ABBÁS IBN FIRNÁS, el hombre que voló

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Fue en mi adolescencia, en mis vacaciones de verano marroquíes de aroma a hierbabuena y especias, cuando vi por primera vez el nombre de este personaje que bautizaba una de las calles de una zona residencial de Casablanca. Rue Abbas Ibnou Firnas… Continué mi camino sin prestarle más atención. Sin embargo, unos cuantos años más tarde, al poco de empezar a estudiar la carrera de historia, en mi época de apasionado por el mundo andalusí, vi en un mercadillo de libros de los que ponen en el paseo marítimo de Almuñécar, cada cierto tiempo, un librito bastante interesante sobre personajes y episodios históricos de Al Ándalus  que compré sin dudar. Un día más tarde, volviendo a Granada en el autobús, iba leyendo mi nueva adquisición, y vi que Ibn Firnás era uno de los personajes clave para entender la ciencia y la cultura de la época. Entonces recordé que no era esa la primera vez que veía ese nombre.

Entre otras muchas cosas, ya que los sabios del medievo eran totalmente multidisciplinares, fue el primer hombre de quien tenemos constancia de que desafió las leyes de la física y de la gravedad, que nos mantienen fijos en el suelo, y logró surcar los cielos nada menos que en dos ocasiones. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de su proeza, tengamos en cuenta que un genio como Leonardo Da Vinci diseñó su famosa máquina voladora seiscientos años después de él (no son pocos los historiadores que afirman que tuvo contacto con la obra del sabio andalusí). Los hermanos Montgolfier, los famosos inventores del globo aerostático, lograron volar novecientos años después. Y los hermanos Wright se elevaron hacia el cielo con el primer avión motorizado de la historia más de mil años más tarde. Esto nos da una idea de hasta qué punto sus dos experiencias por los aires fueron auténticos hitos históricos que sentarían un muy importante precedente del que partirían todos los que años más tarde se preguntaron cómo podría el ser humano alzar el vuelo.

Nacido en Izn ar- Onda (la actual Ronda, en la serranía malagueña del mismo nombre) en 810, a día de hoy hay controversia entre los historiadores respecto a su origen. Una minoría señala que pudo ser de origen hispanorromano, lo cual resulta más que improbable teniendo en cuenta que hasta el siglo XI aproximadamente los árabes conquistadores eran la aristocracia dominante que ocupaba en la gran mayoría de los casos los puestos relevantes en la administración y en la cultura, y rara vez los muladíes (descendientes de cristianos conversos al Islam), y mucho menos los cristianos (que por aquel momento suponían la mayoría en Al-Ándalus, especialmente en el mundo rural); podían acceder a estudios superiores. Posiblemente fuera de origen beréber, visto que las zonas más montañosas les eran concedidas a estos como pago por su vital labor durante la conquista de la Península en el 711, mientras que las zonas costeras y las llanuras más fértiles quedaron casi siempre bajo control árabe. Además, el patronímico tribal Afernas es bastante común en ciertas zonas de Marruecos y Argelia. Sin embargo, todo parece coincidir en que era de origen árabe, seguramente damasceno o yemení, ya que, sabiendo el inmovilismo social que existió en los primeros casi trescientos años de presencia musulmana, cuando rara vez los conversos podían ascender (prueba de ello fue la revuelta de Omar Ibn Hafsún en el 880, curiosamente en la serranía de Ronda), Ibn Firnás debía pertenecer a una familia influyente, pues de lo contrario difícilmente hubiera accedido a la corte del emir de Córdoba.

En el 822, con tan solo doce años, dejaría su Ronda natal y partiría hacia Córdoba para aprender de los mejores maestros, orientales muchos de ellos. Durante este periodo estudiaría música, poesía, gramática árabe, química, física y astronomía en el palacio de Abderrahmán II, donde se formaba a los futuros sabios de Al Ándalus. El período del Emirato de Córdoba se destacó por conocer una gran extensión de territorio en la Península, y por conocer un importante impulso a nivel técnico, científico, cultural y militar, que se debió principalmente al contacto que el Islam durante su expansión tuvo con culturas milenarias como la persa, la griega, la romana, la beréber, la hindú o la china, y a que los emires supieron rodearse de buenos hombres de estado y de cultura. En esta época fue cuando se mejoraron los sistemas de conducción y aprovechamiento del agua, y se introdujeron nuevos cultivos como la naranja, el limón, el arroz o la sandía; e igualmente se cambió el uso del pergamino por el del papel, además de introducir nuevos sistemas de medición y numeración, aplicar nuevas técnicas en el ámbito militar, muchas de ellas aprendidas de los beréberes, y de ser elaborados nuevos tratados de medicina en los que se hablaba de la importancia de la alimentación, del descanso y de la higiene como factores clave en la prevención de enfermedades. Como vemos aquí, y veremos si profundizamos en el estudio de la historia del Islam en nuestro país, los momentos en los que se conoció un mayor desarrollo fueron precisamente en los que se supo mantener la influencia de los ulemas y del fanatismo religioso lejos de la sociedad y de las esferas de poder. Tampoco hay mucha diferencia con lo que hoy ocurre en el mundo islámico…

