IBN ARABI, EL MÍSTICO

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Ibn Arabi

Un fulgor deslumbrante, brotado de los luminosos atributos de Su secreto, se reveló; entonces mi corazón vio Aquel cuya majestad escapa a los límites del pensamiento.

A Pedro le gusta su trabajo de vigilante nocturno en el museo de La Claras de Murcia. Es cómodo, tranquilo y le da la oportunidad de disfrutar de los interesantes restos arquitectónicos que datan de la época del Rey Lobo: maderas talladas y decoradas, zócalos con labor de ataurique, yeserías talladas y pintadas, los restos de una cubierta de mocárabes…todo es espléndido, pero donde realmente le gusta pasar la mayor parte del tiempo es en las estancias palatinas disfrutando del arrocabe, los canecillos tallados, los austeros frisos de lacería, las adarajas de mocárabes que contienen escenas figuradas, como la imagen de la mujer tocando el mizmar, o los zócalos pintados que engalana los muros del palacio mardanisí del siglo XII.

Tras realizar su recorrido habitual Pedro regresa a su puesto, coge primero el táper de zarangollo, luego el libro que esta tarde ha tomado prestado de la biblioteca del director y se dirige al patio, el mismo por donde hace 900 años paseó el legendario Ibn Mardanis, el hombre más poderoso del Al-Ándalus de su época.

Todo es perfecto: el suave murmullo del agua de la fuente, el silencio de la noche, el silbido de la brisa ligera y comida caliente, solo falla el libro. Él es más de novelitas de aventuras, pero el director se lo ha recomendado  y no se ha atrevido a contradecirle. Al fin y al cabo, el jefe es el jefe.

La luz de una media luna mora reverbera sobre el espejo de agua de las acequias, iluminando el título del libro: El Tratado del Amor, de Ibn Arabi. El tema promete poca diversión, pero el autor es demasiado importante como para no darle una oportunidad; aunque nunca ha sido un hombre muy religioso —lo justo como para acordar un mutuo pacto de no agresión, Dios por su lado y él por el otro— , sabe que Abenarabi, como lo llaman los murcianos, fue un importante maestro espiritual al que han comparado con el mismísimo san Juan de la Cruz.

Las campanas de la cercana iglesia de Santa Ana resuenan dos veces. Hambriento, Pedro se sienta entre los mirtos, dispuesto a disfrutar del zarangollo, así que deja el libro en el suelo, pero en ese momento el viento, hasta ahora un breve soplo, se embravece, deslizando las hojas caprichosamente, una tras otra, hasta detenerse en una al azar. Preocupado de que las cubiertas se puedan estropear, deja la cena y va deprisa a recogerlo, pero antes de cerrar el librito algo le lleva a fijarse en la página por donde ha quedado abierto y lee unos versos que a la luz difusa de la noche parecen puñales que se clavan en el alma.

Tu imagen está en mis ojos

y en mi boca tu nombre.

Moras en mi corazón

¿Pero dónde te escondes?

La fuerza de aquellas pocas palabras provoca un extraño efecto en Pedro, convulsionando su mente ante una oleada de sentimientos en el que la conciencia de un falso yo se va deshilachando como un vestido sucio cargado de humedad y lodo para liberar al yo más profundo, ese que yace en algún rincón de su ser, avistando un abismo de libertad y paz.

Y en algún lugar más allá de las estrellas, un místico sufí sonríe tras haber logrado abrir un corazón al Amor de Dios.

EL PERSONAJE.

Yo sigo la religión del amor. Cualquiera que sea el camino que recorran sus camellos, esa es mi religión y mi fe.

Los tres últimos versos de esta Oda XI de Ibn Arabi presiden en Murcia la entrada al Museo de Santa Clara, que contiene los restos islámicos más notables del alcázar moro del siglo XIII y epicentro del poder del Rey Lobo, gran señor de Murcia en el siglo XII. Bajo su próspero reinado nació en la ciudad del Segura Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī ibn Muḥammad ibnʿArabī al-Ḥātimī aṭ-Ṭāʾī, más conocido como Ibn Arabi, Abenarabi o Ben Arabi, el 28 de julio de 1165. Su madre era bereber y su padre, murciano, un alto mando militar al servicio de Ibn Mardanis, quien le enseñaría a cabalgar, afilar espadas y maniobrar en campamentos militares.

En la Murcia de Ibn Mardanis imperaba una visión muy abierta del Islam y musulmanes convivían con cristianos sin restricciones, pero en 1172 ese ambiente de tolerancia se desmoronó con la derrota del rey por los almohades, quienes impusieron una interpretación mucho más estricta del Islam.

