Piratas en Filipinas. Los combates de Cagayán

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Esta podría ser la típica historia de unos pocos españoles enfrentándose contra unos piratas, solo una más, pero esta es diferente porque tiene todos los ingredientes para que un avispado productor de cine la convirtiera en una película de éxito: lugar remoto como las Filipinas, un enemigo exótico, los wako japoneses, y como personaje principal, un hombre envejecido por el tiempo, el mar y la guerra: Juan Pablo de Carrión.

ANTECEDENTES

En 1575, Juan Pacheco de  Maldonado  era  más  explícito  al  señalar  que  los  japoneses llegaban cada año a Luzón para intercambiar plata por oro, siendo tres sus principales destinos Cagayán, Lingayen (en Pangasinan) y Manila. Las noticias que llegaron poco después, en 1580 y 1581, señalaban que los japoneses estaban haciendo algún daño a los antivos, y ya, en 1582, se habla claramente del pirata Tayfuzu que se aprestaba para ir a Cagayán con 10 navíos. (La colonia de japoneses en Manila, José Eugenio Borao).

Palacio del Gobernador. Manila, 16 de junio de 1582

—¿Me habéis mandado llamar, señor?

La pregunta del capitán Juan Pablo de Carrión resonó desde la puerta que daba acceso al despacho del gobernador Gonzalo Ronquillo, cuyo rostro permanecía en la penumbra.

—¡Ah, Carrión, al fin! Pasad, pasad.

Mientras el capitán entraba, levantose con dificultad el gobernador. Los problemas acontecidos durante los últimos meses en la Capitanía General le habían dejado un aspecto mortecino que exageraba aún más su sobria indumentaria, pues siempre iba vestido a la española, con traje negro, gola y una ostentosa cadena de oro que desprendía destellos cada vez que un retazo de sol se colaba por la ventana.       

—Más piratas, capitán —dijo Ronquillo—. Mis informadores me han anunciado que el japón Tayfazu y sus hordas se dirigen a Luzón con una decena de navíos.

Carrión asintió, pensativo. El problema de la piratería en las Filipinas comenzó en el año 74, cuando el corsario chino Li Ma Hong atacó Manila. Tras una dura batalla en el fuerte de Panganisán, los españoles lograron derrotar a Hong, pero aquello dejó al descubierto la escasez de hombres y medios de los conquistadores, debilidad manifiesta que hizo que las aguas del Pacífico se atestaran de piratas que no dudaban en aprovechar las débiles defensas de las villas costeras más desprotegidas para realizar violentas actuaciones de pillaje, una práctica que a lo largo de los dos últimos años había ido en aumento, sobre todo desde que un grupo de ronin, liderados por el temido Tayfuzu, comenzaron a saquear Luzón y la provincia de Cagayán.

—Después de ver cómo lucharon contra nosotros en el mar de la China Meridional no puedo decir que me sorprenda —dijo el militar con la seguridad de quien sabía de lo que hablaba. Él mismo había dirigido unas semanas atrás el combate entre su flotilla y un junco pirata que se dirigía a Luzón, y que concluyó con victoria hispana gracias a la superioridad técnica de sus embarcaciones —. El pirata japón es gente belicosa, solo basta con verlos ataviados con esos extraños trajes de hierro y su destreza para manejar artillería y arcabucería.

—El caso es que ahora mismo son el principal problema de las Filipinas y hemos de atajarlo, así que preciso de vuestra implicación una vez más.

Con el cuajo que le daba haber recibido en la vida más noticias malas que buenas, Carrión apenas parpadeó un par de veces antes de responder.

—Si me permitís, gobernador —dijo en tono neutro—. Nadie puede dudar de mi dedicación para con la corona, pero un viejo de casi setenta años quizás no sea el mejor capitán para una travesía en la que se adivina oleaje de balas y ruido de aceros.

Saltó del ventanal como un resorte Ronquillo y se quedó mirándolo con recelo.

