DIOS Y SUS SOLDADOS DE PLUMA Y PAPEL

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París, 3 de octubre de 1940

Llueve en la calle de la Pompe, número 51, bis, a una media hora de la Torre Eiffel, dejando en penumbra la iglesia de la Misión Católica Española de París. Acodado en la ventana de su celda, Joaquín Aller, misionero claretiano, mira por la ventana, cauto. Lleva así una media hora, soportando el relente de la noche, hasta que por fin adivina entre la oscuridad cuatro bultos que se mueven despacio por la pared hasta la puerta lateral del convento. Suspirando de alivio, el hombre de Dios cierra la ventana, se santigua frente al Crucificado que preside la pared desnuda de su habitación y, candil en mano, se encamina por los intrincados pasillos que conectan el convento con la parroquia. Al llegar a la iglesia, previa genuflexión ante el Santísimo, cruza la amplia nave central bajo la mirada aprobadora de san Juan de la Cruz y llega a una puerta auxiliar, donde le esperan otros tres hermanos en la fe y la falsificación. Al abrir la cancela, la luz tenue de la capuchina que Aller lleva en la mano alumbra cuatro sombras ––un hombre, una mujer y dos niños–– que aguardan bajo la lluvia a los hombres que pueden salvarles la vida.

––Por aquí.

El despacho parroquial es sobrio: un armario para la indumentaria y los utensilios diarios dela misa, una talla de la Virgen de Fátima y, en el centro, una gran mesa de madera sobre la que descansan 4 sobres abultados, cada uno con el nuevo nombre con el que dentro de un momento esas personas comenzarán una nueva vida. Al fondo, un armario repleto de partidas de bautismo que hasta hacía apenas un año dormían el sueño de los justos, pero que de un tiempo a esta parte se han convertido en el mayor centro de actividad de toda la Misión.

LA HISTORIA

Durante el periodo 1940-1944, cuatro sacerdotes de la orden claretiana de la Misión Católica Española de París arriesgaron sus vidas firmando centeneras de partidas de bautismo a familias judías para evitar que el Gobierno de Vichy las deportase a los campos de concentración. Sus nombres, olvidados por la Historia en parte por su propio interés de pasar desapercibidos, son los siguientes: el padre superior ––y familiar de quien esto escribe–– Joaquín Aller (León, 1897, quien un año antes colaboró con un comunista asturiano exiliado para devolver a Asturias la talla de la Virgen de Covadonga), Gilberto Valtierra (San Martín de Humada,1889), Emilio Martín (Segovia, 1869), uno de los fundadores de la misión, e Ignacio Turrillas (Navarra, 1897).

En el armario de la iglesia se acumulan, ajadas por el tiempo y el silencio, las partidas de bautismo firmadas por estos cuatro hombres durante el periodo comprendido entre 1940 y 1944, convenientemente anotadas con tinta azul y negra: nombres de personas con apellidos judíos, de edad adulta y nacidos en el extranjero, la mayoría en Salónica (Grecia) y Estambul (Turquía). Si no se conociera lo que realmente sucedió cualquiera podría pensar que aquella fue una época de milagrosa conversión multitudinaria, pero cuando se bucea en la intrahistoria que esconde cada papel nos encontramos incentivos más terrenales.

La primera partida de bautismo sospechosa la encontramos el 3 de octubre de 1940, el mismo día que entró en vigor el Estatuto de los Judíos, un conjunto de leyes antisemitas firmadas por el mariscal Philippe Pétain, las cuales desembocarían en la creación de un censo de judíos y, posteriormente, en deportaciones a campos de concentración en los que se estima la muerte de hasta 75.000 personas.

A falta de datos, nos podemos imaginar un proceso rápido dentro del despacho parroquial: un poco de agua bendita, un bautizo acelerado con más o menos fe por parte de los que reciben el sacramento y una pluma ágil con la que recoger los nombres castellanizados de familias enteras. Estos documentos eran una herramienta extremadamente útil para ocultar su ascendencia y dar credibilidad a los certificados de nacionalidad española u otros papeles expedidos por el cónsul español en París Bernardo Rolland, otro héroe al que se le debe la salvación de más de 80 judíos, y el que aconsejaba a los judíos a hacer una vista al padre superior Joaquín Aller.

––Decid que vais de mi parte ––les diría Rolland, hastiado seguramente de tanto sufrimiento inútil––. Y que buscáis la redención del alma, pero antes la del cuerpo.

Así sucedió una, dos…decenas de veces. Vidas salvadas a través del bautizo y la falsificación, convirtiendo de la noche a la mañana a un hebreo perseguido en una persona respetable con documentos acreditados por la Iglesia que no solo les liberaban del temido censo de judíos, sino que además le permitía conseguir un visado para salir de Francia.

De entre las 155 personas que trataron de escapar del horror gracias a la ayuda de los claretianos hay un nombre que destaca sobre el resto: Raimundo Saporta (16/12/1926, Estambul–Madrid, 2/2/1997), uno de los mayores mitos del baloncesto español y del madridismo en particular, todo ello sin necesidad de meter ni un solo punto.

