FELIPE II y los indigenas (II)

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El interés demostrado por Felipe II mediante la promulgación de leyes, estaba evidentemente incluido dentro de un contexto que no era otro sino, primero conocer cual era la realidad de los territorios descubiertos y conquistados, así como los problemas que la presencia de España en los pobladores en aquellos territorios, y posteriormente intentar darle solución. No resulta, pues, extraño que Felipe II pretendiese enfrentarse a tales problemas mediante una investigación previa acerca de las culturas indígenas.

            En este punto la presencia en el Consejo de Indias de Juan Ovando en 1567 vino a significar una gran re-estructuración de los métodos de gobierno. No solamente en cuanto a ellos sino también a las reglas de conducta, de gobierno y de respeto al mundo indígena. El nombramiento de Juan de Ovando no era sino continuación de la designación del obispo de Sigüenza, Diego de Espinosa, como presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General. Dicho obispo encargó al clérigo Luis Suarez un informe detallado en 1566, que, recibido por Felipe II le causó una gran impresión, puesto que venía a significar una denuncia clara y evidente del desgobierno existente en los territorios ya conquistados o en avance de conquista. Fue ese informe el que provocó, con gran desasosiego por parte del monarca, la convocatoria del Consejo de Indias y desde ella designar al dicho Juan de Ovando con la finalidad de confirmar todas las acusaciones que se reflejaban en el informe del clérigo Luis Suárez. El eminente inquisidor Juan de Ovando, no solamente ratificó las acusaciones del clérigo, sino que amplió tanto las denuncias hasta el punto de aludir a que el Consejo de Indias, verdadero gobernador de la tierra americana carecía por completo de información, fundamentalmente en referencia a los pobladores indígenas, sus culturas, sus lenguas, sus tradiciones. Ovando ante tal anarquía tomó inmediatamente medidas, mediante la reunión de un cuerpo de disposiciones, conocido como «Gobernación espiritual y temporal de las Indias», el cual trajo consigo una autentica ola investigadora acerca de todos los problemas convivencia de los indígenas, sus circunstancias y sus culturas.

            El alcance de tal documento fue tan efectivo que, en noviembre de 1568, se ordenó al Virrey del Perú que todo descubrimiento o conquista llevase paralela una información etnográfica, geográfica, así como acerca de las conductas, costumbres y formas de vivir de los indígenas. Como igualmente en cuanto a las religiones, formas de gobierno, leyes, si existían reyes o bien otros gobernadores. Es decir, que la conquista de los terrenos se acompañó de una obligación de recabar toda la información posible del indio para trasladarlo a la Corona, y concretamente al Consejo de Indias. Institución que, en 1571, comenzó a ser presidido por el dicho Ovando quién promulgó unas ordenanzas sumamente llamativas; «… y porque ninguna cosa puede ser entendida, ni tratada como debe, cuyo sujeto no fuere primero sabido de las personas que della hubieren de conocer y determinar… procuren tener hecha siempre descripción y averiguación cumplida y cierta de todas las cosas del estado de las Indias, así de la tierra, como de la mar, naturales y morales…, pasadas y presentes».

            Ese mismo año Felipe II ordenó la creación del cargo oficial de Cosmógrafo y Cronista Mayor de Indias con estas atribuciones: «… vaya haziendo Historia general de las Indias». Y ya en 1573, el mismo rey firma el propio rey el 13 de julio de 1573 llamada la Provisión del «Bosque de Segovia», que trajo espléndidos resultados como la Descripción de la provincia de Guatemala de marzo de 1576.

            Proseguir por esa senda de compromiso hacia el indígena no sería difícil, sin embargo, es deseable añadir a la preocupación del monarca acerca del mundo indígena, su interés hacia un aspecto concreto de la vida del indio, su lengua. Así escribía Felipe II; «… no parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural, mas se podrán poner maestros para los que voluntariamente quisieren aprender la castellana, y se dé orden como se haga guardar lo que está mandado en no proveer los curatos, sino a quien sepa la de los indios».

            En esta línea es reseñable lo siguiente; «si la primera gramática de la lengua náhuatl debida al franciscano fray Andrés de Olmos es de 1547, es decir, aún bajo el reinado de Carlos V, la primera edición de un vocabulario del náhuatl, también obra de un franciscano, fray Alonso de Molina, es de 1555, casi en los albores del reinado de Felipe II. La gramática de la lengua purépecha es de otro hermano seráfico, francés y tolosano este, fray Maturino Gilberti y lleva fecha de 1558, seguida por el diccionario del mismo idioma y del mismo autor, de 1559. Más adelante podría citarse la gramática de la lengua mixteca, del dominico fray Domingo de Santa María, el diccionario de la lengua zapoteca de fray Pedro de Feria, la gramática de la lengua huasteca, del agustino fray Juan de la Cruz, etcétera. Siempre durante el reinado de Felipe II, en el Perú, el dominico fray Domingo de Santo Tomás ofrecería en 1560 una gramática y un vocabulario de la lengua quechua y, en 1584 saldría de prensas un manual de doctrina cristiana en lenguas quechua y aymará de Antonio Ricardo. Puede afirmarse que al terminar el reino de Felipe II en 1598 casi todas las grandes lenguas indígenas contaban con una transcripción fonética al alfabeto latino, con gramáticas y con diccionarios. Aunque, a pesar de contar con estos tan indispensables instrumentos no fueron la solución definitiva a las relaciones entre conquistadores y conquistados». (1)

Pinceladas todas ellas que vienen a significar la gran preocupación del monarca acerca de aquellos pobladores de unas lejanas tierras que, formando parte de su imperio, debían ser objeto no solamente de su conquista sino también de su evangelización y culturización, dejando de lado, en gran medida, unas civilizaciones en decadencia como la azteca o la maya o bien ancladas en el pasado. Ya no se trataba, así pues, de conquista, de espada, de cruz, sino también de descubrirles un mundo moderno, e incluso la existencia de la rueda, desconocida en el mundo azteca. Todo ello, y más, ha sido, es y será objeto de controversia, pero lo cierto es que el indígena nació en una civilización, para vivir y morir en otra ajustada a los tiempos nuevos que significaron aquellos «dioses venidos sobre caballo». Por ello, finalizar como empezamos, recordando las palabras de Baroja, no es superfluo.

Francisco Gilet.

Bibliografía

(1) Caravelle. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien

«Imperiofobia y leyenda negra». María Elvira Roca

En defensa de España; desmontando mitos y leyendas. S.G.Payne

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