—Me sorprendéis, Carrión —respondió, al cabo. En su semblante se adivinaba una sonrisa lobuna que no gustó nada al capitán—. Siempre pensé que un hombre como vos era de los que prefería morir en el campo de batalla al tener por cierto que de esa manera su honor se mantendría intacto.

Aunque con esfuerzo, el palentino aguantó la insidia con soltura, dando un paso hacia la mesa que le dejó medio rostro bajo el color cetrino de las palmatorias.

—No quisiera que confundierais el consejo al que me inclina la razón con algo que no es, don Gonzalo.

—Las razones no se las he pedido —sentenció el gobernador, amoscado—. De aquí a una semana dispondréis de una flotilla de siete barcos, con la Capitana de buque insignia, y 40 hombres, que no son muchos, pero es lo que tengo. Deberéis ir a Cagayán y acabar con los saqueos, cueste lo que cueste.

Y sin mediar más palabra, Ronquillo se sentó a escribir una carta al rey Felipe para informarle acerca de la crítica situación de las Filipinas. Frente a él, Juan Pablo de Carrión se mantenía firme, pero el gobernador parecía haberse olvidado de él, así que, tras un tiempo prudencial, hizo un ademán con la cabeza y abandonó el despacho rumiando la idea de que si sus 69 años le permitían vencer a un demonio pirata, la próxima vez que abandonara aquella estancia lo haría igual que hoy, pero con dos cambios es su persona: recién cumplidos los setenta y con una bala menos en su pistola.

EL PERSONAJE: JUAN PABLO DE CARRIÓN

Juan Pablo de Carrión fue alumbrado en Carrión de los Condes (Palencia) en el año1513. El grueso de su vida militar transcurrió en gran medida en el Pacífico, en una época en la que los dominios españoles se extendían al norte de dicho océano hasta Alaska, mientras que al oeste incluían Las Filipinas y una multitud de islas, cuando la unión con Portugal hizo del Pacifico un lago hispano.

En 1543, Carrión participó en la expedición de Ruy López de Villalobos a las Filipinas desde del puerto de Barra de Navidad, en Nueva España––hoy México––, con una flota de 6 navíos y una tripulación de unos 400 hombres. En aquella expedición se descubrieron varios archipiélagos, entre ellos las Islas Carolinas, propiedad de España hasta su venta a Alemania en 1899. Más tarde alcanzaron unas islas ya descubiertas por Magallanes, las denominadas Islas de Poniente o archipiélago de San Lázaro, pero que los españoles rebautizaron como Filipinas en honor al príncipe Felipe, futuro Felipe II.

La expedición siguió navegando y, de paso, comerciando con los indígenas, algo que disgustó a los portugueses, tanto que, al poco, Villalobos recibió una carta del gobernador de las Molucas exigiendo una explicación de la presencia de la flota en territorio portugués, a la que este respondió que no entendía la ofensa, pues se encontraba en territorio de la Corona de Castilla.

Pero en aquellas tierras Portugal no era el principal problema. Expulsados por los nativos hostiles, el hambre y un naufragio, Villalobos se vio obligado a abandonar y dirigirse a las Molucas, donde murió prisionero de los portugueses. Entre los 117 supervivientes se encontraba Juan Pablo de Carrión, quien regresó a España, donde se convirtió en tesorero del arzobispo de Toledo Juan Martínez Silíceo hasta 1560, aproximadamente, cuando partió a Nueva España. Allí fue comisionado en el astillero de Puerto Navidad, colaborando con la mítica expedición de Andrés de Urdaneta con el galeón San Pedro y el tornaviaje desde Filipinas.

Establecido en Colima, se casó por segunda vez, por lo que fue acusado de bigamia y de judaizante, motivo por el que le fueron embargados todos sus bienes y tuvo que volver a España para defenderse. Tras este contratiempo, en 1577 se dirigió a Filipinas como General de Armada.

Llegó así el año 1582. Carrión tenía 69 años y estaba a punto de enfrentarse a un enemigo muy diferente contra el que había peleado: los wako.

