Alonso de Cartagena. Proto miembro de la escuela de Salamanca

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Alonso de Cartagena, nació en Burgos en 1386 y murió en  Villasandino (Burgos) el  22.VII.1456. Era hijo de Salomón Ha Levi, que había sido el Rabino de Burgos, convertido a la fe católica el 21 de julio de 1390, poco después de haber escuchado a fray Vicente Ferrer predicar en Valladolid, para llegar, con los años, al obispado de Burgos.

Alonso de Cartagena también sería obispo de Burgos, destacando como humanista, diplomático e historiador del Prerrenacimiento.

La Escuela de Salamanca se ubica entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII. Alonso de Cartagena, por tanto, murió un siglo antes de haber tenido lugar el nacimiento de aquella. Pero la cumbre que significó la conocida como Escuela de Salamanca, tiene unos prolegómenos en los que la figura de Alonso de Cartagena ocupa lugar de preferencia.

Y es que, mediado el siglo XV, tuvo lugar una intensa actividad intelectual que dejaría su impronta. Actividad que se extendía por Europa, que retomaba los textos de Santo Tomás de Aquino y, a través de él, de los clásicos.

La obra que significó un hito en la historia de Alonso de Cartagena sería un compendio de la “Ética a Nicómano”, de Aristóteles, cuyo éxito lo pondría al servicio directo de la Corona, para quién realizaría un trabajo histórico jurídico sobre la figura del jurista latino Aquilius Gallus, del siglo I a.C., en relación a los derechos de herencia a los que eran acreedores los hijos póstumos. 

Es en este terreno, en el jurídico, y en el histórico, en el que destaca Alonso de Cartagena, que perteneció al Real Consejo; fue jurista, cronista real de Castilla, filólogo destacado y teólogo,  llegando a fundar una escuela que sirvió de formación para personajes que luego tendrían relación con la “Escuela de Salamanca”… y acabó intentando crear un “estudio general” paralelo al de la Universidad salmantina

Pero esa fue una idea que tuvo en época muy tardía, cercana a su muerte, tras haber realizado una magna obra de traducción de los clásicos, de entre los que destaca la llamada “Copilaçión de algunos dichos de Séneca” cuyo texto alcanzó renombre, lo que le llevó a profundizar especialmente en este autor latino, lo que a su vez lo condujo a editar varias versiones, alcanzando a ser el texto castellano de filosofía moral más copiado en su época.

Pero si Séneca centro su atención, no dejó de tratar a Cicerón, de quién tradujo “De senectute” ,  “De officiis” y “De inventione”, ni a otros autores, como Bocaccio. Y es que era ferviente defensor de la compatibilidad existente entre el cristianismo y los valores morales del mundo greco romano.

El reconocimiento por su labor, como queda reseñado, lo encumbró en la corte, reportándole cargos de responsabilidad que exigían alto grado de prudencia, siendo mediador en las discordias con Álvaro de Luna, siendo posteriormente embajador en Portugal. Pero además fue nuncio apostólico, y participó en el Concilio de Basilea de 1431-1437, donde defendió la preeminencia de Castilla sobre Inglaterra y consiguió revocar la bula que el Papa otorgaba a Portugal para evangelizar Gran Canaria.

En 1435, estando desplazado en Basilea, falleció su padre, a la sazón obispo de Burgos, siendo nombrado él como su sucesor, sin dejar por ello, en los siguientes años, de tomar parte directa en los asuntos de la Corte, siendo parte importante en el compromiso matrimonial del príncipe Enrique IV de Castilla con Blanca de Navarra.

También medió en los conflictos surgidos con los judíos conversos, ante cuya cuestión escribió en 1450 su obra “Defensorium fidei”,  en la que defendía la igualdad de derechos frente a los cristianos viejos.

En 1456, contando 70 años, fue de peregrinación a Santiago, siendo que a la vuelta falleció en Villasandino (Burgos) el 22 de julio. 

Cesáreo Jarabo

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