SANTOS ESPAÑOLES: SAN AGATÁNGELO

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SAN AGATÁNGELO

El Honor y la Gloria, te adornan Agatángelo,

Y los fieles de tu Iglesia te aclaman patrón y Santo.

En Aras de Sangre y de fe, la vida y ejemplo diste,

Bendice a quienes por patrón, quisieran ser como fuiste.

El Honor y la Gloria…

(Canción compuesta por Manuel Menarguez R. y Ramón Ejega M., que se canta como Himno a San Agatángelo, en la Parroquia de la que el santo es titular en Elche).

EL PERSONAJE

Invicto mártir, el martillo de la herejía, el más valiente soldado de Cristo, nuestro Señor, el que padeció veinte años del martirio en cárceles, calores, fríos, con leznas introducidas entre los dedos de las manos. El que fue echado sobre una cama de agudas puntas, castigado con miembros de buey, con plomo derretido, puesto en hornos de cal viva, azotes, palos, en fin descabezado, como cuenta Nicéforo en la vida de San Clemente de Ancira, de que los dos padecieron un mismo martirio… Murió el glorioso San Agathangelo el día 5 de noviembre, año del Señor cuatrocientos, siglo IV. Reinaron en esta época Diocleciano, Maximiano, Carino Erculio, Galerio, Severo, Licinio, Maxencio y Máximo. (José Payá Alberola).

Cuenta la tradición que la madre de Agatángelo era de Orihuela. Joven y embarazada, se trasladó hasta la romana Ilici (actual Elche), de donde procedía el marido, huyendo de los que pretendían obligarla a renegar del catolicismo. El matrimonio logró refugiarse en lo que hoy es la calle dedicada al santo y en ese momento nada más que un conjunto de palmeras que formaban algo parecido a una cueva.

Allí, en la Elche romana, nacería Agatángelo en el siglo III.


Martirologio

El licenciado Juan Tamayo Salazar, en su “Martirologio Hispano” (León, 1651, Tomo I, fol.261) cita un testimonio del “Antolojio de los godos”, diciendo que San Agatángelo nació “in civitate illicitana”, que está en España junto a los pueblos contestanos y cosentanos.(Payá Alberola).

Pasados los años, Agatángelo se convirtió en legionario, terminando como soldado en la misma capital del imperio.


Clemente de Ancyra

Fue en Roma cuando tuvo sus primeros contactos con la comunidad cristiana. En esa época conoció a Clemente de Ancyra, obispo de Ancira (hoy Ankara), quien había sido desterrado de su episcopado y enviado a Roma. Clemente lo bautizó y lo nombró diácono.

          Cuando Clemente fue enviado a Nicomedia en un barco lleno de soldados para ver si el gobernador Maximiano podía conseguir su apostasía, Agatángelo subió secretamente a la nave para acompañarlo en su suerte.

Doyte gracias, Señor mío Jesucristo, que eres mi única consolación y ayuda, pues ni en la tierra ni en el mar me has desamparado, y me has defendido toda la vida, y recreación mi alma fatigada con los Trabajos, y Hecho consolador mío, por la manera que tú sabes. Porque ahora en el mar me has consolado con este mi hermano Agatángelo, el cual con el nombre que tiene me promete tu favor, porque Agatángelo quiere decir ‘mensajero de buenas noticias’.

El viaje de los dos cristianos se prolongó durante más de veinte años por medio mundo: Rodas, Nicomedia, Ancira, Amis y Tarso… El obispo fue pasando de tribunal en tribunal y de tormento en tormento, sin que ni él ni su diácono renunciasen jamás a sus creencias, lo que hizo que muchos se convirtieran.

Clemente y Agatángelo

          Los verdugos colgaron a Clemente, desgarraron su carne con dientes de hierro, le golpearon con piedras sus labios y mejillas; lo ataron a una rueda, lo golpearon con palos y lo cortaron horriblemente con cuchillos; le arrojaron picas a la cara, le rompieron las mandíbulas, le arrancaron los dientes y le aplastaron los pies con cadenas de hierro. Luego azotaron a ambos mártires y los suspendieron de una viga; chamuscaron sus cuerpos con antorchas y los arrojaron a las bestias salvajes. Les metieron hierros al rojo vivo bajo las uñas, los enterraron en cal viva y los dejaron así durante dos días. Después les arrancaron fragmentos de piel y los volvieron a azotar. Los pusieron sobre grillas de hierro calentadas al blanco vivo; los arrojaron a un terrible horno donde quedaron por un día y una noche. Una vez más les arrancaron la piel con ganchos de metal; luego armaron una especie de trilla y la arrojaron contra sus dientes. A Agatángelo le arrojaron plomo fundido sobre la cabeza; lo arrastraron por el pueblo con una piedra atada al cuello y lo apedrearon. Sólo a Clemente le perforaron las orejas con agujas al rojo vivo, lo quemaron otra vez con antorchas y le golpearon la cabeza con un palo (Delehaye, en Las leyendas hagiográficas, Martirio).