¿QUIÉNES ERAN LOS WAKO?

Eran piratas de origen principalmente japonés (aunque en las tripulaciones se mezclaba gente de todas partes) que asolaron las costas de China desde tiempos medievales hasta bien entrado el s. XVI. La palabra es de origen chino y viene a significar “bandidos del país de Wa”, que es el nombre que se da a Japón en chino clásico. La mayor parte venían de Kyushu y las islas del sur del archipiélago nipón, pero con el tiempo el término pasó a definir a todos los filibusteros que operaban en la zona, con independencia de su país de procedencia. En sus tripulaciones había de todo, como en botica: ronin, mercaderes, contrabandistas, forajidos… Si bien la frontera entre piratería y comercio era más bien difusa en aquella época, las actividades de los wako eran un quebradero de cabeza constante para los chinos, y fuente de no pocos problemas diplomáticos con Japón (web Historias de samuráis)

TRES BATALLAS

Junio de 1582. La flota española, escasa pero valiente––la galera Capitana, el navío ligero San Yusepe y cinco bajeles pequeños––, zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón hacia la provincia de Cagayán , situada en el extremo norte, donde se enfrentaría a los piratas hasta en tres ocasiones, siendo solamente uno o dos los combates directos contra las tropas del temido Tayfuzu, también referido como Tayfusu o Tayfuzu ( «Tay Fusa» se trata probablemente de la transliteración del término japonés «Taifu-sama», siendo taifu ––, 大夫, pronunciada dàfū en chino––, una palabra usada para referirse a los comandantes o señores feudales)

La primera contienda se produjo en el mar de la China Meridional, cuando la galera de Carrión avistó un champán que fue cañoneado hasta obligarlo a retirarse. El segundo envite naval se produciría poco tiempo después, donde los españoles abordaron al enemigo con momentos de combate cerrado en cubierta muy duros.

Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas  

Para fortuna de Carrión, o acaso estaba todo bien previsto, cuando más crudo era el fuego apareció el San Yusepe a socorrerlos y a base de buena artillería y sendos cañonazos acabaron batiendo al enemigo.

La respuesta pirata llegó a través del cabecilla Tayfuzu a mediados de junio, que reunió una fuerza de 18 champanes––entre 600 y 1000 hombres–– y navegó rumbo al archipiélago filipino. Cuando Carrión se enteró, se dispuso para la batalla internándose en el río Tajo con una flota compuesta por cinco bajeles pequeños de apoyo, un navío ligero (el San Yusepe) y una galera (la Capitana), con sus respectivas tripulaciones.

Vista su debilidad en mar abierto, los piratas decidieron trasladar el combate al río Tajo, o Río Grande de Cagayán, un torrente sinuoso e imprevisible, tanto en anchura como en profundidad, donde los piratas habían construido fortificaciones en su desembocadura. Consciente de las pretensiones japonesas, Carrión, un militar tan bravo como inteligente y experimentado, se las ingenió para alejar al enemigo de sus posiciones, ganando para sí la parte más importante de cualquier batalla: el escenario.

El envite fue como correspondía: fiero, sin cuartel, con mucho hierro fundido de Vizcaya silbando sobre sus cabezas y con el resultado favorable, de nuevo, para los españoles: 200 piratas muertos o heridos en el intercambio. Pero el Japón, aparte de ser mayor en número, era un enemigo obstinado: las circunstancias obligaron a Carrión y los suyos a desembarcar en un recodo del río para tomar posiciones cerca del grueso de las fuerzas enemigas, así que construyeron una trinchera y colocaron en ellas los cañones de la galera, con los que continuaron haciendo fuego.

Fue entonces, medio del fuego y las balas, cuando ambos cruzaron sus miradas por primera vez. Duró el contacto visual tan solo unos segundos, tiempo suficiente para que los dos descifraran lo que se ocultaban cada uno tras la fachada de sus rostros imperturbables. Con el eco de los arcabuzazos españoles que estaban terminando con la resistencia de la última embarcación que los separaba de alcanzar tierra firme, Juan Pablo Carrión amagó una sonrisa y, sin dejar de mirar al japón, que seguía apostado junto al timón sin que pareciera importarle la lluvia de plomo que volaba a diestra y siniestra, hizo una pequeña reverencia en señal de saludo, acto que de inmediato fue devuelto por el célebre Tayfazu.