Llegados al 828 aproximadamente, Ibn Firnás concluye sus estudios y se dedica a impartir a la futura élite científica del Emirato clases de música y poesía, mientras que escribe numerosos poemas (muchos de los cuales, desgraciadamente, se han perdido), sobre todo de temas amorosos, existenciales y religiosos, y, al menos en un par de ocasiones, viaja a Bagdad, donde se encontraba la Dar al Hikma (Casa de la Sabiduría), para reunirse con los sabios más importantes de todo Oriente, visitar las bibliotecas de la ciudad y sumergirse en el mundo del saber de la ciudad legendaria, que por aquel entonces era la capital de la cultura. Sin Bagdad no podría entenderse el auge cultural que tiempo más tarde tendría Córdoba, al fin y al cabo.

De regreso a Córdoba se dedicó a poner en práctica todo lo que había aprendido en la capital oriental, desarrollando nuevos inventos que serían de gran utilidad y fascinación en su tierra de origen. En esta época construyó una clepsidra (reloj de agua que funciona tanto de día como de noche), que regaló al emir Abderrahmán II nada más terminarla. Tras un arduo trabajo de investigación hizo un complejo astrolabio para representar al milímetro el movimiento de los astros en el espacio. Pero, sin duda, su obra más admirable antes de aventurarse a volar fue su planetario, que hizo en su propia casa, gracias a que pudo traer desde Bagdad consigo las tablas astronómicas del hindú Sinhind, sin las que no tendríamos el conocimiento sobre astronomía del que disponemos hoy. Un planetario en el que aparecían, según los cronistas de la época, las estrellas y las nubes de una forma bastante real, acompañadas de un ruidoso aparato de truenos y rayos que atrajo multitudes de toda la ciudad a la casa del sabio andalusí. Consiguió también tallar el cristal de roca, técnica que antes de que Ibn Firnás la aprendiera, solo conocían los egipcios, por lo que gracias a su descubrimiento, el emir no tuvo que enviar nunca más la roca a Egipto para que la tallaran, sino que sus gentes pudieron hacerlo directamente. Por estos descubrimientos, avanzados para el tiempo del que estamos hablando, pronto se ganó un nombre y un prestigio entre las gentes de Córdoba, que le bautizarían como Hakim Al Ándalus (El sabio de Al Ándalus).

Pasó años tomando concienzudamente apuntes sobre la suspensión de los pájaros en el aire, hasta que en el 852, con cuarenta y dos años de edad (lo que suponía ser una persona más bien anciana entonces), decidió arrojarse desde el minarete de la mezquita de Córdoba ante los ojos de toda una multitud que él mismo congregó. Una vez se lanzó, sacó una lona de tela cuyos extremos sostuvo con sus propias manos para amortiguar la caída. Su aterrizaje, salvo por unas pocas heridas leves, fue un gran éxito, por lo que podemos considerarle sin temor a equivocarnos el inventor del paracaídas.

Ya viejo, en el 872, después de mucho trabajo, puso en marcha el experimento en el que se había estado esforzando durante toda su vida. Con unas alas de madera confeccionadas por él, que se esmeró en recubrir con tela de seda y plumas de aves rapaces que encontró por el campo, volvió a tirarse desde una de las torres más altas de la ciudad para esta vez volar…

¡Y lo consiguió! Durante al menos dos minutos aleteó y planeó por el cielo, lo cual era una gran proeza, pero su experimento falló y finalmente se desplomó, fracturándose las dos piernas, aunque por suerte los mejores médicos de Al Ándalus pudieron atenderle a tiempo. Aplaudido por una gran muchedumbre, quedó satisfecho por lo que había hecho. Ni más ni menos que demostrar al mundo que el hombre podía volar si se lo proponía. Pocos años antes de morir dejó escrito en uno de sus apuntes que su artefacto no tuvo el éxito que esperaba simplemente por no tener una cola, aunque él en ese momento no podía saberlo. Finalmente murió en el 887, con setenta y siete años, enterrado con grandes honores como el Sabio de Al Ándalus que era.

No pudo planear sobre el cielo todo el tiempo que él quiso, pero más de mil años a posteriori, uno de los cráteres de la luna recibió su nombre. Uno de los puentes que cruzan el Guadalquivir en el casco antiguo de Córdoba también se llama Ibn Firnás. Las escuelas de aeronáutica civiles y militares a día de hoy estudian la figura de Abbás Ibn Firnás como la primera persona en la historia que realizó un intento científico por volar, e incluso durante una época el rondeño apareció en numerosos sellos de Correos junto a una avioneta del siglo pasado, aunque muchos no hubiéramos advertido su presencia. Y es que sin él, ningún fundamento de la aeromoción moderna hubiera tenido ningún sentido, por lo que se le conoce como el Padre de la Aeronáutica. Un gran paso para la ciencia.

Juan Benitez

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