          Tras sufrir lapidación, los dos cristianos fueron enviados a Amasea, controlada por el procónsul Domecius, llegando posteriormente a Ancyra, donde también sufrieron martirio, por orden de Lucio.

Esta constancia que vas en mí no nace de las facilidades o de la simplicidad como tú dices; porque si yo esas tuviera, ¿cómo podría resistir a tantos jueces y al propio emperador, ya tantas invenciones de tormentos con que nos pretendías vencer, ya tantos artificios de promesas y palabras con que nos querías engañar? Así que no debes llamar esto Facilidades, sino verdadera sabiduría, la que tiene más en cuenta los bienes eternos, que nunca mudan, que con los temporales, que cada día van y vienen; y esta nos hace despreciar vuestros falsos dioses y adorar al verdadero Dios.

          Tras graves tormentos, y viendo que el ilicitano no renunciaba a su fe, fue decapitado un 5 de noviembre, sin que se pueda precisar el año (entre el 303 y el 310). Unas semanas después, el 2 de enero, fue decapitado también Clemente.

          Agatángelo y Clemente fueron enterrados juntos:

          Yo, hijos míos, huesos sepulté en este lugar secreto, mas Christo publicará y dará descanso, miedo cuyo amor tantos trabajos padecisteis.


san Jerónimo

El menologio de la Iglesia de Constantinopla recogía desde antiguo la celebración de estos dos mártires, Clemente de Ancyra y Agatángelo. De Clemente se recoge un testimonio de san Jerónimo en el Comentario a la Carta a los Gálatas, donde se indica que el mártir había nacido hacia el año 260 y que sufrió el martirio en los inicios del siglo IV, durante las persecuciones de Diocleciano, es decir, en torno al 304.

De Agatángelo se conserva un díptico griego que dice que el mismo día (de Clemente) acabó para Agatángelo esta vida por la espada, y que fue un buen ángel (haciendo un obvio juego de palabras) quien presidió su destino. Este mismo testimonio es repetido, con pequeñas variantes, por otros menologios  (eltestigofiel.org).

En el año 1599 Nicolás Martínez Clavero se trajo de Roma varias reliquias de santos, entre ellas de san Agatángelo.

Murió S. Agatángelo proto-mártir, en Iliria de Iberia, según Beda y Liliano. (José Payá Alberola).

El día seis de junio de 1683, el Concejo d’Elig, votó celebrar la fiesta per ser sant fill de dita villa.  Patrono de la villa junto a la Virgen de la Asunción, su festividad se celebra el 3 de febrero.


Nicolás de Bussy

En la Basílica de Santa María de Elche encontramos la Puerta de San Agatángelo en la parte norte del templo, junto a la base del campanario, también llamada de Fauquet, en recuerdo del arquitecto que dirigió las obras de Santa María entre 1681 y 1719. La ornamentación de esta portada también es obra del escultor Nicolás de Bussy.

Sobre el entablamento se abre una hornacina enmarcada con molduras vegetales en cuyo interior se cobija la imagen de san Agatángelo. La hornacina central está coronada con un frontón curvo, ornamentado también con pirámides, que se interrumpe en el centro para dejar paso al relieve de un ángel que porta en sus manos la palma del martirio y del triunfo sobre la muerte.

MILAGROS

De forma oral se ha transmitido uno de los milagros de san Agatángelo:

Un albañil resbaló del andamio y cuando caía le dijo a Agatángelo: “¡¡Sálvame!!”, contestándole: “Espera que voy a pedírselo a Dios”, quedando el obrero suspenso en el aire, levitando, mientras que San Agatángelo hablaba con Dios, de quien se supone recibió oportuna autorización, y Agatángelo le dijo: “Puedes bajar”, y el albañil bajó al suelo de pie, sano y salvo (Payá Alberola).

Ricardo Aller

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