Aquel cambio de régimen no significaría la caída en desgracia del padre de Ibn Arabi, sino al contrario, ya que los almohades lo siguen teniendo en alta consideración (Fernando Mora, Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí). Tanto es así que, al servicio de la nueva bandera, la familia abandona Murcia y se traslada a Sevilla, nueva capital califal, cuando el hijo contaba ocho años.

A pesar del rigor religioso Sevilla era una ciudad cosmopolita en pleno esplendor cultural, repleta de estudiosos de toda Europa que viajaban a la ciudad para acceder a las mejores fuentes del conocimiento más diverso. Por aquel entonces, el joven Abenarabi estudiaba en Lora del Río y Carmona, donde ya destacaba por su brillantez, mente preclara, profundidad de comprensión y sabiduría.

LA ILUMINACIÓN

Sevilla, esa obra de arte que nos dejaron los moros,con sus fieles vigilantes, Giralda y Torre del Oro, sedujo a un joven Ibn Arabi con sus brillos nocturnos, convergiendo en el mismo chico las virtudes del erudito y asceta con los pecados del vividor, el rufián y el juglar. Fiestas, justas poéticas, cacerías…la concupiscencia dominaba su corazón hasta que en una noche de farra una voz sin dueño le espetó:

¡No es esto para lo que te he creado!

Es el mismo Ibn Arabi el que nos narra cómo, aterrado, huyó de la casa, dio sus ropas a un mendigo y se instaló en una tumba abandonada del cementerio, simbolizando de aquella manera tan gráfica la muerte del hombre que había sido y el nacimiento del místico en el que habría de convertirse.

1184. Abenarabi iniciaba su andadura de la mano de Dios, al que iluminó con visiones que marcaron su camino hacia una vida de santidad en el que las cosas materiales perdían todo su valor para abrazar el voto de pobreza y consagrarse a lo divino. El cambio fue tan radical que su padre, temiendo que el vástago, al que ya empezaban a llamar hijo de Platón, hubiera enloquecido, lo llevó a Córdoba para presentarlo ante el mismísimo Averroes, médico personal del califa y traductor de Aristóteles. El encuentro entre los dos gigantes se resolvió con un breve diálogo, suficiente para dejar al filósofo y jurista cordobés conmocionado por la profunda sabiduría del jovencísimo sufí.

EL ENCUENTRO

El rítmico llamamiento del almuédano llamando al aḏān desde el minarete de la Mezquita de Córdoba devuelve a la realidad a Ibn Rushd, más conocido como Averroes, quien lleva un largo rato abandonado a sus ensoñaciones. Con el suave rumor del coro recitando a su alrededor Allāhu akbar , el anciano filósofo siente un profundo alivio al ver que su despiste no le ha hecho incumplir con sus obligaciones religiosas. Precisa estar purificado ante el inminente encuentro que va a tener con el hijo de Platón, ese muchacho imberbe del que dicen que ha alcanzado la Iluminación; aquel que no mira con la mente y el raciocinio, sino con un espíritu abierto a las revelaciones de Alá.

Un perezoso sol redondo y escarlata holgazanea entre la suave bruma que cubría la ciudad de las mezquitas. Cuando los fieles se retiran a continuar con sus quehaceres diarios tras el rezo dos suaves golpes a la puerta alertan al cadí. Nervioso como un niño, se arregla la túnica a toda prisa y acude a abrir, encontrándose al otro lado a un joven de apenas quince años cuyos ojos centran su atención, dos óvalos oscuros que irradiaban paz y sabiduría. Los de un místico.

—Salam ‘aleykum — dijo Abū Bakr Muhammad Ibn ‘Alī Ibn al-‘Arabi

Con una leve inclinación, el anciano invita a entrar a su huésped en la casa, típicamente andalusí. Decorada a la almagra, los pavimentos ricamente decorados contrastan con la sencillez de las paredes desnudas de la austera estancia donde el aristotélico pasa largas horas buscando el Saber y la Verdad. Sin mediar palabra alguna, respetando la solemnidad ceremonial de la preparación del té, ambos se sientan en el suelo uno frente a otro. Tras el primer sorbo de la infusión Averroes no puede contener su deseo y formula una sencilla pregunta cuya respuesta tanto le desazona.

— ¿Sí?

El sufí, vestido con imamah y durra’ah de un color blanco inmaculado, deja con parsimonia su taza de té de menta sobre la mesa de alabastro y se queda mirando al filósofo unos segundos antes de negar categóricamente con la cabeza. Aquella respuesta hace palidecer a Ibn Rushd al comprobar cómo su Verdad se resquebraja como una casa cuyos cimientos no estuvieran correctamente asentados.

— Entonces, amado Ibn Arabi, ¿qué respuesta has encontrado a las cuestiones de la Revelación y la Gracia Divina? – pregunta el cadí.

