Breve y verdadera relación de los successos del reynbo de Camboxa (San Pablo de Valladolid, Pedro Laso, 1604)
  • Cesáreo Fernández Duro, nº35 del Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid.1893.
  • Fernando de Paz. Antes que nadie. 2012.

Ricardo Aller Hernández

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