Su primer contacto con el baloncesto fue en el Liceo Francés como delegado del equipo escolar, cuando tenía 16 años. Allí comenzó a organizar de torneos, una labor en la que destacó sobremanera, hasta el punto de conseguir formar parte de la directiva de la Federación Española de Baloncesto (FEB) con apenas 21 años, siendo nombrado posteriormente tesorero y vicepresidente en 1948.

En 1952, Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, se puso en contacto con la FEB para solicitarles un asesor que organizase un torneo de baloncesto. Sería Saporta el encargado de organizar un cuadrangular con rivales internacionales y Bernabéu, asombrado por sus facultades, no dudó en ficharlo para el club blanco en 1953 como responsable de la sección de baloncesto, actividad no remunerada que compaginaría con su trabajo en el Banco Exterior por las mañanas.

El destino ––o quizás fue Dios, que le cuidó con mimo desde su bautizo en una pequeña iglesia de París–– quiso que conociera en 1955 a Pedro Ferrándiz. Después de encargarle la organización de un torneo infantil con indudable éxito, don Raimundo le confió las categorías inferiores del club blanco y en 1959 le ascendió a entrenador del primer equipo, cargo que mantuvo hasta 1975. Aquellos serían años de gloria en las que se ganaron 12 ligas nacionales, 11 copas de España y 4 Copas de Europa, con jugadores que marcaron una época, como Emiliano Rodríguez, Clifford Luyk, Lolo Sáinz, Wayne Brabender, Walter Szczerbiak, Miles Aiken, Rafael Rullán o Juan Antonio Corbalán.

También se le recuerda por la creación del Torneo de Navidad en el año 1965, la competición no oficial más importante de Europa, en la que participaron a lo largo de su dilatada importantes clubes europeos, selecciones nacionales y combinados de universidades estadounidenses.

Pero Saporta no fue importante solo para el baloncesto español, sino también para el europeo. Compatibilizó el cargo en la junta directiva del Real Madrid con altas responsabilidades en la Federación Española de Baloncesto (FEB) y la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA). En la nacional se mantuvo durante más de cinco décadas, mientras que en la internacional ocupó importantes cargos a lo largo de 37 años.

Entre sus logros destacamos ser uno de los impulsores de la Liga Española de Baloncesto, en cuya primera temporada solo participaron clubes madrileños y catalanes por razones económicas, un torneo que servía de clasificación para uno superior: la Copa de Europa. Asimismo, apadrinó en 1966 la creación de la Copa Intercontinental y consiguió que España organizase el Campeonato Europeo de Baloncesto Masculino de 1973, en Barcelona, donde España consiguió una histórica plata. Seis años después se le encargó la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 1982, cargo que aceptó bajo dos condiciones: un nombramiento por Real Decreto, con el que evitaba injerencias gubernamentales, y no cobrar por ello.

Con su muerte en 1997 se iba << después de Bernabéu, el hombre más importante del madridismo>>, según dijo el presidente Lorenzo Sanz. Tras su muerte, la FIBA renombró el 28 de marzo de 1998 la extinta Recopa de Europa con el nombre de Copa Saporta. El pabellón de baloncesto del Real Madrid, situado en su antigua Ciudad Deportiva y hogar del club durante 38 años, fue también renombrado en su honor. Por otra parte, la Asociación Española de Entrenadores de Baloncesto creó en 2001 el Premio Raimundo Saporta en reconocimiento a la trayectoria profesional de los mejores técnicos de la Liga ACB.

UNA MISA CUALQUIERA

París, 1944.

Resuena en la iglesia el Evangelio de san Lucas, 10, 29-37: la parábola del Buen Samaritano.

¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

El doctor dijo: El que practicó la misericordia con él.

Y Jesús le dijo: Vete y haz tú lo mismo.

Al escucharla, Joaquín Aller no puede evitar una sonrisa, fruto de una reconfortante satisfacción personal: en cuatro años 155 personas habían pasado por la sacristía buscando su ayuda, 155 almas de las que desconocía su paradero. Ojalá supiera de ellos, de sus vidas; solo le quedaba rezar todos los días porque estuvieran a salvo. Había sido tanta la gente que había pasado por su despacho que no podía recordar las caras de todos ellos, aunque alguno se le quedó grabado en la memoria sin saber muy bien por qué, como aquel chiquillo de pelo ingobernable y ojos que destilaban una inteligencia superior ¿Cómo se llamaba? Saporta, cree recordar; o algo parecido. Es entonces cuando mira a su derecha y ve a Gilberto Valtierra, Ignacio Turrillas y Emilio Martín escuchando la Palabra absolutamente impávidos, aunque el claretiano sabe que, como le sucede a él, en sus corazones rebosa la alegría del servicio al hombre. Soldados de Dios, eso es lo que son, se dice. Soldados de pluma y papel.

BIBLIOGRAFÍA

Los falsificadores de Dios. El País Semanal. 9 de agosto de 2020

es.wikipedia.org/wiki/Raimundo_Saporta

Ricardo Aller Hernández

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