Apreciando sinceramente el ansia de conocimiento que se desprende de las preguntas del filósofo, Ibn Arabi cierra los ojos y deja que la Iluminación hable por su boca, agradecido por poder convertirse de nuevo en instrumento de Alá para abrir el corazón de aquel hombre tan lúcido en la razón pero opaco en el espíritu.

—Sí y no. Entre la afirmación y la negación los espíritus vuelan más allá de la materia y de sus cuerpos las cervices.

La reflexión inunda el alma de Averroes como el agua llena un vaso hasta rebosarlo. Su espíritu saborea las enigmáticas palabras, embriagado por la oportunidad que Alá le regala de poder compartir la sabiduría mística de aquel joven.

— Creo que lo entiendo — acierta a decir Averroes— . Hay dos tipos de conocimiento: el erudito, de carácter racional, y el del corazón, de sentido espiritual, siendo ambos necesariamente complementarios, aunque sólo el iluminado puede acceder al conocimiento interno. Por tanto, no hay más Gracia que la que proviene de Alá.

— Luego has comprendido —remacha Ibn Arabi.

Y es entonces cuando Filosofía y Espiritualidad se funden en una sola Verdad.

LA SENDA SUFÍ

El sufismo es una corriente mística y ascética del islam que considera que Dios puede ser hallado en cualquier forma o creencia a través del conocimiento interno, el equilibrio y el fervor basado en un amor infinito.

Porque Él es el Primero y el Último, lo Exterior y lo Interior. Él aparece en Su unidad y se esconde en Su singularidad. Él es el Primero por Su «perseidad». Él es el Último por Su eterna permanencia. Él es la existencia de lo Primero y de lo Último,de lo Exterior y lo Interior. Él es Su nombre y lo que es nombrado.

Esta búsqueda de la Verdad requiere una iniciación y una renuncia a todo aquello que no es Dios, con el objetivo final de alcanzar su fusión con Él a través de un camino de amor y conocimiento (ma’rifa) que conduce a la revelación del misterio (jasf) mediante el estudio, las reglas, las abluciones, la purificación, la recitación (dikr), la autocrítica, la verdad, la pobreza, la tolerancia, la humildad o la renuncia.

Fue precisamente ese ansia de conocimiento lo que llevó a Ibn Arabi a una vida viajera, recorriendo primero su Al-Ándalus natal y luego el norte de África para visitar a diferentes grupos sufíes y entrevistarse con eremitas, santos, peregrinos y contemplativos.

Fez, Túnez, Alejandría, la Meca… La inmensidad de los territorios islámicos permitía moverse sin peligro de Al-Ándalus a Persia en un periplo en el que llegó a recorrer hasta 90.000 kilómetros.

En esta época de consolidación espiritual, el joven Ibn Arabi frecuentó a maestros como Abd Allah Muhammad de Aljarafe, quien pasó cincuenta años en una celda sin encender luz ni fuego,  Abu Ali Al-Sakkaz, hombre que jamás pronunció la palabra “yo” o el que sería su más joven maestro, un niño de diez años en Sevilla que lo hizo sentir minúsculo con solo una sonrisa, así como Yasmina de Marchena y Fátima de Córdoba.

Los otros vienen a verme con una parte de ellos mismos, dejando en sus casas la otra parte, mientras que mi hijo Ibn Arabí es un consuelo para mí, él es la frescura de mis ojos, porque cuando viene a verme, viene todo entero; cuando se levanta, se levanta toda su persona y cuando se sienta, se sienta con toda su persona. No deja nada de sí mismo, en otra parte. De esta forma es como conviene estar en la Vía. (Fátima de Córdoba)

En el año 1200, Ibn Arabi abandonó al-Ándalus definitivamente con una última visita a Murcia y partió hacia Fez, que por aquel entonces era un centro de saber académico y sufí, además de refugio de andalusíes emigrados. Por entonces el místico ya había escrito algunas de sus obras: El divino gobierno del reino humano, El viaje nocturno, El crepúsculo de las estrellas y La aparición de las lunas crecientes de los secretos y las ciencias.

Entre 1202 y 1214 viajó a Egipto, Palestina, Jerusalén y Hebrón y a la Meca, donde escribió El intérprete de los deseos, pero la peregrinación no sació las ansias de mundo de Ibn Arabi y durante los veinte años siguientes siguió recorriendo los dominios del islam hasta sus confines, siempre escribiendo (entre 1203 y 1233 concluyó su obra Las conquistas espirituales de La Meca, cuyo manuscrito original se conserva aún intacto) y sumando discípulos, como en Bagdad, donde ofreció lecturas públicas de su Epístola de la santidad para dar a conocer en tierras orientales a los sufíes andalusíes.