Viéndose superados estratégicamente, los woku decidieron negociar una rendición, pero Carrión se negó y les ordenó marcharse de Luzón. Los piratas exigieron entonces una indemnización en oro por las pérdidas que sufrirían si se marchaban, a lo que siguió una nueva y rotunda negativa por parte española. Rotas las negociaciones, los japoneses decidieron atacar las posiciones terrestres españolas, seguros de su enorme superioridad numérica frente a los pocos defensores del Aspa de Borgoña––recordemos, 40 hombres, quizás 60, las cifras varían––, pero, para su desesperación, la trinchera aguantó sus dos primeros asaltos.

A falta de recursos, Carrión tiró de ingenio: tradicionalmente los wako empleaban la táctica de asir las astas de las picas para abrirse camino o hacerse con ellas, así que el palentino ordenó a piqueros y alabarderos que cuando se les indicara debían simular huir aterrorizados, dejando las picas abandonadas, aunque antes debían untar sebo en la madera a fin de que resbalaran y fueran más difíciles de agarrar. Así, llegado el momento, a una orden de su capitán, en medio del fuego cruzado los españoles pusieron tierra de por medio en una actuación espléndida, pues los piratas, tal y como había previsto nuestro personaje, cayeron por completo en la trampa: cuando trataron de hacerse con las picas, se sorprendieron al ver cómo se les escapaban de las manos, quedando desarmados y a descubierto. Arreció en ese momento la mosquetería española, sembrando de cadáveres la ribera del río.

A estos asaltos, todos frustrados, les seguiría un último intento pirata, completamente desesperado y con las reservas de pólvora de ambos bandos prácticamente agotadas. Sería aquel una lucha cuerpo a cuerpo en las mismas fortificaciones ––toledanas contra catanas, morriones contra kabutos––, pero el resultado volvió a ser la victoria española. Aunque los españoles habían perdido ya al menos 10 soldados, las bajas japonesas a estas alturas eran mucho mayores, por lo que estos terminaron por desistir y retirarse. No contentos con la victoria, los españoles salieron en su persecución, abatiendo a otros muchos piratas, aunque otros tantos consiguieron salvarse gracias a que el menor peso de sus armaduras les permitía correr más rápido. Los españoles se hicieron con las curiosas armas que habían quedado sobre el campo de batalla como trofeo, de ahí que se diga, quizás erróneamente, que aquel fue el primer combate entre españoles y samuráis, cuando lo que realmente sucedió fueron varias trifulcas entre españoles y piratas japoneses.

MÁS ALLÁ DE LOS PIRATAS

Pacificada la región, y ya con refuerzos, Carrión fundó en la zona la ciudad de Nueva Segovia, hoy Lal-lo. Pese a ello, persistió la presencia de actividad pirata, aunque ya de manera residual y comercial, sobre todo en la bahía de Lingayén y fundamentalmente en el comercio de piel de ciervo. Pese al establecimiento de unas relaciones comerciales pacíficas con Japón en 1590, el por entonces kampaku Toyotomi Hideyoshi demandó en numerosas ocasiones que las Filipinas se rindiesen a la soberanía de los japoneses, pero sin éxito. Y si posteriormente no se produjo ningún intento bélico de anexión, seguro que fue por la sombra alargada que dejaron en aquellas tierras hombres como Juan de Carrión.

Ricardo Aller Hernández

BIBLIOGRAFÍA

  • Aller Hernández, Ricardo (2016): Una carga tan pesada como honrosa (2016)
  • https://historiasamurai.com
  • Borao, J. E. (2005); La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII
  • Sola, E. (1999); Historia de un desencuentro: España y Japón, 1580-1614
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