Álvar Núñez Cabeza de Vaca

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca, nació en Jerez de la Frontera, entre 1488 y 1490, perteneciente a una familia hidalga. Su azarosa vida comenzó aproximadamente en 1512, cuando se alistó en las tropas de la Liga Santa en su lucha contra Francia, participando en las campañas de Italia, en especial en la batalla de Rávena, en donde consiguió el grado de alférez de Gaeta. También lo encontramos en las guerras de las Comunidades al servicio de la Casa de Medina-Sidonia, prestando servicios como mensajero. Por allá 1522 combatió en la batalla de Puente la Reina en Navarra.

El 17 de junio de 1527, salió de Sanlúcar de Barrameda, con destino a América, como tesorero y alguacil mayor en la expedición comandada por Pánfilo de Narváez, cuyo objetivo era la conquista de La Florida y una fuente de la eterna juventud que se decía existía entre el rio de las Palmas y el cabo de la Florida. Esa primera aventura del explorador y conquistador le llevó desde la actual Florida al golfo de California, pasando por Alabama, Misisipi, Luisiana, incluso adentrándose en las tierras de la actual Texas, Nuevo México, Arizona y el norte de México. Todo un recorrido repleto de contiendas, tribus, desastres, recorriendo tierras jamás pisadas por europeos. Todo ello indujo a Cabeza de Vaca a recoger las primeras observaciones etnográficas de las poblaciones del golfo de México, la mayor parte pertenecientes en la actualidad a EE. UU. “Naufragios” fue su título, habiéndose publicado en 1542 en Zamora y en 1555 en Valladolid.

Después de regresar a España en 1537, obtuvo el título de segundo adelantado del Río de la Plata. Con tal nombramiento se embarcó en 1540 para, desde Cádiz, alcanzar el sur del continente americano, llegando a la isla de santa Catarina en enero de 1541. Se trataba del actual estado brasileño de Santa Catarina, perteneciente en aquel momento a la gobernación del Paraguay.

Desde la isla mencionada, viajando ya por tierra, inició un viaje de cinco meses en dirección a la entonces villa y fuerte de Asunción del Paraguay. Sus guías, indígenas tupí-guaraníes, le dirigieron por la selva paranaense. Y con tal recorrido alcanzó las conocidas como cataratas de Iguazú. El mismo Cabeza de Vaca nos las describe; “el río da un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más». Era el enero de 1542 cuando el descubridor llamó aquella maravilla de la naturaleza como «Salto de Santa María”.

Llegado a Asunción, sus conflictos con los capitanes y colonos ya establecidos se hicieron constantes. Un tal Domingo Martínez de Irala instigaba el no reconocimiento de la autoridad como gobernador de Cabeza de Vaca, el cual, ocupado ya el cargo de gobernador en marzo de 1542, pretendía organizar la colonización del territorio con olvido de quimeras y mitos indígenas. Esos deseos de erradicar el caos y poner orden en el territorio, provocó la sublevación de los descontentos, y en 1544, enviaron al gobernador a España con la acusación de abuso de poder, represión de los insurgentes e, incluso, del incendio de Asunción acaecido el año anterior. La realidad era muy otra; Cabeza de Vaca no pretendía sino la aplicación de las Leyes de Indias, protectoras de los derechos de los indios frente a los abusos de los conquistadores.

El Consejo de Indias lo desterró a Orán en 1545, aunque no es seguro que cumpliese tal condena, dado que presentó recurso y peleó hasta el final de sus días a fin de ver restablecido su honor, aunque no su hacienda. Es el inca Garcilaso de la Vega quién nos ha dejado indicado: «Murió en Valladolid, apelando al Consejo de Indias, con el propósito de ver restablecido su honor y sus bienes que le fueron confiscados cuando fue apresado en Asunción».

A decir verdad, poco se conoce de los últimos años del conquistador, salvo que, algunos historiadores, fijan su lugar de fallecimiento en Sevilla y la fecha el 27 de mayo de 1559. No hay constancia de ello, pero el rumor de que sus últimos años trascurriesen con el hábito de monje en algún monasterio circuló durante un tiempo.

En la capilla del Convento de santa Isabel, en Valladolid, se conserva la lápida que anuncia que allí descansan los restos del primer europeo que contempló las cataratas de Iguazú.

Francisco Gilet

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