Dios es, pues, el espejo en el que tú mismo te ves, al igual que tú eres Su espejo, en el que Él contempla sus nombres.

En 1204 recibió la iniciación del maestro sufí Ali ben Abd Allah ben Djami en Mosul, y escribió El libro de las Teofanías. Finalmente, se asentó de manera permanente en Damasco en 1224, donde terminaría de redactar Los engarces de la sabiduría (1229), su libro más atacado por la ortodoxia islámica y que él aseguraba haber recibido de manos del propio Mahoma en un sueño, así como el Diwan de los conocimientos divinos, un compendio de los más de mil poemas que hizo a lo largo de su vida y que, ocho siglos después, sigue sin traducirse de manera completa.

Ibn Arabi fallecería en la «Perla del desierto» el 10 de noviembre de 1241. Su tumba, en la que después fueron enterrados dos de sus hijos, aún se conserva y es venerada.

IBN ARABI, EL MÍSTICO

Ibn Arabi representa la tradición sufí en toda su pureza, originalidad y una espiritualidad basada en un principio: el elemento esencial de la existencia mundana es el lugar ocupado por el Creador en la vida de cada individuo y sus múltiples manifestaciones divinas. Es por estas reflexiones por lo que es conocido en la tradición sufí como el Gran Maestro (al-cheij al-akbar) o Sello de los Santos de Mahoma, al ser el filósofo que mejor teorizó sobre la unicidad de Dios (tawhîd) y reconocer la presencia divina en cualquier forma y aspecto.

No soy ni un profeta ni un emisario, soy simplemente un heredero, alguien que ara y siembra el campo de la vida futura.

Ibn Arabi basó sus enseñanzas en el Corán y en la tradición profética, la Sunna del profeta Mohammed. En su obra más importante, Las revelaciones de La Meca, ilustró cómo, más allá la búsqueda de poder y el conocimiento, son posibles otras visiones del islam basadas en la humildad y la pureza. Su raíz aristotélica fundamenta esa generosidad de miras que no se detiene en los límites de lo racional, como defendía su contemporáneo Averroes, sino en el principio de que para liberarse de las cadenas hay que hacerlo por la vía de la espiritualidad.

El Dios Amor no se halla oculto en la rosa, sino que reside en la capacidad para oler su perfume.

Junto al conocimiento de uno mismo y de Dios, la experiencia de su misericordia y el amor son conceptos centrales en toda su obra. Amor divino y humano: “Para él, la mujer es el más adecuado soporte para la contemplación de la belleza divina; y con ello se enmarca abiertamente en la tradición de los llamados Fieles del Amor, quienes sostienen que el culto a Dios, personificado en el principio femenino, conforma un sendero de sabiduría autónoma y completo en sí mismo” (Fernando Mora, Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí).

INFLUENCIA

Existe una poderosa conexión histórica entre Ibn Arabi y Turquía. De hecho, fue un sultán otomano quien, a los dos siglos de la muerte del sabio murciano, cuando sus enseñanzas habían caído en el olvido, contribuyó a revivirlas alzando una madrasa en el lugar de Damasco donde se encuentra su sepulcro.

El conocimiento de Dios y el conocimiento de uno mismo se convierten en una misma cosa, sin que quede uno reducido al otro, pues es uno el que permite la manifestación del otro.

Los postulados del sabio murciano desatan todavía hoy, ocho siglos después, muy opuestas reacciones en el mundo islámico: mientras en la ultraconservadora Arabia Saudí sus libros están prohibidos, en Marruecos o Turquía es una figura de referencia, así como en Irán, donde el ayatolá Homeini le recomendó su lectura al presidente de la Unión Soviética Gorvachov en la carta de 1989 donde pronosticaba la inminente caída del comunismo.

En cuanto a occidente, destaca la influencia del murciano en la Comedia de Dante, en particular en su concepción del infierno y del paraíso.

Hoy, en Murcia, una calle importante de la ciudad moderna recibe el nombre de “Abenarabi”.

En su conjunto, la obra de Ibn Arabi converge en su concepción del ser humano perfecto, que es, en su opinión, el espejo y el ojo de Dios en el cosmos. De ese modo, el individuo que ha realizado plenamente su potencia espiritual se transforma en eje que comunica cielo y tierra, en confluencia de tiempo y eternidad y en compasivo ojo a través del cual El-Todo-Misericordioso derrama sus bendiciones sobre los mundos”. (Fernando Mora)

Ricardo Aller Hernández

BIBLIOGRAFÍA

Fernando Mora. Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí. Kairos, 2011.

Rodrigo de Zayas. Ibn’Arabi de Murcia, maestro del amor, santo humanista y hereje. Almazara, 2007.

Biografiasyvidas.com/biografia/i/ibn_arabi.htm

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